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lunes, octubre 06, 2014

Identidad, Miedo Y Semiótica, Galliano Y Margiela


Esta mañana, John Galliano, antiguo diseñador de Dior repudiado por antisemitismo (tras comentar a una pareja judía que eran feos y que su bolso también lo era y que él amaba a Hitler, todo ello, copas de vino mediante), reciente becario de Oscar de la Renta y siempre amado niño terrible de Anna Wintour, con un cargo de director creativo -o algo así, se trata de ese nuevo lenguaje ininteligible de los negocios- de unos perfumes rusos (qué desconcertante es todo), acaba de ser nombrado diseñador en jefe de Maison Martin Margiela, casa que su creador abandonó en 2009, con confirmación oficial y alegría, también oficial, porque por fin en Maison Martin Margiela vuelve a haber un creador con carisma. 

Margiela

Y esta pasión por el carisma es el rasgo que más llama la atención de lo comunicado a la prensa por un empleado de Enzo Rosso, director the Only The Brave -OTB-, sobre todo cuando el propio Margiela era carismático por su ausencia total, casi por su desaparición en su propia marca, aunque fuera un anonimato consciente, muy japonés, muy místico, como el de esos monjes que pintan con agua en el suelo para que el sol se lleve su obra efímera, sin dolor por su parte. Así, en Margiela, se pasa del carisma extraño de Margiela, interesante en sí mismo, a otra figura interesante en sí misma pero de una forma muy diferente: Galliano es el que se disfrazaba de torero, de astronauta, de estrella del cabaret de los años 30, de culturista sudado y embadurnado de aceite, de estrella del pop con abdominales y melenón rubio... en Dior


Esto no deja de ser un cambio total, brusco, brillante quizá. Absurdo, probablemente. ¿Qué pinta Galliano en MMM si su creatividad nunca jamás ha sido conceptual? Galliano es un artista maximalista que resulta lujoso y provocador siempre. Incluso cuando en sus desfiles inserta mundos futuristas, mundos paralelos, retazos del futuro, cortes arquitectónicos, burlas, citas, sátiras, parodias... que lo hace. Lo de Margiela es preguntarse por la esencia de la moda, lo de Galliano es llevar la moda al límite. Puede parecer similar pero no lo es. 


Martin Margiela se pasó años en el anonimato, sin que nadie viera su cara, y apenas es reconocido hoy. Cuando dejó su firma en 2009 lo hizo con total discreción y dejando todo al equipo con el que había trabajado, sin diseñador oficial, sin cara al público, sin nada. Eran las batas blancas de Margiela y punto. ¿No?

Suzy Menkes dijo con esta foto que Blazy era el diseñador de MMM. Le abraza Raf Simons, exjefe

En 2011, Matthieu Blazy se despunta como diseñador líder de MMM aunque en total secretismo. Hay quien ya sabe de este hombre, que ha trabajado en Balenciaga, con Raf Simons y con Galliano, pero en general, no. Sí que Suzy Menkes recrimina que en MMM se guarden a este diseñador, que ella juzga con tanto talento, pero que tiene un perfil tan bajo y lo hace en verano de 2014, a raíz de lo publicado porel propio Blazy en redes sociales que le desvela como el director de Margiela y cuenta su currículum. 


Ante el desembarco de Galliano en Maison Martin Margiela, no cabe duda de que Suzy Menkes y el mundo de la moda en general ya sabía que había contactos entre OTB y algunos diseñadores estrella que liderasen la casa. Es decir, que en Margiela querían hacer un Tom Ford en Gucci y punto (encontrar a alguien que con su carisma dirigiera todo: bolsos, perfumes, ropa y que en su imagen, mediática a más no poder, encajara los valores de la marca que, en el caso de Gucci, eran sexo y poder, qué duda cabe). La historia de la casa se la reflanflinfla. No es que Galliano no sea un diseñador de talento, que lo es, sino que la marca está buscando otra identidad. Quizá Galliano, ya rehabilitado, o supuestamente rehabilitado, y en peregrinaje exculpatorio, les vaya como anillo al dedo, aunque su léxico y sus intereses disten mucho de los del creador original de la marca, algo que, en cambio, no era tan distinto de Dior


En 2012, Margiela colaboró con H&M para hacer una de esas colecciones que ellos tan brillantemente hacen y que ha arrastrado a Karl Lagerfeld -que siempre quiere ser moderno-, a Stella McCartney -que necesitaba posicionar a su firma en el mercado desesperadamente, una vez que había perdido el rumbo creativo tras marcharse Phoebe Philo de su lado-, a Viktor & Rolf -a quienes no conocía nadie y que a mí, en aquella época, me gustaban bastante, por cierto, y que tienen ese interesante perfume llamado Flowerbomb vendiéndose siempre muy bien, desde entonces-, a Roberto Cavalli -que dio una vuelta de tuerca a la colaboraciones haciendo directamente en barato algunos de sus éxitos y que hizo entrar el tema de las colecciones en colaboración en declive total total- y a Marni (yo de esta no tengo ni imagen mental, lógico porque en Marni no tienen ningún éxito que grite lo que es la firma más allá de una vaga identidad en bisutería -para entendidos- y de una dedicación muy exclusiva a los estampados -que hacen ellos mismos- y a la piel -que era a lo que se dedicaban inicialmente pero que luego abandonaron-), Versace (un Cavalli 2.0, pues no dejó de ser la de más éxito) y Comme des Garçons (una marca muy en la línea de Margiela), Alber Elbaz (que primero echó pestes diciendo que era imposible que él hiciera algo de low cost porque su esencia era el lujo, los tejidos y los acabados y luego acabó vendiendo unos inefables tules a 300 euros) y Alexander Wang (que se inspiró en el boxeo y contó con Rihanna haciéndole publicidad en septiembre de 2014 en la Semana de la Moda de Nueva York con un conjunto de chándal gris con su nombre que, en fin). Y también a Madonna, por cierto, en lo que fue un bluff total: creativo y de ventas. 

Anuncio de la colección de H&M de Margiela, antes que la de Chanel SS2015 de Lagerfeld

Sin embargo, la colección de Margiela para H&M, que tenía sentido dentro de lo que es la firma (ya que el grupo OTB es el dueño de Marni y Viktor&Rolf), también era reveladora porque indicaba que estaban pasando muchas cosas en Margiela y que había un descarado intento de hacerla relevante. No cabe duda de que el desembarco de Galliano está inscrito en esa línea de pensamiento, más que en la idoneidad del creativo para la firma que, en el caso de Galliano, no creo que sea mucho pese a que también opino que con su talento puede hacer lo que quiera y, ojalá, ojalá, esta parada en Margiela le sirva para marcarse un Givenchy y saltar de aquí, no a Dior como en el pasado, sino a Chanel porque una vez que está libre del conglomerado de LVMH que tiene su emblema en Dior, rival directa de Chanel, creo que esta estrella está en alza, sobre todo porque Karl Lagerfeld está mayor y porque los de Chanel van por libre en el mundo de las empresas de moda y, aunque creo que Galliano es más Schiaparelli que Chanel, una mujer más práctica que la italiana, Galliano encaja bien en la línea espectacular y de show de variedades, de arte y comercialidad, que Lagerfeld ha dejado en Chanel. Confianza. 


Sin embargo, en este lavado de cara que llega a todo el mundo, se impone hablar de la imagen de Galliano que ha distribuido OTB para confirmar su llegada a la casa (que en MMM han definido como una "nueva era" y han acompañado con la imagen de una puerta abierta). Galliano, que pasó de muchacho corriente y tímido a estrella del rock con más de un millón de dólares para vestuario en Dior y acabó convertido en una diva con abdominales al aire, melena kilométrica y afición al disfraz y al atrezzo posando para los fotógrafos, por ejemplo, en el MET, del brazo de Charlize Theron con pantalón de lentejuelas y chaleco estampado, con levita dieciochesca y cardado a juego, ha mutado en un inquietante hombre de traje. Lo de inquietante lo digo por el perro ese que acaricia, si es que es un perro, y que le hace parecer una especie de copia del señor Burns de los Simpson o de un villano de los de James Bond que Ian Fleming siempre diseñaba feos, con imperfecciones físicas y un gusto por el mal lo mismo refinado que brutal. 


Aparte de ese detalle, de esa realidad infiltrada, de esa nota discordante que tan bien viene para reflexionar, hay algo en la presentación de este nuevo Galliano que también lleva a reflexionar. Anna Wintour tiene razón cuando, en The September Issue, dijo que la moda pone nerviosa a la gente. Es cierto. La moda es semiótica, dice cosas: se dicen cosas con ella, voluntarias e involuntarias. No sólo que se vaya bien o se vaya mal, se vaya a la moda o se vaya demodé, no tiene que ver. El nuevo Galliano va de traje, un dos piezas azul marino, impecable, con solapa ancha y combinado con una camisa de rayas morada y una corbata de lunares (combinación de estampados bonita donde las haya, de mis favoritas), con impecable pañuelo rosa en el bolsillo.


Galliano ya no es una mamarracha, es un nuevo hombre, un nuevo hombre de negocios, además, con carisma y una oportunidad que va a aprovechar. Además, esa mirada que no es desafiante, sino un poco huidiza y melancólica es más propia del diseñador, que siempre ha sido tímido e introvertido, que de la estrella aquella de Dior y pese a que su calvicie es más que incipiente -y sin postizos mediante- y que la cirugía estética que se ha hecho es, como poco, donatelloversacesca, no cabe duda de que hay una nueva etapa en este hombre y eso se sabe por la ropa, de hecho, han debido temer que no distingamos a Galliano del presidente de banco número diez y le han colocado al perrillo para dar más calor a la situación -cosa que no acaba de pegar-. 


El traje es impecable y me gusta bastante, sin ser yo mucho de solapas, sobre todo porque el ojo de Galliano para el color es una de sus mejores características y ese marino-morado con mezcla de estampados y un toque rosa para bajar la intensidad es meridianamente perfecto, ni gota de rancio (pese al atrezzo de la foto, que tiene delito) y nada estridente. Yo tengo confianza en este nuevo Galliano porque ya no se viste como una mamarracha. Ni siquiera la Wintour, madrina irredenta de Galliano, consiguió llevarle por el buen camino en la producción de moda de Vogue sobre la boda de Kate Moss, en 2011, cuando ya perdido en el Gallianogate había sido despedido de Dior. Lo bueno fue que aquel editorial demostraba que Galliano no estaba perdido para el mundo de la moda y que aún había interés en él -a diferencia de Lacroix, por ejemplo, o del mismo Margiela-. Yo tengo confianza en este nuevo Galliano porque su ropa me dice cosas que antes no me decía. A ver si es verdad que Galliano se ha quitado su disfraz y vuelve a sus orígenes gloriosos. Al fin y al cabo, en 1987, para recoger su primer premio al Mejor Diseñador Británico del Año, también llevó una corbata de lunares y un traje. Su carrera ahí estaba a punto de despegar. A ver si, por segunda vez, pasa igual.

sábado, septiembre 22, 2012

Una China En El Zapato De Prada


La inspiración de Miuccia Prada para la primavera verano 2013 es, indudablemente, Oriente. Y, especialmente, Japón. El calzado revelaba lo que la colección no ocultaba: pies pequeños, pies de las hijas del loto, plataformas para elevar a las nobles de los vulgares mortales y elitismo. Hay flores -y pieles, lo que no deja de ser sorprendente- y hay cortes que recuerdan más al trabajo de Kawakubo y Yamamoto que al de la tradición italiana que uno espera encontrar en Valentino o incluso en Versace.


El Oriente de Prada no es el de Armani, otro italiano aficionado a las dekicias que el lejano Oriente puede darnos a nosotros, castos occidentales. Son mundos completamente diferentes. El orientalismo de Armani bebe de los materiales, del preciosismo de los tejidos, de la constancia del agua, del cantar del viento, del jade, la piedra de la luna y las historias de escamas de dragones y tapices que volaron y se hicieron pájaros y castillos. El Oriente de Prada, en cambio, es el de los cómics, el de los cruces sobresaturados de Tokio, el de los vagones del metro en puro silencio, donde nadie se toca, donde nadie habla por el móvil, donde hay empujadores para que la gente quepa dentro.


La pasarela misma parecía el cruzado de las línes del metro y, el público -espectadores-, los que aguardaban a coger un vagón con destino a los almendros florecidos o a un barrio comercial de la ciudad alta. Al fin y al cabo, lo mismo da. Se respiraba mucha soledad, mucho vacío. De ese tipo de ausencia que solo hay cuando hay mucha gente, muchos ojos mirando que no ven nada.


Prada propone un Oriente que casi es el de los comics y el de las lolitas tokiotas con coletitas y minifaldas de colegio británico, todas a cuadros. Debo ser de los pocos a los que el calzado les ha chiflado. En general, temporada tras temporada, los zapatos de Prada son un objeto oscuro de deseo tanto en la firma principal, Prada, como en la que hace años fue secundaria: Miu Miu. Han recibido muchas críticas y se han alzado muchos ¡oh, qué horror! pero a mí me han gustado. La palabra clave es jikatabi y, hace no mucho, en 2009, Margiela ya lo hizo. Eran unas botas inspiradas en el corte entre los dedos del calcetín tradiocional japonés -tabi- que viene a ser un calcetín con el dedo gordo separado de los otros. La sensación es similar al ir descalzo y era lo que llevaban los ninjas (y las simpáticas Tortugas ninjas de los dibujos animados que además de para aprenderse los nombres de los pintores renacentistas también van a la moda). Miuccia Prada lo que ha hecho ha sido ponerlas tacón y bañarlas en oro, en plata y en la gama de los rosas y ponerlas lacitos. Y todos tan contentos.


En cuanto a otros accesorios: pelo alto, recogido, con un aire marcial y señorial que ya se ha visto en Prada en otras ocasiones cuando citaban a sus bibliotecarias sexies y esmirriadas de los años noventa, por ejemplo. Las texturas de la colección oscilan entre la flexibilidad del calzado y de las prendas y la dureza de los accesorios, los colores apagados y los estampados sobrios y poco alegres con mucho de Marimeko. A Anna Wintour, que criticaba a Pilati por la falta de colores de la primavera en YSL, no le ha debido gustar mucho pero, como al exposición de Prada-Schiaparelli del MET ha sido un fracaso y Miuccia Prada está muy enfadada, la colección estará bien alto en el top ten de Vogue, de Style y de Condé Nast en general. Al tiempo. En realidad, Miuccia Prada ha reconocido que no estaba muy inspirada para hacer esta colección -sólo hay que leer entre líneas en sus declaraciones- y parece que en ella hay un poco de deseo de venganza y de aire letal y casi militar. A mí sus chicas me recuerdan un poco a institutrices occidentales que lo mismo se te aparecen con una fusta en sueños que te saltan los dientes de un bofetón en una pesadilla.


La música francesa que ha acompañado al desfile es maravillosa. Y pone más en situación que las prendas por sí mismas siendo parte del mensaje que nos transmitía, igual que hace un par de veranos cuando todo era mucho más alegre y sideral, pero que tenía las mismas gafas absurdas. El drama del verano es para Miuccia un tema que se cuela en sus colecciones de forma repetida. De hecho, hace unos cuantos años (ss 2007) también tuvo una gran frustración y presentó sus exitosos turbantes en modelos sin parte de abajo porque todo lo que habían hecho era feo y no le gustaba, palabras textuales de ella. ¿Hay feísmo en la colección de Prada?, sí. Lo hay. Es seña de la casa. Pero también hay mucha autocita: la textura casi de neopreno de la primavera aunque menos alegre y despreocupada, el pelo alto y severo de las secretarias de no hace tanto y los zapatos imponibles que se repiten año tras año en Prada.


En cuanto a los colores, el desfile empieza en negro y poco a poco van apareciendo detalles en blanco, en rojo y en rosa. Las notas de color y de luz las ponen los accesorios: botas y zapatos dorados, rojos, plateados y  rosas además de bolsos con flores duras. Lo más reseñable, realmente, es la piel. ¿A qué viene todo ese astracán en verano? Debe ser cosas de la globalización, esa que nos hace perdernos en las traducciones en Tokio. La colección habla de la perversidad, otro drama del verano para Prada. No hay amor, no hay comunicación y hay un aislamiento futurista y oriental en los sesenta. Está claro, estamos en los sixties contra los eighties.

sábado, agosto 25, 2012

Árboles Caducos



Cocteau dijo en Retratos para un recuerdo, a mediados de los años treinta, que “"la belleza frívola de la moda y de sus refinamientos inspira la belleza grave o se inspira en ella y que ahí se encuentren prodigios que continúan siendo prodigioso y que solo pueden provocar la risa de los que padecen la moda sin comprender su ley trágica. La moda muere joven, y este aspecto de condenado le da nobleza. No puede confiar en una justicia tardía, en unos procesos ganados en apelación, ni en los remordimientos. En el mismo instante en que se manifiesta, debe alcanzar su meta y convencer".

Hay que saber diferenciar entre belleza y moda.
Porque son dos cosas muy distintas.

En moda, casi todo lo que se crea, es bonito. En general, fuera del look del desfile, despojado del pelo punk o decimonónico, del rap y del pop que amenizan el desfile y puesto, inmaculadamente, en la boutique blanca, a la moda, sofisticada y aderezada con copichuelas de champagne, es todo bonito. Incluso lo que en el desfile era horrendo. Hay cosas que no, insalvables. Probablemente ahí se inscribe algo del tormento de McQueen, bastante de los japoneses como Kawakubo y también de Margiela por ejemplo. Pero no por feo sino porque nadie sale a la calle con un vestido de rayos láser, una falda metálica que se hace mesa, un vestido de papel de seda o unos zancos hidropónicos y claustrofóbicos con tacón de treinta centímetros.

La moda es una industria que, en general, trata sobre la belleza. Como el arte. Sin embargo, el arte no es la historia de la belleza y la de la moda tampoco. Quizá el ejemplo más fácil para entenderlo sea el del arte contemporáneo -mal llamado así, claro-. La aspiración de Ingres en su Odalisca en la segunda década del XIX fue crear una mujer tan bella, tan ideal, tan maravillosa, que tuvo que añadir vértebras para que su espalda fuese realmente la más hermosa. En cambio, Picasso pintó en las Señoritas de Avignon unas putas en un burdel filosófico -que era el título que él quería poner- y ahí belleza (lo que uno espera encontrar por belleza y quizá por sensualidad, poca). Eso sí, para Picasso las damiselas de la cortina y la otomana eran una tentación tan grande como para Ingres su cortesana turca. Pues eso, que todos contentos. Esto me trae a la memoria eso de que el cocodrilo y el caimán son parecidos pero no son igual que creo que es una buena conclusión a todo esto.

lunes, octubre 10, 2011

(Des)Vestirse Y El Vestido


Nos cuesta la moda que no es occidental -en el sentido de "clásico"-. Nos cuesta mucho. Nos cuesta la Escuela de Amberes, el concepto de Margiela y la hermosura de la pobreza consciente de Comme des Garçons. También Chalayan, también. Incluso McQueen -últimamente mártir de la moda-. Yohji Yamamoto, con su colección de primavera verano 2012, no es una excepción. Sin embargo, ¿no es la colección una pura balada a Occidente?


Tras la Semana de la Moda de París, se ha hablado mucho de la línea impecable del trabajo de Sarah Burton en McQueen, de la mediocridad insufrible de Dior, de la delicadez de Chanel y del tabú de la dulzura que Prada ha lanzado a la pasarela como hizo Poiret en los años 20 con colores que aparecieron como un montón de lobos fieros. En Louis Vuitton, las damas sadomasoquistas se convierten en crías subidas a un tiovivo y en Miu Miu y en Balenciaga la adolescencia y la sofisticación de las gentes trabajadoras afloran poco a poco, cuando se rasca entre capas. Sin embargo, con las colecciones "conceptuales" -o sea, distintas- son ignoradas sí o sí.


 Y, sin embargo, yo encuentro que la colección de Yamamoto difícilmente puede ser más occidental. Hay algo fascinante en el prisma que Yamamoto toma para crear su colección. Me recuerda a la historia de la Maja vestida y la maja desnuda de Goya que estaban colocadas una encima de la otra y, cuando su prpietario levantaba el cuadro de la maja vestida, aparecía la mujer desnuda... la desvestía. Tan erótica. La construcción de la prenda a través de varias capas, los básicos con los que crea una enciclopedia de moda plegada -camisa blanca, pantalón negro y un vestido suelto- y el uso del color que es teatral y dramática sin ser en ningún momento presuntuoso. El púrpura no es papal, el blanco no es espiritual y el negro no es de luto. Apenas hay materia que nos lastre y eso que Yamamoto envuelve a sus mujeres en capas de ropa...


Sin embargo, a mí me transmite la idea de que la ropa no es más que la fina cáscara de un huevo. Una capa que nos tenemos que quitar. Un disfraz al fin y al cabo. Un... un no se qué que en Europa hemos perdido de tanto mirarnos al ombligo. La colección de Yamamoto me recuerda al Chanel de los orígenes de Coco cuando iba a las carreras con sus canotiers de paja y le sisaba a Etienne Balsan y a Boy Capel la ropa. Me recuerda a la Coco que no tenía ojos para nadie que no fuese el Gran Duque Dimitri y su hermana María -que cosía en su taller-. Me recuerda a la Gabrielle que se vestía de marinero con BendOr y se ponía un montón de collares de perlas. Incluso a la que se disfraza por París de nazi, de fulana y de Francia.


Quizá la colección sea un poco menos obvia de lo que esperamos normalmente. No está todo tan triturado como en las marcas de ropa occidentales. Sin embargo, a diferencia de otras colecciones, yo con esta tengo ganas de desvestirme. Y eso, es un buen principio.