Cool & Chic

lunes, mayo 19, 2008

La Abeja Reina De La Moda


Dicen que el mundo americano (La Alta Sociedad, se entiende) puede dividirse entre las mujeres que son sacrílegas a Chanel y las que prefieren algo más americano, algo más tarta de manzana y bandera americana. Anna Wintour, La Mujer De La Alta Sociedad, en mayúsculas, adora a Karl Lagerfeld y ha transferido su papel de dama de Chanel a Musa y a guardiana y custodia. Los peinados del desfile crucero de Karl Lagerfeld para la legendaria firma francesa eran el imitado y popular bob de Anna, el corte de pelo que una muchachita de catorce años que dijo al mundo “O sabes de moda, o no” escogió como signo de identidad, del mismo modo que Chanel decidió no depilar -al principio de su vida- sus cejas o Madame Bricard llevaba un pañuelo estampado en leopardo a su muñeca. Ahora, el corte de pelo más famoso de la actualidad, de la leona del mundo de la moda, diablo, hada madrina de los jóvenes creadores, cazatalentos y creadora del lady like, ha conquistado a la mujer Chanel o, lo que es lo mismo, a la parisina y ha conseguido que la moda se rinda, una vez más, a sus pies.


Aunque no es la primera vez que la Reina De Las Nieves, la Abeja Reina De La Moda, impone su voluntad sobre la pasarela. Sí, en Estados Unidos también pasa. De una temporada para acá, cuando el nombre de Anna Wintour comenzó a ser conocido por el gran público y cualquiera se atrevía a ver y comentar, y hablar y frivolizar, y maldecir y dar a conocer su gran a) pasión b)gusto c)conocimientos sobre la moda, la editora más famosa y con más repercusión mediática, la mujer que se ha dejado devorar por un personaje al que adora, ha impuesto su estilo en la pasarela. Muchos se preguntan porqué si Anna Wintour es una dama, una señora pero, su estilo personal, es -¿cómo decirlo? ¿Cómo explicarlo?- (…) es maravilloso pero, ¿es el mejor teniendo un armario de firmas y poseyendo al mundo de la moda? No. Pero, no citaremos otros nombres.


Hace años ella fue responsable del lady like. Cuando los percheros se llenaron de faldas, vestidos años cincuenta, carteras de mano, salones, bolsos de cocodrilo y collares de perlas. Quien tuvo la culpa fue ella. Si ahora alguien se pregunta, quién ha lanzado la tendencia del cabello con corte bob, aunque algunos -sigh- (repito -SIGH-) crean que ha sido Victoria Beckham, la señorita Victoria Beckham, sólo ha copiado a Anna Wintour. Sinceramente, para Anna Wintour ser musa era un paso natural, quizás no sea una musa eterna de Chanel pero ha servido para que Karl Lagerfeld la haga un rendevous por ser siempre una fiel seguidora de sus desfiles, lucir siempre sus diseños y amarle sobre todas las cosas como sólo se puede amar a Lagerfeld.


Yo creo que en el fondo se odian. Ella con un ego gigantesco, él, capaz de escribir su propio epitafio y bailar sobre su tumba y, la leyenda de Chanel por el medio. ¿Quién pide más? Y es el odio el que les une. De todas formas, si el Diablo le ha hecho ganar a Prada muchos ceros, Karl Lagerfeld puede estar tranquilo midiendo cuánto ocupan las páginas que hablan de Chanel en Vogue; son muchas. A Anna Wintour la encanta. Si a Valentino le enterrarán en una máquina de sol de rayos UVA, a Anna Wintour la envolverán en un Petite Robe Noire de Chanel y, si nadie dice nada, puede haber hasta fiesta. Todos enlutados y ella, con gafas. Puede ser divertido. Un poco morboso, pero divertido. Anna, la novia en el enlace y el muerto en el entierro. Aunque yo creo que Karl y ella morirán a la vez.


Ella será algo más tirana que Mona Von Bismarck cuando se enteró del fin de Balenciaga y, o manda comprar todas las existencias de Chanel o le pone a Karl Lagerfeld una leyenda negra. O atraviesa su corazón con un puñal, o una camelia o se ahorca con la cadena del 2.55. Ya me lo imagino, el collar de perlas queda estrangulado por el tweed enmarcado en la cadena dorada que cuelga del techo, la señora Wintour sólo se ha descalzado para morir y, en vez de sangre o hielo (eso depende de si se la considera humana o diablo) cae un torrente de Chanel Nº5.

domingo, mayo 18, 2008

Escuela De Sirenas, Crucero Por Chanel


Si dices vacaciones dices Miami. Eso es lo que ha debido pensar Karl Lagerfeld al presentar su colección crucero de Chanel. Miami era antes el lugar del crimen, del mal gusto, del arribismo, de los geriátricos con mucho sol, de las casas de lujo y las residencias de ancianos, de los mafiosos sicilianos, del asesinato de Versace y de un berrinche de un diseñador con mal gusto o con una pasión desmedida por el kitsch casi rozando la perversión provocativa. El blanco muy blanco, el negro casi destellante y Angel de Mugler flotando en el ambiente que funde el hotel Delano en blanco resplandeciente con maravillas únicas en su haber en Miami. Dices Miami y ahora suena a hoteles de diseño, una nueva clientela millonaria y de clase alta de toda la vida que hablan y detestan a partes iguales a los nuevos ricos y de dinero. Dinero A, por decirlo de alguna manera. Y si Karl Lagerfeld ama a las estrellas, a la nouvelle étoile, al cine como negocio entre moda y Hollywood y a un amago de socialitie tanto como al reflejo de un flash, ahora ha descubierto a Miami. Miami pero, el Miami fascinante de los años cincuenta. De cubierta de barco con espectáculos de natación en la piscina, de señoras con cardados altos y enjoyadas tomando el sol, de jóvenes aristócratas risueñas desmelenadas pero que vuelven al camarote antes de las diez y de una sexualidad atractiva pero no obvia. ¡Miami! Y un verdadero crucero es la propuesta de Chanel.


Esther Williams parece ser la inspiración de Karl Lagerfeld que se decide a apostar por un Chanel fresco y relajado, apto para la orilla de Capri, las playas de Miami, Copacabana o un espectáculo años 50s con vedettes y Carmen Miranda cantando Tico Tico o “I want to be tall” con sus plataformas de cincuenta centímetros y su rotundo tocado de frutas. La sensación brasileña y las chicas de la piscina con gorros que parecen flores hechas estallar en un jardín que corona la testa divinal de la vestal enfundada en lycra. Aunque sin perder su mítica obsesión con el encanto parisino exagerado. A mí me asalta la duda de si todos los americanos quieren parecer franceses pero, visto cuánto adora Anna Wintour a Karl, quizás sí. Quien sabe.


La colección es una mezcla entre lo que Karl Lagerfeld sueña con ver en las orillas del Sena y lo que alguien piensa que llevaría una parisina que veranease en la Costa Azul tomando el sol en una tumbona de rayas azules mientras un apuesto socorrista, desde su torre esmaltada en color blanco, controla la playa de blancas arenas con unas gafas de aviador que reflejan el murmullo de las olas hecho imagen y el verde fulgor de las palmeras. Un pañuelo recoge el cabello de ella que flota con el viento y él la divisa como si fuera el galán de una historia de amor febril.


Al mismo tiempo, Karl Lagerfeld insiste en que París es Chanel y Chanel es París pero, acaba cayendo en el cliché. Lagerfeld infantiliza a la mujer dándola cuerpo de niña, vistiéndola con colores de infante y haciéndola pasear como si hiciera flotar barcos en un estanque de París pero con edad para pescar marido y no peces de colores del fondo de la fuente.


La mujer del crucero de Chanel está anonadada. Ella quizás tenga estilo y chic pero la mujer de Dior acapara todos los miradas, como si a cada paso, una catarata de flashes se disparara y la mujer de Oscar De La Renta es considerada la más elegante del hotel y del crucero. Entonces, ¿dónde encaja ella? A veces se siente como una telegrafista mal alimentada y otras como la única que brilla como mujer sin ser opacada por el refulgir de la prenda. Pero, ¿si no te miran, qué importa?


El baño para Chanel se remonta al bikini de los cincuenta, cuando las mujeres iban a la piscina a relacionarse y ni siquiera se sumergían en el agua. La mujer de Chanel no toma el sol, se relaciona; la mujer de Karl no toma el sol porque está demasiado ocupada evitando que su piel envejezca como para dejarse ver por un rayo de sol. Además, su atuendo no la permite relajarse. Es una mujer de mírame y no me toques pero, es muy divertida convertida en una especie de híbrido entre la mujer fatal y la niña adolescente obsesionada con el culto al cuerpo.


Las mujeres de Chanel son sofisticadas hasta el extremo. ¿Un cóctel en la piscina? Una túnica griega de gasa para captar las miradas. Parece Atenea mirando altivamente desde el Olimpo y, es en este momento en el que se ha dado cuenta de que quizás no brille de colores brillantes o en tonos neón pero que es una bella europea lánguida y etérea que, por lo menos, no necesita comprar títulos nobiliarios. Aunque eso no sea todo.


A veces la nueva mujer de Chanel tiene los aires díscolos y febriles de la modernidad, la da por ser joven, extremadamente delgada y vivir el presente. Y, eso sólo tiene una palabra: mini. Aunque eso ya se llevara en los sesenta y aunque cada vez haya más micro y menos mini o mucho maxi, el blanco, el vestido blanco y las flores son un clásico. O, al menos, una bella propuesta para un sencillo deleite de la vista.


Dicen que Karl Lagerfeld está obsesionado con el presente, es verdad para todos los que digan que no pero, siendo Chanel, porque él es Chanel y Chanel es él, también vive soñando en el pasado. En un mundo de damas enguantadas y con la testa tocada y fumando en boquilla de nácar con un caer de párpados resumidos por el eyeliner felino. Lessage y Massaro. Y bordados, y plumas y cuentas y encanto. Otra época. Otra…


El delirio de la postmodernidad, del avance de Cardin y la locura de Courréges o, simplemente de la pasión desenfrenada por el futuro y el conceptismo del genio Paco Rabanne o del aprendiz Chalayan elevado al séptimo cielo por los musos contemporáneos que se creen iconos de la perversa moda en un delirio del que se avergonzarán en menos de una década. Aún así, el engendro es tan perverso que es divertido. Es gracioso de la misma forma que los monos blancos y asépticos de Courréges entendidos como premonición de la forma de vestir del año dos mil.


Clásico y moderno, pasado y futuro. Si honramos a la teoría de que el presente no existe puesto que el ahora es indescriptible y mutable a la velocidad del nanosegundo, podemos entender la combinación de lo que ya fue con lo que será para no parecer obsoleto ni viviendo en la irrealidad. Quizás, la noche de Chanel sea producto de ésta reflexión, puede que no, pero lo cierto es que recuerda al febril estallido mini de Mary Quant en los sesenta con su corte de pelo cinco puntas y a la revolución de materiales de los noventa. Será o no. Pero a mí me lo recuerda y, eso -ahora- es lo que importa.


La noche, la verdadera noche, el traje que llevar a la fiesta de despedida del crucero o la inauguración del restaurante del hotel de cinco estrellas es un negligé cuajado de plumas y confeccionado en gasa y seda que si no recuerda al Poiret árabe y prohibido por el Vaticano, parece querer resarcir a la Chanel dedicada a las estrellas de Hollywood con su vestido Letty Lynton, sus zapatos de salón con pedrería y su negligé de noche con zapatillas de encaje o, quizás solo calmar el ansia de glamour del dorado Hollywood de una antigua heredera. ¿Quién sabe y a quién le importa? Cierra el desfile la tradición.


Para cerrar el desfile, Karl Lagerfeld convirtió la pasarela en el lugar para un espectáculo de natación. Las nadadoras sincronizadas se tiraron a la piscina y crearon el logotipo emblema de la casa Chanel a medida que la música fluía y los diseños desfilaban. Si a alguien no le recuerda a Escuela de Sirenas, tiene que ver la película. Un fin de fiesta inspirador, fresco y divertido. Puedo decirlo, no me ha gustado la colección pero sí me ha gustado el crucero de Karl Lagerfeld. Y quizás lo haya hecho porque sabe que esto sirve para vender, para millonarias que ya están cansadas del circuito de desfiles de Nueva York, Milán y París como para seguir sentándose en las mismas sillas que el Labor Day en otoño. Una idea ingeniosa. Una colección crucero que, realmente, lo parece.


Todo el espectáculo del crucero, la dama altiva, la estrella de Hollywood, la millonaria enfadada, la modelo retirada, la socialitie, la estrella, la heredera desconocida, la conocida, la musa de Lagerfeld, la moderna, la antigua, la de Woodstock y la mujer Chanel desfilaron alrededor de la piscina con Karl Lagerfeld como abanderado de una nueva forma de viajar. Una prenda, un viaje. Una marca, un estilo. Chanel, Chanel. Damas de Alta Sociedad, sueño, deseo y Chanel. ¿Quieren más? Alta Costura de Chanel.

viernes, mayo 16, 2008

Princesas De Manhattan


Oscar De La Renta es ése hombre adorado por todas las mujeres de Nueva York que se mueven entre Southampton en verano y París en los meses de los desfiles de moda, que viajan en crucero por Sudamérica y cuyos maridos seguían fumando puros habanos a pesar del bloqueo a Cuba. Es el hombre al que todas buscan cuando en invierno necesitan un abrigo de leopardo o un vestido de cóctel o, cuando necesitan ropa para su próximo crucero de placer por las Islas Griegas. Es el nombre sagrado de la moda neoyorkina y siempre tiene un lugar de honor en Vogue USA, el timón del mundo de la moda por antonomasia y, un espacio en el corazón de toda verdadera elegante. No es complicado pero ¿Quién quiere espectáculo y quien prefiere elegancia? Como dicen “Si vas de fiesta, vas de Oscar”. Todo explicado.


Pertenecen a ese círculo de damas que viven la moda desde la primera fila del desfile, es decir, a pie de pasarela y que, quizás no sepan los milagros de Chanel, la vida y obra de Saint Laurent o el talento innato de Margiela pero que saben lo que es pisar con Jimmy Choo, brillar descendiendo una escalera de mármol de la embajada británica en Nueva York vestida de Alta Costura por Lagerfeld para Chanel y lo que es llevar un conjunto de verano de Prada en dos tonos para los almuerzos benéficos. Quizás no sepan nada de moda, pero la viven. Y añaden ceros a los salarios de los creadores y, en el fondo, financian el sueño de los meros espectadores.


Estados Unidos nunca tuvo nobleza, quizás porque llegó tarde y se encontró con sólo la decadencia del título nobiliario o porque prefería vivir en el nuevo mundo de la nueva era o, porque si quería una Princesa podía tener una Dama pero, lo cierto es que Oscar De La Renta las viste como si lo fueran. Ampulosas, voluminosas, pomposas, decadentes y como un pequeño objeto muy caro y muy bello y, ellas están encantadas. Deseable, la mujer americana desea De La Renta. Oscar le llaman ellas. Je ne sais quio no, ellas ya saben qué, Oscar. Punto.


Oscar De La Renta es como Oleg Cassini, en el fondo es un europeo. Lo que hace no es nuevo, igual que no lo era lo de Cassini pero, si el francés afincado en América logró hacer suyos la línea A de Dior, el pill box de Halston, el aire rígido y femenino al mismo tiempo de Saint Laurent y la soberbia confección femenina de Balenciaga; Oscar De La Renta hace lo mismo. ¿Veraneas en Capri y tomas Martinis a las dos de la tarde? Oscar. Porque Oscar es tan francés como Saint Laurent, tan español como Balenciaga, tan francés como Dior, tan americano como Halston y tan señorial como Valentino o tan respetado como Lagerfeld en el Upper East Side. Y, todo eso, bajo el paraguas de una misma marca. ¿Genial o genial? Quizás, genialmente locuaz o genialmente plagiador. Pero, qué más da. Es De La Renta.



No son Jacqueline Kennedy y tampoco son Grace Kelly quizás porque jamás han pretendido ser europeas o porque sus vidas eran demasiado tristes pero, lo cierto es que siempre las han admirado. ¿A quién le importa Rachel Zoe si puedes ser una mujer de verdad? Seguramente la respuesta a la pregunta sea ver el pasado, mirar el filtro del tiempo y ver porqué Jacqueline K. y Grace K pasaron a la historia y porque Mischa Barton, Nicole Richie o Lindsay Lohan son nombres que suenan más a alcohol y a escándalo que a elegancia y que tampoco son Warhol o Studio 54.


No quiero dar ideas pero aún no he visto ningún De La Renta pululando por ningún fotolog aunque, para ser sincera, tampoco les visito así que puede ser que sí, y, eso para mí, -al menos para mí- (y sí, mi madre me ha recordado que eso es un poco fascista) es un punto a su favor. Será que todo lo de Oscar De La Renta se queda en Estados Unidos porque hay muchas millonarias tejanas de Dallas, muchas neoyorkinas dedicadas a nada y mucha jet set. Jet Set. Millonarios. Hedonistas. Narcisistas y ególatras. Princesas de Nueva York sin título nobiliario pero cumpliendo a rajatabla la etiqueta del Rey Sol.


Cortesanas que no son nobles pero que son burguesas. Amables capitalistas, introvertidos caballeros de traje gris y matronas de la Alta Sociedad que destellan de Oscar De La Renta. Nadie se debe llevar a engaño, Oscar De La Renta no son pretensiones. Vende para una clientela muy rica, con apartamentos de siete dormitorios cercanos a la Quinta Avenida y para gente que o tiene un Mercedes con chofer o tiene un TownCar a su disposición y que no considera que Starbucks sea un lujo por costar cuatro dólares. Starbucks más bien el deseo de todos los que aspiran al lujo porque digan lo que digan, sólo es café muy dulce y “No hay café malo, sólo falto de azúcar” puede ser algo extensivo a sus productos. Aunque quizás los cuatro dólares los cueste el servicio, el increíble ambiente que es la calle o el magnífico vaso de plástico que te puede hacer sentir como un mendigo pidiendo o declamando su dosis diaria de cafeína, nicotina o cocaína o como Ashley Olsen por muy parecido que ambos términos sean. ¿Café a cuatro dólares? Eso es o una posibilidad para multiplicar la fortuna familiar o un intento socialista de lujo si es que eso existe.


Oscar De La Renta es un modisto sabio. Crea belleza. Crea prendas bonitas. No son sublimes, no tienen un corte que pasará a la historia y no ha innovado en toda su carrera pero, seamos sinceros, ¿a quién le importa? Al final, la moda es belleza. Y, en eso, De La Renta es un as. Te lo aseguro, si ves refulgir tu persona en un espejo por llevar un abrigo de color coral de Oscar, el abrigo vale su precio. Y, eso es la moda. Y, eso. Damas y caballeros, millonarios y mileuristas, amantes y amados, fanáticos del lujo socialista o del lujo -casi- fascista es De La Renta. Pero no busques a Ghesquiére y tampoco a Viviane- Él es un noble entre burgueses.

jueves, mayo 15, 2008

El Báculo De Dior


Christian Dior fue rey de la Costura y tuvo su propio cetro, un soberbio bastón majestuosamente báculo que le sirvió para guiar la moda, el mundo y a la mujer durante los diez años en los que el irreverente genio de la lírica, la forma y la escultural belleza se sirvió de la moda para cambiar al mundo. Alargó las faldas como un tirano, convirtió el canon estético en la vuelta de la femineidad exagerada y tiránica del objeto sexual racional y salvó Francia. Él, Christian Dior y un báculo y cambió el mundo. Realmente Arquímedes tenía razón, un punto de apoyo puede mover el mundo; que se lo pregunten a Dior, a Christian Dior y a su bastón.


Ahora el mando de Dior lo tiene John Galliano, genio, adefesio, crítico con el mundo de la moda y, al mismo tiempo, genio comercial. Loco de las prendas, los tejidos, la forma imposible y el espectáculo como espectáculo que -¿Quién sabe qué?- consigue beneficios y ventas. Aunque, muchas veces, renunciando al puntillismo dictatorial de Monsieur Dior o al ingenio de Saint Laurent a favor de eclipsar.


Y, ahí surge la pregunta. ¿Puede la moda eclipsar a una mujer? La moda es una labor que trae belleza al mundo. La moda convierte a la persona en mujer, a la mente, en cuerpo y al pecado en deseo. Hay moda las veinticuatro horas del día acompañando desde el desayuno con un sencillo vestido blanco de voile, hasta la cena con un soberbio traje cóctel años cincuenta; marcando el paso con un zapato de salón de tacón alto sobre el suelo de damasco o viendo a la sutil chinela caer a los pies de la cama en un silencio sepulcral que rasga el clímax; delineando el labio carmín besado o profundizando en la expresión de los verdaderos ojos y del mirar; acompaña a una mujer precediéndola a su llegada y alegrando su marcha o, sencillamente, haciéndola eterna.


Y, a nadie le importa si se lleva Prada o Zara; si es Monsieur Dior o Madame Chanel o si es gasa o brocado. Estilo. Clase. Elegancia. Glamour. Un diamante es para toda la vida pero un recuerdo, dura más. Y un recuerdo es el del New Look de Dior, ella, la mujer, espléndida como una flor. Es la mirada escrutando el espejo, el fondo de la Torre Eiffel hecha traer para la parisina, la dama hecha mujer y la mujer hecha dama. Estilo es la palabra clave y uno se pregunta: ¿Es esto Dior?


Siempre he pensado que una casa debe morir con su creador. Poiret murió con Poiret -arruinado y olvidado-, Chanel debió fenecer con Gabrielle y Dior debió perecer con el yo de Dior y yo. El problema es el olvido. ¿Quién recuerda a Fortuny y quien a Paquin?, ¿Alguien habla de Le Dix de Balenciaga, Vionnet o Mainbocher?, ¿Cuántos aprecian la Costura del inglés de París (Worth)? y, en cambio, ¿Cuántos ven al Dior de Galliano, al biónico androide de Balenciaga con Ghesquiére y al patidifuso y maltrecho Vuitton de la mano de un psicotrópico Marc Jacobs? Todos, todos que son alguien y ninguno.


El báculo ha pasado de mano. La decadencia del imperio. El príncipe destronado. La grandeza perdida, la decadencia. Hecha un pequeño e inocente bastón o un omnipotente árbitro de estilo. ¿Ahora venden ropa y antes filosofía? Probablemente sea terrible dejarte matar por una sisa como Chanel pero, quién decide porqué morir y porqué no dejarse matar? Si me consultan, quiero quedarme. Si no, que Dios me lleve terminando una sisa si eso me deja un buen recuerdo y, si no, el Ritz de París y trompetas sonando al caer de las lágrimas de Saint Laurent y un fausto de estado no como a Isabella Blow o a Gianfranco Ferré sino como a Versace o a Gucci. Con escándalo y con paso a la posteridad. Aunque me tenga que matar un mafioso. Aunque el cetro caiga y se haga añicos. Armani, te suplico que mueras de pie. Vale más morir de pie que vivir de rodillas. Difunto Dior. Eterno Christian Dior.

miércoles, mayo 14, 2008

Claudia Schiffer, Supermodelo Y Musa


Vuelve Claudia Schiffer si es que alguna vez se fue. Vuelve el mito de cabellos rubios, labios rojo carmín y escote generoso. Vuelve el ángel que iluminaba Chanel y el diablo que encendía Versace. Vuelve la carnalidad, vuelve el sexo y vuelve Tom Ford. Es el regreso de una nueva era. Una nueva era que vuelve porque ya fue nueva en algún momento y luego fue repudiada pero siempre quedo en la retina. Vuelve la época del poder, de la dama de hielo en el despacho y el ángel demoníaco por la noche. Vuelve la dama, vuelve, la fulana. Vuelve la supermodelo.


La moda tuvo, durante mucho tiempo, un solo nombre: Claudia Schiffer. Fue el prototipo de mujer para Helmut Newton, el nombre del deseo, el reflejo de la elegancia, el mito que marcó historia, pasó a los confines del tiempo y creo un icono. Personaje y persona, modelo de carne y hueso, modelo divina y humana. Modelo. Modelo de letras mayúsculas, modelo de ser deseado y deseante. No producto, no fotolog, no androginia barata, no imperfección divertida, no anorexia provocativa, no escándalos de prensa amarilla, no corrupción. Pero sí clase y sí elegancia. Y, también carnalidad. No fue la primera supermodelo, pero fue la única a la que realmente se la puede llamar supermodelo. Supermodelo y musa.


La portada de la edición alemana de Vogue muestra las dos caras de Claudia, e mito erótico y la diosa helada. Es como ver un reflejo del agua, bello pero inalcanzable. Es lejano y dan ganas de estrecharla pero al mismo tiempo, parece un sueño. Un sueño dañino, emponzoñado. Es sexo, carnal, gélido. Es Claudia. Es erotismo carnal, sexual y ajeno. Es como si alguien se desnudara a través del reflejo del espejo, tú no sabes si es real o es fingido pero por un lado te da miedo incordiar la imagen y por el otro, la otra cara de la misma moneda, te mueres por adentrarte en la irreal realidad.


El editorial parece sacado de una revista de los años de después de la guerra, de cuando las mujeres ya no se pintaban la costura con pincel y cuando el lápiz de labios no era el jugo del vino y la raya de los ojos no era un escueto tiznón de carbón. Cuando el peinado hacia arriba desafiando a la crisis quedó cubierto por la opulencia del rizo carnal y femenino y cuando, el ama de casa con delantal desprendible de hilo y que sueña con una lavadora es relevada por un ángel endiablado de cabellos rubios, boca cereza y lingerie, que no ropa interior.


Llega el negligé y no el pijama, vuelve el encaje, el corsé, la jaula de pájaros, el exceso de tela, el cabello del color del sol y el despecho. Llega el consumo, la moda, la marca y llega Dior. Y con él llegó el escándalo. Y su báculo oscila y marca el talle y decide si protagoniza el pecho resaltando la cadera, si se ocultan las piernas de la mujer jarrón o si el equilibrio entre busto y caderas vuelve a cobrar protagonismo. Vuelve la carnalidad erótica de la dama de hielo. Femme fatale y mujer carnal.


Ahora en el mundo brillan las mujeres con poder y el consumismo americano salva Francia. Dior salva Francia y no el lastimero y quejicoso Mr Marshall. Ahora ellas enseñan u ocultan las piernas descubriendo o vendando el rostro a su antojo. Ahora los tacones son inverosímiles, la banda sonora es de Sinatra y el Moët choca en un destello de Baccarat con el Chardonnay. Se pone de moda la Riviera, vuelve Portofino, California es divertido y Palm Beach es el nuevo Southampton.


Y la dama se vuelve mujer. Toda ligueros en champagne. Sexo y audacia pero con un halo de picardía y de inocencia. Ya nadie recuerda cuando a Veronica Lake la pidieron que se cortara su clásica melena y desmaquillara su rostro, ahora todas han dejado de ser serviles damas para convertirse en eróticos jarrones ahora cargados de pensamientos y no de casamientos. ¿Se divierten más las rubias? Quizás pero es que, ahora sólo hay rubias…


Y, ahí está ella radiante. Picante, gigante, grande. Estrella del nuevo Hollywood, dama, fulana, reflejo, musa, hada del fatal destino y arpía voraz de la pitillera dorada y de tacón sobre el suelo ajedrezado. Dama, mujer, objeto, objeto pensante, ser deseado y deseante. Bella, eterna, Claudia.


Y, entonces, la miras y lo sabes. Ella es un drama y una comedia, lleva a la catarsis y disfruta de la tragedia. Está ahí con sus ligeros estirados, su zapato eróticamente erguido, su boca ligeramente entreabierta, su expresión ardiente y femenina, su cuerpo liso y curvilíneo y ella casi desnuda, tumbada y erotizada con expresión endemoniada. Y, entonces, sabes que el sueño se ha acabado. Pero, aunque quizás no sea el bello jarrón finamente esculpido que está atrapado entre las páginas, sabes que es Claudia y que ella es nueva, es el regreso de una era, el augurio de un cambio. El flechazo se llama Claudia, no Eva, Claudia.

martes, mayo 13, 2008

La Maldición Del Dinero

La colección crucero de Dior ya ha llegado y ha sido presentada en Nueva York. Nueva York es el hogar de los sueños, del sexo y de los cambios pero también es un sitio donde hay tantos pobres como muy ricos. Eso sí, a menos que los barrios bajos y los suburbios sigan “viendo” al clochard de Galliano; la colección de la legendaria maison francesa basada en la provocación refinada y en el lujo profundo se centra en el opulento lujo de la Quinta Avenida, el Upper East Side y la Alta Sociedad. O sea, de las señoras que necesitan prendas nuevas para las vacaciones de Enero en Haití, Bahamas o a cualquier destino cálido lo suficientemente alejado como para no encontrarse a “todo el mundo” pero no tan lejano como para “no encontrarse a nadie de Mi Mundo”. La maldición de Park Avenue la llaman. Negocio dice el caballero del traje gris que ahora controla el mundo de la moda.



¿Quién ha olvidado a Grace Kelly descendiendo del avión tapándose el vientre de embarazada con el famoso bolso Kelly de Hermés o aquella instantánea recibiendo el pañuelo Flora de Gucci y siendo recordada por la humanidad? La dama de la Alta Sociedad no es Grace Kelly, aunque la gustaría pero, sabe que quizás pueda encontrarse a Scott Schuman en el aeropuerto y no quiere que le ofrezca un cambio de imagen inspirador y revelador. Así que pone rumbo a un delirio de estilo.


Para hacer su gran entrada en el hotel, cinco estrellas, carta de almohadas, restaurante con una estrella de la guía Michelin y con una corte de clientes conocidos que oscila entre Valentino y Paris Hilton; escoge vestidos que parezcan sacados de la riviera francesa o de Portofino o, por lo menos que tengan el “chic” francés y la elegancia de la Vieja Europa. Antes muerta que parecer una de esas americanas que hablan de prendas “bling-bling”.


Cuando llega a la habitación precisa de una camarera para deshacer su equipaje. Lamentablemente, su idea de viajar “con estilo” es más de Louis Vuitton cual actriz del viejo Hollywood que de un equipaje de primera que no se reconozca como el añejo color chocolate de Fendi a la francesa. Es más rica, más poderosa.


Ella toma el brunch con gente que toma melón persa envuelto en jamón cortado tan fino como el papel de fumar en vez de almorzar. Su marido ni desayuna ni almuerza, él sólo lee el Finacial Times. Como diría Marilyn “tiene los ojos chiquititos de leer las largas listas de las cotizaciones de bolsa.” Y, ella lee Vogue o bueno, marca las páginas de Vogue que hablan de “los Indispensables del Invierno”, “El cóctel perfecto” y quién es quién en St Barts.


A ella la gustaría ir al yate de Valentino o, al de Dolce & Gabbana porque aunque son muy arribistas, tampoco están mal pero tiene que ir al de un Fox IV o, al de una de sus amigas llamadas Mimi, Binky o Muffy. Valentino de los setenta pero actual es el look y blanco es el yate.


De hecho, el yate está tapizado en leopardo o es el vivo retrato de una vida marinera trazada desde la cuna. Eso depende de lo que uno necesite remontarse para averiguar de dónde nace la fortuna familiar. O si eres de Dallas, Texas o naciste en Southampton. Ésa es la cuestión que diría el cisne de Avon, Stratford Upon Avon que es el verdadero dilema y no el con quién casarse.


Y, ahí está el problema. Un número. El de generaciones y, bueno, los ceros. Para ella el problema es otro. Es más del estilo ¿diva de Dior o divas en Dior? Diva en Dior pero no de la marca. Repito, compra en Dior como si fuera Gucci y usa zapatos de Jimmy Choo que no de Vivier. Eso sí, ella prefiere el Gucci de Ford al tranquilo Gucci de Alfombra Roja de Frida G. Si Gucci se considera lujo.


De todas formas, las millonarias, actrices, famosas, jet set adoran el exceso. Maria Felix, la Doña, también lo hacía. Por eso quizás ese aire mexicano, ese toque festivo sea la clave. En Sudamérica siempre hay baile y no hay nada que les guste más a los miembros de la Alta Sociedad. Casino, Las Vegas, Baile. Negocios, Alcohol, Músico. Y Dior.


Y probablemente, a pesar del legado familiar, de la historia del apellido de su señor esposo, de las charlas de café con el Todo Nueva York, del armario exclusivo y la entrada en el desfile de Chanel sólo apta para millonarias; ella sigue siendo la otra mujer del Presidente, una Miss América, nueva esposa trofeo de alguien con números romanos en su apellido y, eso se nota. Quizás por eso su territorio es el resort y no la Costura. Y quizás por eso, su estampado es el leopardo.


John Galliano homenajea a las ricas muy ricas que compran en Dior con una colección para ricas muy ricas que no son exactamente mujeres Dior. Nunca entendieron dónde radicaba el éxito del New Look más allá de que era lo nuevo de París, la nueva moda para Bazaar y el imprescindible para mujeres como M. Bricard o Evita Perón. Son esas mujeres que cuando quieren lujo compran en Gucci, que tienen zapatos creados por y para pijas por Tamara Mellon y que tienen el teléfono de Rachel Zoe para algunas sesiones de compras que guíen su guardarropa de vez en cuando porque no son mujeres que vistan de beige y tampoco son mujeres que quieran parecer Misses de Las Vegas o aspirantes a actrices de Los Angeles o solo nuevas ricas del lugar de los asesinatos y los geriátricos con mucho sol de Miami. En fin, colección para alguien que veranea en Enero en Bahamas con el Todo New York. Y, sí, eso es todo.

domingo, mayo 11, 2008

Dama


Jacqueline Kennedy es uno de los iconos de estilo más grandes del siglo XX. Es una de las mujeres que toman partido activamente en la sociedad contemporánea y que, además de cambiar los cánones estéticos y abogar por nuevas tendencias, consigue crear la alianza de moda y política con tanto éxito que, la moda pasa de ser algo frívolo y casi pecaminoso propiedad de estrellas de Hollywood o de vergonzosas amantes a ser, un asunto de estado. Quizás, su mayor logro, aparte de conseguir brillar con luz propia ante el filtro anodino del pasado sea, haber creado un estilo, un mito, una leyenda y un icono. Jacqueline Kennedy, la única gran dama.


Jacqueline Bouvier nace en la jet set neoyorkina lo cual marcaría toda su vida. ¿Qué se puede decir de alguien que nace en Southampton? Pues que toda su vida va a ser hija de la alta sociedad, del todo París, del todo Nueva York o del todo lo que sea. Miembro de la lista A, mujer de sociedad, de obras benéficas y vestidos caros; de niñera, de limusina, de bolsos Hermés y perfumes de edición limitada y confección personal. O, por lo menos de Escalas en Portofino. Y también de infancia afortunada y desgraciada a partes iguales, de madre que busca marido para su hija, de gran dama que instruye en la etiqueta, las maneras y la existencia de la sociedad de clases. Amante de la hípica, además, amazona y ganadora de diferentes medallas ecuestres y trofeos hípicos. Debutante del año, estudiante de Vassar, afrancesada en la Sorbona de París y graduada en la universidad de George Washington. Finalmente, fotógrafa del “Washington Times Herald” y, de allí, esposa para la historia de John F. Kennedy y la única Dama, dama, de Estados Unidos.


Cuenta con el apoyo de su madre y de su suegro para contraer matrimonio con John F. Kennedy, una estrella del Partido Demócrata e inicia con el hombre que la posicionaría en la historia, una relación de amor que culmina con su matrimonio en Rhode Island en 1953 que sería el acontecimiento social de la temporada en su época. Aquí podríamos situar los llamados “Años de la Casa Blanca”. Cuando Kennedy se alza con el triunfo en 1960 frente a Nixon, Jackie se convierte en la Primera Dama más joven y elegante de la historia y, una de las más queridas por los americanos.


En los Años de la Casa Blanca, Jackie Kennedy, afrancesada de por vida y gran seguidora del elegante chic parisino, inicia una relación profesional con Oleg Cassini que sería un amigo para alzarla a los altares del estilo y a convertirla, aún más, en la socialité del momento. A Jackie Bouvier la gustaba la moda francesa pero esto, fue considerado desleal por muchos americanos. Aquí, se inicia el tándem Cassini Kennedy que da sus frutos combinando femineidad con glamour y con encanto parisino pero, americanizado. Es denominado su “modisto de cámara” y crea para ella, a partir de tendencias visionarias de Balenciaga, de modelos de Dior, Chanel e Yves Saint Laurent, un estilo propio e iconoclasta. Los Años de la White House se pueden resumir en trescientas creaciones que recorren la vida de Jacqueline Kennedy en esos años. El Pillbox icónico de Jacqueline Kennedy, el abrigo blanco, los vestidos de colores luminosos y los trajes de noche sobrios y elegantes con un toque severo y distinguido.


Durante el transcurso de los años presidenciales en los que Jackie Bouvier quedó ensombrecida por Jacqueline Kennedy, fue un icono para la sociedad norteamericana y para la sociedad mundial. “El esposo de Jackie” llegaron a llamar al presidente en Francia, Jackie Kennedy, el mito. Uno de los mayores logros de Jackie Kennedy es participar activamente en la vida política y cultural del mandato presidencial de su esposo convirtiéndose en mecenas de la vida cultural y social de los Estados Unidos. Una de las veladas más célebres es la cena en honor de los ganadores de Premios Nobel que supone un cambio en las cenas de estado de la Casa Blanca y un hito en la historia que se enmarca en la siguiente cita “La más extraordinaria colección de talento, de conocimiento humano, que se ha reunido nunca en la Casa Blanca, con la excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba a solas.”


En 1962, año especial para los Kennedy que supone el cambio de rumbo de las cenas de Estado y de la organización cultural del mecenazgo de la Casa Blanca supone el año del otro gran proyecto de Jac kie Kennedy. La redecoración de la mansión presidencial que estaba vacía de cultura, de historia y de espíritu americano corre a cambio de la Primera Dama que consideraba que la Casa Blanca debía ser un reflejo de su país. Incluye en la mansión presidencial muebles antiguos auténticos y obras de arte como retratos originales de diferentes presidentes y personalidades americanas como Flanklin o el gran Jefferson. Además, organiza una visita guiada por la Casa Blanca por la televisión americana para acercar al presidente y su vida al gran público y para mostrarse como personaje para la sedienta población americana que vive pendiente de ella y de su esposo.


Los Años de la Casa Blanca concluyen con el asesinato de Kennedy en 1963 en Dallas, Texas. La maldición del presidente de los Estados Unidos y la elevación del mito de Jackie Kennedy. El mítico saludo de John Jr Kennedy al ataúd de su padre, el “Querido Dios, cuida de tu sirvo John F. Kennedy” en el funeral de éste como su última despedida, el resplandor de aquel traje rosa sobre el cuerpo muerto de John F. Kennedy en el descapotable en Dallas y el perfecto luto convirtieron a Jacqueline Kennedy en la mujer más querida de América, de hecho, en la Dama más querida de América. Una entrevista a Life y un año en el retiro mitigaron el dolor de Jackie. Para avivar el mito, cuentan que cuando fue el cumpleaños de su hijo apenas horas después, le despertó cantándole el cumpleaños feliz.



En 1968 contrajo matrimonio con el millonario griego Aristóteles Onassis. Skorpios, octubre de 1968, el famoso mayo del 68, fue el lugar que vio la íntima ceremonia privada de matrimonio. La prensa había rodeado la isla y habló de traición y deslealtad a un status público de socialité. La reina se vendía al rico dijeron y Jacqueline Kennedy dijo “mi primer matrimonio fue por amor, el segundo por dinero y protección, ahora busco un hombre como compañía” y el mundo la aplaudió. La reina de Estados Unidos, la Dama, la dama, la mujer; huía del apellido Kennedy pues creía que tenía tejida una maldición y buscaba refugio en el armador griego. Aquí, Jackie Kennedy, sería rebautizada como Jackie O. y se convertiría en la figura central del mundo rosa de las celebrities.


Jacqueline Kennedy, Jackie O en este momento, se convirtió no sólo en la mujer más famosa del mundo, la más elegante y la más querida, ahora era también la más rica. Elevó a Valentino a la cumbre tras contraer matrimonio con un vestido de Valentino corto de manga larga en broderie anglaise y una diadema de marfil adornando su característico cabello oscuro. Cuentan que Jackie O. negó ser una compradora compulsiva, que jamás había gastado 30.000 dólares anuales en prendas y que su estilo de vida no se resumía en el Valentino Way Of Life pero Onassis murió en 1975 dejándola dueña y señora de una cuantiosa herencia. En estos últimos años de Jacqueline Kennedy, vive acompañada de John Jr. y de Maurice Tempelsman, comerciante belga de diamantes. Muere como un mito en la Quinta Avenida de Nueva York. ¡Grande hasta la muerte! ¡Aristócrata hasta la muerte! Gran Jacqueline. Está enterrada junto con John F. Kennedy, al lado de un mito y creando otro. Jacqueline Kennedy. Dama y Reina.


Jacqueline Kennedy descubre sus claves de estilo definiendo su imagen con el término “armario de estado”. Llevará toda su vida vestidos de línea A para la primavera y el verano de colores claros y luminosos que realzan su bronceado y su silueta frágil, femenina y delicada. Su marca fetiche tras los Años de la Casa Blanca será Valentino creando una forma icónica, un espíritu y convirtiéndose en mecenas del diseñador, su estilo de vida y una forma de vestir. Habla de los pantalones blancos, las bufandas de Hermés, apenas estampadas; el equipaje no reconocible pero de primera calidad que no te hace parecer Diana Vreeland o una estrella de Hollywood aferrada a un joyero de cocodrilo y envuelta en piel; el traje de montar y el traje de Saville Row; un buen traje francés de la mejor calidad de Cassini, Chanel o Givenchy, joyas de Van Cleef & Arpels y el sempieterno collar de perlas. Y claro, las gafas oscuras. Y el estilo propio de ella. Sofisticado, altivo y chic. Chic.


Jacqueline Kennedy fue la Dama Americana, la única reina que ha tenido Estados Unidos, un mito, un icono y una leyenda. Nunca fue personaje porque siempre fue dama. “Por favor, no me hagas nada incómodo pero tampoco que me eclipse” fue su directriz con Oleg Cassini cuando vivió los Años Presidenciales. La sociedad americana y mundial comprendió su estilo y encanto, el chic, y reconoció su contribución al espíritu americano engrandeciendo la historia de América y convirtiéndose, no sólo en una autoridad sino en una majestuosa dama. Rezaba la canción “I wanna be Jackie Onassis. I wanna wear a pair of dark sunglasses. I wanna be Jackie. Oooh, please don´t die! es solo un alegato y un reconocimiento a su estilo. Ya dijeron que “la Casa Blanca antes era una bola de plástico y con Jacqueline se convirtió en una bola de cristal”. Jacqueline Kennedy dijo que “un hombre puede cambiar el mundo, pero todos deben intentarlo”; preguntó también “¿Cuál es la diferencia entre historia y drama?” y habló de la “tristeza interior de la persona” y no de “la vida grabada en una cinta y recogida en titulares”. Jacqueline Kennedy, cambió el mundo. Jacqueline Kennedy, ni Jackie O. ni Jackie, Jacqueline Kennedy, la Dama.

sábado, mayo 10, 2008

Dama, No Mujer


Decía Christian Dior que en sus desfiles, más importante que el vestido era el sombrero. Ahora, eso se ha olvidado. Y también se han olvidado las pitilleras doradas, las medias con costura, los guantes abotonados, el cambio de ropa tres veces al día, los moños de día, las enaguas, la combinación, el pintalabios carmín, la boquilla de nácar y el tocador con unas zapatillas de plumas de marabú. Enterrados en el olvido, renacidos en el sueño.

miércoles, mayo 07, 2008

Moda, Fantasía, Cómic, Red Carpet


La fiesta más importante del año para el mundo de la moda es el acontecimiento social de la temporada y la fiesta auspiciada por Anna Wintour, año tras año, en el Costume Institute Gala de Nueva York. El tema era “Superhéroes: moda y fantasía” aunque hay que decir que, por mucho que Anna Wintour quiera, la Alfombra Roja estuvo plagada de bellos trajes que poco, o nada, tenían que ver con el tema. Eso sí, Anna Wintour sacó su sentido del humor, el mismo que la hizo vestir en la Première del “Diablo Viste de Prada” de Prada y sí que apostó por el tema, de una forma personal, pero inigualable. La velada, de excepción, -¿Cómo no?- si es la Alfombra Roja, en cuanto a moda, más poderosa del año porque, aunque esto no sean los Oscars, tampoco sean los Oscars de la Moda sí que aquí podemos descubrir quien forma el Todo París, o, por lo menos, la jet set neoyorkino o, si no, quien es quien en el maquiavélico mundo de Anna Wintour.


Voy a empezar por Anna Wintour que sabía que aunque está muy bien el tema, que es muy original y que a la vez es novedoso y puede provocar una sonrisa, pocos iban a vestirse de ello porque ellos, que no pueden como ella aparecer en cada número de Vogue ni en cada momento de reflexión de Style.com deben vestir como personas normales, de hecho, como superpersonas en la Alfombra Roja para ser los más estilosos, los más elegantes de la fiesta, perdón, de la Alfombra Roja, o sea, de la parte con flashes, gente recluida tras la valla y frío. Así que aquí está Anna Wintour con un diseño de Chanel Alta Costura que si bien la hace parecer del Espacio -exterior, interior y online- de Karl Lagerfeld. Porque ella lo vale, porque ella es el Diablo o porque a ella no hay quien la sople pero, ésta vez, se merece un gran aplauso. Por esa mezcla de dama y villana, de M, de La Reina Del Hielo, de la Princesa Leia y de súper organizadora o, sólo, de SuperWoman.


El mejor vestido de la noche fue éste espectacular diseño de Givenchy que lució Christina Ricci. Un diseño que recordaba con ese monoshort de tela roja rematado con una estrella en la espalda y escote corazón a WonderWoman y, al mismo tiempo la hacía parecer sacada de un sueño envolvente de superheroínas de Alfombra Roja. Estaba sensacional, fue una de las pocas invitadas que se ciñó al tema y apareció radiante en la Alfombra Roja.


Thandie Newton apareció, radiante, de Chanel en negro con un sencillo y a la vez, coherente, diseño para la Gala del año en Nueva York. Sexy, con traje corto, capa, estrella, sandalias de tacón, sonriente y elegante apareció una de las mujeres más injustamente tratadas por las revistas de moda porque siempre va perfecta y es poco conocida en el mundo de la moda. Quizás fue la que más arriesgó en cuanto al modelo y más de superheroína se vistió pero lo cierto es que estaba fantástica. Y, además se sumó a las bazas de la temporada con unas magníficas sandalias de tiras altas que se alzaban por la pierna. Genial.



Si a alguien le queda bien el negro en esa Alfombra Roja tan exquisita es a Liya Kebede. La modelo, ese amor que le tiene la Wintour, estaba espléndida. Lució un precioso diseño en negro muy ajustado que realzaba su portentosa figura y en el escote un fajín negro en dos tonos marcaba su figura. El cabello carbón, los labios rojos y el peinado de Veronika Lake y un aplauso. Aunque quizás no fuese el negro el color ideal para una velada como ésa en la que el color, el ajustado y ceñido traje de licra y la capa debían ser la consigna, ¿Por qué nadie llevó antifaz? ella estaba impecable.


Otra que apostó por el color negro fue Claire Danes, escultural, bella, casi desconocida y poco nombrada, escogió un diseño de Narciso Rodríguez y se cogió del brazo del mismo. Muy neoyorkina aunque podía haber escogido un traje con más color pero eso es cosa de esa mutación genética americana que supone a) ir de negro si eres elegante o b) parecer sacada de Dallas o Dinastía si vistes de color(es). Ella radiante. Y, todo eso a pesar de llevar a Don Narciso Rodríguez cogido del brazo.


Blake Lively (Serena Van Der Woodsen para el resto del mundo) llegó vestida de Ralph Lauren y acompañada con su novio en la ficción y novio en la realidad. Vale, te salvas del patinazo. La falda de plumas es elegante y original pero ¿negro? Sí, ella ya es superhéroe de una generación de adolescentes ¿para qué más? Bien, vale, bien, Muy Upper East Side.


Amber Valleta de Atelier Versace con un diseño pomposo, barroco, ajustado, dorado y brillante. Vale, muy de novia de superhéroe que ya conoce su identidad secreta de gala. O también muy de millonaria o muy de villana que busca cegar al superhéroe. Por lo menos el vestido tenía capa, tenía gracia y ella lo lleva como nadie.


Gisele Bundchen también escogió Versace. Un diseño en rosa de satén con escote amplio, abundante, sexy, lujoso y de esos que te hacen odiarla por llevar un vestido tan condenadamente vulgar y que no lo parezca. Gisele, no conscientemente, se adaptó al tema de los superhéroes por una noche, como la modelo que se liga el superplayboy del superhéroe cuando tiene su verdadera identidad. Si lo miras así, iba ideal.


Kate Bosworth llevó un diseño de Chanel vintage multicolor, se soltó la melena, lució unas coloridas sandalias, posó al lado del káiser y le miró con ojos tiernos -cada uno de un color- para que la escoja y la ponga en alguna campaña. Vamos Karl, ahora que ya ha tenido una portada de Vogue USA y lo que hace la chica por ti, que primero te sigue a la muralla China para tus caprichos en Fendi que, luego va a Nueva York a ver tu Lagerfeld Gallery… Algo se merece. Karl se lo está pensando.



Eugenia Silva en Nueva York y de Armani Privé. Guapísima, elegante y sofisticada. El diseño no es el típico de Armani, tiene sus característicos ruffles pero también tiene un maravilloso cinturón joya muy interestelar. Muy de novia del superhéroe. Muy periodista de día, novia de noche. Y, además, muy elegante. Y, aunque no viene a cuento, me he enterado que aquí la señorita colecciona piezas de Schiaparelli y, que si lee Cool&Chic puede enterarse de que en Christie´s subastan un collar de insectos en subasta privada telefónica. Aquí uno se entera de todo.


Jennifer Connelly fue de Balenciaga con un diseño en tonos blancos y negros de inspiración robótica, andrógina, masculina, femenina, o algo así por Ghesquiére. Todos sabemos que ella no tiene ninguna gracia, en una Mente Maravillosa estaba radiante y en la campaña de Balenciaga parecía una mutación del engendro biónico mental bípedo de Ghesquiére. Y lo peor, en una velada para mujeres de la jet set que lucían como accesorio al diseñador de turno, ella no sólo no va con Ghesquiére. ¡Él va con otra! Pobre. Creo que eso explica la sonrisa fingida…



Charlotte Gainsgbourg ejerciendo de verdadera musa (pobre Jennifer Connelly da pena ahí verla en el segundo plano de la foto, la pobre con carita lastimera y ellos dos, ajenos) con un vestido oriental de la colección de Ghesquiére para Balenciaga. A ver, ¿próxima campaña de Balenciaga para quien? Hagan sus apuestas, pero no se arriesguen mucho. Lo bueno de Ghesquiére es que para él las musas son de usar y tirar. Y no se arrepiente. Ahí estale abrazando a una y dando la espalda a otra. ¿Quién quiere ser el nuevo Ford, Tom Ford?


Jessica Stam acudió de Proenza Schouler que no es que la hiciese radiar en la Alfombra Roja pero, por lo menos, la daba un aire metálico, frío, distante y con un toque de marcianita del espacio o, por lo menos de Paco Rabbanne pero de ahora y no de cómo nos imaginaban hace cuarenta años. Repito, algo es algo. Por lo menos parece una mezcla de Alfombra Roja imponible y de disfraz.


Tilda Swinton. Ese engendro extraño acompañado de otro engendro -aún- más extraño que parece hombre pero que ¿es mujer? porque lleva tacón y bolso de mano. Ella lleva un vestido de Prada, de esa colección intelectual. No sé como decirlo, podría ser peor. Los zapatos de esas personas que salen en la foto son Roger Vivier, un alegato a favor de la vuelta de la masculinidad con la punta cuadrada provocativa. Bueno. Por lo menos es la primera en lucir ese vestido de Prada.


Kate Moss o “me visto como quiero porque yo ya soy superheroína” acudió -sí, otro año más, de la mano de Stella McCartney. El tándem musa-diseñadora -musa-amiga -musa-modelo -musa-cantante- musa-escándalo- musa-alfombraroja funciona. Kate Moss muy favorecida con el vestido de corte ligero e inspiración griega- Stella McCartney voy a definirlo como “surrealista pero no bonito”. Así son las cosas. El desprecio de los diseñadores por la moda. C´est la vie.


Soffia Coppola y su adorado Marc Jacobs. Ella con un curioso diseño de él y, él encantado de que ella le siga queriendo por mucho que se empeñe la gorda con rulo. Lo que me gusta de Marc Jacobs es que, si no sabe que ponerse, pues se pone ese maravilloso traje y, por lo menos no hace el ridículo. Ella, pues es una mezcla liviana de compasión y éxito. Pero, como es su estilo. Pues vale.


Katie Holmes, señora Cruise o como quieran llamarla también fue a la gala acompañada del sempieterno esposo suyo. A unos les ha encantado y a otros les ha horrorizado, yo me quedo a la mitad. A la señorita Holmes se la ha ocurrido una idea brillante. Ha dicho ¿si Armani organiza la velada, quién mejor para vestirme? Bien. Hasta aquí, muy bien. Luego ha pensado ¿no habrá muchas vestidas de Armani, que esto es Nueva York y aquí Armani es el rey? Y ha dicho ¡de otra temporada! Y hasta aquí brillante. Luego ha escogido los noventa, el noventa y tres para ser exactos y un vestido bonito de color rojo, aunque tiene tonos naranjas dependiendo de la luz, cubierto por lentejuelas con demasiado volumen saliendo de la cadena, un antifaz de maquillaje que bravo por la idea del antifaz pero yo no me refería a eso y una obsoleta cadena de oro con unos ¿? zapatos azul tinta. Si querías mezclar, cielo, Lacroix. Armani es demasiado Armani para tanto cóctel. Lo que ella quería estaba bien, ella quería ir de superhéroe con licra, colores brillantes y chocantes sin importar la combinación pero, superhéroe de Alfombra Roja y ahí ya hecatombe. De todas formas, un aplauso por ella. Ole, Katie, ole.


Eva Longoria ha sido para muchos la mejor vestida de la gala. Está muy guapa con su vestido de Marchesa en tonos púrpura, con su rostro empolvado y radiante pero el problema está en que no tiene nada que ver con el tema que toca. Eso sí, guapa a rabiar aunque eso para Eva es fácil. El vestido recuerda al que lució Anne Hathaway en los Oscar, de Marchesa, en el mismo tono pero de corte griego y con plumas pero es elegante y la sienta de maravilla. Bien, no será del tema, pero mejor no ir del tema e ir de maravilla que viceversa ¿no?.


Alessandra Fachinetti fue de ella misma, para Valentino eso sí a la Gala. Vestido de color gris, transparente, joyas delicadas, el cabello recogido, ella casi lánguida, el diseño con algo de aire futurista pero que no dice nada. Aunque como en la Gala también estaban Valentino y Claudia Schiffer envuelta en chiffon pastel y con un más que curioso maquillaje pues quizás saltaron chispas o hubo aplausos. O a Valentino le dio por encerrarse a llorar en un ataúd de esos de rayos uva. Y si no, pues como dice mi madre, “esa mujer tiene nombre de mafioso” y a Valentino le da un soponcio. Gucci, Versace ¿Valentino? La mafia italiana, digo, la cosa nostra.


A los señores Beckham que están de tourné porque no hay otra palabra para describirlo se les ocurrió la misma idea que a la pobre-buena-tonta-lista de Katie Holmes. ¡Armani!. Los resultados fueron un poco diferentes. David Beckham estaba muy bien. Vale, no iba acorde a la temática pero repito ¿A quién le importa? y Victoria Beckham sí iba acorde a la temática. Por un lado parecía la malvada que pretende seducir al superhéroe de turno y que bebe brebajes para conservarse joven y, por otro lado, parece sacada de Dallas, Texas. América Profunda. América. Ella sí iba acorde a la temática, a su manera. No sé porqué, me recuerda a la mujer mosca. Así con la telaraña por encima y con la presa agarrada. Un poco Cruella de Vil también pero antes de Dolce & Gabbana.


También fueron las Olsen, imposibles de distinguir, de Diane Von Fustenberg. La una un poco recatada, la otra, descocada y ambas, sin peinar. Crónica de una juventud envejecida. Y en medio… C. Louboutin con un traje de Tom Ford. Ala sí, me encanta el traje y el señorínl. Con ese Bang tan de cómic. El único con humor. Porque el que se plantificó un traje azul y una dama amarilla que es Zac Posen no vale. Otro ole.


Y luego llega Karl Lagerfeld que siente la misma pasión por la modernidad que yo pero de otra manera con su chaqueta de lentejuelas. Yo tengo una igual pero con un lazo de terciopelo, bueno no es verdad, yo tendría una igual si alguien no me la hubiese robado pero bueno. Si la pagué cuenta como que la tengo ¿no?. Vale pulpo como animal de compañía y punto. Además aquí donde le ven, Monsieur Lagerfeld protagonizó la anécdota de la noche, Gareth Pugh, otro horror londinense, ahí G.P iba vestido de Karl y cuando le preguntaron porqué dijo “Lagerfeld es mi héroe” Y punto en boca.



Y luego llegó Bee Shafer que si no iba de cómic de chicas no se me ocurre la explicación porque siendo hija de quien es no podía no saber de qué iba la gala. De todas formas, el vestido es bonito pero, demasiado princesa prometida. ¿Quién quería protagonismo? Además, ha necesitado dos maromos todo el tiempo para colocarla el vestido porque vaya tela y nunca mejor dicho…



En la postfiesta -¿qué es una fiesta sin posfiesta?- Anna pasó de ser extraterrestre casi satélite de Chanel a Anna Wontour directora de Vogue USA. Leon Talley apareció con una capa de Superman. ¡Qué crack! Y Karl Lagerfeld confidenció con Wintour. Y todo el mundo aplaudió la velada. Y ahora todo el mundo mundial de blogs comentan la fiesta. Por cierto… ¿nadie se ha planteado que a todos los diseñadores les encantan los disfraces y que no había aquí ninguno? Faltaba Galliano, hubiese matado por verle de superhéroe. Faltaba Gwyneth Paltrow que además de estar de premiére con Iron Man, superhéroe de cómic de Márvel, está fantástica últimamente y es portada de Vogue USA este mes y faltaba Carine Roitfeld que seguramente hubiese llevado algo de Chalayan e hijísima con algo más de lo mismo luchando contra Bee -princesa prometida- Shafer. Faltaban novias de Superhéroes del cine, faltaba Kirsten Dunst y SpiderMan, faltaba el Superman de Kate Bosworth, que sí que estaba; faltaban los cuatro fantásticos. Lista de invitados. ¿Anna, Giorgio, por dios?. De todas formas, es la fiesta del año.


Armani ha dicho que su superhéroe predilecto es Superman y que lo vestiría de negro porque es muy elegante. Quizás eso explique porqué tanto negro en una velada que debería rezumar color y mal gusto. Tengo que reconocer que los superhéroes o carencia de ellos en la Alfombra Roja me han hecho desear ver algo de surrealismo de Schiaparelli, damas de hierro envueltas en satén de Galliano, jaulas de pájaro y dominatrix de Mugler, hombreras de colores, mal gusto y exceso por el gran olvidado Claude Montana o algo de supermujer. Pero bueno, podía haber sido peor pero por lo menos, algunos han sido originales. Eso sí, la fiesta es muy de superhéroes. Porque todo el mundo sabe que los superhéroes son playboys. Por la mañana son millonarios, o comedidos reporteros muy guapos que no consiguen a la chica de sus sueños, que consiguen a todas las chicas pero que no se quedan con ninguna. Usar y tirar. Estilo de vida. Eufemismo. Smoking, traje de raso, cóctel de colores, champagne, hielo, sábanas caras, ropa tirada por la mañana, un adiós rápido, un “te llamaré” y otro nombre a la lista. Y quizás eso explica la larga lista de modelos, supermodelos que cumplen esa característica. Luego, las villanas, luego, las chicas de la prensa, luego más gente de la Jet Set, del Todo París o del todo lo que sea que bebe, esnifa hasta altas horas de la noche. Y luego aparece el amor de su vida, que es guapa, alta, rubia o morena, periodista, que le ignoraba y bailan, se besan, se enamoran. Repito, estilo de vida. Repito, superhéroes: moda y fantasía. Y, Alfombra Roja.

Una Esencia, Un Viaje


Escale À Portofino es la nueva fragancia de la casa Dior que nace siendo un homenaje a la riviera italiana y al lujo desenfrenado pero, al mismo tiempo, comedido y encantador de la jet set. El perfume ha sido creado como el primero de una colección anual de perfumes que acompañen a cada destino vacacional como lo hacen las colecciones crucero. El emblema es “Una Esencia, Un Viaje”. Cuenta la leyenda que a Christian Dior le encantaba Portofino como destino vacacional y que estaba fascinado por ese estilo crucero elegante y sofisticado que era un espectáculo y, al mismo tiempo un paréntesis en el tren de vida de la Alta Sociedad. Escala En Portofino, una parada en la elegancia, un aroma a estilo.


En 1992, C. Turlington y Arthur Elgort crearon para Vogue una editorial de ensueño. Rojo, azul, blanco, dorado, marino, negro y crema con el color de fondo del mar azul de Portofino, los pintorescos edificios pintados cada uno de un color y el sabor de una elegancia antigua y actual sacada, al mismo tiempo, de las películas de Hollywood y de las colecciones de Monsieur Dior. Una mezcla entre el encanto sport de Jackie O. y el toque actual y encantador de la Pequeña Italia. Sensacional.


Un ejemplo de cómo vestir en vacaciones pero con un toque lujoso y sin perder en encanto y sofisticación. Ya lo dijo Monsieur Dior en sus confesiones más íntimas que ponían en evidencia sus pensamientos más atribulados; “Quiero vestir, calzar, peinar, perfumar a la mujer. Todo con el sello Dior” Y, es verdad. Es eso que llaman “Estilo De Vida” pero, ésta vez, con el sello inconfundible de la maison de la provocación y el escándalo; de la maison cuyo nombre está escrito en rosa claro y gris piedra y cuyo cimiento radica en el encanto parisino y el turismo normando a la playa que marcó la infancia de Dior. “Escale Á Portofino”, sencillamente, un retazo de la vida de Monsieur Dior.