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sábado, septiembre 22, 2012

Una China En El Zapato De Prada


La inspiración de Miuccia Prada para la primavera verano 2013 es, indudablemente, Oriente. Y, especialmente, Japón. El calzado revelaba lo que la colección no ocultaba: pies pequeños, pies de las hijas del loto, plataformas para elevar a las nobles de los vulgares mortales y elitismo. Hay flores -y pieles, lo que no deja de ser sorprendente- y hay cortes que recuerdan más al trabajo de Kawakubo y Yamamoto que al de la tradición italiana que uno espera encontrar en Valentino o incluso en Versace.


El Oriente de Prada no es el de Armani, otro italiano aficionado a las dekicias que el lejano Oriente puede darnos a nosotros, castos occidentales. Son mundos completamente diferentes. El orientalismo de Armani bebe de los materiales, del preciosismo de los tejidos, de la constancia del agua, del cantar del viento, del jade, la piedra de la luna y las historias de escamas de dragones y tapices que volaron y se hicieron pájaros y castillos. El Oriente de Prada, en cambio, es el de los cómics, el de los cruces sobresaturados de Tokio, el de los vagones del metro en puro silencio, donde nadie se toca, donde nadie habla por el móvil, donde hay empujadores para que la gente quepa dentro.


La pasarela misma parecía el cruzado de las línes del metro y, el público -espectadores-, los que aguardaban a coger un vagón con destino a los almendros florecidos o a un barrio comercial de la ciudad alta. Al fin y al cabo, lo mismo da. Se respiraba mucha soledad, mucho vacío. De ese tipo de ausencia que solo hay cuando hay mucha gente, muchos ojos mirando que no ven nada.


Prada propone un Oriente que casi es el de los comics y el de las lolitas tokiotas con coletitas y minifaldas de colegio británico, todas a cuadros. Debo ser de los pocos a los que el calzado les ha chiflado. En general, temporada tras temporada, los zapatos de Prada son un objeto oscuro de deseo tanto en la firma principal, Prada, como en la que hace años fue secundaria: Miu Miu. Han recibido muchas críticas y se han alzado muchos ¡oh, qué horror! pero a mí me han gustado. La palabra clave es jikatabi y, hace no mucho, en 2009, Margiela ya lo hizo. Eran unas botas inspiradas en el corte entre los dedos del calcetín tradiocional japonés -tabi- que viene a ser un calcetín con el dedo gordo separado de los otros. La sensación es similar al ir descalzo y era lo que llevaban los ninjas (y las simpáticas Tortugas ninjas de los dibujos animados que además de para aprenderse los nombres de los pintores renacentistas también van a la moda). Miuccia Prada lo que ha hecho ha sido ponerlas tacón y bañarlas en oro, en plata y en la gama de los rosas y ponerlas lacitos. Y todos tan contentos.


En cuanto a otros accesorios: pelo alto, recogido, con un aire marcial y señorial que ya se ha visto en Prada en otras ocasiones cuando citaban a sus bibliotecarias sexies y esmirriadas de los años noventa, por ejemplo. Las texturas de la colección oscilan entre la flexibilidad del calzado y de las prendas y la dureza de los accesorios, los colores apagados y los estampados sobrios y poco alegres con mucho de Marimeko. A Anna Wintour, que criticaba a Pilati por la falta de colores de la primavera en YSL, no le ha debido gustar mucho pero, como al exposición de Prada-Schiaparelli del MET ha sido un fracaso y Miuccia Prada está muy enfadada, la colección estará bien alto en el top ten de Vogue, de Style y de Condé Nast en general. Al tiempo. En realidad, Miuccia Prada ha reconocido que no estaba muy inspirada para hacer esta colección -sólo hay que leer entre líneas en sus declaraciones- y parece que en ella hay un poco de deseo de venganza y de aire letal y casi militar. A mí sus chicas me recuerdan un poco a institutrices occidentales que lo mismo se te aparecen con una fusta en sueños que te saltan los dientes de un bofetón en una pesadilla.


La música francesa que ha acompañado al desfile es maravillosa. Y pone más en situación que las prendas por sí mismas siendo parte del mensaje que nos transmitía, igual que hace un par de veranos cuando todo era mucho más alegre y sideral, pero que tenía las mismas gafas absurdas. El drama del verano es para Miuccia un tema que se cuela en sus colecciones de forma repetida. De hecho, hace unos cuantos años (ss 2007) también tuvo una gran frustración y presentó sus exitosos turbantes en modelos sin parte de abajo porque todo lo que habían hecho era feo y no le gustaba, palabras textuales de ella. ¿Hay feísmo en la colección de Prada?, sí. Lo hay. Es seña de la casa. Pero también hay mucha autocita: la textura casi de neopreno de la primavera aunque menos alegre y despreocupada, el pelo alto y severo de las secretarias de no hace tanto y los zapatos imponibles que se repiten año tras año en Prada.


En cuanto a los colores, el desfile empieza en negro y poco a poco van apareciendo detalles en blanco, en rojo y en rosa. Las notas de color y de luz las ponen los accesorios: botas y zapatos dorados, rojos, plateados y  rosas además de bolsos con flores duras. Lo más reseñable, realmente, es la piel. ¿A qué viene todo ese astracán en verano? Debe ser cosas de la globalización, esa que nos hace perdernos en las traducciones en Tokio. La colección habla de la perversidad, otro drama del verano para Prada. No hay amor, no hay comunicación y hay un aislamiento futurista y oriental en los sesenta. Está claro, estamos en los sixties contra los eighties.

martes, junio 05, 2012

Marisa Y Andy







Inexplicablemente, la nieta de Elsa Schiaparelli, Marisa Berenson no fue a la gala del MET dedicada a las conversaciones imposibles entre Miuccia Prada y la Schiap, esta italiana que Coco Chanel odiaba porque ella decía que Chanel sólo era "una sombrerera". Mientras Coco se alió con los cubistas, Schiap lo hizo con los surrealistas y produjo una moda delirante llena de doble significado oculto bajo el velo de la realidad ya fuera con langostas o con zapatos en la cabeza. Schiaparelli, sin embargo, fue aficionada a los turbantes y a los sombreros, más a los primeros que a los segundos. Su nieta, heredó esa misma costumbre como se ve en las fotos que le hizo Warhol en los 70s (con turbante amarillo) porque Marisa fue una diva de Studio 54 al mismo nivel que Bianca Jagger que fue un iconazo con todas las letras. Vale, le faltaba el caballo, pero le sobraba casta. Y eso se ve en sus turbantes. Qué maravilla. Es verdad que los 70 no fueron chics, pero fueron glam.

jueves, mayo 24, 2012

Langostas









Ah las langostas. Dalí se fascinó por ellas en 1936 y luego le diseñó un vestido a su amiga Schiap aunque siguió obsesionándose por el tema de la langosta teléfono especialmente. Aludía también a un significado extra: de naturaleza sexual. Cuando Wallis Simpson salió en Vogue para mejorar su imagen como queridísima de "David" y Dalí hizo público esa connotación: su imagen pública se hundió. Pero ahora, con la exposición del MET sobre Schiap y Miuccia Prada el tema de la langosta vuelve a estar de moda. Una mujer como Issabella Blow no precisaba de modas ni de tendencias para ponerse el crustáceo en la cabeza pero Anna Wintour sí, parece que la cosa del sexo... no le importa demasiado. Total, lo que pasa en Nueva York se queda en... ¿Las Vegas?


viernes, marzo 02, 2012

La Declaración De Amor, El Amante y Lady Dior


La colección de Raf Simons para Jil Sander otoño invierno 2012 2013 es toda una declaración de intenciones de amor. Según Suzy Menkes será el futuro diseñador de Dior tras la salida de Galliano y las arenas movedizas en las que se encuentra ahora. ¿Qué será de Dior sin Galliano, el hombre que le dio su imagen y su esplendor? Es una pregunta que persigue a todos y sobre todo a Arnault y a Toledano pero especialmente al qeu se haga con el timón de la defenestrada casa a día de hoy. Dior es un pastel y envenenado. Igual que Chanel cuando muera Karl.


En su trayectoria en Jil Sander, Simmons siempre ha hecho gala de una mesura, una concisión y un minimalismo propio de la firma en la que los Prada echaron a su creadora inaugurando un despliegue de butacas vacías para el puesto de diseñador creativo. En una oda al menos es más, a la depuración de líneas y de colores sólidos, Simmons ha continuado el espíritu de la firma y, al tiempo, ha sabido colar en los últimos tiempos algunas de sus propuestas en la Alfombra Roja y en editoriales. Las camisetas blancas sobre faldas largas entubadas y algo armadas de color hueso, en tonos vivos o con flores multicolores se convirtieron en una apuesta que la crítica de moda alabó con entusiasmo de entre sus propuestas.


Si la línea de la firma de la buena de Jil Sander se basaba en una occidentalización radical de los principios de japoneses como Kawakubo o Yamamoto y en una germanización funcionalista en sintonía con el movimiento moderno en arquitectura y una racionalización del vestuario femenino para el mundo actual, Simmons que continuó esa línea con su trabajo, parece bastante alejado del universo de Dior. Christian Dior, ese normando fascinado por la exhuberancia de las rosas y los vestidos de cócteles que metió de nuevo a las mujeres en vereda bajando las faldas y con la gracia de un corsé, no puede estar más alejado -¿no?- de ese concepto.


No tanto en realidad. Las líneas de Dior siempre fueron depuradas -como las pintó Gruau-: la línea H, la línea A, la línea Y... Es evidente que la casa ha pasado por distintas etapas: la romántica de Monsieur, la renovadora y chispeante de YSL, la sofisticada y pop de Bohan, la lujosa, sublime y madura de Ferré y la alocada, bulliciosa, tormentosa y orgásmica de Galliano. A la salida del gibraltareño, el equipo -las manitas que dirían ellos- ha continúado -y fracasado estrepitosamente- en la estela del imaginario del genio de Saint Martins: años 40s, lencería a la vista, los 60s de Jackie entremezclados con el circo, el cabaret, la revolución bohemia de Montmartre y el encanto discreto y chirriscante de la Francia del Moulin Rouge y del barón Haussmann (que era tan barón como yo, más o menos). Así que Arnault va a hacer su tercer salto mortal.


El primero fue poner a Galliano en Givenchy para luego mandarlo a Dior; el segundo fue poner a McQueen en Givenchy de donde salió su firma y su imaginario -pobre Arnault- y luego, bueno, el tercer salto mortal, pudo haber sido Tiscci en -oh sí, ¿adivinan?- Givenchy para pasar a Dior -cuando estuviese bacante- pero parece que Givenchy es adonde ha llegado Tiscci y que ahí se va a quedar un tiempo, al menos. Así que... ¿no es suficiente Raf Simmons para Dior, tan alejado de la magnificencia versallesca de Galliano, de sus ansias de exposición, de su halo de corsario con melena rubia?, ¿no es el cambio lo que mueve el mundo?


Simmons ha hecho una pasarela que pretende ser el primer paso en el abordaje a Dior. "Lo puedo hacer" dice esta colección. Tan femenina, tan sutil, tan deliciosa. El abriguito completamente delicado y el gesto recatado salido de una dama que va al salón de té, el abrigo rosa con el forro amarillo que promete una noche en la Ópera y un estuche de terciopelo lleno de joyas, el satén moviéndose en torno a los muslos y al pecho descaradamente bajo pero ingenuamente cubierto... Todo es tan increíblemente Dior... Es verdad lo que decía Chanel sobre que Chanel no era una moda sino un estilo, Dior también lo es. No es más que mantener la esencia...


Y Simmons sabe hacerlo.
Por mí, vía libre a Dior, señor.

jueves, noviembre 03, 2011

Un Soplo De Aire


El lujo trata necesariamente de la exclusividad. Del deseo interior de ser una personalidad, individual, única y concreta que se reafirma a través de sus posesiones y mira al mundo de tú a tú diciendo "esta es mi historia" y muere con las botas puestas. Eso, si es que muere. El mundo del lujo se aprovecha de nuestra sed de reafirmación, de nuestro alma necesitada de distinción y de oportunidades y se cuela por las rendijas de nuestro subconsciente como un súcubo que aspira nuestras debilidades y nos ofrece un dulce consuelo a cambio.

Hermés es la Biblia del lujo, el apocalipsis. No te puede no gustar Hermes. No puedes no desear forrar un poco tu vida del naranja Hermes. No se puede evitar. Es así. Es un mecanismo cuasi genético. Es irresistible. La vida es mejor salpimentada con las mandíbulas batientes de un cocodrilo colgadas del brazo. La vida es mejor con el aroma a India y con un fulard de seda impregnado de perfume caro.

Dicen en el mundo de la publicidad que lo más díficil del mundo es vender un perfume. ¿Por qué? Porque es abstracto. Es algo completamente subjetivo que se vende al consumidor a través de ideas. Ideas que calan en él más o menos y que le llevan a desear ser la criatura que aparece en el anuncio o aspirar a su estilo de vida.

Es fascinante la capacidad de mímesis que tiene Hermes. La firma siempre ha sido el culmen del lujo, el coup de grace de la moda. Acaba con la frase de Wilde de pasar de moda y no entiende lo que significa el "morir cada seis meses" -o aún menos-. El lujo de Hermes es distinción, confianza y seguridad en uno mismo. "Puedes ir hasta Montecarlo para jugártelo todo hoy" susurra su bolso, "¿y no te gustaría visitar Alaska o Groenlandia y ver a Nanook comer un filete de foca?" sisea el abrigo mientras el perfume exhala suspiros que dicen "ser odalisca de un harén turco, enamorar a un sultán con los ojos de antracita, ser Roxelana quizás o una concubina a la que Alejandro Magno ama y pinta". El lujo de Hermes es el confort y las posibilidades.

La manta de cachemira te convierte en Madame Recamier, lánguida, postrevolucionaria, hermosa... Una mujer que lo tiene todo y que se queda extasiada ante la belleza. En cambio, la cesta de picnic de mimbre te dice que te atrevas, que saltes, que no me importa que llueva para ir al campo a comer sandwiches. Que no importa que sea noviembre y solo queden hojas y barro... Hermés es una caricia que te alienta, una mano de seda que nada tiene de garra, de acero, de puño ni de conmoción.

Hermes es un soplo de vida, de aire que se cuela en el universo de uno en forma de paquete metido en una caja naranja. Dice "de veras que hoy puede ser un gran día". Y uno se lo cree. Sin duda, la sugestión del cliente cuenta. Y mucho. Uno no puede evitar rendirse ante el imperio de la marca, de la conceptualidad metida en un puñado de letras y de la ropa con nombre de dios griego, de mensajero. A uno le dan ganas de hacer de Julio Verne y recorrerse el mundo, mapa en mano, con una botella de champagne metida en el bolso y cuatro copas que cuelgan de la puerta del camarote mirando desafiantes y esperando cualquier momento para ser abiertas.

Demonio. Hermes es un templo y nosotros somos sus... ¿sus? Sacerdotes es excesivo. Su público y fieles tiene un toque pasivo y se necesita ser activo para definirlo. Quizá seamos las columnas de ese bello templo griego que podría ser Hermes en una figuración. Quizá, quizá... Hermes, el dios heleno, se reconoce siempre por sus sandalias aladas. Del cuero más sensible, claro. Hermes por Hermes casi es como el Papa por Prada, un binomio excéntrico y delicioso.

Lo fascinante del universo de la marca de las cajas naranjas es la sutileza. Se infiltra en nostros y la deseamos sin razón, sin saber porqué. Queremos -y matamos- por un bolso que cuesta el salario medio de un español anuial, nos peleamos por un pañuelo que cuesta un mes de sueldo y uno lo espera como la eterna novia al pretendiente -y pretendido- Príncipe Azul.

Me encanta Hermes. Me encanta su publicidad. Hermes no te dice "mira mis zapatos", te dice, ¿has visto esa huella de oso?, y, ¿te has fijado en esa pierna deliciosa que se impone sobre el frío hielo como los colonos sobre los indios de Virginia?. ¿Qué me querrá decir, qué historia me irá a contar? Quizá Hermes no vive en un templo griego -tan abierto a primera vista- sino en el Templo de Salomón hebreo en el que todo se resume en el no poder pasar al Sancta Sanctorum.

Exclusividad. Ajá. Nos vemos las caras de nuevo. La exclusividad es una amante entregada o una puta cara. Según sea uno. Para anunciar un perfume, Hermes no recurre a subterfugios, a juegos mentales de identificación, a grandes producciones o a Sofia Coppola. Por favor. Hermes pone nuestro deseo más primigenio en primer plano y te dice: "ser feliz es ser un caballo al galope por la playa, volando ligero como una paloma blanca".

Y lo es. Malditos. No se puede comprar la calma como no se puede comprar el alma. Pero, !ay amigos!, ¿y si un poco sí?...

lunes, octubre 10, 2011

(Des)Vestirse Y El Vestido


Nos cuesta la moda que no es occidental -en el sentido de "clásico"-. Nos cuesta mucho. Nos cuesta la Escuela de Amberes, el concepto de Margiela y la hermosura de la pobreza consciente de Comme des Garçons. También Chalayan, también. Incluso McQueen -últimamente mártir de la moda-. Yohji Yamamoto, con su colección de primavera verano 2012, no es una excepción. Sin embargo, ¿no es la colección una pura balada a Occidente?


Tras la Semana de la Moda de París, se ha hablado mucho de la línea impecable del trabajo de Sarah Burton en McQueen, de la mediocridad insufrible de Dior, de la delicadez de Chanel y del tabú de la dulzura que Prada ha lanzado a la pasarela como hizo Poiret en los años 20 con colores que aparecieron como un montón de lobos fieros. En Louis Vuitton, las damas sadomasoquistas se convierten en crías subidas a un tiovivo y en Miu Miu y en Balenciaga la adolescencia y la sofisticación de las gentes trabajadoras afloran poco a poco, cuando se rasca entre capas. Sin embargo, con las colecciones "conceptuales" -o sea, distintas- son ignoradas sí o sí.


 Y, sin embargo, yo encuentro que la colección de Yamamoto difícilmente puede ser más occidental. Hay algo fascinante en el prisma que Yamamoto toma para crear su colección. Me recuerda a la historia de la Maja vestida y la maja desnuda de Goya que estaban colocadas una encima de la otra y, cuando su prpietario levantaba el cuadro de la maja vestida, aparecía la mujer desnuda... la desvestía. Tan erótica. La construcción de la prenda a través de varias capas, los básicos con los que crea una enciclopedia de moda plegada -camisa blanca, pantalón negro y un vestido suelto- y el uso del color que es teatral y dramática sin ser en ningún momento presuntuoso. El púrpura no es papal, el blanco no es espiritual y el negro no es de luto. Apenas hay materia que nos lastre y eso que Yamamoto envuelve a sus mujeres en capas de ropa...


Sin embargo, a mí me transmite la idea de que la ropa no es más que la fina cáscara de un huevo. Una capa que nos tenemos que quitar. Un disfraz al fin y al cabo. Un... un no se qué que en Europa hemos perdido de tanto mirarnos al ombligo. La colección de Yamamoto me recuerda al Chanel de los orígenes de Coco cuando iba a las carreras con sus canotiers de paja y le sisaba a Etienne Balsan y a Boy Capel la ropa. Me recuerda a la Coco que no tenía ojos para nadie que no fuese el Gran Duque Dimitri y su hermana María -que cosía en su taller-. Me recuerda a la Gabrielle que se vestía de marinero con BendOr y se ponía un montón de collares de perlas. Incluso a la que se disfraza por París de nazi, de fulana y de Francia.


Quizá la colección sea un poco menos obvia de lo que esperamos normalmente. No está todo tan triturado como en las marcas de ropa occidentales. Sin embargo, a diferencia de otras colecciones, yo con esta tengo ganas de desvestirme. Y eso, es un buen principio.

viernes, septiembre 30, 2011

La Dulzura


Nina Ricci -esa marca de perfumes- ha presentado su colección de primavera verano 2012 en París. Nada memorable. Todo muy pasable. Adolece de la misma comercialidad y de la misma sutileza prosaica que la Semana de la Moda de Nueva York, es decir, de ser pret a porter. El término listo para llevar encaja a la perfección con el espíritu de casi todas las prendas que componen la colección. No hay nada que esté fuera de lugar, no hay una puntada que provoque palpitaciones ni un solo diseño que llegue al corazón. Sin embargo, hay amor en la rutina, por así decirlo.


Desde la casa, han presentado una colección muy dulce y etérea que encaja con el espíritu de Nina Ricci: hay polvos rosas que dan color a las mejillas de las jóvenes enamoradas, trajes blancos que convierten a las vírgenes en novias y elegantes conjuntos en azul marino y en negro que se entremezclan con estampados para pasear por la orilla del Sena o bailar en una barca sobre el río con una copa de champagne en la mano. Todo es fresco. Nada es novedoso. La lencería superpuesta a las prendas la hemos visto en las pasadas colecciones de Dolce & Gabbana y, a través de ellos, en las portadas de casi todas las revistas de moda de este verano (de hecho, el debut de Alt como directora de Vogue París fue con una de esas creaciones). Los abrigos años 60s sacados de las últimas colecciones de Prada y estampados en tonos hogareños y confortables, tampoco son una excepción. Los cortes con formas de corazón, las tocas que convierten a las jovencitas en princesas, los zapatos de salón estampados y forrados en tela con un discreto tacón y los accesorios sencillos y comerciales con abundantes brillos han poblado las pasarelas las pasadas temporadas. No hay nada que llame la atención.


Y, sin embargo, la colección tiene encanto. El pret a porter fue concebido para colgar la ropa directamente tras la pasarela en una percha, de ahí ser cogida en una mano, pagada en la caja, metida en la bolsa y puesta en casa -rpimero ante los ojos cómplices del espejo y luego ante los de la multitud- para salir con ella a la calle inmediatamente. El pret a porter, en realidad, debería poder estar colgado de las perchas de Zara. Aunque, claro, cuando se toca, cuando se lleva, cuando se disfruta, no puede uno sino conmocionarse por la pequeña maravilla que tiene entre manos. Todo debe ser delicado, estar bien confeccionado pero ser sutil.


Y no cabe duda posible acerca de la dulzura de la colección de Nina Ricci. Sin duda, dista de ser un proverbial ejemplo de maestría al estilo de las creaciones con las que Lagerfeld para Chanel, Galliano para Dior -en sus años buenos- o Alexander McQueen creaban para sus colecciones. No hay ni un ápice de sorpresa, no hay nada que deje boquiabierto, no hay bacos rampantes, no hay Mariantonietas desangradas y no hay icebergs que se derriten ni leones plantados en medio de la pasarela. Tampoco están Claudia, Linda, Naomi o Christy comiéndose la pasarela con sus melenas al viento, no hay nada del salvaje magnetismo voraz de Gisele en sus años mozos pre Victoria Secrets y tampoco hay nada demasiado memorable.


Pero, a mí, la colección me evoca disfrutar de la vida. No pasar a la historia. Los parisinos siempre han sabido vender muy bien su vocación hedonista y su lisonja zalamera de amor por la moda nacida en el XVIII francés al más puro golpe despótico de gobierno absolutista. Sin embargo, es interesante saber que ellos mismos son conscientes de que su fama -como todo- no puede durar. Por eso, las pequeñas marcas francesas basan su filosofía -su razón de ser- en la pura fugacidad. Y eso es lo que venden desde Nina Ricci: venden la juventud que todos perdemos, enseñan los momentos que deseamos repetir, los sueños que deseamos, los instantes de ensueño que nos reavivan el alma.


No se trata en realidad de grandes cosas, dejemos todo eso aparte -si quieren para la Alta Costura, si quieren para los grandes hombres- y vivamos la vida como si fuésemos a morir mañana. Quizá podamos colarnos como Cenicienta en un baile y encontrar la felicidad, quizá tengamos que regresar con las manos vacías y convertirnos en polvo gris. Pero, ¿hasta entonces podemos ser mariposas y volar lejos y lejos con nuestras alas de colores? Por favor, que sean de color lila como las de Nina Ricci...


domingo, septiembre 25, 2011

El Cándido Progreso A La Busca Del Paraíso Perdido De Prada


Hay quien piensa que la colección de Prada primavera verano 2012 es blanda, dulcemente adolescente e indolentemente juvenil. Yo, evidentemente, creo lo contrario. La dulzura de la colección es una apariencia, bajo ella, se esconden unos ideales poderosos entremezclados con el eclecticismo propio de los hijos de nuestro tiempo. Lo que sí que encuentro ligeramente distinto con otras colecciones presentadas por Miuccia Prada es que, esta, a diferencia de las otras, es favorecedora. En Prada se hallan inmersos en la conceptualidad y el mundo del pensamiento críptico y a veces, en sus delirios de convertir a las mujeres en ninfas o en ranas de charca -qué se yo- se olvidan de ese lastre de la cultura occidental: la belleza -de la mímesis-.


Sin embargo, esta es una colección -a primera vista, al menos- más fácil. Ni hay monjas reprimidas sexualmente pero con el deseo a flor de piel a punto de rasgarse las vestiduras, ni hay jugadoras compulsivas de ruleta rusa ni socialistas convencidas que protestan vestidas de YSL en la comuna; Prada vuelve a los orígenes débilmente pero con paso firme.


Prada sigue fascinando con los años sesenta, esos en los que todo era posible. El hombre iba a llegar a la luna -incluso los pobres humanos pueden ir montados sobre un cohete (sigh)- y la velocidad, la carrera espacial, la lucha de bloques, la Coca Cola y las máquinas eléctricas revolotean bajo la prosperidad nacida tras la II Guerra Mundial.


Lo fascinante de los años que Prada describe, que propone para nosotros mismos, es que tienen una apariencia desenfrenada de años 50s. Ellas, con el pelo impoluto. Las joyas, discretas. Los zapatos, de tacón fino. La falda de vuelo y el abrigo de manga francesa para ir el domingo a la iglesia. Un traje de baño con pedrería para la piscina de la urbanización. Y un coche rápido para quemar el asfalto.


Miuccia Prada propone a una mujer que es agresiva sin serlo, que bajo la garra de seda, esconde un filo de acero. Hay pequeños saltos cualitativos en las colecciones que proponen desde la marca para los años 60s, hay suspense y tragedia mascándose en el ambiente perfectamente opresivo; hay luces de neón, absurdo y comicidad para los perdedores; hay adolescentes que se vuelven conscientes, de repente, de que existe el erotismo y las bocas fruncidas a la francesa, groupies y guays del palo del Londres vibrante de los Beatles y -mis favoritas- las damas de hielo.

La nueva mujer que Prada propone, continúa en la estela de los años 60s que, al fin y al cabo, son con los que Prada comenzó su carrera. Faldas de vuelo, secretarias, gafas de sol sacadas de un delirio tecno, mujeres que parecen mujeres y no por ello son menos poderosas, barras de labios estampadas en las faldas, tacones con los que no se puede correr por el césped de la casa con valla blanca y el cabello pulcramente -y artificialmente- perfecto de peluquería. La propuesta de Prada, está clara.


Hay una historia para la joven recien casada que hace su luna de miel en Roma y que corretea por la Fontana de Trevi como una americana alocada que, es lo que es. Por la noche, aguarda la cena y el baile y, qué bonito es bailar en la ciudad de las siete colinas, como una princesa esperando a ver si un periodista te hace una foto con una guitarra... Un paseo en Vespa y la melena volando por la ciudad, un helado y un cigarro e incluso una copa de champagne. Luego, en América, esperarán los hijos, el futuro, el perro, los ascensos, los momentos difíciles y las discusiones pero... ¿ahora? Todo eso queda muy lejos.


Si tuviera que describir en una sola palabra la colección, diría esperanza. USA es más fuerte que la URSS, un americano pisará la luna, nuestros hijos serán perfectos y puede que hasta lleguen a Presidente, Kennedy ganará las elecciones y Jackie le enseñará al mundo que las americanas pueden ser elegantes, los negros se igualarán a los blancos y las mujeres se dejarán caer en los brazos de sus maridos amados.

En otras palabras, confianza en el futuro. Los años 60s fueron bastante ingenuos, por un lado, Cardin y Mary Quant y Courreges hicieron creer a las mujeres que pronto se iban a vestir como astronatuas porque las casas de vacaciones en Marte estaban a la vuelta de la esquina. Los hombres creyeron que podrían tener todo lo que deseasen ya fuese un Cadillac o la esposa más bella de la fiesta. Los jóvenes nacieron convencidos de que vivían en el mejor mundo y que era posible -incluso- mejorarlo. De hecho, la búsqueda del paraíso perdido es típica de los 60s, años de una fugacidad imperecedera.

Y, sin embargo, nosotros mismos seguimos siendo bastante ingenuos y no solo porque nos gusten de verdad las Stephord Wife, los cuentos con moraleja, la serie Mad Men, el humo cegando los ojos y ver a Marilyn contoneándose ante el Señor Presidente o sobre unas tomateras... Quizás, lo que Miuccia nos quiere decir es que bueno... los 60s fueron -a su manera- un dulce paraíso, con sus momentos amargos. Pero, ¿podemos volver a revivirlo?, ¿queremos?. Miremos adelante. En la próxima curva, hay mujeres perfectas y, ¿en la siguiente?... sigamos buscando el paraíso pero no uno que perdimos, sino el que fabricaremos.

lunes, agosto 29, 2011

La Puerilidad


El fascinante mundo de la infancia, el erotismo y la femineidad es abordado en Vogue Italia, Agosto 2011 poniendo de relieve el tempo del ahora. Freud estaría bastante contento tanto por la erotización sexual de casi todos los contenidos como por el hecho de que todo queda en la familia, en casa como quien dice. Partiendo de la base de que las tendencias de hoy no son más que una regresión al pasado -y nadie puede negar que los 60s están a la vuelta de la esquina y que Mr y Mrs Bridge viven al otro lado de la valla blanca-, Bianca Balti ocupa el papel de madre desquiciada -ama de casa opulenta y desgraciada- con su querida hija pequeña.


Lo realmente perturbador es el cambio de papeles que llega inclusa a repugnar pese al lirismo que tienen las imágenes. La madre es hija y la hija es madre. En términos estrictos, podemos entender esta comparación en el marco de lo literal. En las escenas se suceden momentos absurdos de responsabilidad innata en los que la niña guía a la madre: peina su pelo, enciende su cigarro, la viste... Hay en todo algo falso, de pastiche, como de casa de muñecas. Y no sólo por la evidente erotización de la madre que queda a merced de una criatura asexuada y triste como es la niña -que vive a través de su madre sus fantasías- que enciende sus noches de soledad con una llama que debería encender un caballero, que la viste y la trata como si fuera una doncella y que incluso la lleva -literalmente- en coche hasta donde necesita.


Pero en mi opinión, lo fascinante de verdad no está en la puerilización de la edad adulta -chicos de 50 años (ja)- ni en la erotización de la infancia -que existe sin dudar lo más mínimo- y tampoco en la no menos evidente frustración de la criatura y desgracia de su madre sino en la atmósfera opresiva, artificiosa, antinatural que rezuma todo.


Y no es casual que esa artificiosidad nazca de una sola y poderosa cuestión al margen de los comportamientos psicológicos ya que al fin y al cabo es evidente que eres lo que vistes. Lo absurdo nace de la moda. El vestuario, el atrezzo, no son sino personificaciones de la psique de la persona. Bianca y su realidad no es sino la muñeca de su hija. Una Barbie morena vestida con la misma verosimilitud y actualidad que la muñeca rubia de Mattel. Y que, por cierto, se dedica a lo mismo: le pintan las uñas, le visten, le peinan, le leen antes de acostarse.


Como decía Valle Inclán con sus esperpentos y la realidad deformada por el espejo, lo que ocurre aquí es que estamos dentro de la caja de muñecas. Una caja de lo más glamourosa con zapatos de tacón, abrigos de Prada, helados de colores, fiestas de pijamas y de globos y... sin vida.


La esencia que más fuerte se respira es la de lo prefabricado. Como en gran parte de la moda actual que se basa en la simple aparatosidad que, engañosamente, esconde la reacción a lo que Yves Saint Laurent proclamaba: "nada más fácil que el escándalo, nada más díficil que confeccionar una chaqueta negra cada temporada". Todas las épocas tienen sus artificiosidades, sin duda, pero es muy revelador el ansia historicista de ésta.


También es revelador de la falta de tendencias y movimientos propias y, es casi dulcemente ingenuo, que hayamos vuelto a caer en los 60s androides donde la minifalda campaba a sus anchas con hippies con melenas, señoronas vestidas de Valentino, Chanel desde la tribuna del Elle francés dando golpes de efecto que la prensa vapuleaba, Yves Saint Laurent advirtiendo que la moda nacía y moría en la calle y Courreges o Rabanne revolucionando el mundo desde la perspectiva sideral. Se ve, en cambio, poco de la pausada belleza de Balenciaga, poco de las construcciones arquitectónicas de Dior, poco de la sencilla sexualidad de YSL y casi nada de la esencia de los grandes creadores que han sido desechados en busca de efectismo y giolpes rimbobantes de efecto... 


Como quien dice, no es una queja. Todas las épocas han tenido su tendencia y añoranza historicista desde el comienzo de la actualidad y pensar lo contrario es ingenuo. Tampoco vale la maldita nostalgia de los viejos tiempos y, salvando quizás la época y el reinado absurdo y divino de Chanel donde todo era excitantemente nuevo y descarado, y algo de la revolución posterior de tejidos y la democratización en la calle, apenas se puede ver entre la densa bruma de la historia de repetición y repetición. Y, sin embargo, no hay duda de que el terreno fértil es lo nuevo.


Como no hay duda de lo extraño que es todo este universo donde el hoy se parece más al ayer que el mañana y mamá es una Barbie chic a la que su hija ajusta el liguero...