Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas

viernes, septiembre 14, 2012

En Busca De La Inspiración Perdida



Tom Ford. Tom Ford en Gucci. Invierno de 2003. Carmen Kaas parece Bimba Bosé y todo tiene un aspecto pecaminoso, sexy y lujoso. Muy lujoso y muy actual.



Siete años, catorce temporadas después, Altuzarra invierno de 2010 presenta una colección basada en esa colección. Inspiración lo llaman los críticos generosos. Copia, los mucho menos generosos. -A mí me chifló la capa, lo reconozco-.


Para el verano de 2011, una desconocida marca (Tufi Duek) que desfila en Brasil, presenta una colección tecnológica, de factura limpia, con marcada raya al medio como peinado y unos preciosos zapatos.


Y, cuando Alexander Wang presenta para verano de 2013 una colección que toma el vocabulario de esa de Tufi Duek, se arma un escándalo en la Semana de la Moda de Nueva York.


Sin embargo, hasta aquí, es lo que todo el mundo ha dicho. Yo añado una cosita más: Helmut Lang, hace doce años y veinticuatro temporadas, en primavera verano de 2001.



Qué poco cambiamos.
Aunque Angela Lindvall sigue tan guapa como siempre.

jueves, mayo 24, 2012

Langostas









Ah las langostas. Dalí se fascinó por ellas en 1936 y luego le diseñó un vestido a su amiga Schiap aunque siguió obsesionándose por el tema de la langosta teléfono especialmente. Aludía también a un significado extra: de naturaleza sexual. Cuando Wallis Simpson salió en Vogue para mejorar su imagen como queridísima de "David" y Dalí hizo público esa connotación: su imagen pública se hundió. Pero ahora, con la exposición del MET sobre Schiap y Miuccia Prada el tema de la langosta vuelve a estar de moda. Una mujer como Issabella Blow no precisaba de modas ni de tendencias para ponerse el crustáceo en la cabeza pero Anna Wintour sí, parece que la cosa del sexo... no le importa demasiado. Total, lo que pasa en Nueva York se queda en... ¿Las Vegas?


lunes, mayo 07, 2012

El Frágil Detalle De La Identidad





Es difícil catalogarme a mí misma como una gran fan de Sexo en Nueva York, no lo soy. Para empezar, creo que la serie ha hecho mucho daño a la sociedad con todo el jaleo de Vattimo, la postmodernidad y la estética sobre la ética. Nunca he identificado el concepto de liberalidad con promiscuidad aunque creo que la serie, extrema como todas las series -y el problema lo tiene el que no lo entienda así, es decir, como ficción, ficción, ficción- fue un hito no solo de las tendencias sino de la forma de tratar a la mujer en televisión. Carrie y sus amigas son cuatro estereotipos con patas pero la serie se deja ver y, en algunos momentos, es incluso genial. Sin embargo, en mi opinión, el problema de una estupenda serie que empezaba diciendo que "no desayunamos con diamantes" y que mostraba que las Cenicientas ya no existían salvo por su interés hacia los zapatos; es que al final Carrie se casa con Mr Big, se compra un apartamento de cinco millones de dólares y en su armario hay más dinero del que se gasta en pagar a una pequeña empresa editorial cada año, no digamos que a trasmano de cualquier periodista de a artículo por semana en un periódico -muy- mediocre. Además del hecho de que SJP se empezó a creer Carrie Bradshaw, una mujer sofisticada, cool y, sobre todo, despampanante. Y no. No.

La cosa, por tanto, está en que hasta los estereotipos tienen una identidad: la de los estereotipos. Así Samantha podía llevar lencería con perlas auténticas y manipular a medio Nueva York para lograr un Birkin de Hermés; Charlotte podía casarse de Vera Wang tras contratar a un estilista de bodas y adoptar a un niño vestida de Chanel; Miranda... bueno, la letrada podía pagarle un traje muy muy caro a su novio y Carrie, santo cielo, Carrie. Carrie puede trotar por la ciudad con Manolos, Jimmy Choos, Louboutins, ir a Vogue vestidita de Dior por Galliano, llevar camisas de Cavalli para reafirmarse, hacer que alguien deje a la divina Natacha de Ralph Lauren -venga Big, venga- por ella y desfilar para D&G además de otros muchos varios cientos de delicias más.

Sin embargo hay algo que acompaña a Carrie y que le caracteriza, temporada tras temporada, mucho más que todo el resto del trabajo de Patricia Fields y ese algo es su collar de Carrie. Una baratija que compró en un mercadillo pero que no se aparta de su cuello. La verdad es que Carrie no deja de ser una chica americana de la América profunda y bajo todo el pulimento que va adquiriendo a lo largo de la serie y de algunas divagaciones que tiene el personaje que no provocan, precisamente, que te caiga bien sino demostrar que es una mujer y ya está, con una vida que aunque guionada, no deja de no estarlo y por eso es tan significativa la cosa del collar. La identidad de Carrie pende de su cuello. Siempre. Más alla de Dior, Chanel, Versace y Gucci, la verdad es que Carrie es ese collar que es una corazonada más que un gusto adquirido.

Cuando la neoyorkina por excelencia en uno de los episodios últimos de la temporada final de la serie, cuando se va a París con el ruso, Carrie recibe un regalo: una nueva vida y a juego con ella un collar de diamantes cuyo brillo ciega -t-(sus) ojos. Sin embargo, en medio de la vorágine parisina, Carrie pierde su collar y vive los peores momentos de su vida -en la serie-. ¿Qué hace la Bradshaw en París, sin Big, sin Charlotte-Samantha-Miranda, sin empleo, sin hablar el idioma y con un hombre como el señor artista? Finalmente, Carrie recupera su collar. Claro. Y vuelve a Nueva York a desayunar con diamantes.

Porque, la verdad, es que sí que desayunamos con diamantes.

Lo que pasa en la cena, ya es otra cosa. Ana Bolena, reina consorte de Inglaterra tras casarse con Enrique VIII, perdió la cabeza. Pero eso sí, nunca su identidad. De hecho, siempre llevaba el collar que se puede ver en este cuadro de fines del XVI, copia de otro de la década de 1530 que se ha perdido. La B de Boleyn. O el Carrie de Carrie. Así son ellas.

jueves, diciembre 15, 2011

The New Yorker


El neoyorkino y su delirio es una diatriba típica de los cosmopolitas habitantes the "The City". Nueva York siempre ha sido el corazón de Estados Unidos, al menos fuera del rodeo de la política que se han montado los americanos. Sin embargo, la relación de la ciudad y sus habitantes ha estado siempre bien tratada por personas que nunca han puesto un pie en ella o por autores que se han enamorado de una ciudad de la que no eran, en la que no vivían pero a la que, en cierta forma, pertenecían.


No es una ciudad bonita. Pero no importa. Nueva York tiene una belleza futurista como la de las obras de Boccioni. Es dínámica, postmoderna, etérea en su fugacidad, veloz, rápida, frenética. Nueva York es más hermosa que la Victoria de Samotracia, es decir, más hermosa que Atenas y Roma. Alta. Nueva York es alta y, desde que cayeron las Torres Gemelas lo es un poco menos, pero realmente no importa demasiado. Nueva York es una ciudad de color gris y verde. Es un reconciliarse, sentir el aliento vital de cómo la vida sobrevive en la roca más agreste y escarpada.


Nueva York es una ciudad pobre y rica, de extremos y de contrastes. La última colección de Chanel se embute en unas zapatillas para ir en metro, el café caro convive con las librerías de lo viejo, en Central Park las ardillas creen vivir en un manglar y a su alrededor una campana de polvo y contaminación lo cierra todo. Las mujeres pisan fuerte con zapatos de tacón caros e imposibles y el asfalto se deshace por el calor en verano lo mismo que resbala por el hielo del invierno, en ese momento en que cortan árboles y las cuchillas de los patines arañan el hielo como llorando. Una fulana parece una dama y la miseria cohabita en la misma habitación del gran piso de lujo en el que uno se esclaviza por la modernidad, a cambio de... ¿sueños?

 No deja de ser un taxi que se difumina en el horizonte. Una mujer rubia, rica, tonta, triste, ajada, joven, infeliz, con laca, peluquería y manicura, zapatos de tacón alto, bolso grande, cartera repleta de tarjetas de metales preciosos y escasos, chofer los viernes y sábados, lista de la compra, niñera, esclava... se baja del coche, se arrastra al parque y allí se queda, contemplando con la mirada perdida el ir y venir de la vida.
 La fuente de Central Park le hace a uno pensar en las escaleras de la Plaza de España de Roma. Pero también te hace reflexionar sobre la vida que ya no es nueva y la vida que no es antigua. Que se vive entre dos oscuridades, en el anonimato total, en el poder ser un loco sin hacer alzar unas cejas. Uno está solo, protegido por las capas de ropa, y los edificios, se comen la naturaleza y recortan el cielo.
Hay algo trágico en que Nueva York sea la ciudad de los sueños. Significa que muchos no llegan. Que muchos fracasan. Está también el lirismo de lo trágico y de lo hermoso, de los sueños que se desea que surjan y que brillen y vuelen libres.
 Es la desesperación que Wilde conocía tan bien, por tener lo deseado y por no tenerlo.
Y la paz es con uno porque todos amamos Nueva York, ¿no?. Porque somos nosotros mismos, una pieza de un rompecabezas muy grande. Pero siempre somos los mismos aunque con distinto atrezzo. Qué bien saben eso en Vogue. Qué bien.

jueves, octubre 21, 2010

Exhibicionismo Amateur


De vez en cuando uno piensa en lo sórdido. Es inevitable. Alber Elbaz piensa que "atrae lo bello y también lo que, sin ser bello, es bello". A veces ocurre. Por ejemplo, la obra de Helmut Newton es un buen ejemplo. El alemán -el mejor fotógrafo del mundo- es un maestro con su atmósfera identificable, sus damas de hielo, el sexo latente, la sangre, la putrefacción, la ira, el vicio, el pecado, las falsas apariencias, las perversiones y el poder. En Newton se respira mucho poder aunque ese no sea el tema.

Los periodistas, especialmente en sucesos, olfatean la sangre. La huelen como si fueran sabuesos. A Newton también le ocurría. Él mismo tenía sus obsesiones recurrentes. Le aterraban las aves pero las fotografiaba, quería las caderas para fuera, listas en ese mismo instante para marchar en celo hacia cualquiera y un tipo de violencia muy específico.

Catherine Deneuve siendo aterrada por alguien con un cuchillo o la azotea de Nueva York en la que una mujer reposa sobre el suelo mientras todo está revuelto sin saber si vemos un crimen o una fotografía de moda son la clave de su obra. Lo curioso de Newton -como de Guy Bourdin- es que en su obra -pese a tratar sobre la moda- pocas veces enseña la moda.

Helmut Newton -y June Newton- decía que no quería retratar a una mujer en un fondo blanco sino retratar la vida. En Newton, veo muchas veces rastros de ese voyeurismo que todos tenemos tan avezado. Quizás, la diferencia es que en el fotógrafo más reputado de la historia de la moda -ya, ya, Avedon, ya, ya- no tiene ni siquiera un rastro de cotilleo.

Newton presenta una realidad. No sabemos si es un montaje, si es real, si es casual, si somos uno de los personajes o si, simplemente, lo vemos como alguien que asomado al piso de arriba ve la escena. Newton tampoco juzga nada, cuando una Schiffer burguesa-sádica mete la cabeza de su empleada en el horno mientras la agarra con una correa de perro, Newton no pretende criticar nada. Estamos ahí y punto. Luego, veremos a la criada engañado a la señora Schiffer con su marido mientras ella entra, poderosa, poderosa, poderosa, sin saber nada, sin intuir nada de nada. Pero no juzga nada.

Si miro la imagen, veo que no sé lo que veo. Podría estar muerta o completamente borracha. Podría haberse quedado dormida o haberse desmayado. Yo podría haberla tirado una maceta a la cabeza y haberla matado o, incluso, podría haber visto lo que ha pasado y estar deliberando si llamo a urgencias o no.

Pero eso no importa.
Lo bueno es que es todo eso.
A la vez.

sábado, septiembre 11, 2010

Deseo


Bien. Como no veo nada que me guste en Nueva York, al menos en lo que va de semana de la moda para primavera verano, pienso (un poco) en lo que quiero para la temporada de invierno, en la que estamos, al fin y al cabo.




 
Botas altas.
Ni de puta ni de Swinging London-Courreges. Gracias. Quiero una caña estrecha, de cuero negro, brillante, flexible, reluciente sin ser de charol. Algo sexy, un poco por encima de la rodilla, sin ser de mosquetero.


 
Carmín rojo.
Un rojo encendido no. Un rojo frambuesa. Nada de naranjas. Nada de brillos. Nada de fresas salvajes. Nada de reflejos en blanco, en oro, en crema. Nada demasiado untuoso.Cremoso. O fuerte. No quiero que se vaya ni que se quede más de lo necesario. Pienso en Chanel, pienso en Dior. Ni tan duras como la de Madame ni tan blandos como los de Monsieur.


Estola de leopardo.



Bolso de cuero blando
Ni demasiado bohemio ni demasiado Upper East Side. Nada de eso. Una especie de zamarra de piel suave me vendría fenomenal. No suelo llevar bolso, la verdad, pero a veces necesito meter toda la chatarra en un sitio. Bolis, un móvil, una libretita pequeña, una barra de labios, una cajita de pañuelos, un pañuelo, algo de perfume, un poco de dinero en una cartera, las llaves o mi pequeño disco duro. Qué se le va a hacer. Me gustan los de Francisco Biasia pero no he encontrado nada ésta temporada. Ja.


Unas katiuskas.
El año pasado se pasó el año lloviendo y nevando. Y yo me pasé el invierno corriendo de acá para acá con zapatitos de tacón y unas botas negras. Por favor. No estoy dispuesta a que se repita. Y, además, aún no sé si las quiero en verde -las típicas de toda la vida de Dios- o en negro. Pero sé -seguro- que no quiero ir por ahí correteando y -otro año más- calada hasta los huesos desde el suelo. El año pasado ni siquiera lo pensé. Pero me niego en rotundo a otro septiembre-octubre-diciembre-enero-febrero-marzo-abril lluviosos conmigo empapada. Por mí, que llueva todos los días.

Una fiesta en blanco y negro.
LA FIESTA.
Año 1966. Capote. Sinatra. Mia Farrow. Un montón de gente guapa. Y champagne y tal. 500 personas selectas. Pero... no se puede volver al pasado como quien dice. Así que habrá que pensar algo mejor para Nochevieja.
Y, un poco del resto de cosas que realmente importan.
Si es que es posible.
Vaya lista de Año Nuevo.
En septiembre.
Soy un desastre.

viernes, septiembre 10, 2010

El Espíritu De NY


Empieza la Semana de la moda de Nueva York. Por una vez, no es Briant Park, así que no habrá tiendas de esas blancas ocupando el lugar y las modelos no correrán entre entusiastas de la moda, turistas genéricos y redactoras con mechas de Vogue. Esta vez es en el Lincoln Center, sin árbol de navidad se sobreentiende, pero con más innovación que nunca. Algunos hombres de negocios, muchos periodistas, alguna celebritie y Anna Wintour que, al final es quien manda, aka quien corta el bacalao.
Cuando empieza Nueva York, la excitación llega. Las tiendas de ropa nos surten de tendencias pero todo, aún la nueva temporada, tiene un aire de vieja temporada. Entrar, salir, pagar y demás. Aquí todo es diversión. Ver, tocar, flash y beber champagne entre un gritito, un taxi que acelera y un montón de asistentes histéricos, de publicistas sonrientes y de RRPPs. Qué se le va a hacer.
Cuando llega a España "Peyton Place", la gente comprende mejor a Estados Unidos. Pero Nueva York no es Estados Unidos, tampoco Europa, no se crean. Nueva York tiene mucha, mucha, energía lo que, en parte, evita que tenga que ser bella. Es una ciudad llena de rascacielos, de azoteas que tocan el techo, de gente frustrada, de estrellas que visten de negro, de gente normal, de ricos, de pobres y de todo lo que hay en cualquier ciudad.
Cuando empieza la semana de la moda, todos sabemos lo que vamos a ver. Ropa bonita. Fácil. Divertida. Que se vende extraordinariamente bien. Por ahí Oscar de la Renta, por ahí Ralph Lauren. Algo de DKNY, algo de Alexander Wang-hum, Altuzarra vestido de Tom Ford -hum?- y princesas en Marchesa. Nuevas ricas en Michael Kors, colorido pastel en BCBG. Buenas chicas en Carolina Herrera y todas esas cosas.
¿Y qué?
Con sus prendas, uno puede soñar sobre un tejado.

sábado, septiembre 04, 2010

Inspiraciones


Marchesa ha revelado su inspiración para la primavera 2011. Es decir para la colección que presenterá próximamente en Nueva York. No es que sea una novedad. Marchesa es princesas neoyorkinas de Valentino entremezcladas con Oscar de la Renta con más celebrities y menos talento. Al mismo precio. Made in USA. Diseñadora con novio productor y con contactos en el mundillo. ¿Y por qué no? Arrasa en la Alfombra Roja y la verdad es que sus chicas son guapas.
Se parecen un poco a las chicas de Devil Wears Prada, las Runwayers -clakers- y tienen ese halo posh-stupid-sofisticado ¿? (ha salido de mi teclado, y de mi mente que es peor) pero acaparan flashes y ellas se ven como princesas, sin duda alguna.
Esta temporada parece que en Marchesa gusta Poiret. Los turbantes. Y el rosa. ¿Y por qué no? Repito. Es una de las colecciones que se disfrutan de NY. Vale, lo admito. No cosen los bajos. No son lo que se dice exactamente puristas. Ni tienen una línea fantástica. Ni nada de esas cosas. Pero la verdad es que su ropa es bonita. Todas las que se lo ponen parecen sacadas de una Alfombra Roja (que si ese es tu objetivo, pues es estupendo) y no hay que pensar nada al ver su colección.
Y eso me gusta.
No más.

martes, febrero 23, 2010

Frio, Nieve, Viento


Hace tanto frío en Nueva York que no resulta fuera de tono ver las colecciones para el próximo invierno ya que casi podemos verlas para el presente y poner lo que se ve en pasarela ya. Lo que se dice ya. Es la inminencia de la moda que antes de que la bonanza llegue a la economía, ya se ha deshechado todo lo que aún es nuevo y antes de que la caducidad asalte el ingenio de los creadores, ya hemos inventado algo nuevo.


Aún así, cada uno afronta el frío a su manera.
Y, como siempre, diciendo mucho de nosotros mismos.

Y eso que nieva para todos...

sábado, septiembre 19, 2009

Princesitas De NYC


Siempre me pregunto en qué piensan las princesas. Piensan en el camisón de raso de color melocotón y el aceite de masajes que usaran por la noche, en la hora con el pscólogo a 400 dólares la hora, la sesión de manicura y pedicura de por la tarde esa en la que literalmente tiene al mundo a sus pies y en cómo vomitar el croisant que se ha comido esta mañana con la leche y el umo para no engordar.


Por extraño que parezca, la vida desocupada es tremendamente estresante. Dicen que el 98% de las princesas de Manhattan -judías y no- (y sí me he inventado el porcentaje) toman Prozac. Mucho Prozac. ¿Meditar, relajarse, masaje shiatsu? Por favor, la pregunta es ración extra o ración super.


Casa de dos pisos con niñera, criada, cocinera y asistenta. Dos días a la semana, tenis. Dos días a la semana, almuerzo en el club. Otros dos días a la semana, peluquería. En casa, flores y más té que café. Desde luego, manicura francesa y, últimamente, una secreta tentación para con Balmain que es sofocada -gracias a Dior- para con De La Renta.


Casa en los Hamptons y crucero. Marido devoto, más que con amante pero con ojo esquivo a empleadas y subordinados. Eso sí, muy clasista. Casi snob. Ella habla con todo el mundo -bueeno- pero no con la misma relación. Dos clases de persona: por encima y por debajo.


Por encima, alabar. Por debajo, pisotear. Que, para eso están ¿no?.


Champagne y Perrier. Clubes no pero sí fiestas en casa y, luego, acabar ligeramente achispada. Más vestidos cortos que largos y tacones altos. Una mujer vale lo altos que son sus tacones, en este mundo sí. Y también el límite de su tarjeta de crédito y la invitación al pase privado de Chanel dos veces al año más cruceros. Después de la semana de pasarelas, retiro espiritual a un balnerario porque....


!Lo que estresa no hacer nada!


Ah mis princesas... Si está claro que la realeza está en decadencia...

miércoles, septiembre 16, 2009

Rodarte, Las Celtas



Mujeres. Guerreros. Una de las combinaciones más antiguas del mundo. En la mayoría de guerras las mujeres han participado aunque, en realidad, es un episodio de nuestra historia profundamente olvidado.


Los rituales, la magia y la espiritualidad combinados con la guerra, la sangre y la destrucción.


El miedo antres de la batalla. Casi se huele la sangre. Las armas resplandecen. Las corazas están listas. Los generales se preparan y se conciencian.


Quizás coman con sus amigos y cenen con sus antepasados.


Primero consultan con su oráculo. ¿Victoria y derrota concendidas por los dioses? Pero, ¿a quién favorecerá el destino?


Luego se decoran. Quizás pensando en pasadas victorias, quizás trazan sus huellas en la piel esperando poder ser reconocidos tras ser incendiados en sus piras funerarias. Honran a sus dioses antes de la batalla.


El chamán de la tribu plantea sus misterios a los dioses. Los guerreros le entregan sus almas que, quizás tengan que pasar el resto de la eternidad sin cuerpo. Sin nombre, sin nada...


Y ellas esperan. Pronto llegará el alba y la batalla comenzará. Los ríos se teñirán de sangre y, las oraciones de esperanza.


¿Ganarán?


¿Perderán?


Seguramente tendrán que enlutarse aunque ganen.


No hay victorias en la guerra.