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jueves, febrero 13, 2014

Marilyn, Einstein, Capote, Adorables Criaturas


He visto esa frase de Albert Einstein en este genial tumblr sobre frases relacionadas con la moda y me he acordado de esa anécdota tan genial en la que Marilyn Monroe, el día que se le encontró, le propuso casarse con ella. La verdad es que le soltó, así de buenas a primeras: "profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos. ¿Se imagina un bebé con mi belleza y su inteligencia?". Einstein, que no debía tener sangre en las venas, rechazó su proposición y respondió, muy serio, "desafortunadamente temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia". Einstein tenía muy mala baba. Aunque quizá hubiera tenido que aplicarse el cuento en lo referente a la rubia.


Me parece una anécdota graciosa pero también triste. Marilyn Monroe era una mujer bellísima. Pero también era una mujer inteligente. Quizá eso hace que su historia sea más triste aún. Si Marilyn no hubiera sido una mujer tan sensible, quizá podría haber vivido de otra forma. Pero la nostalgia es un juego peligroso y el qué hubiera pasado, no lo es menos. Me gustan las imágenes de Marilyn leyendo, que son muchas. No parece una actriz que posa sino una mujer que lee. Cuando murió, Marilyn tenía una biblioteca con más de 400 libros. Le gustaba James Joyce y Saul Bellow y Sandburg. Pero también amaba la poesía de Heinrich Heine y del clásico americano por excelencia, Walt Whitman. Marilyn se codeó con literatos buena parte de su vida -al menos, de su vida como Marilyn- pues no sólo se casó con Arthur Miller, sino que conoció a Karen Blixen que la admiraba y quería conocerla y que quedó encantada tras quedar con ella (no así con Arthur Miller) y fue íntima amiga de Capote, quizá, tras Nellie Harper Lee, la más amiga de él. De hecho, creo que de Marilyn Monroe es de la única persona de la que Capote nunca habló mal y Capote era una arpía.


Me gustan mucho las anécdotas que cuenta Capote en Música para camaleones sobre ella. Creo que, cuando recoge una definición que hace Miss Collier sobre Marilyn, acierta. Marilyn no es una actriz. Es una maravilla de fotogenia pero no es sólo fotogenia. La tal Miss Collier era una especie de profesora de teatro en Nueva York pero un poco especial porque sólo daba clase a actrices profesionales de gran nivel (fue profesora de Katharine y Audrey Hepburn, de Vivian Leigh y también de Marilyn, poco antes de morir, a quien llamaba "mi problema especial". 


Así, dice: "tiene algo. Es una adorable criatura. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía".


Cuando muere Miss Collier, Marilyn y Capote van al funeral. Aunque él casi no la reconoce. Dice: "Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo... 'Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme...' (Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni las gafas oscuras, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.)


Y sigue: "(Marilyn) no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse". Luego, Marilyn le ruega que esperen a que se vayan todos porque no quiere hablar con la gente: "nunca sé qué decir".


Al final, van a tomar champagne juntos y Truman Capote le sonsaca que se ve con Arthur Miller tras hacerle preguntas Marilyn para saber si él la conoce de verdad. Luego, con Marilyn considerablemente borracha (y, probablemente, puesta de pastillas) van a ver el ferry de Staten Island. Capote dice: "así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro".



El hombre, según Capote, firme y poco amistoso, le dice a Marilyn: "no debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla". Marilyn responde: "los perros nunca muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama?". El diálogo final es tan hermoso que dan ganas de llorar: el hombre dice que el perro se llama "Fu Manchu" y Marilyn se ríe y dice: "oh, como en el cine. Qué amor". El hombre, entonces, pregunta: "usted, ¿cómo se llama?" y ella responde: "¿yo? Marilyn". Entonces, él dice "eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo?". Saca una tarjeta y una lapicera y ella escribe, apoyada en su cartera, "que Dios le bendiga. Marilyn Monroe" y le da las gracias. El hombre le dice que no, que gracias a ella y que lo va a contar en la oficina.


Luego, Capote y Marilyn siguen hasta el borde del muelle y escuchan el agua. Marilyn cuenta que ella "solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta". Capote escribe: "apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa". Al final, Marilyn le dice "te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda".


Capote no lo duda y asiente. Pero también dice que diría más. Que diría... Entonces, la luz se iba yendo y a él le parece que Marilyn se mezcla con el cielo. Capote dice que: "quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: 'Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?'”... "Diría que eres una adorable criatura". 



Retomando lo que dijo Einstein... Marilyn debería haber usado las palabras de Lorelai Lee, el personaje que interpretó en Los caballeros las prefieren rubias, cuando habla con el padre de su prometido, que quiere impedir que su hijo, alocado y rico, se case con ella y acaba diciéndole, tras hablar con ella, que le habían dicho que era tonta. Marilyn entonces, fabulosa, replica: "puedo ser inteligente cuando conviene... ¡Pero eso no gusta a los hombres! Excepto a Gus. A él sólo le interesa mi cerebro". Marilyn hubiera sido una gran Holly Golightly y, así, estaría ahora en los prados del cielo.

lunes, febrero 18, 2013

La Muerte Sienta Bien


Nadie dice nada de la muerte. Que si el estilo es algo con lo que se nace, que si es algo que se hace con el tiempo. La cosa, parece, se queda en este mundo. Pero, ¿qué hay del otro? Y, es más, ¿qué hay del intersticio entre este y el siguiente? O sea, esa última foto de uno o, mejor dicho, de su cuerpo. Es importante la forma en que pasamos a la posteridad en nuestro último momento que, en general, es público y se ha inmortalizado. Fue hermoso ver el corazón de rosas rojas que Bergé dejó para el funeral de Saint Laurent y también la hermosa corona de Lagerfeld sobre los buenos tiempos que ambos habían vivido. Sin embargo, entrando en materia, dos y sólo dos son los cadáveres interesantes. El de Marilyn, enterrada con un vestido de punto de Pucci de color verde manzana que era su favorito. A Marilyn le gustaba mucho Pucci y se decía que era su vestido favorito pero tenía en muchos colores prendas del italiano.


El otro, la auténtica estrella de la muerte, es Warhol. A la muerte de Warhol, el gran artista del pop art (¿Qué es el pop art?: .), se le enterró con un traje negro -como los que solía llevar-, una corbata de estampado cachemira, su peluca plateada y sus gafas de sol, es decir, más o menos la que era la imagen habitual de Warhol en vida desde que llegó a Nueva York -y se operó la nariz- acompañado de su madre para ser primero dibujante y luego artista. Se le enterró con un breviario y una rosa roja. Si el ataúd de Saint Laurent fue cubierto por ramilletes de espigas verdes y luego por la bandera francesa, el de Warhol lo estuvo, durante la misa -Warhol era muy creyente e iba casi todos los días a misa-, con rosas blancas. Antes de que la tierra cubriese su féretro, Paige Powell, una de sus mejores amigas, le dejó lectura para el más alla: un número de Interview, la revista que Warhol creó, también una camiseta de la revista y un frasco de Beautiful, el perfume de Estée Lauder. 


Sin embargo, en el mundo de la moda, ha habido tres funerales más muy destacados. Especialmente relevante fue el de Coco Chanel al que acudió un jovencísimo Yves Saint Laurent a presentar sus respetos, también el de Alexander McQueen hace muy poco y, entre medias, el de Gianni Versace que consagró definitivamente a Donatella Versace y, muy especialmente, a Lady Di. Curioso es que Lady Di también fuera al de Grace Kelly -en la mortaja, Grace Kelly estaba bastante guapa y bastante gore, toda rodeada de puntillas- pero esa es otra historia.

lunes, noviembre 26, 2012

Casablanca


Hay películas que se resumen en un par de frases. Y, precisamente ahí radica su maestría. Un buen ejemplo de esto es Con faldas y a lo loco que culmina con ese inigualable "bueno, nadie es perfecto". A Lo que el viento se llevó también le ocurre y se puede resumir en el "mañana será otro día" de Escarlata O´ Hara, invencible y sola ante el peligro. En Los caballeros las prefieren rubias, Marilyn Monroe dice "me encanta descubrir nuevos sitios donde ponerme los diamantes" y en Ciudadano Kane, Welles hace decir a su Kane-Hearst que, perdiendo un millón por año, se arruinará en sesenta años y que, no le importa porque cree que "dirigir un periódico es divertido" y la que fuera esposa de Orson Welles, Rita Hayworth hace decir a su Gilda  en 1946 que "si fuera un rancho, me llamarían Tierra de nadie".

Sin embargo, probablemente la frase más mítica de la historia del cine sea de Casablanca y más hoy, 26 de noviembre de 2012, que la película cumple 70 años. Ese "siempre nos quedará París" y también ese "tócala otra vez, Sam" que aunque, nunca pronunciado, es tan de la película como el "Elemental, querido Watson" de Sherlock Holmes. Sin embargo, como Casablanca se inició como un panfleto político buscando el apoyo para los aliados en la II Guerra Mundial -Gilda se hizo exactamente igual pero con un éxito muy distinto-, se convirtió en un caos en el rodaje -Ingrid Bergman no paraba de preguntar de quién estaba enamorada, Bogart iba por las escenas subido en alzas para llegar al 1.80 de la nórdica y Sam no sabía tocar el piano...- y acabó considerada como una gran historia de amor y una de las obras cumbres del cine, yo prefiero otra frase. Es de un diálogo entre Rick e Ilsa que, en realidad, es lo que interesa de la película. Los alemanes, Casablanca, el café de Rick, los salvoconductos, el héroe de Lazlo y la Marsellesa no son más que decorado -un decorado muy bonito, cierto (a mí me emociona cuando tocan el himno francés), pero decorado al fin y al cabo-. 

Ilsa: La última vez que nos vimos...
Rick: Fue en La Belle Aurore.
Ilsa: Lo recuerdas... Fue el día en que los alemanes entraron en París.
Rick: Un día así no se olvida.
Ilsa: No.
Bogart : Recuerdo cada detalle. Los alemanes vestían de gris y tú de azul.

"Los alemanes vestían de gris y tú de azul". El amor nos hace recordar lo importante, no el día en que los alemanes entraron en París sino que tú, tú, vestías de azul. Quizá Ingrid no supiese si quería al personaje de Bogart, pero Ilsa y Rick... esa es otra historia. 

jueves, septiembre 06, 2012

Frivolidad


"Me encanta encontrar nuevos sitios donde ponerme los diamantes".
Marilyn como una rubia no tan tonta en Los caballeros las prefieren rubias, film inspirado en la obra de Anita Loos.

jueves, agosto 30, 2012

La Vulgaridad

Madonna para Gaultier.

Hay muchas personas vinculadas al mundo de la moda que han desarrollado sus carreras en torno a la vulgaridad. Los nombres más evidentes son Helmut Newton, Guy Bourdin y Vivienne Westwood. A ellos, hay que añadir Versace. Y también Jean Paul Gaultier. Y Mugler, Montana y Alaia. Todos ellos tienen una vulgaridad auténtica que, por otra parte, no es vulgar. Es excesiva, un tanto irritante y quizá algo cansada pues tiene un poco un deseo de epatar. Pero no es provinciana.

Campaña de Blumarine, fotografíada por Helmut Newton en 1991 con Monica Belluci.

Cuando Newton fotografíaba a putas no lo hacía por escandalizar, no, lo hacía porque las putas le gustaban. Y porque creía que tenían un gran sentido de la moda. El lenguaje de las prostitutas era interesante para Helmut Newton que, consideraba que, ligas y látigo eran sadomaso y combinación y faldita a la rodilla era complejo de Edipo.

A Versace también le inspiraban las prostitutas, de hecho, diseñaba para ellas. Pensando en ellas, se entiende. Versace diseñaba falditas traicioneras, escotes imposibles, melenas rubias al viento, muslos y senos firmes y necesidad/capacidad por/de llamar la atención. Versace sabía convertir a una valquiria en una jovencita virgen y tímida, sonrojada, cambiando el escote y la cintura. Si ponía una faldita de tablas la colegiala era Lolita, si bañaba la falda en un color metalizado, se convertía en un súcubo. Pero no lo hacía por escandalizar.

A Guy Bourdin también le gustaba el sexo. Tiene algo setentero y un poco pasado de moda -en el mal sentido- que no baña las fotos de Newton que son actuales, eternas e inspiradoras. Es atrezzo y ficción pero tan falso que es auténtico. No es vulgar aunque golpea más que la obra de Newton que, ésa sí, se hunde como un bisturí y no como un hachazo.

Vivienne Westwood es magnífica. Tiene esa dualidad de cuando Capote y Marilyn charlaban de que Errol Flyn tocaba el piano con su pene. La Westwood hizo lo propio en una sesión de fotos, aunque la cosa en ella era que no llevaba bragas. Como Isabella Blow.

Jean Paul Gaultier pasa por la enciclopedia de la vulgaridad maravillosamente. Subió a Madonna a la pasarela y la sacó las tetas. Madonna es bastante vulgar porque se le nota el ansia. Ansia viva. Sin embargo, Gaultier no lo hacía para escandalizar sino porque ese es su universo. Bebe de la cultura underground, de los negros, de los tatuados marginales de los 80s/90s que eran neonazis, de las africanas con collares que les deforman el cuello y no se pueden quitar nunca. Gaultier pulió y llevó al paroxismo lo que Chanel ya intuyó: que la moda es lo de la calle. Pero lo que en Chanel era etéreo, en Gaultier era un vómito.

Luego todo degeneró.

Kate Moss para Gucci por Tom Ford, verano de 2001

Llegó Tom Ford -mala copia de YSL- con Carine Roitfeld -que se cree una mezcla entre Diana Vreeland y Betty Catroux- y Mario Testino -haciendo de Helmut Newton, claro, pero con un grano en sus imágenes-. Y la verdad es que ellos lo consiguieron, lo que en Chanel era genial -la moda y la calle-, en Gaultier era la puntilla -azotar a la calle-, en el trío de que definió el porno chic -y que siguen ahí, Carine yendo de brava, Tom Ford de el mejor y Testino de leyenda viva de la fotografía- hay mucha vulgaridad. Sin más. Nada de la perversidad de Helmut Newton, de la artificiosidad de Bourdin -casi daliniana-, de la naturalidad de Versace o del histrionismo de Vivianne Westwood. Qué va. Pero Ford, Carine y Testino creen que son lo nuevo, el espíritu del tiempo. Sí, claro.  De la vulgaridad mala, de la vulgar. Sin sentido ni sensibilidad.

lunes, agosto 20, 2012

Nosotros Y Los Sesenta




















Es un poco preocupante el tema de en quiénes nos estamos convirtiendo. Es pasearse por las tiendas Zara, verbigracia de Amancio Ortega, y encontrarse con una invasión de lo que realmente vemos en las calles. El tipo de mujer que compra en Zara es la de la multiculturalidad. Puede ser una musulmana radical pero podrida de dinero en los Emiratos Árabes, una cosmopolita neoyorkina emigrada de Ohio que quiere ser un remedo de Carrie Bradshaw o de Anna Wintour, una española madre de familia, funcionaria, harta de que le bajen el sueldo y de que se cite a Larra mucho y mal, una australiana sexy que se enrolla con su novio surfista en una playa o una trabajadora de alta categoría en un banco de Suiza que come chocolate y corre cortinas de los departamentos destinados a la intimidad de las cajas de seguridad privadas.

El caso es que si uno se pasea por Zara seguimos encontrándonos con lo que llevamos viendo desde fines de los noventa e inicios de los 2000... es decir, un poquito de la agresividad sexual de Tom Ford, un poquito de estilismo de los 80s de la mano de Carine Roitfeld -zapatos de tacón de aguja con tiras que reptan por la pierna, cuero, chicas saludables y sudor- y una mezcla de locura festiva de Galliano y demencial de McQueen fotografíadas por Testino y encaradas en Gisele Bundchen. Pero diez años de una moda en la que todo vale pero que nos ha dejado a todos convertidos en unos rockeros modernos, modernos por necesidad, entachuelados, encuerados, elastizados y con hombreras, botas de pitón y cinturones con calaveras y los ojos como de mapache, hacen que nos preguntemos hacia dónde vamos.

Hay mucho que decir sobre la vuelta de tuerca de esos decrépitos 80 que vuelven y vuelven y no se van ni a tiros de nuestros armarios. Parece que seguimos fascinados por Studio 54, por los Jagger, por Bowie, por Gianni Versace y por Marilyn. Ni siquiera el impulso que producciones como Mad Men le han dado a los sesenta nos convencen de que estamos aburridos de la década de la coca, los yuppies y el sexo colocado. Los ochentas fueron unos años muy cool pero ya cansan. Estamos hartos de ser esos niñatos repeinados y esas chicas con melenón y pendientes de aro. Los sesenta de Mad Men tampoco nos gustan y por eso no han triunfado.

Porque los hijos, esa Sally Draper, molaban más que sus padres. Pongamos por ejemplo a Don Draper. Don lo tenía todo. Tenía a Doris Day haciéndole tartas y criando a sus niños como una Grace Kelly revivida. Tenía el coche caro, la amante complaciente y un poco pirada de rigor y dinero, el trabajo y hasta un pasado glorioso u oscuro -al gusto de cada uno-. Pero era alma torturada. En los 80s no había almas torturadas. Había noches sin fin, tajadas sin fin y mucho sexo. Lo que en los sesenta se insinúaba con sujetadores cónicos y secretarias sacadas de una peli porno bastante posterior, en los 80s estaba ahí, rodeándonos. Era eye linner y sexo, trabajo y sexo, sexo y sexo.

Y la verdad es que el sexo vende.

Porque están muy bien las tribulaciones de Don Draper para verlas pero, por favor, qué vida esa para vivirla. Los que cortaban el bacalao en los sesenta habían vivido la II Guerra Mundial, estaban traumatizados por sus padres que les decían que había carta de racionamiento, Gran Depresión y que ellos jugaban con pelotas de fútbol hechas de no sé madera. Que ya tenían bastante. Luego, cuando fueron mayores, se divorciaron de sus mujeres perfectas, llevaron a sus hijos al psicólogo, les compraron de todo para que no les faltara de nada como a ellos y les dijeron que todo estaba al alcance de su mano. Así que esos fueron los que mandaron en los 80s. Los criados ganando y para ganar. Y cómo nos gustan las historias de perdedores pero cómo deseamos triunfar.

El problema que tenemos nosotros, en nuestra década 00 que se prolonga a los 2010s, es que nos parecen geniales los niñatos de los 80s que estaban metiditos en la Guerra Fría. Nos gusta la laca, Dallas, el petróleo, la coca, la música alta, Warhol, los cócteles de nombre raro y el fiarnos de los desconocidos -en los 80s era para echar un polvo pero ahora es para charlar en Twitter- y así nos va. Claro. Pero es posible que vayamos entrando en razón...

Y lo digo por lo que está ocurriendo en Dior. Al tiempo, es posible que Dior se vuelva a poner a la cabeza de los cambios en el mundo de la moda. Y no sólo por Raf Simons, el sustituto de Galliano (porque los sustitutos temporales de Galliano fueron, pobrecillos, para echarse a llorar, a reír y por la ventana en ese orden), sino por todo el equipo. Muestra de ello es la publicidad. La publicidad de la casa. Las campañas de Eau Sauvage, deliciosas no, más, muestran más o menos cómo hemos ido evolucionando de mentalidad. Fue Gruau quien inició las campañas de la marca con mucho estilo. Con mucho estilo de verdad. Eran estilosas, desenfadadas y fueron un éxito rotundo. Con el paso del tiempo se fue prefiriendo la fotografía y llegaron los hombres en vez de las insinuaciones. Hacia los ochenta aparecieron verdaderos cuerpos diez y en los noventa y en torno a nuestra época hubo come backs a la ilustración y a las viejas esencias del dibujo. Y más cerca de nosotros primeros planos bastante sosos. La verdad es que hemos ido perdiendo gracia. Lo mejor es Gruau. Qué duda.

Pero lo interesante viene ahora. La primera imagen es Alain Delon. Es la campaña que toca ahora. Y la última, la de la mujer leopardo, es la imagen de Dior -maquillaje- del invierno 2012 2013. Y hace buena pareja con el encanto del joven Alain Delon. Alain Delon y ese aire un poco demodé pero chic a rabiar son los sesenta y los setenta, los setenta que eran interesantes no los del final de los setenta. Y es que los sesenta fueron mejores que los ochenta, década que ya cansa, ya aburre... Los sesenta setenteros tuvieron a Marisa Berenson y todo lo que realmente interesaba. Sexo de calidad pero con sentido, drogas para divertirse no porque era lo in y moda divertida. En este ir y venir de Dior, descendente y ascendente, quedan claras no, clarísimas las intenciones de la casa. Por cierto, el perfil de Simons no es el de Marc Bohan pero los años de Marc Bohan en Dior fueron maravillosos no, lo siguiente. Y no hay nada más sesentas setenteros. Ay señor, lo poco que cambiamos y lo que apetece el verano en la piscina, Alain Delon de amante y Romie Schneider.

jueves, diciembre 22, 2011

Las Nuevas Princesas

Lara Stone por Testino para Vogue Uk diciembre 2010.

La navidad. Artificio. Sin embargo, Capote estaba completamete en lo cierto cuando dijo que alquien era auténtico por ser genuinamente falso y, claro, viceversa. Quiénes somos y quién queremos ser es la eterna dicotomía a la que se enfrentan nuestras aspiraciones y nuestras realidades. El quién somos y lo que realmente somos junto con la forma en que los demás nos descodifican es clave. Las monarquías son cosa del pasado pero las niñas siguen queriendo ser princesas. No sé, quizá tenga algo que ver con lo que opina Elie Saab de que representan el cúlmen de las aspiraciones o quizá sea algo atávico relacionado con Jung y el inconsciente colectivo o con Freud y una pulsión sexual sobre la virginidad y el deseo.

Lara Stone por Willy Vanderperre para Vogue China diciembre de 2010.

El deseo es un elemento fundamenal en nuestras vidas y, de hecho, quizá debiéramos plantearnos si el amor no existe para vender vestidos y el Nuevo Testamento para que hagamos regalos. En lo que se ha venido llamando Biblia de la Moda, lo saben bien. y, por eso, cuando llegan las fechas de delirio y espasmo navideño, de celebración burguesa y ancestral, apelan a lo que más nos gusta. Y no tiene nada de malo.

Vogue España enero 2012. Maryna Linchuck.

¿No es una meta loable convertir la vida en arte y el arte en belleza? Estoy harta y aburrida de la cantinela del qué significa. Nada. No significa nada. Somos seres compulsivos, nacemos y nos reproducimos hasta morir igual que uno de los virus que se instalan en nuestro cuerpo hasta matarnos, pero nosotros lo hacemos a gran escala en el planeta. Llevamos dándole vueltas a la cabeza sobre el significado de la vida, probablemente, desde que aparecimos en el Universo y, además, seguimos en igual situación. Somos unas fieras. Quizá con piel de cordero. Y por eso nos gustan tanto las princesas.

Editorial de Lara Stone por Testino para Vogue Uk diciembre 2010.

Parece que en Dior han acertado de pleno con sus tres iconos para 2012: Marilyn Monroe, Grace Kelly y Marlene Dietrich porque los caballeros sí que las prefieren rubias. Y no sólo  los caballeros. A las puertas del aniversario de la princesa de Mónaco, su chic, su boda, su estética y toda ella se convierten en tendencia. Eso es lo que Vogue jura. Sobre todo Vogue España que, en su número de enero de 2012, apuesta por las nuevas princesas de las tendencias con la rubia favorita de Hitchcock en el punto de mira.


Un cisne es el ideal de mujer que se lleva. De alta cuna y de baja cama. Elegante, grácil, serena, de hielo, con pedigrí, con clase -y clasista- y envuelta en tules como una flor. Dior, Balmain y Charles James convirtieron desde los 50s a la mujer en un objeto, en un bello maniquí de miles de pétalos que brillaba envuelto en el rocío de la mañana. Poderosamente sexualizada, la intimdiad se guardaba entre bustos armados, capas de tela y zapatitos diminutos. Aquel viejo cuento de cómo Cenicienta perdía su zapato a posta para volver loco al príncipe con su pie diminuto... El príncipe resultaba ser un ingenuo y Cenicienta, la pobre, una mujer fatal. Qué bonita historia sobre el fetichismo.


No hay nadie más royal que un burgués y eso somos nosotros: pequeñoburgueses. Nos encantan las bodas de los príncipes -sobre todo vistas en la televisión-, comprar Hola para diseccionar quién llevo qué y cómo y soñar, desde la intimidad de nuestras casas, con una existencia menos funcional y un tanto más absurda. Antes de que el siglo XX fuera convulsionado por la Gran Guerra, el XIX aún no había acabado y tampoco la hermosa confianza en el progreso. Y, en medio de toda la decadencia previa a la Primera Guerra Mundial había una noción deliciosa: la belleza.


Lo bello es un concepto tan pasado de moda como el honor y, probablemente, igual de pedante. Sin embargo, igual que en el trabajo de Lagerfeld para Chanel y el de Valentino e Yves Saint Laurent al final de su vida para sus respectivas marcas, la decadencia es hermosa. Algo debe tener el ser humano inmerso en su código genético que le hace volverse más y más romántico con los años. Quizás sea la mediatización o un componente biológico que se basa en el mero afán de conservación. Quién sabe. Lo que sí que sabemos es que de las chicas de los 80s con cazadora de cuero llena de tachuelas que se protegen como un erizo de cualquier agente externo, hemos pasado a las beldades frías, virginales, delicadas y deliciosas que viven como Mariantonietas de hoy (y que incluso puede que tengan su mismo final trágico).


Carine Roitfeld ha sido sustituida por Emmanuelle Alt al frente de Vogue París y aún apuesta por Bowie (Kate Moss es su portada de diciembre de 2011 con semejante "transfiguración" reptiloide) pero es la única. Bueno, siempre hay algún despistado más pero ya no queremos ser superwoman. Ahora queremos ser damas. Se acabó toda la cantinela de chico y chica y de todo lo strech, estamos en crisis, se venden más barras de labios y Dior ya nos devolvió la moral bajando las faldas y embutiéndonos en un corsé. Y lo que nos gustó...


El icono de la mujer de los 90 (y de hoy) -!cuánto daño!- es Sexo en Nueva York. En el primer capítulo Carrie mataba todos los tópicos de un golpe: sexo sin amor, vida corriente y glamour. Soltera sin aspiración de matrimonio y con un cuerpo para lucirlo. Nadie desauyuna con diamantes, dijo. La periodista, la abogada, la galerista y la representante eran el prototipo de todos los tipos de mujer y de sus aspiraciones: guapas, con éxito, trabajadoras y con problemas. Nada de malo. Al contrario. Sin embargo, será eso de que nos vamos haciendo ñoños con el paso del tiempo porque "mis" chicas -las chicas- pasaron a casarse, reproducirse, comprarse un ático en medio de Nueva York y comer perdices con el guapo millonario.


Va a ser que no desayunamos con diamantes pero que lo seguimos queriendo.
Y, de verdad, no hay nada de malo.
Solo hay que atreverse a ser una princesa.


sábado, noviembre 19, 2011

La Delicadeza Y La Cursilería


Valentino al final de su carrera pecó, igual que Yves Saint Laurent, de cursi. Igual que Grace Kelly o incluso que Marilyn de cuando en cuando. Sin embargo, su trabajo no es menos delicado ni impresionante por eso. El problema está en la cantidad de veces que confundimos delicadeza y cursilería igual que confundimos lo romántico con lo ñoño. Al fin y al cabo, es una cuestión de matices igual que los distintos conceptos de Armonía que reflejaba Vitruvio en su obra y que hoy nos suenan indistintos. La gracia es la característica principal de la delicadeza porque el encanto no deja de ser mejor que la belleza y los matices son lo realmente trascendental. Algo puede pasar de aburrido a glorioso en un instante pero lo realmente magnífico es que también ocurre al contrario.

No paro de debatir con distintas personas sobre la permanencia del papel o su desaparición y sobre lo demodés que están los blogs y las páginas web e Internet. En mi opinión, el papel se debe volver algo delicado y lujoso. E Internet debe hacer lo mismo. Ya vale de blogs sensibleros que no dicen nada más que lamentaciones de creativos insomnes y de webs donde la cantidad de relleno y de neon que hay te llevan a pensar si no estarás en Los Ángeles. Lo mismo sobre las publicaciones que solo dejan deslizarlas al cubo de la basura tras echarlas un vistazo. Hay algo absurdo en los periodos de transición, hay algo muy poco Chanelesco en el Chanel de antes de la I Guerra Mundial y no deja de ser un tanto desilusionante ver a Balenciaga copiando a sus contemporáneos célebres de París cuando trabajaba en San Sebastián, en vez de explorar los matices de la costa vasca, la sensualidad de las mujeres de carácter de hierro. Hay que reivindicar fervorosamente lo que es nuestro y, es algo que se nos suele olvidar. Y, sin embargo, nosotros estamos en una etapa de transición hacia el conocimiento de las posibilidades de Internet y a la reordenación de esta cultura de la imprenta que tenemos en Occidente desde que el bueno de Gutemberg se decidió a darle caña a una prensa de vino.

Internet no deja de ser una caja desastre en la que todo tiene cabida y nada se encuentra. Es como ese cajón que todos tenemos en casa donde están lo mismo las tijeras que un imperdible que la postal navideña que un ex amigo te envió en el 92 (aunque sin pilas que tarareen el Merry Xmas). El género blogger es casi trágico. Me cuentan que un community manager -esa profesión metafísica- habla de los regalos que se hacen a bloggers (de moda y no) desde las marcas y sobre el quesito de la publicidad que ahora hay que repartir entre tantos. Bueno, la Wintour debe saber algo de eso porque Armani se cogió un buen rebote con la revista por ver sus prendas solo en los anuncios que pagaba.

Sin embargo, Internet me parece mágico. Y algo muy sutil y terriblemente delicado. No sé, quizá tiene algo de "La elegancia del erizo" porque nada es lo que te esperas. La Universidad española e internacional fue la madre de un efecto postapocalíptico de Internet: los enlaces. Es curioso que algo tan obsoleto y rancio como la bibliografía acabe sirviendo para algo. Desde que nuestra civilización ha comprendido que los dioses están en las pequeñas cosas, que la felicidad la dan los pequeños logros (una pequeña mansión y una pequeña fortuna que diría Groucho Marx) me parece que lo más delicioso es vivir una vida valiosa y sencilla.

Chanel en su etapa con Iribe, ese hombre terrible, (no sé en qué sentido, pero terrible de todas todas), también intentó vivir la sencillez que ya proclamaba con su inefable estilo del "quitar, todo es quitar". Sin embargo, no resultó porque Chanel estaba acostumbrada a la sencillez del lujo y no de la miseria. La sencillez no tiene porqué ser sencilla y austera, es más bien una cuestión de espíritu. Es díficil explicar esto, naturalmente, quizá más que entenderlo. Por eso, he decidido dar un rodeo a Chanel y añadir en vez de quitar, para muestra, tres -delicados- botones, un veneno, una filia y un inadvertido. Tres botones de una obra delicada.

domingo, octubre 16, 2011

La Señora De Las Moscas


Somos hijos de nuestro tiempo y, como tales, nos gusta lo que o bien es antiguo o bien es actual. Sin embargo, nos perdemos en la indefinición. El concepto que no se puede definir es precisamente la meta de Rei Kawakubo en sus investigaciones estéticas que tienen como punto de partida la prenda. La japonesa trabaja con un concepto de belleza alejado del ideal occidental y propone unos volúmenes ajenos a la ortodoxia esa de "como Dios Manda". En su última colección para Comme des Garçons, presentada en la Semana de la Moda de París, propone para la primavera verano de 2012 una serie de novias androides que lo mismo resbalan de un cuadro de Velázquez, de un baile de Mariantonieta o de una pesadilla ciberconceptual.


La colección me parece una exploración vanguardista del historicismo. Sus mujeres pueblan las obras de arte de los grandes maestros y, sin embargo, tienen ese punto casi futurista de lo que nos es tan ajeno. El desfile de Comme des Garçons es un motín de Esquilache, pero femenino y !tan virtuoso todo de blanco!. La inspiración española es innegable: el corte amplio de las capas, casi armadas; las mantillas blancas que tapan la cara de la novia virgen; las telas pesadas rodeando y ciñendo el cuerpo como una armadura de satén y, un detalle que casi se pierde: la novia camina firme pero con las manos atadas. No deja de ser un regalo de mujer, uno alienado. Pero hermoso... muy hermoso.


Es interesante descubrir qué mensajes escondidos guarda la obra conceptual y mental de Kawakubo. La escuela japonesa de diseño se ha centrado en la investigación y la anatomía pero de una forma bien distinta a la que se ha estudiado tradicionalmente en las Semanas de la Moda parisinas. En esta colección, propone un volumen entresacado de los cuerpos con guardainfante de los retoños reales que pintaba Velázquez; entremezclado con las lecheras casi monjísticas de Vermeer y con una crítica a la sumisión que se esconde bajo velos, tradiciones y artilugios que constriñen el cuerpo.


 No puedo evitar que la mujer de Comme des Garçons me recuerde a un insecto. Quizás sea por el exoesqueleto que sus ropas crean para ella. También me da la sensación de desvestir, de eliminar, de romper barreras, de tirar ídolos que se tambalean... pero sin violencia alguna. La garra de Kawakubo es de seda. Llevaba razón Dalí con aquello de vestirse de mosca por Cristóbal... hay algo terriblemente balenciagesco en la colección. Quizá sea por la inconfundible traza española, quizás por el tratamiento del cuerpo. Cristóbal Balenciaga siempre prefería dejar espacio a sus mujeres, sus estudios de la anatomía son siempre externos. Diseñaba para mujeres con ropa interior y con carne, armadas que no se dejaban meter en sus trajes desnudas. Nada de Sissis que se cosen sobre la piel cada día el traje de montar ni de Marilyns que salen a cantar el Happy Birthday casi desnudas... nada de eso.


Tan sólo mujeres envueltas en el peso de una sociedad como el muerto en el sudario. Buena comparación. Es bien cansado eso de ser la novia en la boda y el muerto en el entierro...