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miércoles, abril 14, 2010

Historia Blanca


Las mujeres cambian desde el prisma desde el que se miren. Suelen ser cajas de secretos pero cambian su exterior aunque su secreto sea el mismo. Para algunos, la caja es mera estética provocadora, para otros es erotismo delicado y para otros, la caja en sí es ilusión. Paolo Robersi es de estos.


Sus mujeres son lánguidas, melancólicas, de unos colores que no existen en la realidad y con un punto de ficción, de mundo paralelo. Tienen algo de locas, de bailarinas, de saltimbanquis, de golondrinas, de niñas, de enfermas, de fantasmas, de muertas, de reinas destronadas. Tienen algo de alegría y de drama.


Las mujeres de Robersi tienen algo oscuro escondido.


Tanta claridad no hace más que esconder las sombras.
Las perversiones, los secretos de la cinta, del amor, de lo abstracto, de lo que pasa entre las sábanas de seda, el ajetreo de los pasos de baile, la cadera, el perfume deslizándose por el cuello, la sonrisa furtiva del antes, las manos entre los muslos, las caricias, el silencio...


Las mujeres de Robersi tienen ese punto etéreo y extraño. Nadie sabe muy bien quién son. Qué quieren. A qué aspiran ni siquiera si quieren a alguien.


Tienen un aire taimado, sádico casi, ilegal, extraño.
De los que no se conocen, se encuentran, se marchan.

Sin comprender nada, sin pensar en nada...


Sin pensar en nadie.

domingo, marzo 28, 2010

Bajas Pasiones


El rojo. Platón definió el color del caballo que tiraba el auriga de las bajas pasiones como negro. Platón, una vez más, se equivocaba. (Y por ir al norte, fue al sur). El color de las bajas pasiones es el rojo. Rojo sangre, rojo fuego, rojo emparentado con Prometeo, con la vibración, con los deseos, con la lujuria, con el sexo.
Rojo con matiz de lo prohibido, de lo joven, de lo bello, de lo hermoso, de pecado, de inconfesable, de manifiesto, de público y ocioso. De silencio, de alboroto, de gentío, de mujeres fatales en caza y captura. El rojo parece ser el color de la juventud pero también lo es de la falsa juventud.
El color rojo es una delicia. Un fruto rojo se abre. Se ve el interior, terso, blando, jugoso. El brillo exterior es sustituído por una ola de calor íntimo salido del corazón directamente sin hueso, sin mácula, en el momento de febril estallido de la felicidad cuando menos o del amor más desinteresado.
El rojo por otra parte, se halla intrínsecamente ligado al timador, al estafador, al arte del maquillaje y la careta. Al extraño falso que se esconde tras el reflejo del espejo prófugo que muestra nuestra intención, nuestro secreto más oscuro, el vil hábito de la contemporaneidad pudriéndose en nosotros mismos y se anuncia -a todos- como el altavoz de un acontecimiento público, que no es de nadie y es de todos, que pasa de mano a mano como un folleto, diciendo que no es su mejor hora pero ahí está, tómalo.
El rojo sabe un poco a decadencia y a color de actor.
Y todo lo decadente nos atrae febrilmente. Quizás esa es la magia del rojo. Que es vida y es muerte. Que es falso y es cierto. Que es todos y es nadie.

martes, octubre 06, 2009

Arcadia, La Muy Dichosa Arcadia


Creo que cuanto más cosmopolita es una sociedad y, por ende, sus individuos, más se acelera el motor causa-efecto y la dinámica clásica de acción-reacción. La consecuencia de edificar un nuevo rascacielos es soñar con una casa de una planta con un viejo granero y un gran porche con una mecedora. La creación de un centro comercial implica la férrea voluntad del cultivador aficionado que se pasa de su Black & Decker a comprar unas semillas de tomate que cuidar y mimar. Los multicines con estéreo hacen soñar con los cines americanos de los cincuenta. Al aire libre, en tecnicolor y con el coche descapotable en segunda fila.


La irremediable aceleración de la sociedad ha producido el adentramiento íntimo y onírico en lo que nos gusta llamar la América Profunda o en la sociedad rural -casi autárquica- donde el tiempo a pasa a medida que fluye el Missisipi en vez de las agujas del reloj. Donde el día acaba al ponerse el sol.


Nos hemos sumido en una cultura que, si bien no es tan vacua ni tan vacía es, al menos, tanto como todas las que la precedieron.; solo que nuestro punto de fuga, en vez de la antigüedad clásica y refinada de Platón y Sócrates debatiendo entre los mármoles tallados de Fidias y el jolgorio de la entrega del nuevo peplo -ah la moda- a Atenea es la vida sencilla.


La vida sencilla. O la felicidad de las pequeñas cosas. La lluvia, la cosecha, la fertilidad, lo yermo, lo animal, lo salvaje, el cercado y el verdor del campo nos conectan con nuestros impulsos más primitivos. Pasamos de salvajes civilizados a civilizados salvajes. Del escepticismo más radical, rayando en el ateísmo, a la celebración de los ritmos naturales del campo y de los ciclos humanos en función de las estaciones y la abundancia o prosperidad que generan en el campo.


De la cultura de la desaprobación y el futurible imperfecto pasamos a esperar el sol cada mañana y mirar los trazos del destino que se deslizan entre las nubes. A contemplar el cielo esperando la providencia de la alegría o el fracaso del ciclo trabajo por la estación de lluvias. A comprender el balar de los animales y entender sus quejas y contradicciones.


Pasamos de estar aquí a desear estar allí.


Y, si no en cuerpo, sí en alma. El movimiento regresionista que pretende o anhela volver a nuestras costumbres y a entrecerrar los ojos por el ardor del sol o a afinar el oído para escuchar el rumor de las montañas parece calar hondo en la sociedad. Hechamos de menos el olor de la tierra fresca por la lluvia recién caída y envidíamos el arte de vivir rural o campestre y, si no, al menos, bucólico.


La Arcadia. El Edén. El Paraíso. La Edad Dorada son denominaciones del deseo de regresar del hombre a lo que fue primeramente suyo, la Tierra. Ya los clásicos hablaban de la Arcadia (¿Y cómo no iban a hacerlo si eran clásicos?). Hablaban de amores y pasiones educadas entre pastores refinados que contaban sus preocupaciones sentimentales bajo el candor de una vela y en un lenguaje lírico y hermoso que danzaba en sus gargantas para unirse luego a la danza del viento.


La idealización de lo primigenio en nuestro cultura y en nuestra naturaleza podría considerarse un rasgo característico del hombre. O, quizás, un querer tener lo que no se tiene. ¿Idealizarían los primeros hombres las sociedades urbanas y el auge de la rapidez de vida y el caer sin frenos? Aparte de que sea difícil saberlo, probablemente sí. Porque anhelamos aquello de lo que carecemos y obviamos lo que tenemos por muy valioso que sea.


Aún así, nosotros y nuestro desastroso proceso de degeneración de la naturaleza nos topamos con el deseo abierto y común, una voluntad de la pluralidad, de formas de vida que, si no son ecológicas, son verdes. Divinizamos la naturaleza que -no- nos rodea y la convertimos en el anhelo de nuestra vida y en una de nuestras ilusiones. Deseamos cascadas y pinares y ardillas y piñones.


Probablemente sea el precio a pagar -o la moneda de cambio- (o ambos) de una sociedad sumida en todo lo contrario. Modelo urbano, cadenas de ropa, cadenas de supermercados, cadenas empresariales, casi (prohibidos) monopolios empresariales y estandarización de los cánones estéticos que derivan en un Orden Mundial basado en la unificación y homogeneización -por medio del capitalismo y de la globalización- de la individualidad.


Pero también es uno de los sueños del hombre desde los más remotos y ancestrales tiempos. Que Karl Lagerfeld para Chanel de fuga a uno de esos sueños en el que la gente sólo tiene ropa de domingo y ropa de trabajo pero envuelta en gasas, flashes y envoltorio de usar y tirar es, probablemente, sólo una furia paradójica de lo calado que está en nuestra mente las églogas deliciosas de Garcilaso de la Vega. O, quizás, una señal de que el imaginario colectivo y sus deseos frustrados se encaminan hacia nuestro corazón cuando vemos la muerte de cerca. O, la vemos, venir.


Si el termómetro de la decadencia de una cultura o de un pueblo es el grado de evasión que ésta tiene para con sus ciudadanos, podríamos considerar nuestro mundo como el putrefacto desdén de una sociedad condenada al exceso que suspira por la simplicidad.


Aunque, bien pensado, adormecerse robando estrellas de la noche tiene que ser maravilloso.

viernes, octubre 02, 2009

Cuando Ellas Se Sonrojan Y Las Medias Tienen Costura


A Christian Dior le gustaban las mujeres mujeres. Le gustaba que se contoneasen bajo metros de tela y enaguas y que marcasen con sus pasos el ritmo paralelo del taconeo. Le gustaba que las pisadas se acolchasen entre medias con liguero y de encaje. Le gustaba embutirlas entre sedas con corpiños de terciopelo y chaquetas que hablaban de femineidad como de fertilidad. Caderas y pecho prominente, cintura estrecha, piernas delicadas y actitud. Mucha actitud.


Tampoco es que las damas de Dior fuesen señoritas de terciopelo. Las mujeres de Dior tenían carácter. Sus faldas bailaban en los mejores salones de París y sus guantes abrazaban los mejores brazos de sus amados. El rojo fuego de sus labios hablaba más que ellas mismas. Decía, cuidado, soy peligrosa.


Sus señoritas eran más bien damas. Con el paso del tiempo, las damas que salvaron Francia con el derroche; se convirtieron en flores espigadas, en calas y en orquídeas blancas. Tan bellas como raras, tan hermosas como inútiles. Dior no diseñaba para el día a día. Diseñaba para las pasiones.


Para la pasión que agranda y no para las pasiones que empequeñecen.


Christian Dior diseñaba para el tipo de mujer que almuerza en vez de desayunar y se contonea en lugar de caminar. Para el día a día estaba Chanel. Esas damas que querían coger un taxi a la carrera y trabajar no entraban en el universo Dior. Para Christian Dior, las mujeres eran Afroditas. Sexuales, sensuales y eróticas.


No importaba demasiado si no podía coger café de una estantería o si eran más mantenidas que trabajadoras. No eran mujeres florero, tampoco. Claro. Eran arquetipos reinantes. Pulsiones que desconocen la templanza.


A Dior le gustaba bautizar sus líneas con los nombres de las formas y estamparlas con los tonos de sus plantas. Dior era rojo, rosa, púrpura, cián, azafrán, blanco níveo, oro, plata... Dior era un estallido de sensaciones. Una bomba de ajetreo en el corazón.


Un crepitar de la retina ante tal magnificencia femenina.


Mademoiselle Chanel decía que Christian Dior era uno de esos hombres que atan a las mujeres en una relación de subordinación y dependencia. Que las encerraba en una jaula que era un corsé y doraba las alas de esos pajarillos de cabellos largos impidiéndolas volar, andar, trabajar... Christian Dior veía a las mujeres de otra forma. Dadoras de vida, receptáculo de pasiones, volcán de sentimientos, ágil temperamento, hermosa decadencia, fascinante diosa.


Ahora los tiempos cambian.Ellas quieren caminar y brillar.
Amar y ser amadas.


Pero siguen hablando el mismo lenguaje que hablaba Christian Dior...

sábado, septiembre 26, 2009

Hey Muñeca


Está claro que Versace era mujerones imponentes en vestidos ceñidos con escotes impactantes. Colores que convertían a las abejas en mariposas y prendas que recorrían el cuerpo gritando sexo mientras las melenas ondeaban al aire.


Desde luego eran vestidos que quedaban en la retina. Se retorcían para crear la ilusión del cuerpo húmedo, se apretaban en las caderas marcando el paso al andar, elevaban y mostraban el escote y la tela se pegaba al estómago de ellas.


De aquellas diosas radiantes que, si no eran necesariamente las más elegantes, sí eran las que más flashes acaparaban y más piropos se llevaban.


Desde que murió Gianni, inventor del fenómeno top sin parangón, Versace no es lo mismo. Ya no hay putas pero sí hay estrellas aunque con menos lustre y relumbrón. Y a veces quiere ser elegante y no Miami Bitch pero Versace es cabelleras rubio platino y amantes que pagan con la tarjeta del marido.


Quiero decir del marido de otra.


Y aunque Versace ya no es lo que era. Ya no pueblan glamoamazonas por la pasarela, ya no recorren como gazelas ante los ojos atentos de compradores ávidos de moda y carne.


Ya no son maravillosas ni son impresionantes walquirias pero sigue habiendo algo de Versace en Versace...


Sigue habiendo vestidos provocativos, cortes que dejan al aire más de lo que ocultan, tacones altos y vestidos ceñidos.


Sigue habiendo curvas pero no son aquellas curvas.


Sigue poniendo Versace pero ya no es aquel Versace...

sábado, septiembre 19, 2009

Princesitas De NYC


Siempre me pregunto en qué piensan las princesas. Piensan en el camisón de raso de color melocotón y el aceite de masajes que usaran por la noche, en la hora con el pscólogo a 400 dólares la hora, la sesión de manicura y pedicura de por la tarde esa en la que literalmente tiene al mundo a sus pies y en cómo vomitar el croisant que se ha comido esta mañana con la leche y el umo para no engordar.


Por extraño que parezca, la vida desocupada es tremendamente estresante. Dicen que el 98% de las princesas de Manhattan -judías y no- (y sí me he inventado el porcentaje) toman Prozac. Mucho Prozac. ¿Meditar, relajarse, masaje shiatsu? Por favor, la pregunta es ración extra o ración super.


Casa de dos pisos con niñera, criada, cocinera y asistenta. Dos días a la semana, tenis. Dos días a la semana, almuerzo en el club. Otros dos días a la semana, peluquería. En casa, flores y más té que café. Desde luego, manicura francesa y, últimamente, una secreta tentación para con Balmain que es sofocada -gracias a Dior- para con De La Renta.


Casa en los Hamptons y crucero. Marido devoto, más que con amante pero con ojo esquivo a empleadas y subordinados. Eso sí, muy clasista. Casi snob. Ella habla con todo el mundo -bueeno- pero no con la misma relación. Dos clases de persona: por encima y por debajo.


Por encima, alabar. Por debajo, pisotear. Que, para eso están ¿no?.


Champagne y Perrier. Clubes no pero sí fiestas en casa y, luego, acabar ligeramente achispada. Más vestidos cortos que largos y tacones altos. Una mujer vale lo altos que son sus tacones, en este mundo sí. Y también el límite de su tarjeta de crédito y la invitación al pase privado de Chanel dos veces al año más cruceros. Después de la semana de pasarelas, retiro espiritual a un balnerario porque....


!Lo que estresa no hacer nada!


Ah mis princesas... Si está claro que la realeza está en decadencia...