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domingo, agosto 03, 2014

Azul Y Blanco























Siempre me pareció tremendamente elegante combinar azul con blanco y, además, muy veraniego. Quizá porque es la imagen por excelencia del marinero, quizá porque los paseos marítimos siempre se me vienen a la mente con la barandilla azul y los bancos blancos. Quizá por otro motivo. No lo sé. La cuestión es que no sólo a mí me parece hermoso. Vogue tiene portadas preciosas, en azul y en blanco. De todos los estilos, además. Mi favorita, probablemente, sea la de Christy Turlington y Naomi Campbell seguida muy de cerca por la de Angelica Huston y Manolo Blahnick, quizá la única vez en que las letras multicolores de la cabecera quedaron maravillosas y no horteras o cursis. Al final, como todo en la vida, es cómo lo haces, no lo que haces.

jueves, febrero 20, 2014

Viejas Chicas, Nuevas Tendencias









Hay que hablar de las zonas erógenas para entender la moda. En los años veinte apareció una nueva zona: la espalda, que hasta entonces había ido cubierta. Así funciona el deseo, por épocas. Los caballeros que poblaban los países anglosajones en la época victoriana se morían por atisbar un poco de tobillo de las jóvenes Escarlatas O´Hara y, actualmente, hay un montón de fetichismos relacionados con el pelo como los de los países musulmanes. Si los hombres encuentran erótico el pelo de la mujer es porque se les oculta, en cierta forma, pero también lo encuentran erótico porque se les muestra (como la desnudez aunque, por lo general, todo el mundo está mejor vestido).

En los años 60 algunas chicas dejaban, nada más ver películas como Grease, el ombligo un poco al aire con algunas blusitas recogidas en el vientre. Pero ahora esta tendencia tan noventera, vuelve. Personalmente, la cosa no me acaba de convencer. No sólo porque la barriga suele ser el punto flojo de casi todos los cuerpos (abdominales, abdominales) sino porque es poco formal. El escote, por cierto, en Japón hasta que no empezaron a llegar marineros en el siglo XX no se consideraba el pecho de la mujer como algo erótico sino que era algo natural, que daba alimento a los bebés, puede ser pronunciado pero elegante. En cambio, aunque el ombligo es menos revelador que el pecho, no es tan formal.

Algo así debió ocurrir con lo del bikini. Un trocito de tela en el estómago no revelaba ni ocultaba tanto más que el traje de baño completo pero es algo psicológico: no estamos acostumbrados. Y no se puede ir a trabajar con el ombligo al aire. Pero todos los diseñadores, y Zara mediante, insisten este verano, este invierno ya aparecían, y en las siguientes colecciones, en los crop tops que dejan el ombligo al aire. La verdad es que los encuentro un poco absurdos pero también me gustan. Creo que no son favorecedores a menos que se tenga un tipo extraordinario y que tienen un alto grado de imponibilidad, pero...

Somos así de idiotas -me incluyo- porque la moda no tiene que ver con lo racional sino con el deseo. Y el deseo tiene que ver con lo irracional, como el amor. En la Francia de María de Médicis y posteriormente, hasta fines del XVIII, los escotes de las nobles eran tan pronunciados que dejaban ver los pezones -que se puso de moda pintar de rojo para que parecieran más deseables, algo así como pintarse los labios o darse colorete que no deja de imitar el aspecto de las mujeres tras el acto sexual- porque mostraban sus pechos en perfectas condiciones ya que no tenían que dar de mamar a sus hijos, tenían amas de cría, y mostraban su clase y el orgullo de su dinero y condición noble a través de, sí, esas tetas perfectas, expuestas como en un mostrador a cualquiera que mirara.

Esto del ombligo es bastante parecido. Las mujeres con un vientre exhibible son mujeres de una clase alta, entendida como personas con posibilidad de cultivar su cuerpo y vestir a la moda. No son madres, el vientre, como los pechos, se resiente al dar a luz (como le dice Mami a Escarlata O´Hara cuando ella le insiste en que le estreche el corsé: señorita, ha tenido usted un hijo, nunca volverá a tener su cintura estrecha como antes) y son jóvenes y sexualmente deseables porque no son la madre o la esposa sino el arquetipo de la joven y la doncella. Y luego dicen que la moda es frívola.

lunes, febrero 18, 2013

La Muerte Sienta Bien


Nadie dice nada de la muerte. Que si el estilo es algo con lo que se nace, que si es algo que se hace con el tiempo. La cosa, parece, se queda en este mundo. Pero, ¿qué hay del otro? Y, es más, ¿qué hay del intersticio entre este y el siguiente? O sea, esa última foto de uno o, mejor dicho, de su cuerpo. Es importante la forma en que pasamos a la posteridad en nuestro último momento que, en general, es público y se ha inmortalizado. Fue hermoso ver el corazón de rosas rojas que Bergé dejó para el funeral de Saint Laurent y también la hermosa corona de Lagerfeld sobre los buenos tiempos que ambos habían vivido. Sin embargo, entrando en materia, dos y sólo dos son los cadáveres interesantes. El de Marilyn, enterrada con un vestido de punto de Pucci de color verde manzana que era su favorito. A Marilyn le gustaba mucho Pucci y se decía que era su vestido favorito pero tenía en muchos colores prendas del italiano.


El otro, la auténtica estrella de la muerte, es Warhol. A la muerte de Warhol, el gran artista del pop art (¿Qué es el pop art?: .), se le enterró con un traje negro -como los que solía llevar-, una corbata de estampado cachemira, su peluca plateada y sus gafas de sol, es decir, más o menos la que era la imagen habitual de Warhol en vida desde que llegó a Nueva York -y se operó la nariz- acompañado de su madre para ser primero dibujante y luego artista. Se le enterró con un breviario y una rosa roja. Si el ataúd de Saint Laurent fue cubierto por ramilletes de espigas verdes y luego por la bandera francesa, el de Warhol lo estuvo, durante la misa -Warhol era muy creyente e iba casi todos los días a misa-, con rosas blancas. Antes de que la tierra cubriese su féretro, Paige Powell, una de sus mejores amigas, le dejó lectura para el más alla: un número de Interview, la revista que Warhol creó, también una camiseta de la revista y un frasco de Beautiful, el perfume de Estée Lauder. 


Sin embargo, en el mundo de la moda, ha habido tres funerales más muy destacados. Especialmente relevante fue el de Coco Chanel al que acudió un jovencísimo Yves Saint Laurent a presentar sus respetos, también el de Alexander McQueen hace muy poco y, entre medias, el de Gianni Versace que consagró definitivamente a Donatella Versace y, muy especialmente, a Lady Di. Curioso es que Lady Di también fuera al de Grace Kelly -en la mortaja, Grace Kelly estaba bastante guapa y bastante gore, toda rodeada de puntillas- pero esa es otra historia.

viernes, noviembre 02, 2012

Tres Cruces


La tendencia para el verano que viene es clara, en los calores de 2013, se llevarán los volantes. Todos los diseñadores los han sacado a la pasarela y especialmente vistosos han sido los de aire sesentero y setentero de Gucci y la maravilla tecnoespañola de Balenciaga. Porque sí, los 60 y los 70 han llegado para quedarse. Puede que Emmanuelle Alt y toda la plantilla de Vogue París adore a George Michael, que Carine Roitfeld se chifle por parecer una muglerette y que Anna Wintour en Vogue USA vaya a organizar para 2013 una exposición sobre el punk -y con ello prorrogue estos 80s interminables de Balmain, tachuelas, zapatronchos y tupés- pero la verdad es que lo que viene de verdad son los sesenta setenteros y los setenta sesenteros. 


No obstante, eso no significa que la tendencia sea !ya!. No. Hace años se decía que "de los ochenta solo quedamos nosotros" y ahora se puede decir que los ochenta aún quedan para rato. Sin duda esa es la explicación que hace que este invierno sea el de las cruces. Ya cantaba Mecano aquello de la cruz de navajas por una mujer: una en la frente, la que más dolió; otra en el pecho, la que le mató y otra que mentía en el noticiero y a Vivianne Westwood -Sex Pistols mediante- se le hacía la boca agua para vestir a todos sus pendencieros punks. 


Pero es en Vogue España donde se llevan la palma: portada de agosto de 2012 con una muy muy sexy otoñal Malgosia Bela en portada, portada de noviembre de 2012 con una fabulosa Penélope Cruz y, si hay una que miente, la fiebre por las cruces que desató en 2002 la colección de invierno de Tom Ford en Gucci. Con muchas cruces. Claro que sí. 

jueves, agosto 30, 2012

La Vulgaridad

Madonna para Gaultier.

Hay muchas personas vinculadas al mundo de la moda que han desarrollado sus carreras en torno a la vulgaridad. Los nombres más evidentes son Helmut Newton, Guy Bourdin y Vivienne Westwood. A ellos, hay que añadir Versace. Y también Jean Paul Gaultier. Y Mugler, Montana y Alaia. Todos ellos tienen una vulgaridad auténtica que, por otra parte, no es vulgar. Es excesiva, un tanto irritante y quizá algo cansada pues tiene un poco un deseo de epatar. Pero no es provinciana.

Campaña de Blumarine, fotografíada por Helmut Newton en 1991 con Monica Belluci.

Cuando Newton fotografíaba a putas no lo hacía por escandalizar, no, lo hacía porque las putas le gustaban. Y porque creía que tenían un gran sentido de la moda. El lenguaje de las prostitutas era interesante para Helmut Newton que, consideraba que, ligas y látigo eran sadomaso y combinación y faldita a la rodilla era complejo de Edipo.

A Versace también le inspiraban las prostitutas, de hecho, diseñaba para ellas. Pensando en ellas, se entiende. Versace diseñaba falditas traicioneras, escotes imposibles, melenas rubias al viento, muslos y senos firmes y necesidad/capacidad por/de llamar la atención. Versace sabía convertir a una valquiria en una jovencita virgen y tímida, sonrojada, cambiando el escote y la cintura. Si ponía una faldita de tablas la colegiala era Lolita, si bañaba la falda en un color metalizado, se convertía en un súcubo. Pero no lo hacía por escandalizar.

A Guy Bourdin también le gustaba el sexo. Tiene algo setentero y un poco pasado de moda -en el mal sentido- que no baña las fotos de Newton que son actuales, eternas e inspiradoras. Es atrezzo y ficción pero tan falso que es auténtico. No es vulgar aunque golpea más que la obra de Newton que, ésa sí, se hunde como un bisturí y no como un hachazo.

Vivienne Westwood es magnífica. Tiene esa dualidad de cuando Capote y Marilyn charlaban de que Errol Flyn tocaba el piano con su pene. La Westwood hizo lo propio en una sesión de fotos, aunque la cosa en ella era que no llevaba bragas. Como Isabella Blow.

Jean Paul Gaultier pasa por la enciclopedia de la vulgaridad maravillosamente. Subió a Madonna a la pasarela y la sacó las tetas. Madonna es bastante vulgar porque se le nota el ansia. Ansia viva. Sin embargo, Gaultier no lo hacía para escandalizar sino porque ese es su universo. Bebe de la cultura underground, de los negros, de los tatuados marginales de los 80s/90s que eran neonazis, de las africanas con collares que les deforman el cuello y no se pueden quitar nunca. Gaultier pulió y llevó al paroxismo lo que Chanel ya intuyó: que la moda es lo de la calle. Pero lo que en Chanel era etéreo, en Gaultier era un vómito.

Luego todo degeneró.

Kate Moss para Gucci por Tom Ford, verano de 2001

Llegó Tom Ford -mala copia de YSL- con Carine Roitfeld -que se cree una mezcla entre Diana Vreeland y Betty Catroux- y Mario Testino -haciendo de Helmut Newton, claro, pero con un grano en sus imágenes-. Y la verdad es que ellos lo consiguieron, lo que en Chanel era genial -la moda y la calle-, en Gaultier era la puntilla -azotar a la calle-, en el trío de que definió el porno chic -y que siguen ahí, Carine yendo de brava, Tom Ford de el mejor y Testino de leyenda viva de la fotografía- hay mucha vulgaridad. Sin más. Nada de la perversidad de Helmut Newton, de la artificiosidad de Bourdin -casi daliniana-, de la naturalidad de Versace o del histrionismo de Vivianne Westwood. Qué va. Pero Ford, Carine y Testino creen que son lo nuevo, el espíritu del tiempo. Sí, claro.  De la vulgaridad mala, de la vulgar. Sin sentido ni sensibilidad.

lunes, agosto 20, 2012

Nosotros Y Los Sesenta




















Es un poco preocupante el tema de en quiénes nos estamos convirtiendo. Es pasearse por las tiendas Zara, verbigracia de Amancio Ortega, y encontrarse con una invasión de lo que realmente vemos en las calles. El tipo de mujer que compra en Zara es la de la multiculturalidad. Puede ser una musulmana radical pero podrida de dinero en los Emiratos Árabes, una cosmopolita neoyorkina emigrada de Ohio que quiere ser un remedo de Carrie Bradshaw o de Anna Wintour, una española madre de familia, funcionaria, harta de que le bajen el sueldo y de que se cite a Larra mucho y mal, una australiana sexy que se enrolla con su novio surfista en una playa o una trabajadora de alta categoría en un banco de Suiza que come chocolate y corre cortinas de los departamentos destinados a la intimidad de las cajas de seguridad privadas.

El caso es que si uno se pasea por Zara seguimos encontrándonos con lo que llevamos viendo desde fines de los noventa e inicios de los 2000... es decir, un poquito de la agresividad sexual de Tom Ford, un poquito de estilismo de los 80s de la mano de Carine Roitfeld -zapatos de tacón de aguja con tiras que reptan por la pierna, cuero, chicas saludables y sudor- y una mezcla de locura festiva de Galliano y demencial de McQueen fotografíadas por Testino y encaradas en Gisele Bundchen. Pero diez años de una moda en la que todo vale pero que nos ha dejado a todos convertidos en unos rockeros modernos, modernos por necesidad, entachuelados, encuerados, elastizados y con hombreras, botas de pitón y cinturones con calaveras y los ojos como de mapache, hacen que nos preguntemos hacia dónde vamos.

Hay mucho que decir sobre la vuelta de tuerca de esos decrépitos 80 que vuelven y vuelven y no se van ni a tiros de nuestros armarios. Parece que seguimos fascinados por Studio 54, por los Jagger, por Bowie, por Gianni Versace y por Marilyn. Ni siquiera el impulso que producciones como Mad Men le han dado a los sesenta nos convencen de que estamos aburridos de la década de la coca, los yuppies y el sexo colocado. Los ochentas fueron unos años muy cool pero ya cansan. Estamos hartos de ser esos niñatos repeinados y esas chicas con melenón y pendientes de aro. Los sesenta de Mad Men tampoco nos gustan y por eso no han triunfado.

Porque los hijos, esa Sally Draper, molaban más que sus padres. Pongamos por ejemplo a Don Draper. Don lo tenía todo. Tenía a Doris Day haciéndole tartas y criando a sus niños como una Grace Kelly revivida. Tenía el coche caro, la amante complaciente y un poco pirada de rigor y dinero, el trabajo y hasta un pasado glorioso u oscuro -al gusto de cada uno-. Pero era alma torturada. En los 80s no había almas torturadas. Había noches sin fin, tajadas sin fin y mucho sexo. Lo que en los sesenta se insinúaba con sujetadores cónicos y secretarias sacadas de una peli porno bastante posterior, en los 80s estaba ahí, rodeándonos. Era eye linner y sexo, trabajo y sexo, sexo y sexo.

Y la verdad es que el sexo vende.

Porque están muy bien las tribulaciones de Don Draper para verlas pero, por favor, qué vida esa para vivirla. Los que cortaban el bacalao en los sesenta habían vivido la II Guerra Mundial, estaban traumatizados por sus padres que les decían que había carta de racionamiento, Gran Depresión y que ellos jugaban con pelotas de fútbol hechas de no sé madera. Que ya tenían bastante. Luego, cuando fueron mayores, se divorciaron de sus mujeres perfectas, llevaron a sus hijos al psicólogo, les compraron de todo para que no les faltara de nada como a ellos y les dijeron que todo estaba al alcance de su mano. Así que esos fueron los que mandaron en los 80s. Los criados ganando y para ganar. Y cómo nos gustan las historias de perdedores pero cómo deseamos triunfar.

El problema que tenemos nosotros, en nuestra década 00 que se prolonga a los 2010s, es que nos parecen geniales los niñatos de los 80s que estaban metiditos en la Guerra Fría. Nos gusta la laca, Dallas, el petróleo, la coca, la música alta, Warhol, los cócteles de nombre raro y el fiarnos de los desconocidos -en los 80s era para echar un polvo pero ahora es para charlar en Twitter- y así nos va. Claro. Pero es posible que vayamos entrando en razón...

Y lo digo por lo que está ocurriendo en Dior. Al tiempo, es posible que Dior se vuelva a poner a la cabeza de los cambios en el mundo de la moda. Y no sólo por Raf Simons, el sustituto de Galliano (porque los sustitutos temporales de Galliano fueron, pobrecillos, para echarse a llorar, a reír y por la ventana en ese orden), sino por todo el equipo. Muestra de ello es la publicidad. La publicidad de la casa. Las campañas de Eau Sauvage, deliciosas no, más, muestran más o menos cómo hemos ido evolucionando de mentalidad. Fue Gruau quien inició las campañas de la marca con mucho estilo. Con mucho estilo de verdad. Eran estilosas, desenfadadas y fueron un éxito rotundo. Con el paso del tiempo se fue prefiriendo la fotografía y llegaron los hombres en vez de las insinuaciones. Hacia los ochenta aparecieron verdaderos cuerpos diez y en los noventa y en torno a nuestra época hubo come backs a la ilustración y a las viejas esencias del dibujo. Y más cerca de nosotros primeros planos bastante sosos. La verdad es que hemos ido perdiendo gracia. Lo mejor es Gruau. Qué duda.

Pero lo interesante viene ahora. La primera imagen es Alain Delon. Es la campaña que toca ahora. Y la última, la de la mujer leopardo, es la imagen de Dior -maquillaje- del invierno 2012 2013. Y hace buena pareja con el encanto del joven Alain Delon. Alain Delon y ese aire un poco demodé pero chic a rabiar son los sesenta y los setenta, los setenta que eran interesantes no los del final de los setenta. Y es que los sesenta fueron mejores que los ochenta, década que ya cansa, ya aburre... Los sesenta setenteros tuvieron a Marisa Berenson y todo lo que realmente interesaba. Sexo de calidad pero con sentido, drogas para divertirse no porque era lo in y moda divertida. En este ir y venir de Dior, descendente y ascendente, quedan claras no, clarísimas las intenciones de la casa. Por cierto, el perfil de Simons no es el de Marc Bohan pero los años de Marc Bohan en Dior fueron maravillosos no, lo siguiente. Y no hay nada más sesentas setenteros. Ay señor, lo poco que cambiamos y lo que apetece el verano en la piscina, Alain Delon de amante y Romie Schneider.