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martes, julio 24, 2012

Pájaro De Metal





La aviación gusta. Los años 30 fueron muy glamourosos con el enfrentamiento Elsa Schiaparelli y Chanel, con los surrealistas y Madame Grés al quite. Poirot estaba olvidado. Worth estaba acabado. La década de los treinta fue chic. Tuvo su encanto. En el 37 Vogue sacó esta portada. Hoy es el 115 aniversario del nacimiento de Amelia Earhart. Jean Paul Gaultier cuando aún diseñaba para Hermés, se sacó de la manga una magnífica colección donde unía el cuero, el sexo, los 30s, aviadores, aires sado y elegancia. Mucha elegancia. Es que los 30 fueron muy pero que muy chics.

lunes, mayo 07, 2012

El Frágil Detalle De La Identidad





Es difícil catalogarme a mí misma como una gran fan de Sexo en Nueva York, no lo soy. Para empezar, creo que la serie ha hecho mucho daño a la sociedad con todo el jaleo de Vattimo, la postmodernidad y la estética sobre la ética. Nunca he identificado el concepto de liberalidad con promiscuidad aunque creo que la serie, extrema como todas las series -y el problema lo tiene el que no lo entienda así, es decir, como ficción, ficción, ficción- fue un hito no solo de las tendencias sino de la forma de tratar a la mujer en televisión. Carrie y sus amigas son cuatro estereotipos con patas pero la serie se deja ver y, en algunos momentos, es incluso genial. Sin embargo, en mi opinión, el problema de una estupenda serie que empezaba diciendo que "no desayunamos con diamantes" y que mostraba que las Cenicientas ya no existían salvo por su interés hacia los zapatos; es que al final Carrie se casa con Mr Big, se compra un apartamento de cinco millones de dólares y en su armario hay más dinero del que se gasta en pagar a una pequeña empresa editorial cada año, no digamos que a trasmano de cualquier periodista de a artículo por semana en un periódico -muy- mediocre. Además del hecho de que SJP se empezó a creer Carrie Bradshaw, una mujer sofisticada, cool y, sobre todo, despampanante. Y no. No.

La cosa, por tanto, está en que hasta los estereotipos tienen una identidad: la de los estereotipos. Así Samantha podía llevar lencería con perlas auténticas y manipular a medio Nueva York para lograr un Birkin de Hermés; Charlotte podía casarse de Vera Wang tras contratar a un estilista de bodas y adoptar a un niño vestida de Chanel; Miranda... bueno, la letrada podía pagarle un traje muy muy caro a su novio y Carrie, santo cielo, Carrie. Carrie puede trotar por la ciudad con Manolos, Jimmy Choos, Louboutins, ir a Vogue vestidita de Dior por Galliano, llevar camisas de Cavalli para reafirmarse, hacer que alguien deje a la divina Natacha de Ralph Lauren -venga Big, venga- por ella y desfilar para D&G además de otros muchos varios cientos de delicias más.

Sin embargo hay algo que acompaña a Carrie y que le caracteriza, temporada tras temporada, mucho más que todo el resto del trabajo de Patricia Fields y ese algo es su collar de Carrie. Una baratija que compró en un mercadillo pero que no se aparta de su cuello. La verdad es que Carrie no deja de ser una chica americana de la América profunda y bajo todo el pulimento que va adquiriendo a lo largo de la serie y de algunas divagaciones que tiene el personaje que no provocan, precisamente, que te caiga bien sino demostrar que es una mujer y ya está, con una vida que aunque guionada, no deja de no estarlo y por eso es tan significativa la cosa del collar. La identidad de Carrie pende de su cuello. Siempre. Más alla de Dior, Chanel, Versace y Gucci, la verdad es que Carrie es ese collar que es una corazonada más que un gusto adquirido.

Cuando la neoyorkina por excelencia en uno de los episodios últimos de la temporada final de la serie, cuando se va a París con el ruso, Carrie recibe un regalo: una nueva vida y a juego con ella un collar de diamantes cuyo brillo ciega -t-(sus) ojos. Sin embargo, en medio de la vorágine parisina, Carrie pierde su collar y vive los peores momentos de su vida -en la serie-. ¿Qué hace la Bradshaw en París, sin Big, sin Charlotte-Samantha-Miranda, sin empleo, sin hablar el idioma y con un hombre como el señor artista? Finalmente, Carrie recupera su collar. Claro. Y vuelve a Nueva York a desayunar con diamantes.

Porque, la verdad, es que sí que desayunamos con diamantes.

Lo que pasa en la cena, ya es otra cosa. Ana Bolena, reina consorte de Inglaterra tras casarse con Enrique VIII, perdió la cabeza. Pero eso sí, nunca su identidad. De hecho, siempre llevaba el collar que se puede ver en este cuadro de fines del XVI, copia de otro de la década de 1530 que se ha perdido. La B de Boleyn. O el Carrie de Carrie. Así son ellas.

jueves, noviembre 03, 2011

Un Soplo De Aire


El lujo trata necesariamente de la exclusividad. Del deseo interior de ser una personalidad, individual, única y concreta que se reafirma a través de sus posesiones y mira al mundo de tú a tú diciendo "esta es mi historia" y muere con las botas puestas. Eso, si es que muere. El mundo del lujo se aprovecha de nuestra sed de reafirmación, de nuestro alma necesitada de distinción y de oportunidades y se cuela por las rendijas de nuestro subconsciente como un súcubo que aspira nuestras debilidades y nos ofrece un dulce consuelo a cambio.

Hermés es la Biblia del lujo, el apocalipsis. No te puede no gustar Hermes. No puedes no desear forrar un poco tu vida del naranja Hermes. No se puede evitar. Es así. Es un mecanismo cuasi genético. Es irresistible. La vida es mejor salpimentada con las mandíbulas batientes de un cocodrilo colgadas del brazo. La vida es mejor con el aroma a India y con un fulard de seda impregnado de perfume caro.

Dicen en el mundo de la publicidad que lo más díficil del mundo es vender un perfume. ¿Por qué? Porque es abstracto. Es algo completamente subjetivo que se vende al consumidor a través de ideas. Ideas que calan en él más o menos y que le llevan a desear ser la criatura que aparece en el anuncio o aspirar a su estilo de vida.

Es fascinante la capacidad de mímesis que tiene Hermes. La firma siempre ha sido el culmen del lujo, el coup de grace de la moda. Acaba con la frase de Wilde de pasar de moda y no entiende lo que significa el "morir cada seis meses" -o aún menos-. El lujo de Hermes es distinción, confianza y seguridad en uno mismo. "Puedes ir hasta Montecarlo para jugártelo todo hoy" susurra su bolso, "¿y no te gustaría visitar Alaska o Groenlandia y ver a Nanook comer un filete de foca?" sisea el abrigo mientras el perfume exhala suspiros que dicen "ser odalisca de un harén turco, enamorar a un sultán con los ojos de antracita, ser Roxelana quizás o una concubina a la que Alejandro Magno ama y pinta". El lujo de Hermes es el confort y las posibilidades.

La manta de cachemira te convierte en Madame Recamier, lánguida, postrevolucionaria, hermosa... Una mujer que lo tiene todo y que se queda extasiada ante la belleza. En cambio, la cesta de picnic de mimbre te dice que te atrevas, que saltes, que no me importa que llueva para ir al campo a comer sandwiches. Que no importa que sea noviembre y solo queden hojas y barro... Hermés es una caricia que te alienta, una mano de seda que nada tiene de garra, de acero, de puño ni de conmoción.

Hermes es un soplo de vida, de aire que se cuela en el universo de uno en forma de paquete metido en una caja naranja. Dice "de veras que hoy puede ser un gran día". Y uno se lo cree. Sin duda, la sugestión del cliente cuenta. Y mucho. Uno no puede evitar rendirse ante el imperio de la marca, de la conceptualidad metida en un puñado de letras y de la ropa con nombre de dios griego, de mensajero. A uno le dan ganas de hacer de Julio Verne y recorrerse el mundo, mapa en mano, con una botella de champagne metida en el bolso y cuatro copas que cuelgan de la puerta del camarote mirando desafiantes y esperando cualquier momento para ser abiertas.

Demonio. Hermes es un templo y nosotros somos sus... ¿sus? Sacerdotes es excesivo. Su público y fieles tiene un toque pasivo y se necesita ser activo para definirlo. Quizá seamos las columnas de ese bello templo griego que podría ser Hermes en una figuración. Quizá, quizá... Hermes, el dios heleno, se reconoce siempre por sus sandalias aladas. Del cuero más sensible, claro. Hermes por Hermes casi es como el Papa por Prada, un binomio excéntrico y delicioso.

Lo fascinante del universo de la marca de las cajas naranjas es la sutileza. Se infiltra en nostros y la deseamos sin razón, sin saber porqué. Queremos -y matamos- por un bolso que cuesta el salario medio de un español anuial, nos peleamos por un pañuelo que cuesta un mes de sueldo y uno lo espera como la eterna novia al pretendiente -y pretendido- Príncipe Azul.

Me encanta Hermes. Me encanta su publicidad. Hermes no te dice "mira mis zapatos", te dice, ¿has visto esa huella de oso?, y, ¿te has fijado en esa pierna deliciosa que se impone sobre el frío hielo como los colonos sobre los indios de Virginia?. ¿Qué me querrá decir, qué historia me irá a contar? Quizá Hermes no vive en un templo griego -tan abierto a primera vista- sino en el Templo de Salomón hebreo en el que todo se resume en el no poder pasar al Sancta Sanctorum.

Exclusividad. Ajá. Nos vemos las caras de nuevo. La exclusividad es una amante entregada o una puta cara. Según sea uno. Para anunciar un perfume, Hermes no recurre a subterfugios, a juegos mentales de identificación, a grandes producciones o a Sofia Coppola. Por favor. Hermes pone nuestro deseo más primigenio en primer plano y te dice: "ser feliz es ser un caballo al galope por la playa, volando ligero como una paloma blanca".

Y lo es. Malditos. No se puede comprar la calma como no se puede comprar el alma. Pero, !ay amigos!, ¿y si un poco sí?...

miércoles, marzo 16, 2011

El Debut De Los Jugadores Del Cocodrilo


Un debut más que correcto para Lemaire en Hermés, un diseñador que tan solo había ensayado en el espíritu del cocodrilo de Lacoste con sus polos y su alegría de vivir y, sí, la gente saltando. En Hermés, tras la salida de Gaultier, para la temporada de otoño invierno 2011 propone, sin duda, un estilo que encaja bien en la filosofía de Hermés. El cuero tostado tiene un tono en café, avellana casi, una verdadera castaña glaseada que es de terciopelo, que parece un toffe por su suavidad. Los casquetes son casi hípicos, los detalles colgados al cuello en cuero que son bolso y collar son deliciosos, el blanco níveo utópico de los inicios da paso a un gris urbano que se va conviertiendo en casi moscovita, casi ruso filocomunista hasta que... llega el rojo. 


Gaultier acostumbtó a Hermes a un vocabulario limitado en el que el cuero, los aviadores, los deportistas y el más alto nivel en piel y en detalles se fundían en los años 60 y en los años 30, con las grandes heroínas y con la regia elegancia sofisticada de esa atmósfera de fuerza, prestancia y poder de Katharine Hepburn. Lemaire no se desliga de ese estilo, sin una inspiración temática clara pero con un hermosísimo allure ruso que recuerda al de las blancas palomas y, un poco, a los viajes en tren transiberianos y al sudor de los caballos resoplando en la estación.


Hay algo pre revolución rusa, casi zarino en las capas blancas y en las rojas en las que atisbo a la zarina Alejandra y a la risueña Alexandra. Hay algo postrevolucionario también en las prendas, en las capas grises de los planes de Lenin, en los pañuelos estampados y coloridos de los campesinos, en las botas altas para caminar de la burguesía rusa, en la piel sin esnobismos, solo donde abriga.


Incluso veo la sangre. Al ejército rojo y al ejército blanco. La elegancia altiva de la duquesa María, la oscuridad que se ampara en las capas al estilo de Rasputín, lo que se oculta en los pliegues y, pese a la frialdad, el calor...

martes, enero 04, 2011

Reyes


Es gratificante recibir regalos.
Sin duda.
Lo más significativo de las grandes marcas de lujo es la forma de envolver.
En Hermés es todo naranja.
En Chanel, el papel de seda blanco y negro, la cinta estampada y la bolsa rígida son la clave.
Y en Cartier hace años envolvían los accesorios de oro con pétalos de rosa y canela.

Y bueno, si todo el mundo sabe que el mejor regalo viene en la caja más pequeña... la azul de Tiffanys es, sin duda, la mejor.

viernes, octubre 08, 2010

Bravo Hermés, Por Un Valiente Gaultier


Es la última colección de Gaultier para Hermès. También supone la antesala al nuevo diseñador, Cristophe Lemaire, el chico de los polos Lacoste, y el nuevo rumbo que toma Hermès con la sexta generación de Hermèsitos (el hijo de Dumas-Hermès) y, Gaultier deja un listón muy alto. En los años que ha estado al frente de la marca ha creado un código estético completamente reconocible, completamente comercial y completamente creativo que encajaba a la perfección con él mismo y su humor desternillante y su imaginación de enfant terrible así como con una casa de esas de "lo que fue bueno para mi padre es bueno para mí" basada en la tradición y en el pasado artesano y honorable. Y eso, de veras que es muy difícil.  


Gaultier es un diseñador que me encanta. A veces se le va un poco la cabeza, presenta colecciones flojas -como la de su marca en París para primavera verano 2011 que apostaba por la multiculturalidad noventera enmarcada en graffitis corporales y trajes muy ceñidos al cuerpo- y a veces le da por ser muy muy moderno (demasiado). Pero Gaultier, ese niño terrible fascinado por la camiseta a rayas marinera, las señales de las tribus urbanas, la contracultura, la rebelión, las musas de pechos cónicos y los tatuajes, los piercings y los corsés para mujer entendidos como lencería altamente sofisticada y como vestimenta, también sabe hacer abrigos inmejorables, pantalones de cuero orgásmicos, cazadoras perfecto sacadas del sueño de un aviador, estilo de vida de señora noble que juega al polo, al tenis o revisitar uná época diferente -los sesenta en su penúltima colección en Hermès- o un lugar diferente -India por ejemplo-

Personalmente, creo que esta colección es toda una declaración de intenciones. Y creo que, además, Gaultier debería seguir en Hermès. Se fija en el universo porteño, de ganado, de reses, de látigos restallando contra el suelo, de casa de madera con rosas en un jarrón entremezcladas con margaritas y una ortiga. Presta atención al latir del caballo cuando trota, al sudor fuerte que emana cuando galopa bajo el sol ardiente sobre el desierto. Se interesa por las botas camperas, cómodas y teñidas de arena, muy alejadas de los estándares de los señoritos. Por el sombrero plano que da sombra y protege de la arena. Por la Argentina gaucha y brava.

Con fortaleza y con valentía. Creo que lo importante no es que haya conseguido hacer una colección tan femenina partiendo de una idea tan masculina. Que consiga hacer que la ropa de trabajo sea lo más sofisticado del mundo. Que parta hacia el Oeste en vez de hacia el Este buscando una América en vez de una India.

La colección me recuerda a la última guerra de caballeros, la de Cuba y Estados Unidos contra España en la que Hearst picaba a los americanos con aquello de que había que acordarse -del dichoso- Maine. En la que los españoles perdieron la grandeza y entraron en el pesimismo y la pequeñez pero se quedaron con el honor, aunque fuese de la derrota, y el casticismo. Gaultier le pone honor a su desfile.

Podía no haberse molestado en hacer nada ante su inminente salida o podía haberle hecho una guerra a Lemaire con un montón de top models (muchas le adoran), un puñado de celebrities, una puesta en escena mucho más espectacular y ropa de ensueño que también la sabe hacer. Pero no, Gaultier no se ha planteado esta colección en particular de forma diferente de las otras. Simplemente la ha hecho. Y la ha hecho genial. Todo está en su línea, sigue explorando y no se para. Avanza.

Pero, si me ha gustado la colección es por lo listo que es Gaultier. Por un lado, declara que es valiente, que es bravo y que tiene fuerza suficiente, como los gauchos, para conducir cualquier res y, por otro, enseña que a Hermès aún le quedaba mucho trecho con él al frente. ¿El cuero sólo peude ser sofisticado cuando lo llevan las francesitas chics y sale de una bolsa naranja?  No.


Gaultier se acuerda de lo salvaje, del cuero recién curtido que huele fuerte, de la fuerza del material al vivo, del color de los filetes sangrando con patatas y pimientos y un buen vino. Se acuerda de la amada esperando en casa. De los tópicos. De la Pampa, el dulce de leche, la res argentina, las alfombras de piel de vaca, el acento suave pero melodioso y el guante blanco de los porteños, como españolitos finos, casi toreros pero con hembras. Y da la vuelta al ruedo.


Además, estoy convencida de que le vamos a echar de menos.
Su salida, me recuerda a Con Faldas y a lo Loco, "bueno, nadie es perfecto".
Bravo.

miércoles, agosto 25, 2010

Amo Mi Carré De Hermés



Un cuadrado de seda. Estampada. Perfumada. Suave. Huele a tabaco. A alcohol. A perfume caro. Y a crema hidratante. Un olor nada desagradable. Se lleva en el bolso. Al cuello. Con la marca Hermés.



Y ya no hay más que decir.


Ahora Hermés dice cómo se puede llevar en su página donde explica cómo parecer Rockabilly en Tokio, modelo en Los Ángeles, sofisticada dama en Milán o bailarina de jazz en un antro de los años 20s en París. Eso depende.


¿De qué?


De tí.
De eso trata el lujo.
De ser único.

viernes, julio 09, 2010

Burguesía


Gloria.
Sin lugar a dudas, burguesa. Posiblemente italiana mudada a Francia en ese paso trasalpino tan popular y que tan bien saben hacer las chicas chis, las señoritas bien y las señoras de industriales que aburridas de la vida de comprar Valentinos -de la vieja escuela de Monsieur Gavarani- deciden poner un poco de pasión en sus vidas que no sea del rojo del italiano y salir disparadas a Chanel, ahora a Colette y a lo megamoderno, y un poquito a por la Torre Eiffel, la buena vida, los amantes fáciles, la lencería a medida, los pañuelos de Hermés y el lujo.



En Francia conviven las generaciones burguesas unas con otras en su epítome del glamour, del chic francés y de lo extranjero porque Francia es bastante inglesa y París es una capital que si no es británica, es americana cuando poco. Por allí se pasea pensando en que las burguesas son muy decentes y muy recatadas y en que las aventuras, la fidelidad y la moral importan de cara al exterior sobre todo y más explícitamente, de forma única, inequívoca y unívoca.

La moral burguesa tiene el rostro de las apariencias, sin duda alguna. (No solo la burguesa, no crean). Y tiene un especial sabor a buen gusto especialmente mezclado con tierra batida del viejo Chanel, algo de corsé y mujer objeto de Dior, un poquito de purasangre de Vivier por ejemplo y maletería de Vuitton con bolso de Hermés, un Kelly a ser posible. Mucho más que un Birkin, dónde va a parar.


Realmente esto del Kelly y el pañuelo de Hermés tiene sentido. Grace Kelly, belleza fría y glacial extremadamente erótica por su factura fría, muda y regia encuentra su amplia puerta si no ya en la nobleza -Gracia de Mónaco- al menos en la burguesía que es la pariente rica de la sangre azul que ya está destiñendo en otro tono más.... púrpura por eso de la mezcla con el vulgo rojo y poco verde porque el dólar está en manos de otros.


La biografía no autorizada ¿? de Grace Kelly cuenta que a la Santa Virgen le gustaba acostarse con hombres casados en los intervalos de tiempo que sus amigas casadas no estaban en casa, que era egoísta, tímida y vulnerable y que tenía una belleza hermosa, natural y al mismo tiempo magnética por su lejanía y su distanciamiento que "a dios lo que es de dios y al César lo que es del César".


A Gloria le ocurre igual. Tiene un cuerpo para el pecado, una tarjeta de crédito para el deseo y muchas buenas caras casi como tantas malas intenciones. Se adivina el calor en el hielo helado de la sangre azul del cisne glamouroso de Hollywood en Grace Kelly y se descubre la perturbación, la degradación moral de la delicada Gloria que no es una Belle de Jour de YSL sino una decadente y promiscua Eva o Pandora.


De encaje la noche y a oscuras las cosas parecen que no pasan.
Pero pasan.
!Ay qué si pasan!
Y luego el pecho lo revela, el corazón se desboca.

lunes, junio 28, 2010

El Medio Es El Mensaje


Seguimos con los detalles. Carla Bruni sigue empeñada en ser Jackie Kennedy, ya que total si Kennedy ganó en 1960 fue por su mujer, su físico, su encanto, su atractivo y el voto femenino frente a Nixon, pastoso, que vivía por y para la política y sin pizca de telegenia.

Hay algo terriblemente de pastiche en Bruni pero también tiene sus cosillas de francesita y demás, de morritos finos, de andares gráciles y ligeros y de gracia. Por ejemplo, el bolsito de Hermés.

Es una cosa mona. Graciosa que en el XVII se llamaba el rídiculo.
El corte de este vestido tiene algo de traje de recepción del XVIII. Algo de bombonera también. A estos trajes, la gente los llamaba -pardon- "pisamierdas" porque la gente llegaba a la embajada en carruaje y las señoras no se resistían (mis chicas siempre prácticas) a sacar una cola de ahínotemenees para ser las más distinguidas sobre la pista de baile.
A Bruni le vienen bien para jugar a las damas francesas, en negro como la flor que se quiere tapar pero que eclipsa a la buena de Kitty, la jovencita, vestidita de rosa en Anna Karenina de Tolstoi frente a la radiante Karenina de negro luto pero magnífica.
Pisaverdes...

Y, para acabar, los zapatitos.

Forrados en terciopelo noche como le gustaban a Christian Dior y con esa pizca de tacón de la que habla Aerin Lauder y que es un mal común entre los hombres bajitos (sobrados-acomplejados) de ego según el caso.
En la Edad Media, y en Roma, las mujeres llevaban zapatos de seda que se desgarraban a pocos pasos para no poder ir muy lejos de su centro vital, la casa y su señor. O la casa y el fuego del hogar según se mire. Los zapateros iban a las casas a reparar las suelas de papel que llevaban en muchos casos los zapatitos y los cuentos tradicionales ya hablan del zapatito que perdió Cenicienta que !oh! era de cristal.
Bruni dice, "no hablo y soy en silencio" pero "visto y existo".
Qué demonios, el medio es el mensaje.

lunes, junio 07, 2010

Pañuelos 2.0


Antes de que se me olvide, parece ser que sí que asistimos al viejo estilo actualizado. Y, más cuando se trata de pañuelos. Hermés, la marca por excelencia encargada de estampar seda como nadie, puede adentrarnos en el túnel del tiempo hacia los setenta, traernos al más febril presente caduco o sublimar una perpetua atemporalidad conjuntada con perlas, bicolores bajos y tweed de Chanel.
Pero más allá de lo bonita que es la seda impregnada de perfumes -caros, para qué negarlo- y sobre un bonito cuello ahora en verano, está claro que eso de las pequeñas cosas siempre ayuda.

domingo, enero 03, 2010

La Elegancia Del Erizo


A Paloma le parece que la sociedad es lo que una pecera a un pez. Pertenece a la burguesía parisina, vive en una gran casa con portera, y está decidida a no convertirse en lo mismo que sus padres y, por tanto, el mundo en el que vive. De alguna forma, Paloma está decidida en no pertenecer al mundo al que pertenece y, para ello, vive en otros mundos.


De todos esos mundos deja constancia en su particular testamento para la posteridad que, en este caso, es una cinta de vídeo. Una película que narra una historia con fecha de caducidad en la que se ve el iryvenir, el vaivén, de su mundo. Paloma mete todo su mundo en una cinta de la misma forma que cada uno de sus seres están contenidos en su propia caja -digo- pecera.


Todo pasa bajo el ojo de Paloma que ve su mundo desde otro prisma. Que ve un mundo diferente y extraño. Se podría decir que Paloma ve la realidad como el esperpento que es que diría Valle Inclán y al mismo tiempo, el esperpento es a Paloma lo más natural como sólo es nuestro reflejo en el espejo -curvo o convexo- de esa vida que se vive muerta, se muere muerta y se nace muerta que dirían los grandes hombres de la literatura...

Paloma contempla la existencia de todo aquel que se cruza en su pequeño gran universo con la mirada curiosa e inquisitiva de quien ha decubierto su destino o, por lo menos, cree haberlo descubierto. Y, se encuentra con la novedad aguardando a las puertas de su casa -no como quien dice sino literalmente- esperando a que alguien desvele su secreto porque, al fin y al cabo, todo el mundo tiene secretos que desvelar.


Ya sean pequeños y recónditos...

O grandes e inimaginables...


Y, realmente, sólo necesitamos que alguien los descubra...

Porque no se puede ocultar nuestra verdadera naturaleza...

Ya sea el corazón inquieto que late bajo nostros...
que nuestras más profundas aspiraciones.

"Como ese animal terriblemente elegante que es el erizo"

miércoles, septiembre 23, 2009

It Works


Ocurre en las semanas de pasarelas. Siempre. De la misma forma que ocurre en las fiestas y en las celebraciones y con el típico vestido negro. También con el vestuario de oficina. Con eso que se llama fondo de armario. Con los novios. Con la comida. Con los trabajos. Con las expectativas. Con las personas.

Les pasa incluso hasta a los grandes. Miuccia Prada hizo toda una colección a base de turbantes y blusas sin mangas de raso brillante porque, bueno, porque no estaba contenta con el resultado y decidió no incluir partes de abajo. Eran malas. Así que opto por unos microminishorts. De donde no hay, no se puede sacar.

Quizás tiene que ver con la mediocridad o quizás con la regularidad y la genialidad. Eso de que uno es genial una vez y no siempre. Eso del autoplagio. Chanel con los minivestidos negros, Hermés con los pañuelos, Hervé Leger con vestidos de tiras elásticas, Halston con los vestidos holgados arabescos o Dior con sus chaquetas Bar. Vuitton con sus maletas estampadas, Gucci con sus bolsos cuajados de “G” o, Cavalli con los minivestidos escotados, prietos y ceñidos. Esa fina línea entre el autoplagia y la seña de identidad.

El “it Works” parece ser la clave para no enfrentarse con la realidad y esforzarse. Una colección está Ok y pasa. Y se olvida. Probablemente de eso viene el pasar y pasar de las tendencias. Que son fruto del aceptable significa genial y no del está bien pero podemos y debemos mejorar.

Debe ser cosa de nuestra mentalidad de la misma forma que la mayor parte de la gente hace las cosas para pasar. Y, si no, siempre queda el extravagante polo opuesto. El del escándalo. Chicas desnudas, carne, tacones imposibles, corsés fetichistas o hombres con pintalabios y ligueros. Siluetas de androide, pelucas de payaso o llámalo x para que una Annadelloruso de la vida se lo compre y The Sartorialist lo fotografíe, a ser posible, en la Semana De La Moda de París antes de que esté en las tiendas.

Antes las cosas no se hacían con el It Works. Se hacían basándose en que la gente que iba a gastarse lo que el francés medio ganaba en medio año no pretendía que la ropa, al mes, estuviera quemada. Vista en Vogue, GQ, Instyle, Elle, VMagazine, Bazaar, Vanity Fair y en una centena de blogs en la red. Y manoseada por críos de diez años y por Bridget Jones con un blog que leen ella y sus dos amigas que se creen Coco Chanel en 1.80 y caucásica. Con su talento y el físico de Gisele. Ejem.

Antes la necesidad era la madre de la creación .¿Cómo conseguir que alguien quiera un tuxedo cada temporada? Ahora sólo necesitas tatuar una marca y venderá. Mmmmm… si ya han quitado las bolsas de plástico, ¿quitarán la ropa de usar y tirar por algo que no sea un mero placebo?

No siempre el Ok vale. Porque en la escala hay diez y, el cinco es suficiente pero no Suficiente.

viernes, junio 26, 2009

Fashion For Men



El sexo vende de la misma forma que el vestido negro es el favorito temporada tras temporada y, el que más admiración despierta sobre la pasarela. Hay tópicos que nunca dejan de funcionar. Como el del “sexo débil”. También el del escote, la falda tubo y los tacones. Para la mayoría de féminas que pueblan la jungla de asfalto los hombres carecen de gusto. Para la mayoría de los insiders de la moda, “sólo los hombres pueden diseñar”, para otros, se dedican a torturar a deliciosas cieguecitas que cumplen a rajatabla con sus cabezas vacías de cabellos largos los dictámines de un pequeño tirano que decide que hoy el rojo es el nuevo negro -sigh-.

Para otros, seguidores y acólitos de Gabrielle Chanel, “sólo las mujeres pueden diseñar” pues ellas saben qué quieren ellas. Exactamente y sin corsés de por medio. Nada de jaulas de pájaros. Pero para los mortales comunes y corrientes de la sociedad pequeño-burguesa que desayunan leyendo el periódico y tomando cafés, almuerzan deambulando por Zara (sección clon) y cenan en italianos discretos los viernes por la noche esto es algo totalmente ajeno. ¿A quién le importa?

A nadie. Mis niñas no tan niñas tienen esquemas mentales -bueno llámenlo X- por los que “ellas” y su grupo de amigas (compran el sábado por la mañana y combinan un, digamos, pañuelo de Hermés con vaqueros de Zara) son ideales -agh- y sus novios -maridos, pareja, compañero de cama, quien paga a medias las facturas etc…- reducen sus conocimientos sobre nada en particular a coches-fútbol-algo aburrido, carecen de esos conocimientos tan profundos, tan extensos, tan b-v-astos que ellas tiene. Que ellas sí que tienen.

Aún así el macho alfa tiene mucho que contar respecto a la moda. Y, eso es lo que hoy -ahora- me interesa.

Qué les gusta y qué no. Qué funciona y qué no. Es algo así como porqué es más sexy alguien con ropa interior que desnudo. Un insondable misterio de la mente masculina que probablemente nadie llegue nunca a descubrir jamás porque es más interesante saber los hábitos sexuales de las focas que los recónditos y oscuros pliegues perversos-muy perversos-semiperversos-0 perversos de las personas. C´est la vie.

Sí a los tacones, sí al vestido negro, sí a los escotes. No a las fashion victims, no a las estridencias, no a las femmes fatales. De alguna forma quieren a alguien de la que puedan presumir pero no que llame la atención. Quieren poder alardear de lo -sorry- que llevan cogido del brazo pero sin quedar relegados a un segundo plano que diga -eh, ella te ha escogido no-me-explico-cómo qué suerte-.

Aunque también creo que a los hombres les interesa más el proceso de desvestir que el de vestir.

De cualquier forma a todo el mundo le gustan las personas que no se disfrazan de nada más que de ellos mismos. Hombres y mujeres.

¿Y porqué no?