Mostrando entradas con la etiqueta Studio 54. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Studio 54. Mostrar todas las entradas

lunes, febrero 10, 2014

Parejas Ideales







Llega San Valentín y no puede uno menos que pensar que, aunque hortera, es una fiesta encantadora. Yo veo Algo para recordar de Meg Ryan, guapísima, antes de las operaciones, y Tom Hanks en la que hacen un remedo muy digno de Tú y yo, película a la que yo nunca he encontrado el punch por ningún sitio pese a que sale Cary Grant que es como... como... ¡ay, qué cosas me hacen decir -y pensar-! Lo mejor de esa película es que una puede sentirse completamente identificada. En primer lugar porque oigo esos programas de radio de llamadas. Soy así, hay gente para todo y yo estoy en ese nivel. En segundo lugar porque el comportamiento obsesivo compulsivo de Meg Ryan es el de toda soltera actual. Es, digamos, una especie de previa de Bridget Jones pero más guapa, mucho más delgada, y con mejor gusto. Menos mal que, cuando la rodaron, no había ni móviles ni Facebook. Esa sería otra película. Pero sería la misma película. Yo dejo caer la idea. Pueden hacer un remake del remake, algo así como la introducción esa de Armando de Troeye que dice Pérez-Reverte en El tango de la Guardia Vieja que era una broma genial porque no introducía nada. 
En fin. A lo que voy. San Valentín, lo bueno que tiene, es que uno puede ser pasteloso casi por obligación. Lo otro bueno que tiene es que todos los años cae algún regalo y, oigan, si ustedes tienen algo en contra de los regalos, no sé qué hacen leyendo mi blog. ¿Lo han confundido con Greenpeace, con una web de comercio justo o con la web del Partido Comunista? Aquí no hay sombreros hechos por niños panameños ni sandalias elaboradas a mano por mujeres masais o lo que sea. No soy una modelo. No llevo esas cosas. No voy sin maquillar a Ruanda y poso, toda esbelta y en color caqui, sin maquillaje, con camiseta y vaqueros, con las nativas vestidas con trajes de colores y luego digo en mi egoblog que qué belleza de colores, que qué mujeres tan valientes, que qué niños tan felices. Ay.
Pues eso. Mi anécdota favorita de los Jagger (Bianca y Mick, para los no entendidos) es cuando ella se hizo confeccionar, para mujer, un montón de trajes en Savile Row. Pero no es la única, este matrimonio dio grandes momentos en los setenta. Uno es su boda. Bianca de YSL, con pamelón y un escote como el gran cañón del Colorado. Y la otra es cuando se subió en un caballo y entró en Studio 54. Las fotos de Peter Beard tampoco se quedan atrás. 
Sé que ustedes están por encima de las cajas rojas de bombones compradas en el supermercado. Lo sé y les respeto por ello. Amen al amor, por favor. Al amor elegante. Al amor con estilo. Como el de estos dos. 

martes, junio 05, 2012

Marisa Y Andy







Inexplicablemente, la nieta de Elsa Schiaparelli, Marisa Berenson no fue a la gala del MET dedicada a las conversaciones imposibles entre Miuccia Prada y la Schiap, esta italiana que Coco Chanel odiaba porque ella decía que Chanel sólo era "una sombrerera". Mientras Coco se alió con los cubistas, Schiap lo hizo con los surrealistas y produjo una moda delirante llena de doble significado oculto bajo el velo de la realidad ya fuera con langostas o con zapatos en la cabeza. Schiaparelli, sin embargo, fue aficionada a los turbantes y a los sombreros, más a los primeros que a los segundos. Su nieta, heredó esa misma costumbre como se ve en las fotos que le hizo Warhol en los 70s (con turbante amarillo) porque Marisa fue una diva de Studio 54 al mismo nivel que Bianca Jagger que fue un iconazo con todas las letras. Vale, le faltaba el caballo, pero le sobraba casta. Y eso se ve en sus turbantes. Qué maravilla. Es verdad que los 70 no fueron chics, pero fueron glam.

jueves, junio 23, 2011

La Línea


Diane Von Fustenberg, una más de la camarilla de Studio 54 de Warhol, Bianca el caballo y toda la jarana con coca, trajes de Halston, heroína, héroes y villanos. Y el wrap dress. Qué maravilla. Estampado, con todas las formas femeninas en exhuberancia, cuerpo, sexo, erotismo, ganas de fiesta. El wrap dress es un icono de la moda de lo reciente. Ha pasado muy desapercibido en toda la locura de los 80s que hemos vivido en estos últimos años con todas las voguettes, los dramas Carine -Wintour viste de Prada, Vogue en general y demás panda de Em Alt con 0 maquillaje, un millar de tachuelas y aspecto de !volado! o en busca de voladura con sus malas pulgas, el pelo tapando toda la cara y mirada de desdén a la cámara... pero ahí está ese vestido que es toda una llamada de atención.

Que las mujeres tienen curvas. Pechos. Caderas. Hombros. Cerebro y erotismo. Que el potencial erótico no se encuentra solo en el cerebro sino en la carnaza, en las entrañas de la bestia, en el poder telúrico de la sangre, en la llamada mística del furor de la juventud y la carnalidad. Estamos de acuerdo en que el wrap dress, sin duda, marcó una bonita era en la que compartió genialidades con Mugler que vestía a sus mujeres y tapizaba sus sueños con valquirias imponentes sacadas de formas de venus paleolítica, con Alaia -!que vuelve!-´que las  ataba con cintas eróticas, vestidos felinos, cinturones divinos que estrangulaban sus cinturas y sus deseos hasta el corazón y con Versace que soñaba con burdeles y lujo y leopardo y sexo y dinero y Warhol y Marilyn y Miami y el amor al tiempo que Montana jugaba con un montón de estolas de pieles y cuerpos en forma de diapasón invertido.

El wrap dress era un guiño entre titanes, claro. Un pestañeo.
Pero señores, hay mujeres que con una mirada, quitan el aire.
No subestimemos.

domingo, mayo 01, 2011

La Boda


Que sí. Ellos molaban. Con su escote, su palema y todo el rollo de siervos del Imperio Británico y la Reian entre burbijas de champagne y vestidos auténticos de Yves Saint Laurent. Grace Kelly no era el icono de nadie y el LSD seguía siendo tan bueno como la suave maría. Todo actitud. Y ellos tan libres como para irse de fiesta a Studio 54 con un montón de gente guapa y desconocidos y nada de sectas posh con canapés y Príncipes pinchando música.  Y como colofón, un traje blanco de Halston y un caballo. Y la coca subiéndose a la cabeza en el último baile. Y en el primero.

martes, abril 12, 2011

Jane Birkin


Jane Birkin. El que no sepa quién es esta peligrosa y deliciosa jovencita tiene un buen problema. Porque probablemente tampoco sabe lo que son las puestas del sol vistas reflejadas en el mar, llevar libros para el avión en cestas de paja, que te diseñen un bolso con tu nombre en Hermés y que te lo den envuelto en una de esas cajas naranjas, comprar algo tan caro que no te lo puedes permitir y luego hacerte preguntas de porqué lo has comprado, una noche loca, bebidas espumosas y estruendosas, música alta y una boda en la arena con un amigo de toda la vida o un desconocido de toda la vida o al menos, con Serge Gainsbourg. y con coronas de flores a la cabeza y un vestido blanco que se vuela con el viento.

Peter Dundas, el actual diseñador de la casa italiana Emilio Pucci parece que sí que conoce a Jane Birkin. Y no solo porque su archifamoso vestido -desnudo- blanco pegado al cuerpo como una segunda piel para que la sirena varada en la orilla se convierta por la noche en la reina de la discoteca sea una copia descarada del que lució la orgullosa señora Gainbourg en los 70 sino porque toda la colección respira el aire mediterráneo, del chic despreocupado, del pelo largo, liso y lacio y de Marruecos, Ibiza y la música tranquila que suena cuando te colocas con ¿M?(m)aría.  

 
      
El que no sepa quién es Jane Birkin no sabe lo que es ser un inglés en Francia, no sabe lo que es grabar canciones eróticas con un hombre que lleva Repettos blancos y no sabe lo que es, en general la esencia de los 70s. Esa década con una sexualidad despreocupada muy lejos de la hipersexualidad de los 80s y el sida, la coca, Warhol y Studio 54. Con marihuana, aún Woodstock y la psicodelia lista para explotar en la cabeza en cualquier momento. En la que el sueño era Ibiza y no Bahamas y en la que aún no había nada que meter en una caja fuerte en Suiza. Alcohol, risas, deseo, sexo y despreocupación. Pero de nada demasiado y, sobre todo, sin competiciones. Una oda a la vida relajada. Vamos a morir, claro. Pero no será mañana. Será cuando ya no podamos hacer nada. No cuando ya no nos quede nada por hacer. Y en realidad no tengo mucho más que añadir... solo miren y disfruten.


De las fiestas maravillosas...


los pantalones con pata de elefante, los accesorios con flecos, las sandalias, los pañuelos en el pelo, las joyas de oro, las turquesas, las trenzas, el pelo largo....

    

En serio, disfruten.

martes, noviembre 16, 2010

El Magnífico Ford


Tom Ford ha vuelto si es que alguna vez se había ido. No vuelve el hipersexo, no vuelve la carne, no vuelve lo prohibido y no vuelve el desenfreno.  La mujer de Ford es la misma pero también ha cambiado un poco en estos años, como él, no ha envejecido pero sí ha madurado y ya no cree que lo mejor es poder estar sacada de la imaginación de Helmut Newton. De repente, valora más otras cosas como la elegancia masculina, ampulosa y estilizada de la divina Garbo o el frenesí disco y relajado de los 70s cuando, sin preocupaciones de ningún tipo, ibas a fumar hierba a la sala VIP que el dueño tenía con la mejor maría del mundo. En realidad, apenas ha cambiado pero, ha cambiado mucho.


Ford sigue teniendo sus temas y obsesiones en la mente. Le gustan los 70, los 80 y las mujeres poderosas que, con mucho glamour, rezuman sexo, erotismo, un poco de mal gusto, perversión y elegancia de erótomano al mismo tiempo. También le gustan los 30s de la androginia, los pantalones con caída, las damas que pueden llevar tocados en su vida diaria, los delirios de vodevil de flecos y turbantes, los fumaderos de opio de la 5 avenida y lo pequeño que era el mundo de ese Paris-la-nuit en el que todo el que era alguien se conocía y el que quería serlo, se vestía de Schiaparelli.

De su colección primavera verano 2011, ésa que presentó en Nueva York para los ojos de 100 personas y de la que no se debía filtrar nada para devolverle a la moda el encanto que ha perdido, y de paso, aumentar y estimular la mente de los comrpadores y vender más, han aparecido estas imágenes en premiére en la edición norteamericana de Vogue, es decir, la de Miss Wintour. Que es evidente que Ford ha mezclado epocas, mujeres, sueños, aspiraciones, inspiraciones y películas no necesita más explicación.

Lo que ya no es tan evidente es decir que ha conseguido crear esa cosa bastante íntima de un útero de comodidad, belleza y tiempo. Las mujeres de Ford son ricas, poderosas, están en la cumbre, visten de maravilla y sus pieles nunca rozan con las de los vulgares mortales. Tienen su punto de galería de los horrores naturalmente, poca luz para preservarnos dicen, tacones imposibles con los que romperse la cadera -ay- susurran, vestidos hechos para recorrer las caderas fértiles y sinuosas y cuerpos lascivos hechos sino para el pecado sí para el deseo. Las mujeres de Ford se pasan la mañana dedicadas a ellas mismas, las barras de TF dejan el mismo sello de rubor que un orgasmo, sus perfumes son de aquel Opio del que Saint Laurent sabía tanto y saben a almizcle y a tierra ocre y húmeda esperando su verdor mientras que en la silla reposa el traje de ese hombre de Ford vestido a la antigua, y a la moderna, sacado del sueño de serotonina y hormona de cualquiera de esas diesos frías de hielo, heladas, que no lo son tanto....

Sinceramente, yo sólo veo años 30s. Ya sé que a Ford le encanta Studio  54, toda esa jarana de panda de celebrities en los 70 vestidas de Halston que conversaban con Warhol mientras Bianca Jagger iba "colocada" encima de su caballo y Capote escribía los últimos borradores de Answered Prayers. También sabemos todos que a Ford le apasiona ese sexo desenfrenado pre-sida pre-post-moderno que unía a toda la élite en una sala de fiestas de Nueva York. No cabe duda que le gustan los americanos -como él- que le gusta Ossie Clarck, y Halston, y Calvin Klein en sus primeros años y todo ese jaleo de escaparates de lujo en grandes almacenes caros y café con pastas para mujeres ociosas pero poderosas, rubias, pelirrojas, femmes fatales, Evas, Pandoras, súcubos del peor infierno que no se visten como putas.

Ya no se visten como putas.
Ya sólo son damas gélidas con corazón.
La única diferencia.

sábado, octubre 30, 2010

Los Buenos Tiempos


Lagerfeld e Yves Saint Laurent despegaron su carrera a la vez, ambos se hicieron un -gran- hueco en el mundo que conquistaron y grabaron su nombre con letras de oro que ellos mismos labraron en el tapiz del éxito. Lagerfeld con Chanel e Yves, primero en Dior, y luego ya, refulgente en su propia casa con la que definió buena parte de la segunda mitad del siglo XX.

La enemistad entre ambos se hizo tangible en los años 80s. Esos mismos en los que Studio 54 y Halston estaban a la orden del día, en los que Bianca Jagger montaba a caballo en Nueva York mientras Capote se hacía operaciones estéticas y Diana Vreeland lo veia todo de rojo. Cuando YSL murió, Lagerfeld no fue al funeral.

Pero mandó unas bonitas palabras,

Por los buenos tiempos.

Porque, realmente fueron buenos.

sábado, octubre 16, 2010

Warhol


Hay gestos ominosos y otros orgullosos.
Hay hombres completamente fascinados por algo a lo que consagran su vida.
¿Era el arte a lo que se consagró Warhol?
Puede. O puede que no.

Cuando creó Interview, estaba fascinado por las eelebrities. En Studio 54 ya se trasladaba de celebritie a fotógrfo haciendo fotos a los que no eran nadie. Pero, cuando creó su revista, estaba más interesado por toda la gente guapa, por todos los VIPS, por todos los que vestían de Fiorucci y se reían con Halston. Por Capote, por Diana Vreeland, por Nati Abascal o Carmen Martinez Bordiú y, por Sinatra o los Jagger. También por YSL.

Fotografiaba con esta extura. Con ese fondo blanco. Con la sombra. De perfil. Con el cuello estirado.
Creo que a Warhol le hubiera gustado Grace Kelly.
La princesa, la dama del hielo, la diosa del sexo.

Pero bueno, Carolina sale radiante en la imagen.

martes, septiembre 14, 2010

Marc Jacobs, Palm Beach 70


Me encantan los 70s. Qué se le va a hacer. Pienso en vestidos vaporosos, en trajes resbaladizos. En Fiorucci, en casi Studio 54, en flores en el pelo, en Bianca subida a un caballo, en Warhol con Capote con Holly Golightly -¿por qué no?- con un buen cóctel en la mano y un poco de ron con Coca Cola. Zapatitos altos. Rosa fuerte. Peluquería los jueves porque se sale todo -todo- (Todo) el fin de semana en continúo.



Marc Jacobs se acuerda del punto de Missoni con los cigarros largos y los pañuelos en el pelo y los trajes de baño en la piscina del hotel, con tragos largos, un trampolín muy alto y tumbonas con toallas blancas inmaculadas que se cubren de doradas venus con pareos de seda estampada.

Se acuerda de Ossie Clark, de la música suave, de Saint Laurent con sus mujeres de verdad envueltas en un chal, con un gran pamelón, soñando con ser Verushka en aquel bonito desierto, con su sahariana y sus maneras de estrella sin duda. Y de aquella boda con Mick Jagger y la pamela, y la falda tikki o lo que fuera eso.


Ni que decir tiene que hay que pensar en mar. En sol. En playa. En bañadores estupendos, relucientes sobre la piscina mojada y trajes que sacan a relucir más de lo que ocultan. Y también en palmeras artificiales o naturales. En Marruecos en verano y en Londres pop con todo aquel jaleo de minifaldas, faldas pantalones y música por todo lo alto.

Se trata de divertirse. Aún no hay Sida. Aún no hay cracks ni yuppies cabrones. Aún somos jóvenes. Y semi hippies y, si todo el año nos divertimos, no pasa nada. Ya peinaremos canas en otro momento. Ahora hay que vivir.


Y eso incluye seda cara. Un marido rico. Una cuenta corriente más que fluida. Un crucero. Un montón de pañuelos. Unas sandalias de flores. Un vestido como una autopista. Una Vespa. Y un mujerón.


Porque sí.
Aquí Ella jamás morderá el polvo.

martes, julio 06, 2010

Locos Setenta, Bonitas Rubias En Armani


Divinas. Los años en los que Armani empezó a triunfar, que fueron los ochenta, tienen una atmósfera especial. Son estéticamente horripilantes para muchos por su cercanía pero tienen algo de chic al mismo tiempo aunque haya que hacer esfuerzos por encontrarlo.



Armani encontró su público en las poderosas mujeres que se sumaban en tropel a las filas del Pueblo oprimido y explotado porque querían. Les hizo el traje blando, les dio un maletín, una pizca de tacón y mucha clase con líneas para ellas.



Pero ahora parece que el tirón de los ochenta empieza a decaer y que hay que volver más atrás porque nos acercamos demasiado a nuestro propio pasado y a nuestros propios horrores como para querer repetirlos y poder disfrutarlos.

Las fashionistas de medio pelo no son tampoco de ayer y si un día se divierten con hombreras, vestidos de puta brillantes y tacones punks con aire de fetichista barato, tampoco van a pasarse la vida vestidas como cuando tenían quince y creían que el rock era lo más, tía. Quiero decir que uno ya tiene una edad y encuentra más chic a Grace Kelly y a Audrey que a Kurt Cobain.


No obstante, los setenta tienen algo mágico.



No son los populares 60 con los Beatles, el LSD, las minifaldas, Twiggy, Mary Quant, el Papa escandalizado, la quema de sujetadores y mayo del 68 francés como una primavera joven ni se acercan a la mente estética e ideal de los 50s en los que las reglas de sexos eran más claras y más divertidas y estilosas. No son los 80s saturados que se hallan en las carnes de los que pagan la ropa y la usan. Son un punto de partida.


Tienen encanto. Claro. No tienen a Studio 54, Warhol, Woodstock, Viviane Westwood ni a los excesos ya totalmente decadentes de los yuppies puntocom pero tienen aire de hippie que dura y de serios profesionales.


Somos lo que queremos ser. Dicen en los 70s.


Trabajamos pero sin ser capitalistas ciento por ciento.
No somos comunistas de pura cepa ni hippies agitadores que sólo fuman maría al sol.

Trabajamos y vivimos.
Un equilibrado y sano concepto.


A Armani parece gustarle el concepto. Son mujeres respetables, con oficio y beneficio pero con vida propia, amores, vida social y una moral a tono con la sociedad y con la individualidad. Pueden leer a Camus y preocuparse por las raíces del pelo. Pasear por la Rive Gauche de YSL y comprar en un brocante un trapo de lencería del XIX por tres francos.


Claro. Tienen encanto.


Años setenta. Me dicen. Mujeres divinas.
Pero mujeres.