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martes, diciembre 25, 2012

Tiempo De Navidad










La tradición de hacer portadas de navidad se ha perdido en casi todas las ediciones de Vogue salvo en el Vogue inglés quizá porque tienen una tradición más viva (mercadillos navideños y todo el jaleo post reina Victoria). Sin embargo, revisar los distintos números deja un sabor de boca muy a sociología. Por Vogue han pasado cientos de artistas tanto del dibujo como de la fotografía: Picasso en 1945 dibujó la portada del especial de Navidad (la tercera imagen) que está, innegablemente, imbricada en la historia del mundo actual: el arco iris brilla sobre la victoria de Samotracia en las primeras navidades sin guerra y Eduardo García Benito dibujó otras tantas o Pierre Roy (penúltima y antepenúltima). Ahora la cosa va de fotos. Y la verdad es que Kate Moss molaba en 2001, vestidita de navidad como una reina... así que felices fiestas.

sábado, agosto 25, 2012

Árboles Caducos



Cocteau dijo en Retratos para un recuerdo, a mediados de los años treinta, que “"la belleza frívola de la moda y de sus refinamientos inspira la belleza grave o se inspira en ella y que ahí se encuentren prodigios que continúan siendo prodigioso y que solo pueden provocar la risa de los que padecen la moda sin comprender su ley trágica. La moda muere joven, y este aspecto de condenado le da nobleza. No puede confiar en una justicia tardía, en unos procesos ganados en apelación, ni en los remordimientos. En el mismo instante en que se manifiesta, debe alcanzar su meta y convencer".

Hay que saber diferenciar entre belleza y moda.
Porque son dos cosas muy distintas.

En moda, casi todo lo que se crea, es bonito. En general, fuera del look del desfile, despojado del pelo punk o decimonónico, del rap y del pop que amenizan el desfile y puesto, inmaculadamente, en la boutique blanca, a la moda, sofisticada y aderezada con copichuelas de champagne, es todo bonito. Incluso lo que en el desfile era horrendo. Hay cosas que no, insalvables. Probablemente ahí se inscribe algo del tormento de McQueen, bastante de los japoneses como Kawakubo y también de Margiela por ejemplo. Pero no por feo sino porque nadie sale a la calle con un vestido de rayos láser, una falda metálica que se hace mesa, un vestido de papel de seda o unos zancos hidropónicos y claustrofóbicos con tacón de treinta centímetros.

La moda es una industria que, en general, trata sobre la belleza. Como el arte. Sin embargo, el arte no es la historia de la belleza y la de la moda tampoco. Quizá el ejemplo más fácil para entenderlo sea el del arte contemporáneo -mal llamado así, claro-. La aspiración de Ingres en su Odalisca en la segunda década del XIX fue crear una mujer tan bella, tan ideal, tan maravillosa, que tuvo que añadir vértebras para que su espalda fuese realmente la más hermosa. En cambio, Picasso pintó en las Señoritas de Avignon unas putas en un burdel filosófico -que era el título que él quería poner- y ahí belleza (lo que uno espera encontrar por belleza y quizá por sensualidad, poca). Eso sí, para Picasso las damiselas de la cortina y la otomana eran una tentación tan grande como para Ingres su cortesana turca. Pues eso, que todos contentos. Esto me trae a la memoria eso de que el cocodrilo y el caimán son parecidos pero no son igual que creo que es una buena conclusión a todo esto.

jueves, enero 05, 2012

La Princesa de Éboli



Nunca me ha interesado demasiado la historia de la personalidad de la Princesa de Éboli, esposa de Ruy Gómez de Silva, el mejor amigo de Felipe II, fue tan hábil como su marido en medio de la jarana de las intrigas de la corte y a mi lo que me interesa es su belleza. De gran carácter, protagonizó algunos de los episodios más oscuros e intrigantes de la vida del misterioso Felipe II, exactamente el hombre del que María Tudor se enamoró viendo un cuadro de Tiziano. Su marido, más de veinte años mayor, fue el hábil cortesano discreto que el Barroco presagiaba que logró enterrar al III Duque de Alba en Italia y apoyó dos grandes fracasos: la guerra contra Inglaterra y el pacifismo en Flandes que ya se encargó a Alba de "solucionar". Y ella tuvo el carisma de ser considerada una de las damas más bellas de la corte española pese a haber perdido el ojo en un accidente de esgrima, aparte de otros episodios, claro.


Ahí está el quid de la cuestión, hay quien piensa que la princesa ni siquiera había perdido el ojo, que lo hacía para seducir -por los pocos datos que refieran su defecto y porque se transparenta su ojo mirando en la dirección correcta en el retrato-. Otros opinan que la bella con la que el poderoso "Rey" Gómez tuvo diez hijos había sufrido una caída de un caballo que le produjo una atrofia ocular.  Sea como fuese, que al caso nos da igual, a mí -como a Helmut Newton- todo esto me parece fascinante. De hecho, Newton confesaría que en muchas de sus fotos salían chicas con monóculos y que "una chica que trabajaba conmigo en el laboratorio de Yva, en 1936, llevaba monóculo... cosa que me volvía loco sexualmente... Un día cuando Paloma Picasso estaba en mi estudio, saqué un monóculo y le dije: 'De prisa, Paloma, póntelo en el ojo'. Y ella lo hizo y le tomé la foto".

Se sabe que el parche de Ana de Mendoza de la Cerda le permitía pestañear y que era de anacoste, un tipo de lana fresca y ligera de Normandía y que debía ser miope pues tenía una letra muy grande y usaba una plantilla con renglones para escribir. Al margen de todo esto, aquí la altiva dama era una enamorada del lujo y cuando a la muerte de su marido entró en el convento de las Carmelitas de Santa Teresa, la vida de la celda no era lo suyo y se mudó a una casa llena de criadas y repleta de joyas y vestidos por lo que la Santa hizo que toda la comunidad de religiosas la dejara sola y ella se encargó de tomarse su revancha. De vuelta a su palacio de Madrid, inició una relación íntima con Antonio Pérez y cayó en desgracia ante los ojos de Felipe II, del que se dice que fue su amante cuando estaba casado con Isabel de Valois, y él la encerró en su Palacio de Pastrana hasta su muerte.

Se dijo de ella que era la única mujer "capaz de entretejer alrededor del cuello de todo un rey, una soga hecha con pasiones que estuvo a punto de acabar con un gran imperio". Felipe II siempre la llamaba "la hembra" y otros la tildaban de "animal imperfecto" y si Ana Bolena fue el espejo de la moda de la corte de Enrique VIII, la princesa tuerta lo fue de la española. Una dama tan hermosa... eso es vivir con un defecto. Y convertirlo en una virtud. Cada vez me interesa más.

lunes, febrero 28, 2011

Mi Mujer, Ella


Suelo pasar por alto el término pret a porter. Todo lo que conlleva eso de para llevar y para la vida diaria, toda la bagatela protesta de Yves Saint Laurent e incluso aquello de "un toro y un caballo" de Picasso. No obstante, poco veo para la vida real de mis damas: en Rodarte pintan androides de pintura en tela y en Prada me ilustran tecnófobas tecnófilas maquinadores del swinging London.


No obstante, veo Bottega Veneta. Las veo. 24 horas, siete días a la semana. Prácticas por la mañana -!y maduras! llevando los niños al colegio o corriendo tras un aguacero, dulces a mediódía si hay una comida o incluso si se alarga por un té sin poner en duda nada de la vida práctica. Elegantes por la tarde, paseo del brazo del marido, tarde de tiendas de chicas o ir a la compra -qué más da-. Por la tarde noche, un cóctel y... más tarde, de fiesta y urbana, como debería ser, personificada casi en el deseo mismo de la contemporaneidad.


Sólo miren. 
¿No es bella?
Ysin delirios Tomfordianos.
Nada de publicidad, solo ella.
De veras.

miércoles, julio 07, 2010

Gaultier, Buenos Y Viejos Amigos


Me encanta Gaultier. Lo reconozco, es uno de mis modistos favoritos. JPG siempre quiso diseñar en Dior pero a Arnault le gustaba más Galliano que podía vapulear lo que le diera la gana y que siempre ha sido su niño mimado y que, además, con la excusa de su genio y su creatividad podía venderle a cualquiera sus descabelladas propuestas porque, como todo el mundo sabe, los genios son incomprendidos necesariamente.



A Gaultier le gusta lo que a mí. Elsa Schiapparelli, la guerra, la posguerra, las medias con costura, las uñas largas pintadas de rojo, las bocas maliciosas, el humo del tabaco pululando con un aura encantadora al lado de la femme fatale, las vampiresas, las medias de rejilla, los zapatos de tacón, los sombreros, el negro, los febriles 40s, el cabaret, las estrellas del cine, Ava Gardner, Carmen Miranda y el sexo. Y el chic. Y la buena chance.



Realmente veo los años de las entreguerras salpicados con un poquito de la posguerra y algo de la II Guerra Mundial, pero poco de esto último. Hay algo austero en el aire que se respira y al mismo tiempo esa decadencia del cine negro que insturaba vampiresas rubias a golpe de filtro, de alcohol y de tabaco de liar. Vestidos dorados con muchos brillos y el pelo sobre el ojo malcayendo como quien dice.


Las imagina uno fugitivas, con mal de amores, repostando en Viena, pasando por París antes de Vichy, yendo a Marruecos, a Casablanca, paladeando el humo y el champagne y besando servilletas blancas para dejar la firma de los labios rojos.

Tienen esa cosa canalla del cabaret. Muy canalla. Esa Alemania de los 25 del espíritu Locarno, de Briand y todo el jaleo de las reparaciones de guerra que parecían solucionarse por sí solas en la que Berlín era el centro del mundo, de la nueva cultura, de las nuevas tendencias, del estilo exagerado y de las mujeres más bellas y más perfidas del mundo.


Aquellas que iban al Cabaret y salían agarradas del brazo de otra chica y un chico. Todo muy de a tres. Y todo muy ¿in?moral.

De aquellas que bebían champagne como agua, creían que lo bueno empezaba y lo malo acababa y las que se pegaron el susto de su vida con el crack del 29.


Hay que joderse. Cuando todo iba tan bien. Schiapparelli vio que todo iba tan bien que las mujeres podían llevar diademas de langostas, sombreros con zapatos, bolsos con manos, guantes con uñas y trajes con cajones por bolsillos.

Chanel la odiaba. La decía italiana -sigh-. Porque ponía a Picasso donde ella ponía otro Picasso y a Dalí donde ella ponía a Cocteau.

Claro que a Chanel, Poiret le decía "sombrerera".
Y que vestía a telegrafistas mal alimentadas.
Y raquíticas de luto.


Pero qué bonitos son los sueños de Gaultier. De un caballero que lo olvida todo a la noche siguiente.


Como la moda actual se olvida de este viejo glamour.



Pero no del todo.
Siempre quedan ellos.
Ellas.
Él.