Berlín es un mundo mágico totalmente sacado del tiempo. Berlín es una ciudad oscura, con una luz tenebrista y aterciopelada que mima a sus objetos más que a sus ciudadanos. Que concede distracciones para las noches oscuras y profundas y consuelos para los días fríos, ventosos de cielos blancos y erigidos sobre la escisión del antiguo Berlín en la tierra de nadie.
En otoño, Berlín es una ciudad que sabe a poetas malditos y a intelectuales. Sabe a noches estrelladas y a tonos ocres y marrones mezclados con la cotidianeidad del negro y del gris. Berlín en otoño es el mundo subterráneo y libre, maldito, perdido y lejano. Con rumores del pasado que sabe a lluvia y rencores entremezclados con talento, genio y muerte joven. Berlín en otoño sabe a noticias impresas en periódicos, a tinta y a rabia.
En invierno, Berlín suena a Ópera y bailes. A champagne, a vestidos de terciopelo rojos y verdes y a pieles. Suena Wagner, probablemente. Tristán e Isolda, Valkiria. Berlín es lo que fuera París a principios de siglo XX cuando recogía las universalidades, el siglo del progreso, la Torre Eiffel. Berlín tiene una balada triste sobre notas de melancolía, algo escapista. Algo trágica. Mefistófeles.
En primavera, Berlín es sus parques. Aire limpio y respirable, sabe a romances y a bicicletas. Pic nics sobre la hierba, salidas a los lagos y a los puertos los fines de semana y flores. Berlín es, extrañamente, una especie de ramillete encendido. Rojo, amarillo; grana y oro sus colores. Locuaces jóvenes, sandalias y pañuelos al viento.
Berlín es su luz y su oscuridad. El alma de Berlín, es una luz.
En otoño, Berlín es una ciudad que sabe a poetas malditos y a intelectuales. Sabe a noches estrelladas y a tonos ocres y marrones mezclados con la cotidianeidad del negro y del gris. Berlín en otoño es el mundo subterráneo y libre, maldito, perdido y lejano. Con rumores del pasado que sabe a lluvia y rencores entremezclados con talento, genio y muerte joven. Berlín en otoño sabe a noticias impresas en periódicos, a tinta y a rabia.
En invierno, Berlín suena a Ópera y bailes. A champagne, a vestidos de terciopelo rojos y verdes y a pieles. Suena Wagner, probablemente. Tristán e Isolda, Valkiria. Berlín es lo que fuera París a principios de siglo XX cuando recogía las universalidades, el siglo del progreso, la Torre Eiffel. Berlín tiene una balada triste sobre notas de melancolía, algo escapista. Algo trágica. Mefistófeles.
En primavera, Berlín es sus parques. Aire limpio y respirable, sabe a romances y a bicicletas. Pic nics sobre la hierba, salidas a los lagos y a los puertos los fines de semana y flores. Berlín es, extrañamente, una especie de ramillete encendido. Rojo, amarillo; grana y oro sus colores. Locuaces jóvenes, sandalias y pañuelos al viento.
En verano, calor agobiante y tormentas que se esfuman en segundos. Berlín es delicioso en verano. El sol escala sus cielos blancos y hay una luz muy particular, es más blanca que dorada; más cándida que otra cosa con un alto grado de timidez. Y, al mismo tiempo de prestancia. Berlín es joven, para siempre.
Berlín es su luz y su oscuridad. El alma de Berlín, es una luz.

