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jueves, septiembre 25, 2014

Juegos Y Fotos











"Le grand jeu"
Vogue París. Septiembre de 2003. Carolyn Murphy fotografíada por Mario Testino y con estilismo de Carine Roitfeld.

Testino, al principio de los 2000, hacía grandes cosas. Indudablemente, Mario Testino no era Helmut Newton, carece de su imaginación y de su universo, ni Avedon, le falta su entrega, su falta de pretensiones, sus intereses al margen de la moda... A Testino le mataron aquellas fotos a Lady Di para el Vogue inglés, aquel halo que de repente las revistas le fabricaron, y que a él le gusta tanto como a Anna Wintour el de arpía diabólica y genial, inaguantable porque su mente, siempre activa, va por delante de las tendencias (cuando lo que Wintour tiene es un olfato como el de Gertrude Stein: que sí que ve el talento, aunque luego se empeñe en corregir a artistas más grandes que ella en aras de... de algo, claro, que suele ser la comercialidad pero que no es cierto -el número de Jennifer Lawrence para Vogue USA fue uno de los menos vendidos y era un septiembre-). 

A Testino ya le gusta más sentarse en primera fila de desfile que hacer fotos y le gusta más publicar libros de fotos con Gisele y Kate Moss y hacer los retratos de familia de los duques de Cambridge, y hablar un poco de Lady Di, y recordar su pasado con Carine Roitfeld y Tom Ford en Gucci que hacer fotos porque, de sus últimos trabajos -y hablo de un lapso de diez años-, poco se puede sacar. No es que sea todo culpa suya y, desde luego, no es que Testino sea un fotógrafo a la altura de Helmut Newton, de Richard Avedon, de Irving Penn o de Peter Lindbergh. No tiene ni siquiera un mundo propio, aunque bebiera a buzos de la obra de Helmut Newton -como Tom Ford de Yves Saint Laurent y su ecosistema- y no es tampoco un Terry Richardson, siempre provocativo -cuando no directamente vulgar y repulsivo, pero con una foto que produce sentimientos, qué duda hay-, un chifladísimo Lachapelle o un Teller que saque en las fotos a su perro, a su hijo, a Stella Tennant y a la Schiffer si se tercia porque a él le interesa retratar su vida y un momento concreto. 

Sin embargo, me gustan muchísimo los viejos editoriales de Testino, de fines de los noventa y principios de los 2000, en los que solía hacer parejita con Carine Roitfeld como estilista y ponía modelos guapísimas, bellísimas, en poses sensuales y con el cuerpo reluciente y una ropa muy bonita. Este editorial, en concreto, ojalá lo viéramos hoy -porque todo lo que sale está de plena actualidad, qué duda y porque, sin ser arte, es estupendo de mirar-. La moda es un juego, tampoco hay que tomárselo todo tan en serio.

jueves, febrero 27, 2014

Primavera Verano








En 2005, se ve que todavía no completamente mediatizado, Mario Testino hacía fotos bonitas y con un algo especial. Soy de la opinión de Helmut Newton, que odiaba los fondos blancos porque decía que la vida no transcurre delante de un fondo blanco, así que ver editoriales ambientados en lugares paradisíacos o encantadores, me chifla. Además, está protagonizado por Gemma Ward, una chica que despuntó en las pasarelas y en editoriales de moda y que, pese a tener un cuerpo con formas poco armónicas, creo que tenía un rostro con mucho potencial. Tenía la cara, como dice Guillermo de Baskerville de uno de los frailes en El nombre de la rosa, con forma de luna. Y, a veces, según el ángulo en que la fotografiasen, parecía una niña de otro planeta. Además, sale la versión extrema del crop top, casi un sujetador sólo, de lo que hablaba yo el otro día. 

Me encanta lo de primavera verano. Como concepto, digo. Y este editorial me parece que identifica muy bien lo que es eso. Ni el calor agobiante ni el viento de mayo. 

domingo, enero 26, 2014

Diana, Testino, Bazaar







Todo el mundo sabe, a estas alturas, que me gusta Diana de Gales, Lady Di, vamos. Testino la hizo unas fotos muy famosas, antes de morir para Bazaar. En algunas sale realmente guapa.

domingo, enero 19, 2014

Cócteles Y Fotos









Testino no siempre fue un fotógrafo anecdótico, recordado no por su producción sino por su eterna sonrisa junto a la Wintour o por haber hecho fotos a Diana de Gales o sacado a mujeres muy sexuales, descaradas, cuando Tom Ford reinaba en las pasarelas dirigiendo Gucci y Carine Roitfeld era con él uña y carne. En esa época, Testino era un fotógrafo de verdad que no sólo sacaba su cámara para inmortalizar su ego haciendo fotos a Gisele o a Kate Moss para luego sacar libros en Taschen. Que eso está bien, claro, pero no deja de ser deprimente que haya quedado vinculado a la portada de Vogue USA, sosainas total, sacando fotos a estrellas de cine en los mejores casos, actrices de más de cuarenta que aparecen con tanto retoque que es casi imposible saber si son ellas o sus nietas o muchachas prontas a ser olvidadas tras un éxito en la taquilla, en los más de casos que, además, suelen aspirar a ser it girls (como Sienna Miller en la mítica portada del September Issue aquel del que hicieron un reportaje).

En los 90, Meisel molaba. Hacía editoriales como éste para Vogue París, es de 1994, y sus fotos tenían un halo que todo el atrezzo y el retoque actual hacen que se borre en la mayoría de los casos. No quiero decir que fueran perfectas o que ahora no se haga nada que valga la pena -al contrario, hay producciones de muy alto nivel y tan hermosas que casi son trágicas- pero se ha perdido el aire de una época que, aunque a nivel de prendas y de colecciones quizá fue olvidable, tuvo una impronta tan personal como los 80 o los 70 o los 40. Son los años de una mujer que bebe un poco de la iconografía de Helmut Newton para YSL pero que es más agresiva en los negocios sin ser una yuppie ochentera porque es más sofisticada. Testino la plasmó muy bien en este editorial. Es una mujer elegante y algo hipererotizada aunque insumisa. Vestida con líneas rectas, sacadas de Calvin Klein en su mayor parte, pero mezcladas con faldas tubo, turbantes, joyería escandalosa (de marcas italianas como Gucci o Prada) y un aire de diversión desenfrenada -pero no nociva como en los 80 con toda la coca y la prostitución y el arribismo de por medio- pero sana. Y molaba.

jueves, agosto 30, 2012

La Vulgaridad

Madonna para Gaultier.

Hay muchas personas vinculadas al mundo de la moda que han desarrollado sus carreras en torno a la vulgaridad. Los nombres más evidentes son Helmut Newton, Guy Bourdin y Vivienne Westwood. A ellos, hay que añadir Versace. Y también Jean Paul Gaultier. Y Mugler, Montana y Alaia. Todos ellos tienen una vulgaridad auténtica que, por otra parte, no es vulgar. Es excesiva, un tanto irritante y quizá algo cansada pues tiene un poco un deseo de epatar. Pero no es provinciana.

Campaña de Blumarine, fotografíada por Helmut Newton en 1991 con Monica Belluci.

Cuando Newton fotografíaba a putas no lo hacía por escandalizar, no, lo hacía porque las putas le gustaban. Y porque creía que tenían un gran sentido de la moda. El lenguaje de las prostitutas era interesante para Helmut Newton que, consideraba que, ligas y látigo eran sadomaso y combinación y faldita a la rodilla era complejo de Edipo.

A Versace también le inspiraban las prostitutas, de hecho, diseñaba para ellas. Pensando en ellas, se entiende. Versace diseñaba falditas traicioneras, escotes imposibles, melenas rubias al viento, muslos y senos firmes y necesidad/capacidad por/de llamar la atención. Versace sabía convertir a una valquiria en una jovencita virgen y tímida, sonrojada, cambiando el escote y la cintura. Si ponía una faldita de tablas la colegiala era Lolita, si bañaba la falda en un color metalizado, se convertía en un súcubo. Pero no lo hacía por escandalizar.

A Guy Bourdin también le gustaba el sexo. Tiene algo setentero y un poco pasado de moda -en el mal sentido- que no baña las fotos de Newton que son actuales, eternas e inspiradoras. Es atrezzo y ficción pero tan falso que es auténtico. No es vulgar aunque golpea más que la obra de Newton que, ésa sí, se hunde como un bisturí y no como un hachazo.

Vivienne Westwood es magnífica. Tiene esa dualidad de cuando Capote y Marilyn charlaban de que Errol Flyn tocaba el piano con su pene. La Westwood hizo lo propio en una sesión de fotos, aunque la cosa en ella era que no llevaba bragas. Como Isabella Blow.

Jean Paul Gaultier pasa por la enciclopedia de la vulgaridad maravillosamente. Subió a Madonna a la pasarela y la sacó las tetas. Madonna es bastante vulgar porque se le nota el ansia. Ansia viva. Sin embargo, Gaultier no lo hacía para escandalizar sino porque ese es su universo. Bebe de la cultura underground, de los negros, de los tatuados marginales de los 80s/90s que eran neonazis, de las africanas con collares que les deforman el cuello y no se pueden quitar nunca. Gaultier pulió y llevó al paroxismo lo que Chanel ya intuyó: que la moda es lo de la calle. Pero lo que en Chanel era etéreo, en Gaultier era un vómito.

Luego todo degeneró.

Kate Moss para Gucci por Tom Ford, verano de 2001

Llegó Tom Ford -mala copia de YSL- con Carine Roitfeld -que se cree una mezcla entre Diana Vreeland y Betty Catroux- y Mario Testino -haciendo de Helmut Newton, claro, pero con un grano en sus imágenes-. Y la verdad es que ellos lo consiguieron, lo que en Chanel era genial -la moda y la calle-, en Gaultier era la puntilla -azotar a la calle-, en el trío de que definió el porno chic -y que siguen ahí, Carine yendo de brava, Tom Ford de el mejor y Testino de leyenda viva de la fotografía- hay mucha vulgaridad. Sin más. Nada de la perversidad de Helmut Newton, de la artificiosidad de Bourdin -casi daliniana-, de la naturalidad de Versace o del histrionismo de Vivianne Westwood. Qué va. Pero Ford, Carine y Testino creen que son lo nuevo, el espíritu del tiempo. Sí, claro.  De la vulgaridad mala, de la vulgar. Sin sentido ni sensibilidad.

lunes, agosto 20, 2012

Nosotros Y Los Sesenta




















Es un poco preocupante el tema de en quiénes nos estamos convirtiendo. Es pasearse por las tiendas Zara, verbigracia de Amancio Ortega, y encontrarse con una invasión de lo que realmente vemos en las calles. El tipo de mujer que compra en Zara es la de la multiculturalidad. Puede ser una musulmana radical pero podrida de dinero en los Emiratos Árabes, una cosmopolita neoyorkina emigrada de Ohio que quiere ser un remedo de Carrie Bradshaw o de Anna Wintour, una española madre de familia, funcionaria, harta de que le bajen el sueldo y de que se cite a Larra mucho y mal, una australiana sexy que se enrolla con su novio surfista en una playa o una trabajadora de alta categoría en un banco de Suiza que come chocolate y corre cortinas de los departamentos destinados a la intimidad de las cajas de seguridad privadas.

El caso es que si uno se pasea por Zara seguimos encontrándonos con lo que llevamos viendo desde fines de los noventa e inicios de los 2000... es decir, un poquito de la agresividad sexual de Tom Ford, un poquito de estilismo de los 80s de la mano de Carine Roitfeld -zapatos de tacón de aguja con tiras que reptan por la pierna, cuero, chicas saludables y sudor- y una mezcla de locura festiva de Galliano y demencial de McQueen fotografíadas por Testino y encaradas en Gisele Bundchen. Pero diez años de una moda en la que todo vale pero que nos ha dejado a todos convertidos en unos rockeros modernos, modernos por necesidad, entachuelados, encuerados, elastizados y con hombreras, botas de pitón y cinturones con calaveras y los ojos como de mapache, hacen que nos preguntemos hacia dónde vamos.

Hay mucho que decir sobre la vuelta de tuerca de esos decrépitos 80 que vuelven y vuelven y no se van ni a tiros de nuestros armarios. Parece que seguimos fascinados por Studio 54, por los Jagger, por Bowie, por Gianni Versace y por Marilyn. Ni siquiera el impulso que producciones como Mad Men le han dado a los sesenta nos convencen de que estamos aburridos de la década de la coca, los yuppies y el sexo colocado. Los ochentas fueron unos años muy cool pero ya cansan. Estamos hartos de ser esos niñatos repeinados y esas chicas con melenón y pendientes de aro. Los sesenta de Mad Men tampoco nos gustan y por eso no han triunfado.

Porque los hijos, esa Sally Draper, molaban más que sus padres. Pongamos por ejemplo a Don Draper. Don lo tenía todo. Tenía a Doris Day haciéndole tartas y criando a sus niños como una Grace Kelly revivida. Tenía el coche caro, la amante complaciente y un poco pirada de rigor y dinero, el trabajo y hasta un pasado glorioso u oscuro -al gusto de cada uno-. Pero era alma torturada. En los 80s no había almas torturadas. Había noches sin fin, tajadas sin fin y mucho sexo. Lo que en los sesenta se insinúaba con sujetadores cónicos y secretarias sacadas de una peli porno bastante posterior, en los 80s estaba ahí, rodeándonos. Era eye linner y sexo, trabajo y sexo, sexo y sexo.

Y la verdad es que el sexo vende.

Porque están muy bien las tribulaciones de Don Draper para verlas pero, por favor, qué vida esa para vivirla. Los que cortaban el bacalao en los sesenta habían vivido la II Guerra Mundial, estaban traumatizados por sus padres que les decían que había carta de racionamiento, Gran Depresión y que ellos jugaban con pelotas de fútbol hechas de no sé madera. Que ya tenían bastante. Luego, cuando fueron mayores, se divorciaron de sus mujeres perfectas, llevaron a sus hijos al psicólogo, les compraron de todo para que no les faltara de nada como a ellos y les dijeron que todo estaba al alcance de su mano. Así que esos fueron los que mandaron en los 80s. Los criados ganando y para ganar. Y cómo nos gustan las historias de perdedores pero cómo deseamos triunfar.

El problema que tenemos nosotros, en nuestra década 00 que se prolonga a los 2010s, es que nos parecen geniales los niñatos de los 80s que estaban metiditos en la Guerra Fría. Nos gusta la laca, Dallas, el petróleo, la coca, la música alta, Warhol, los cócteles de nombre raro y el fiarnos de los desconocidos -en los 80s era para echar un polvo pero ahora es para charlar en Twitter- y así nos va. Claro. Pero es posible que vayamos entrando en razón...

Y lo digo por lo que está ocurriendo en Dior. Al tiempo, es posible que Dior se vuelva a poner a la cabeza de los cambios en el mundo de la moda. Y no sólo por Raf Simons, el sustituto de Galliano (porque los sustitutos temporales de Galliano fueron, pobrecillos, para echarse a llorar, a reír y por la ventana en ese orden), sino por todo el equipo. Muestra de ello es la publicidad. La publicidad de la casa. Las campañas de Eau Sauvage, deliciosas no, más, muestran más o menos cómo hemos ido evolucionando de mentalidad. Fue Gruau quien inició las campañas de la marca con mucho estilo. Con mucho estilo de verdad. Eran estilosas, desenfadadas y fueron un éxito rotundo. Con el paso del tiempo se fue prefiriendo la fotografía y llegaron los hombres en vez de las insinuaciones. Hacia los ochenta aparecieron verdaderos cuerpos diez y en los noventa y en torno a nuestra época hubo come backs a la ilustración y a las viejas esencias del dibujo. Y más cerca de nosotros primeros planos bastante sosos. La verdad es que hemos ido perdiendo gracia. Lo mejor es Gruau. Qué duda.

Pero lo interesante viene ahora. La primera imagen es Alain Delon. Es la campaña que toca ahora. Y la última, la de la mujer leopardo, es la imagen de Dior -maquillaje- del invierno 2012 2013. Y hace buena pareja con el encanto del joven Alain Delon. Alain Delon y ese aire un poco demodé pero chic a rabiar son los sesenta y los setenta, los setenta que eran interesantes no los del final de los setenta. Y es que los sesenta fueron mejores que los ochenta, década que ya cansa, ya aburre... Los sesenta setenteros tuvieron a Marisa Berenson y todo lo que realmente interesaba. Sexo de calidad pero con sentido, drogas para divertirse no porque era lo in y moda divertida. En este ir y venir de Dior, descendente y ascendente, quedan claras no, clarísimas las intenciones de la casa. Por cierto, el perfil de Simons no es el de Marc Bohan pero los años de Marc Bohan en Dior fueron maravillosos no, lo siguiente. Y no hay nada más sesentas setenteros. Ay señor, lo poco que cambiamos y lo que apetece el verano en la piscina, Alain Delon de amante y Romie Schneider.