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lunes, octubre 01, 2012

Sexy Y Clásico, Lanvin


Flores y metal ha sido el escenario que Alber Elbaz ha preparado para su flamante colección de pret a porter de primavera verano de 2013. No se puede decir que la mujer de Elbaz en Lanvin esté evolucionando mucho desde hace unos cuantos años pues, a diferencia de en sus inicios en la firma, parece que Elbaz ha encontrado unos recursos que le son rentables, le gustan, favorecen y que con ellos se basta y se sobra. Esta estrategia -darle a la clientela lo que la clientela quiere- es exitosa aunque aún está por determinar si sólo lo es a corto plazo. Los desfiles de Lanvin no dejan de estar en un bucle: vestidos con estampados metalizados con forma de caras o de cuerpos (en este caso), trajes de noche cortos y con tul y volantes de colores brillantes (más o menos cálidos según la temporada y, en este caso, tirando más bien a metalizados y a una paleta menos brillante y más encerada que en otras ocasiones) y trajes en negro para la mañana con monos brillantes de lentejuelas y joyería exagerada. 


Y, en este caso, la colección tiene todos esos tópicos buceando bien en el imaginario del creador. Es coherente, bonita, ponible, elegante y sofisticada y, si es solvente y no sólo repetitiva, es porque Elbaz apuesta por el sexy. En general, las mujeres de Elbaz para Lanvin son muy femeninas, preciosistas, finas y muy monas. Diseña para un tipo de mujer muy claro que tiene en la cabeza que en París hay un encanto especial y un estilo concreto: liviano, con predominancia de los tonos negros, corto para el día y la noche y con un toque a la moda aunque nunca tan tendencioso como para poder adivinar a simple vista si es de esta temporada o la pasada.


En cierta manera las mujeres de Elbaz sí que son decididas aunque a veces pequen de cursis. De hecho, guerreras de la fe, de las tendencias y de la resistencia se han visto en sus colecciones sin sonrojar a nadie ni provocar arqueos de ceja. Por otro lado, eso no ha impedido que firmas como H&M hayan colaborado con Elbaz y creado una colección cómoda, frívola y divertida porque parece que Alber Elbaz quiere hacer de su moda algo divertido y que no nos tomemos tan en serio los desfiles de París. Olvidemos la retórica y la sociología porque, al final, todo esto son vestidos. Así sus campañas de publicidad han tenido modelos bailando al ritmo de Pitbull y modelos no profesionales que han sido fotografiados -como hizo Gaultier desde su origen apostando por la multiculturalidad- por ser viejos, altísimos, niños pequeños, jóvenes, blancos o negros. 


La primera parte del desfile ha estado formada por una serie de pases inspirados en el smoking y en su deconstrucción y renovación que podrían haber hecho las delicias de YSL si los hubiéramos visto en una pasarela con su nombre o con el de su nuevo flamante director creativo: el ex chico de Dior, Hedi Slimane. Y esto tiene sentido porque Elbaz fascinó al mismo Yves Saint Laurent quien le puso al mando de sus colecciones de pret a porter tras retirarse (aunque no duró mucho después de que la casa fuera absorbida por el conglomerado comercial del grupo Gucci y Tom Ford se ocupase de ella en sustitución de Elbaz). A diferencia de lo que se ve en firmas como Marchesa, Stella McCartney bajo su propio nombre, aquí hay patronaje. Todo tiene unos cortes que hacen que favorezcan las prendas y que se adapten al cuerpo con una caída elegante.


De hecho, Elbaz ha afirmado que ha buscado inspiración en "los clásicos" y en definirlos tanto dentro como fuera. Así, el diseñador que afirma que no puede hacer un desfile basándose en una sola idea, logra encajar a sus rosas de metal en el mundo del día a día (negocios, amor, fiesta, excentricidad, liviandad, hora de estar en casa y hora de ponerse en marcha) con sus prendas que pueden parecer un simple traje negro para ir a la oficina pero que se convierte en una prenda multifaceta pues la vemos en corto y con solapas de smoking para ir a una sofisticada presentación de arte en una galería o en un vestido con aberturas muy sexies para ir de "cacería". 


El movimiento y el cambio son, evidentemente, dos partes importantes del desfile de Elbaz que, a diferencia de cuando diseña para chicas "monas" que sueñan con vestidos de tul, tiene un buen componente de sexualidad y de una sexualidad que ha sido definida por los críticos internacionales como "fast and furious" (según la edición digital de Vogue USA, por ejemplo). La asimetría, los cortes que muestran de repente la cadera, un gran escote en la espalda o pronunciadas uves que enseñan pecho aparecen en las propuestas de Elbaz para el verano de 2013 en una colección bastante oscura. Aunque esta no es la primera vez que Elbaz propone una primavera poco luminosa, sí es la primera en la que el poder es tan sobrio, tan evidente al mismo tiempo en su simplicidad, pues, cuando hemos visto tanto negro en Lanvin siempre ha sido en invierno y con un aire casi frívolo, como de melodrama de Hollywood de los años dorados del cine donde todos fuman en boquilla y hay un asesinato en una habitación cerrada.


Así, colgando al cuello de sus modelos torques de oro que podrían salir de una fantasía sadomaso con estilo, Elbaz apuesta por los bodies ochenteros con grandes escotes y atados y cintas de sueño húmedo que se retuercen y reptan por el cuerpo de las modelos. La serie de prendas negras del principio es de ensueño. Quizá no es muy veraniega en cuanto a la gama de colores (en otras ocasiones los rojos brillantes y los rosas dulces y empalagosos han llenado el "ojo" de las fashionistas") pero es indudablemente una colección muy veraniega porque nos hace recordar eso de que "la primavera, la sangre altera" y que el verano es propicio para el libertinaje. Todo un acierto, muy sutil, además. Y eso siempre es bueno.


Así que sí, la mujer de Lanvin convence esta temporada. Al menos hasta que los monos brillantosos, los vestidos ochenteros con mangas jamón y la pedrería hacen su aparición a la mitad del desfile. Sobre esta parte de la colección no hay mucho que decir porque esas piezas no aportan nada. Es evidente que el pantalón (igual que en el Dior con aires de Jil Sander de Simons) es la parte que centra la atención de Elbaz en Lanvin y donde se concentran las propuestas interesantes. Pantalón y reconstrucciones del traje pantalón (en vestido, por ejemplo). El lado maximalista de la propuesta decae en interés y provoca un poco de aburrimiento porque, aunque está bien, ya lo tenemos muy visto. Sin embargo, es comprensible que aparezcan: repito, hay que dar al público lo que el público quiere.


La llegada del color se hace esperar pero aparece. En realidad, más que los colores, pues hay una predominancia del blanco y del negro como en el desfile de Marc Jacobs para el verano de 2013 presentado en Nueva York, lo que importa son los tejidos. Es evidente en la colección que, igual que Ricardo Tiscci para su colección de pret a porter de primavera verano de 2013 en Givenchy, Elbaz quiere volver a lo esencial: a la pureza y a lo preciso. La pureza se ve en el poco color que aparece y también en la precisión de los cortes, en las telas con un punto tecnológico -como las de las colecciones Ghesquiére en Balenciaga que parecen neopreno- y las novedades en la sexualidad y la coquetería de siempre pero en su versión agresiva.


Los complementos dan el toque de gracia al desfile, discretos pero con algo que decir. Zapatos con pulseras de strass y puntiagudos pero también plataformas con glitter y piel de reptil. También hay botas de cowboy labradas -tendencia especialmente gracias a Isabel Marant- y, ¡gracias!, sandalias. Casi transparentes pues las tiras son de color carne, de tacón bajo y de aspecto cómodo pero elegante. Lo más interesante, sin duda, son los bolsos: pequeños, inútiles y casi pops porque, las cajas rígidas y cuadradas del inicio parecen cámaras de fotos antiguas y las bomboneras de esmalte negro del final parecen petacas de alcohol para los locos años 20s. Sin duda son como vaginas dentadas, lo que veía Freud en ese adminículo femenino tan práctico y poco práctico al tiempo.


La sexualidad, lo sexy, no siempre aparece en las colecciones de Lanvin y, de hecho, es desde hace unas cuantas temporadas de forma más o menos abierta donde se puede entrever lo "agresivo". Es verdad que se combina con los "clásicos" que Elbaz ya ha conseguido asentar en Lanvin (aunque esta vez no hay volantes ni tules) con una fuerza que se ha visto en colecciones pasadas (otoño invierno de 2011) pero hay algo nuevo -si bien la experimentación de Alber Elbaz parece haberse parado cuando ha encontrado el lenguaje de tules y volantes- y lo nuevo no es sólo la actitud sino toda la deconstrucción del smoking que alcanza un cénit de creatividad para Alber Elbaz que, por muy deseadas que fueran sus propuestas, se estaban resumiendo en chica fina y rica busca novio prometedor y quizá llegue virgen al altar tras petición de mano en la Torre Eiffel. Ahora no hay nada de eso y, al contrario del amaneramiento y remilgos que se le pueden echar en cara a Elbaz en sus colecciones algo cursis y pastelosas, aquí hay poder, un poder digno de Yves Saint Laurent cuando se plantó y diseñó smokings para mujer y también una sexualidad digna del Gucci de Tom Ford que desplazó a Elbaz en YSL porque todo es rígido, cuadrado e imponente y los cortes son muy muy sexies. Pues es verdad, flores y metal es una buena conclusión. Si es que decimos tanto con los detalles...

lunes, marzo 07, 2011

Peregrinos Camino De La Vida


Me viene ya pasando desde el pasado invierno, las mujeres de Elbaz que hasta hace un poquitín eran muy muy muy finas, muy muy rosas, muy muy Sofias Coppola con su Mariantonieta con tacones y sus Miss Dior Chérie con un gato de angora, se han ido convirtiendo en bohemias y elegantes parisinas que se crecen en las dificultades pese a que, de normal, como diría Proust, como hizo Saint Laurent a su Belle de Jour, se podían haber pasado la vida de carnaza cuando en realidad, las mujercitas de Lanvin son la guinda del pastel.


En cuanto París empezó a arder, la damisela pasó a conquistadora y los héroes se reclutaron entre los verdugos. De repente, los tacones estaban hechos para correr y las sonrisas para esperar la libertad que se estaba conquistando. De dulces, sagradas, meliflúas y un popco ñoñas parisians que soñaban con comer tarta de cerezas y parecer zarzamoras quedaba poco. Elbaz hizo que se dieran una vuelta por las arenas del tiempo de la historia, que defendieran con fiereza su patria, centímetro a centímetro, seduciendo a Holofernes el asirio si era necesario para salvar al pueblo, quedando -eso sí- sin mácula.


En esta colección de Lanvin, invierno 2011, Elbaz no propone nada que no haya visto, incluso nada que no haya visto en sus pasadas colecciones ni, nada que no haya visto entre sus trabajos. Rojo, negro, parisinas, vestidos, pliegues, negras yvesaintlaurentianas, blancas de piel de porcelana y delgadas, delicadas, frágiles mujeres que bajo su cuerpo de maniquí esconden un corazón con pasiones. Sin duda, lo interesante son los accesorios. Lo que uno añade a lo que Dios -amablemente o no- le da.


Veo bastante, en este caso, de la Edad Media y sus largos brazos. Zapatos que se cierran con las hebillas al talón, casi posesivos y caprichosos, como sacados de una pesadilla de los Tudor, de Catalina o Enrique o los Bolena. Pulseras que podrían ser un regalo de bodas para los Reyes Católicos. Bolsos que parecen arquetas de marfil o de nácar del Al Andalus.


Incluso veo la vida... Las flores de Holanda en las manos, los dulces de frutas del bosque hechos con mangas pasteleras que podrían salir de Vermeer en los puños de los vestidos, los sombreros de religiosa, el pelo recogido en una trenza de peregrina... que sí, señores y señoras, que eso es lo que cuentan las puntadas... los hilos de la vida.

martes, febrero 08, 2011

La Moda No Trata De La Belleza Interior


A veces creo que se ríen de mí y otras pienso que yo me río de ellos. Cuando Alber Elbaz sacó a la palestra -como quien dice- su colección de primavera verano 2011 había poco verano y mucho desierto, había pocas ladys de 12 a 5 y mucha batalla, había poca propiedad y mucho exilio y sobre todo, había un ansia de hogar, de ropa cómoda, de pliegues a deslizarse al viento, de agua en el oasis del desierto y de historias del monte Horeb, el Moria y todo aquello antiguo que cuesta tanto y vale tanto -o tan poco- a los ojos de cada uno.



Si fuera rencorosa o algo así, ahora diría "llevaba razón" y todo eso de "do it and got the t shirt" pero realmente prefiero permanecer silenciosamente prudente. Más allá de la belleza o el expresionismo de la lucha entre dos guantes de seda, en una cosmogonía aséptica por el lujo y el hedonismo, pensemos, pensemos un momento, un instante, en dónde quedó el desierto y la guerra de los ideales...


Sí,  hay mucha guerra en esta colección. Se nota en la violencia, en el ambiente, en la tensión, en la resignación, en la misericordia y en los viejos rivales cananeos que esperan al otro lado de la puerta. Pero todo eso quedó sellado para nosotros. Hemos cambiado. Atrás quedaron las gestas heroicas, las batallas que tiñeron de rojo Egipto, las persecuciones de Seti, la zarza ardiente y el Mar abriéndose en dos. Atrás quedó el Arca de la Alianza, el carnero de oro y la tierra prometida de Canaán.


En vez de ideales, la comercialidad manda, y un taconazo cuenta más que el honor. A Elbaz le han "echado" de su tierra de nuevo, una cortina de humo sobre su tema, muy novedoso por cierto, y aquí paz y después gloria. Quizás sea verdad eso de que aquellos que fuimos en Israel no somos aquí, o quizás no y sigamos siendo los mismos. No sabemos nada pero tenemos algunos a priori. Hay guerra, hay lucha, hay muerte y odio y poder y libertad, ¿y por qué no iban a ser ellas Caín y Abel? No sé si yo me río de ellos, o si ellos se ríen de mí. Pero esto, yo ya lo dije, es la guerra. 

domingo, enero 16, 2011

Cisne Negro, Alma De Mujer


Se acercan los Oscar, los Globos de Oro y todo el jaleo de estrellas en fila de uno, con trajes de noche sacados de la colección del 2022 para que sean más exclusivos y un montón de paletos haciendo cabriolas y demás en la Alfombra Roja -sigh-. No obstante, entre tanto patito feo sin posibilidad de ser cisne aparecen a veces grandes bellezas, hermosas, frágiles, femeninas, delicadas y exquisitas. Una de ellas es Natalie Portmant, gran actriz, niña estrella que no se quedó en la eterna adolescencia y que ha demostrado la dignidad y el talento que tiene en cada producción sin limitarse a lo comercial y probando con el cine de verdad -para mí, bellísima en V de Vendetta con el pelo al rape, como un soldado, haciendo de una Inés del Conde de Montecristo en un Londres orwelliano; regia como alguien imposible encarnando a Amidala en La Guerra de las Galaxias y como un torrente de agua calmada haciendo de Ana Bolena-.


Amén de todo su talento y belleza ha demostrado inteligencia, no sólo con un título universitario -ja- sino como directora encarnando a una judía ortodoxa de Nueva York dedicada a la venta de diamantes y al amor. Pero lo que la trae aquí es su papel protagonista en El Cisne Negro, bellísima y vestida por Rodarte como una bailarina grácil, genial, cruel y... ¿libre?, ¿presa? entre la belleza desgarradora y el duro mundo de la presión de las candilejas.


También el motivo de estar aqúí son los carteles publicitarios de la película. Que, al menos para mí, enraízan con el aire frío y artificial de Metropoli de Fritz Lang en los años 20, con las cosas aquellas del Cantor del Jazz, las bailarinas como Josephine Baker en Francia, y toda la vanguardia en Alemania montada entre un puente y un caballo azul hablando de expresionismo alemán, de maquinismo,de que "un coche de carreras es más hermoso que la victoria de Samotracia", del capitalismo, lo orwelliano, el fin de la civilización y la era del maquinismo frío. También me recuerda a la Rusia Comunista de los carteles primeros de Lenin con sus hordas de soldados rojos entre la nieve fría y el destino negro.


Y el otro motivo por el que hablar de El Cisne Negro es porque esa Alfombra Roja que odio -y mucho- (y que es tan fascinante al tiempo) -y que ha dejado momentos tan buenos en el pasado como a Grace Kelly con un visón, Audrey Hepburn abrazando a su Oscar con el pelo cortito de Vacaciones en Roma o Cher embutida en aquel ensueño y todo aquello. Uno de los momentos fundamentales para mí de los Oscar es el de Hillary Swank con su Elbaz azul tinta. Espero que Natalie Portman, que ya ha llevado Lanvin de Elbaz en muchas ocasiones y que también es judía como Alber Elbaz, vista de Lanvin especialmente cuando en su última colección habla de la tierra de Israel, del exilio babilónico, de un pueblo sin tierra, del desierto, la fuerza de los hebreos, aunque creo que irá de Dior.


Y el motivo no es otro que el ser la nueva cara del perfume Miss Dior Cherie para el que hay menos globos y más acción. Más misterio y menos cursulería aunque igual dulzura. Probablemente vaya vestida de Dior, bueno. Espero que saquen el lado de ella que me gusta. No el de estrella glamourosa sino el de mujer hiperfemenina y fuerte, diminuta y grácil, exquisita, tierna, sencilla, chic e interesante. Este erotismo me habla de profundidad y el de Maryna Lichuck me hablaba de adolescencia y anfetaminas de color de rosa. No sé con cual me quedo, pero este Miss Dior Cherie es menos L Eau y más intenso.

lunes, octubre 04, 2010

El Exilio Babilónico En Lanvin


No lo comprendo. En cuanto he visto la colección de Alber Elbaz para Lanvin me ha parecido que me transportaba al desierto, a ropas de refugiados y al exilio. Se nota que Elbaz es israelí, a veces, por esos tonos tierra de Israel, por esa disciplina militar que a veces impera en sus cortes. Son soldados, aunque sean mujeres, y tienen obligaciones. Muchas obligaciones.

Se le ha echado en cara a Elbaz que su trabajo es demasiado cursi. Las parisinas a las que canta sus odas a veces se pasan el día entre demasiados pétalos, entre demasiados tés, entre demasiado frufrú y demasiado satén para fiestas por la noche. No obstante, Elbaz siempre ha tenido algo de radical. No es su mejor desfile, de hecho, Lanvin ya está situada en una hermosa decadencia, hermosa pero decadencia, que ya no es la imaginación del que ideaba trampantojos en púrpura con collares de piedras rojos y vestidos de seda plisada por encima de la rodilla. Ya no es -siempre hay sorpresas gratas, como su última colección de mujeres fuertes y decididas- la nueva sensación de vestidos livianos y hadas magníficas. No es una colección memorable pero, se distancia de lo cursi. De lo fino. Fino. Fino. Y de lo afectado.

Elbaz continúa su último desfile. Pero ya no se trata de defender París de los alemanes. Ya no se trata de los nazis. Ya no se trata de no dejar quemar a la Gioconda, de no ver fundida la Torre Eiffel. Ahora se trata de otras guerreras. De otras soldados voluntarias. Ahora se trata de otra cosa.


A Elbaz le gusta la multiculturalidad. Siempre tuvo modelos negras, incluso en sus publicidades, y en sus creaciones homenajeaba tanto a la mujer sofisticada capitalista como al concepto estético de la India lleno de collares de oro, de pulseras y de ritmo frenético producido por el baile, e, incluso, en los pliegues y el vuelo de los derviches.


Se trata de la nación de Israel. Con sus tonos tierra. La piel curtida por el sol. La arena ardiente, del desierto, bajo los pies. El velo cubriendo el rostro. El negro riguroso de los judíos hassidim que se desplazan, solemnes, al muro de las lamentaciones y respetan, rigurosamente, la observancia de la ley, tolerando pero con marcado recelo a, por ejemplo, la educación universitaria.

Siempre hay campos de batalla en Israel. De hecho, los judíos lo son desde el exilio babilónico, cuando fueron y regresaron tiñiendo sus ojos, su mirada, sus ropas, sus pertenencias y su historia de la arena del desierto, del pardo del viento azotándole a uno. De todas esas cosas...


Y, parece que a Elbaz también le gusta que su tierra le acompañe. Colores de Israel. De jornadas de sol a sol. De limones palestinos. De ladrillos. Del Sabbat. De la puesta del sol. De la oración. Del muro derruido, del templo arrasado. Verde oliva del monte de los Olivos y agua del Siloé. Oro del arca de la Alianza, del becerro dorado y cebado. Ingenio de David, sellos de Salomón y convivencia.

Convivencia en la guerra.
Pero convivencia.
Ay.

lunes, marzo 15, 2010

Parisinas


Decía yo que no podía quitarme de la cabeza a mis enamoradas de Lanvin, gloriosas, triunfantes, grandes almas nobles y honorables a las que el viento agita sus tribulaciones pero no sus cabellos porque tienen esa esencia especial, esa aura de gran dama, de regia reina soberbia y despótica que roza lo tiránico pero que ama, ama, por encima de todo... la libertad.


Maquiavelo decía que ningún mérito iguala, ningún nombre se compara y ningún corazón doma el solo nombre de la libertad.


A mí las parisinas de Arde París me parecen las parisinas de verdad.
El corazón del mundo es París y ellas son su latido.
Y nada más importa


Aunque reconozco que se me hacen algo equiparables a Goya y sus libertadores. Tienen algo de icónico, de inmemorial, de maravilloso... y también de muy actual, claro, a Alber Elbaz se lo parece y, oigan, a mí también.

sábado, marzo 06, 2010

Arde Paris


Lo siento. Muchos me hablan de la hipersofisticación de la agresiva mujer poderosa que repta, se desliza y destrona para usurpar el puesto a todo el que tiene por delante. De la noche oscura del alma que pasa esta tentadora parisiense dispuesta a robar el Sacre Coeur o la Torre Eiffel. Otros me cuentan las bondades del linaje noble, el corazón valeroso y esa agresividad contenida de soldado de primera y guarniciones de tercera que nunca se baten en retirada. Otros ven rígidas tiranicidas, modernas vivalavida, delirantes amantes, viudas negras...


Yo lo siento pero sólo veo Arde París. Sí, veo muchas facetas de las parisienses de Alber Elbaz en Lanvin que creen que la vida debería ser como los cuentos de hadas, que las princesas de verdad descubren el guisante escondido en el colchón y que se ponen finas, muy finas ellas, con su anillito dorado que diría Lorca, con sus zapatitos de tacón, su manicure, su pedicure, su caniche -canichito-, su collarcito de perlas, sus sueños transmutables y su estilo de vida rosa, ensoñado, del que amanece con caffe au lait y atardece con Martinis -a gogo-.


Me esfuerzo. Pero no puedo evitarlo. Veo Arde París. A Leslie Caron correteando por París con mucho valor. Su sempiterno flequillo, su collarcito de perlas a la caja y el vestidito -que necesariamente tiene que ser rosa- deslizándose por ese París incendiado, a punto de ser borrado de la historia que demuestra que París es París por su leyenda, que París es París por sus mujeres, sus ideales, sus insignias y su cielo hecho explotar al atardecer.


Veo temerarias elegantes que vibran al unísono con la ciudad de la luz y relampaguean con sus emociones. Son mujeres delicadas, deliciosas hedonistas que no lo son tanto y que lo mismo ayer arrugaban el ceño pensando si preferían orquídeas o gardenias para la cena que hoy se ponen el mundo por montera y deciden que, ni el calor ni el frio tienen que detener al alma grande para la que todo con honor y nada sin él y liberar París, esa ciudad de sus tribulaciones que a uno le arranca el corazón y se lo encadena.


Y sé que mis mujercitas lo mismo se apresuran por tomar las primeras y las últimas burbujas de la copa de champán que desean morir bajo un redoble de campanas porque a veces... sólo podemos ser felices si anhelamos morir bajo el sonar ajetreado, preocupado e inmemorial de las campanas...


Y luego levantar el vuelo como la blanca paloma que domina el cielo con el infinito como el último destino porque la gloria que nunca muere, que nunca se marchita es la que nos acompaña hasta el final de nuestros días e, incluso luego...


Porque la historia no olvida, no olvida el 14 de julio triunfante ni el 24 de agosto campante donde todas las almas fueron grandes y todas las chicuelas, reinas de esas que perdieron una vez la cabeza y el corsé.

viernes, febrero 26, 2010

Rosa Negra


Se me deshacen las mujeres en una actitud que solo les ocurre a las francesas.


Se contonean deliciosas como pastelillos de Ladurée taconeando por Versalles. Con sus vestitiditos de Lanvin por Alber Elbaz. Como cerezas. Como guindas. Como fresas. Como frutas del bosque. Morado. Rojo. Rosa. Púrpura. Violeta. Verde. Estallan como esas frutas en la garganta, amargas, dulces, deliciosas, explosivas.
Y... todo ello con un vestido, una sonrisa y mucho, mucho -mucho- encanto.

viernes, octubre 02, 2009

Traición A Los Cinco Sentidos


Creo que los sentidos saben más que nuestra lógica. Nosotros vemos y analizamos. Vemos con el cerebro. Pero nuestro ojo ve de una forma diferente. Ve colores que le estallan, le explotan, le reverberan, le inundan y eclosionan ante la retina desembocando un torrente eléctrico en el interior de nuestro cuerpo, casi como si sufriésemos una sobrecarga. Nos inunda ese banquete de colores y de sensaciones.


Blanco. El color de las novias. De las nubes. De la castidad. De la alegría. De la virginidad. Del bautizo. De la liturgia. De la limpieza. Blanco. Color de las calas, de los narcisos, de las rosas blancas. Blanco. Color de los helados de nata, de las las palomas, de los cisnes. Blanco. De las perlas y la nieve. De los diamantes que no son de tono hielo. De lo lozano y lo divino.


Negro. Color del luto. De la tristeza. De la elegancia. De lo sobrio. De lo sereno. De lo respetable. Color del vicio y lo fatal. De los muertos. De la condesecendencia. De la profesionalidad. Negro. Delirio gótico. Color de los cuervos. De la parca. Del Hades y el Tártaro. Negro. Color de los buitres, del carbón, del ébano. Color de la desgracia y la fatalidad. Color de la muerte. Color de colores. No es un color.


Rojo. Color de la sangre. De la pasión. De la lava del volcán. Del cielo cuando se incendia. Color de las mejillas y de las manzanas. Rojo. Color de las matanzas. Rojo. Color del pelo de las brujas de Irlanda. Rojo. Color de las rosas rojas que declaran amores. Color de la verguenza y las pasiones. Rojo. Fertilidad y muerte. Rojo. Muerte y renacimiento. Rojo. Sentido y sensibilidad. Rojo. Fuerza y liviandad. Rojo. Color de las amapolas. Rojo. Colores de los cuadros de Monet. Rojo. Envoltura de celofán de los caramelos de la vida. Rojo. Principio y fin de nuestra existencia.


Oro. Color del éxito y de la felicidad. De los sueños, de la edad dorada de los hombres, de las burbujas de champagne. Oro. Color del dinero, del oro, de la estela que dejan los cometas, de la divinidad de los santos, color de la aureola. Oro. Color de la torre Eiffel cuando estalla bajo los fuegos artificiales. Color de los sueños y del alma. Color de las grandes civilizaciones y los grandes hombres.


Tierra. Color arena. Color del trabajo, del esfuerzo, del castigo del Pecado Original. De la tierra batida. De la arena de la playa. Del amanecer antes de que todas las luces se vayan. Del hueso envejecido. Del papiro. Del encaje de chantilly. De la canela. Tierra. Color de las revoluciones. Del Antiguo Régimen. Del comunismo. De los nobles y los privilegios. De los eternos condenados. Del quejarse y no quejarse por los trabajos que Dios le manda a uno hacer...


Gris. Color de las personas grises. Del tiempo. De los relojes. Del término medio. De la mezcla entre colores que no lo son como el blanco y el negro. De la piedra luna. De la pizarra gris. De los jerseys de angora. De los días malos pero no terribles. De las ilusiones perdidas. Del color del asfalto. Gris... De la escala de grises del mundo antes de que lo cambiaran de color.


Azul. Color del cielo. De las promesas. De los príncipes azules. De los zafiros. De los ojos nórdicos. De las rayas de cuaderno. Del fondo marino. Del agua. Color azul. De lo marítimo. De las sirenas. De las miradas limpias. De la sangre de la realeza. De los recuerdos hundidos en el pasado. De las azucenas extrañas. De los tulipanes sacados de Holanda.


Cobre. Color del tercer puesto. Del que no sabe si gana o si pierde. De las monedas. De las coronas y las baratijas. De los regalos que son sentimentales en vez de caros. De los pucheros y los caldos. De la queimada. De las marmitas de los druidas. De los collares de cuentas. De las cotas de malla. De lo que ahora brilla y mañana se oxida. De lo efímero.


Amarillo. Color de lo radiante. Del brillo. Del sol. De la infancia. Amarillo. Color de los lápices al inicio del curso. De las agendas amarilleadas. De las prendas favoritas lavadas con lejía. De las bibliotecas antiguas. De las cosas pasadas por el tamiz del tiempo. Del azafrán. De las especias de Oriente. Del olor de India. De las callejuelas atestadas de Marrakech. De lo éxtinto y lo peligroso. Del Lejano Oriente...


Naranja. Color de luto. Color de alegría. Color religioso. Profunda meditación y estados de conciencia. Amago de rojo pero no intento frustrado. Oculta sus misterios.. Rosario y cuentas. Mes de marzo y de mayo. Fertilidad de los pistilos de las flores. Color de los enjambres de abejas. De las tabletas de chocolate de los niños. De las tiendas del mundo del lujo. Naranja Hermés. De las naranjas y de Valencia.



Rosa.
Color de las princesas.
Color de los sueños de Alber Elbaz en Lanvin.
Color de los días en París.
Y del cielo al atardecer.