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domingo, octubre 16, 2011

La Señora De Las Moscas


Somos hijos de nuestro tiempo y, como tales, nos gusta lo que o bien es antiguo o bien es actual. Sin embargo, nos perdemos en la indefinición. El concepto que no se puede definir es precisamente la meta de Rei Kawakubo en sus investigaciones estéticas que tienen como punto de partida la prenda. La japonesa trabaja con un concepto de belleza alejado del ideal occidental y propone unos volúmenes ajenos a la ortodoxia esa de "como Dios Manda". En su última colección para Comme des Garçons, presentada en la Semana de la Moda de París, propone para la primavera verano de 2012 una serie de novias androides que lo mismo resbalan de un cuadro de Velázquez, de un baile de Mariantonieta o de una pesadilla ciberconceptual.


La colección me parece una exploración vanguardista del historicismo. Sus mujeres pueblan las obras de arte de los grandes maestros y, sin embargo, tienen ese punto casi futurista de lo que nos es tan ajeno. El desfile de Comme des Garçons es un motín de Esquilache, pero femenino y !tan virtuoso todo de blanco!. La inspiración española es innegable: el corte amplio de las capas, casi armadas; las mantillas blancas que tapan la cara de la novia virgen; las telas pesadas rodeando y ciñendo el cuerpo como una armadura de satén y, un detalle que casi se pierde: la novia camina firme pero con las manos atadas. No deja de ser un regalo de mujer, uno alienado. Pero hermoso... muy hermoso.


Es interesante descubrir qué mensajes escondidos guarda la obra conceptual y mental de Kawakubo. La escuela japonesa de diseño se ha centrado en la investigación y la anatomía pero de una forma bien distinta a la que se ha estudiado tradicionalmente en las Semanas de la Moda parisinas. En esta colección, propone un volumen entresacado de los cuerpos con guardainfante de los retoños reales que pintaba Velázquez; entremezclado con las lecheras casi monjísticas de Vermeer y con una crítica a la sumisión que se esconde bajo velos, tradiciones y artilugios que constriñen el cuerpo.


 No puedo evitar que la mujer de Comme des Garçons me recuerde a un insecto. Quizás sea por el exoesqueleto que sus ropas crean para ella. También me da la sensación de desvestir, de eliminar, de romper barreras, de tirar ídolos que se tambalean... pero sin violencia alguna. La garra de Kawakubo es de seda. Llevaba razón Dalí con aquello de vestirse de mosca por Cristóbal... hay algo terriblemente balenciagesco en la colección. Quizá sea por la inconfundible traza española, quizás por el tratamiento del cuerpo. Cristóbal Balenciaga siempre prefería dejar espacio a sus mujeres, sus estudios de la anatomía son siempre externos. Diseñaba para mujeres con ropa interior y con carne, armadas que no se dejaban meter en sus trajes desnudas. Nada de Sissis que se cosen sobre la piel cada día el traje de montar ni de Marilyns que salen a cantar el Happy Birthday casi desnudas... nada de eso.


Tan sólo mujeres envueltas en el peso de una sociedad como el muerto en el sudario. Buena comparación. Es bien cansado eso de ser la novia en la boda y el muerto en el entierro...

lunes, octubre 10, 2011

(Des)Vestirse Y El Vestido


Nos cuesta la moda que no es occidental -en el sentido de "clásico"-. Nos cuesta mucho. Nos cuesta la Escuela de Amberes, el concepto de Margiela y la hermosura de la pobreza consciente de Comme des Garçons. También Chalayan, también. Incluso McQueen -últimamente mártir de la moda-. Yohji Yamamoto, con su colección de primavera verano 2012, no es una excepción. Sin embargo, ¿no es la colección una pura balada a Occidente?


Tras la Semana de la Moda de París, se ha hablado mucho de la línea impecable del trabajo de Sarah Burton en McQueen, de la mediocridad insufrible de Dior, de la delicadez de Chanel y del tabú de la dulzura que Prada ha lanzado a la pasarela como hizo Poiret en los años 20 con colores que aparecieron como un montón de lobos fieros. En Louis Vuitton, las damas sadomasoquistas se convierten en crías subidas a un tiovivo y en Miu Miu y en Balenciaga la adolescencia y la sofisticación de las gentes trabajadoras afloran poco a poco, cuando se rasca entre capas. Sin embargo, con las colecciones "conceptuales" -o sea, distintas- son ignoradas sí o sí.


 Y, sin embargo, yo encuentro que la colección de Yamamoto difícilmente puede ser más occidental. Hay algo fascinante en el prisma que Yamamoto toma para crear su colección. Me recuerda a la historia de la Maja vestida y la maja desnuda de Goya que estaban colocadas una encima de la otra y, cuando su prpietario levantaba el cuadro de la maja vestida, aparecía la mujer desnuda... la desvestía. Tan erótica. La construcción de la prenda a través de varias capas, los básicos con los que crea una enciclopedia de moda plegada -camisa blanca, pantalón negro y un vestido suelto- y el uso del color que es teatral y dramática sin ser en ningún momento presuntuoso. El púrpura no es papal, el blanco no es espiritual y el negro no es de luto. Apenas hay materia que nos lastre y eso que Yamamoto envuelve a sus mujeres en capas de ropa...


Sin embargo, a mí me transmite la idea de que la ropa no es más que la fina cáscara de un huevo. Una capa que nos tenemos que quitar. Un disfraz al fin y al cabo. Un... un no se qué que en Europa hemos perdido de tanto mirarnos al ombligo. La colección de Yamamoto me recuerda al Chanel de los orígenes de Coco cuando iba a las carreras con sus canotiers de paja y le sisaba a Etienne Balsan y a Boy Capel la ropa. Me recuerda a la Coco que no tenía ojos para nadie que no fuese el Gran Duque Dimitri y su hermana María -que cosía en su taller-. Me recuerda a la Gabrielle que se vestía de marinero con BendOr y se ponía un montón de collares de perlas. Incluso a la que se disfraza por París de nazi, de fulana y de Francia.


Quizá la colección sea un poco menos obvia de lo que esperamos normalmente. No está todo tan triturado como en las marcas de ropa occidentales. Sin embargo, a diferencia de otras colecciones, yo con esta tengo ganas de desvestirme. Y eso, es un buen principio.

miércoles, octubre 05, 2011

Y Se Hizo La Luz


A Lagerfeld no le gusta la cultura mediterránea, sin embargo, es un hombre de pasiones. No me cuesta nada en absoluto imaginar al káiser contemplando el horizonte envuelto en brumas como en un cuadro del Romanricismo... sin embargo, su colección primavera verano 2012, presentada hace unas horas en París, es un canto a la luz. Se trata de una luz blanca, completamente ajena a los tonos dorados y abrasadores del Mediterráneo que es completamente pura. Es una luz espiritual, abrasadora por su luminosidad y, sin embargo, delicada. 


Asepsia e higienismo parecen ser las palabras que vienen a la boca cuando uno empeiza a contemplar una colección con más de ochenta pases en la que predomina el blanco, el constructivismo a base de líneas y el formalismo estético además de un cierto amor a la tecnología, al plástico, al efectismo. Sin embargo, en mi opinión, Lagerfeld es una persona espiritual. Quizá no tiene una espiritualidad de raíz gótica en la que Dios es luz y color y todo se transmuta envuelto en la nebulosa del color, pero tiene una idea divina bastante inmaculada e inmaterial. Lagerfeld deconstruye con sus puntadas, crea mujeres que tienen algo de droides y algo de ninfas, es condenadamente moderno y atemporal.


Chanel destaca siempre por su trabajo artesanal, las pequeñas manos que se esconden tras el taller, la cara oculta de la Luna. Sin embargo, la presencia de la exquisitez de los detalles está siempre presente por muy lineal o absurda que la colección pueda parecer a primera vista. El verano que Lagerfeld propone se basa en una mujer que llega al mundo inmaculada, es una mariposa envuelta en gotas de rocío, que echa a volar tras todo un invierno rodeada de nieve y que se hace al aire en medio de una tormenta de pétalos de rosa. Hay una inevitable delicadeza y fugacidad en todo lo que se confecciona, hay un ir y venir de la vida que está ahí, ahí esta y no se puede evitar. 


El mar parece el reclamo más evidente de Lagerfeld. Sin embargo, es un mar trasmutado. No hay playa. Es todo agua. Cuando Claudia Schiffer reinaba en las pasarelas y Helmut Newton vivía, cuando Lagerfeld ya fotografiaba a la alemana en medio de escenarios llenos de luz blanca y correteando como una niña con trenzas y sacada de un pueblo francés o vasco; el Chanel del káiser tenía un sabor rural, campestre, delicado y efímero. Claudia era una campesina vestida de Chanel y las sirenas se peinaban su melena de oro y la adornaban con camelias blancas. No obstante, esa fugacidad que Lagerfeld acostumbraba a reflejar en sus fotografías, llevaba varias temporadas desaparecida de Chanel.


Ahora vuelve el tiempo que se fue. O mejor, vuelven los pequeños instantes. Ya no estamos en la Arcadia ni nos enfrentamos a la muerte en Venecia, no se trata de contar una historia. Ya no. Ahora, Lagerfeld se vuelve impresionista. Sin duda.


Lagerfeld monta siempre un cierto jaleo en sus shows, como los impresionistas. Cuando, tras la Guerra Francoprusiana, en Europa surge con fuerza el Impresionismo, se vive tanto un momento convulso como un dulce. Como nosotros. Ya ha acabado la guerra y el progreso continúa hacia delante, se abren los años del principio del fin del viejo mundo y del surgimiento de una nueva edad dorada -que no despinta tan brillante como parece- y, ahí en medio de todo eso, algunos artistas deciden captar un instante.


Wilde decía que "la moda es esa forma de fealdad tan extraordinaria que debe cambiar cada seis meses". Actualmente hemos superado ese pensamiento y estamos más cerca de los quince minutos de fama de Warhol que de otra cosa y, si se apura, más del instante fugar de Monet o de Renoir... Por eso, aunque la moda no acaba de encajar entre las artes sino como artesanía por representar esa caducidad máxima tan bien, no deja de tener todo un halo impresionista...


Lagerfeld es uno de los nombres claves del siglo XX -y de éste-. No es un personaje como Chanel que creó un nuevo mundo con el hilo de sus prendas retroalimentándose de las vanguardias y las situaciones históricas, pero Karl tiene a su favor un continúo mirar hacia delante y hacia atrás, un vaivén que le lleva a captar -precisamente- la vida moderna. No cabe duda de que la modernidad por la modernidad es vana, ya lo dijo Dalí con su apocalíptica frase acerca de que no se podía carecer de modernidad, pero hay algo fascinante en poder disfrutar de la vida entre perlas, entre algodones, entre ir y venir de la espuma del mar...


 Y, en esta colección, muestra que la decandencia puede ser hermosa. Es decadente pero, a vees, viene bien perderse, echarse a las olas y quedarse allí... a ver la puesta de sol antes de morir... o de volver a la orilla.

viernes, septiembre 30, 2011

La Dulzura


Nina Ricci -esa marca de perfumes- ha presentado su colección de primavera verano 2012 en París. Nada memorable. Todo muy pasable. Adolece de la misma comercialidad y de la misma sutileza prosaica que la Semana de la Moda de Nueva York, es decir, de ser pret a porter. El término listo para llevar encaja a la perfección con el espíritu de casi todas las prendas que componen la colección. No hay nada que esté fuera de lugar, no hay una puntada que provoque palpitaciones ni un solo diseño que llegue al corazón. Sin embargo, hay amor en la rutina, por así decirlo.


Desde la casa, han presentado una colección muy dulce y etérea que encaja con el espíritu de Nina Ricci: hay polvos rosas que dan color a las mejillas de las jóvenes enamoradas, trajes blancos que convierten a las vírgenes en novias y elegantes conjuntos en azul marino y en negro que se entremezclan con estampados para pasear por la orilla del Sena o bailar en una barca sobre el río con una copa de champagne en la mano. Todo es fresco. Nada es novedoso. La lencería superpuesta a las prendas la hemos visto en las pasadas colecciones de Dolce & Gabbana y, a través de ellos, en las portadas de casi todas las revistas de moda de este verano (de hecho, el debut de Alt como directora de Vogue París fue con una de esas creaciones). Los abrigos años 60s sacados de las últimas colecciones de Prada y estampados en tonos hogareños y confortables, tampoco son una excepción. Los cortes con formas de corazón, las tocas que convierten a las jovencitas en princesas, los zapatos de salón estampados y forrados en tela con un discreto tacón y los accesorios sencillos y comerciales con abundantes brillos han poblado las pasarelas las pasadas temporadas. No hay nada que llame la atención.


Y, sin embargo, la colección tiene encanto. El pret a porter fue concebido para colgar la ropa directamente tras la pasarela en una percha, de ahí ser cogida en una mano, pagada en la caja, metida en la bolsa y puesta en casa -rpimero ante los ojos cómplices del espejo y luego ante los de la multitud- para salir con ella a la calle inmediatamente. El pret a porter, en realidad, debería poder estar colgado de las perchas de Zara. Aunque, claro, cuando se toca, cuando se lleva, cuando se disfruta, no puede uno sino conmocionarse por la pequeña maravilla que tiene entre manos. Todo debe ser delicado, estar bien confeccionado pero ser sutil.


Y no cabe duda posible acerca de la dulzura de la colección de Nina Ricci. Sin duda, dista de ser un proverbial ejemplo de maestría al estilo de las creaciones con las que Lagerfeld para Chanel, Galliano para Dior -en sus años buenos- o Alexander McQueen creaban para sus colecciones. No hay ni un ápice de sorpresa, no hay nada que deje boquiabierto, no hay bacos rampantes, no hay Mariantonietas desangradas y no hay icebergs que se derriten ni leones plantados en medio de la pasarela. Tampoco están Claudia, Linda, Naomi o Christy comiéndose la pasarela con sus melenas al viento, no hay nada del salvaje magnetismo voraz de Gisele en sus años mozos pre Victoria Secrets y tampoco hay nada demasiado memorable.


Pero, a mí, la colección me evoca disfrutar de la vida. No pasar a la historia. Los parisinos siempre han sabido vender muy bien su vocación hedonista y su lisonja zalamera de amor por la moda nacida en el XVIII francés al más puro golpe despótico de gobierno absolutista. Sin embargo, es interesante saber que ellos mismos son conscientes de que su fama -como todo- no puede durar. Por eso, las pequeñas marcas francesas basan su filosofía -su razón de ser- en la pura fugacidad. Y eso es lo que venden desde Nina Ricci: venden la juventud que todos perdemos, enseñan los momentos que deseamos repetir, los sueños que deseamos, los instantes de ensueño que nos reavivan el alma.


No se trata en realidad de grandes cosas, dejemos todo eso aparte -si quieren para la Alta Costura, si quieren para los grandes hombres- y vivamos la vida como si fuésemos a morir mañana. Quizá podamos colarnos como Cenicienta en un baile y encontrar la felicidad, quizá tengamos que regresar con las manos vacías y convertirnos en polvo gris. Pero, ¿hasta entonces podemos ser mariposas y volar lejos y lejos con nuestras alas de colores? Por favor, que sean de color lila como las de Nina Ricci...


domingo, septiembre 25, 2011

El Cándido Progreso A La Busca Del Paraíso Perdido De Prada


Hay quien piensa que la colección de Prada primavera verano 2012 es blanda, dulcemente adolescente e indolentemente juvenil. Yo, evidentemente, creo lo contrario. La dulzura de la colección es una apariencia, bajo ella, se esconden unos ideales poderosos entremezclados con el eclecticismo propio de los hijos de nuestro tiempo. Lo que sí que encuentro ligeramente distinto con otras colecciones presentadas por Miuccia Prada es que, esta, a diferencia de las otras, es favorecedora. En Prada se hallan inmersos en la conceptualidad y el mundo del pensamiento críptico y a veces, en sus delirios de convertir a las mujeres en ninfas o en ranas de charca -qué se yo- se olvidan de ese lastre de la cultura occidental: la belleza -de la mímesis-.


Sin embargo, esta es una colección -a primera vista, al menos- más fácil. Ni hay monjas reprimidas sexualmente pero con el deseo a flor de piel a punto de rasgarse las vestiduras, ni hay jugadoras compulsivas de ruleta rusa ni socialistas convencidas que protestan vestidas de YSL en la comuna; Prada vuelve a los orígenes débilmente pero con paso firme.


Prada sigue fascinando con los años sesenta, esos en los que todo era posible. El hombre iba a llegar a la luna -incluso los pobres humanos pueden ir montados sobre un cohete (sigh)- y la velocidad, la carrera espacial, la lucha de bloques, la Coca Cola y las máquinas eléctricas revolotean bajo la prosperidad nacida tras la II Guerra Mundial.


Lo fascinante de los años que Prada describe, que propone para nosotros mismos, es que tienen una apariencia desenfrenada de años 50s. Ellas, con el pelo impoluto. Las joyas, discretas. Los zapatos, de tacón fino. La falda de vuelo y el abrigo de manga francesa para ir el domingo a la iglesia. Un traje de baño con pedrería para la piscina de la urbanización. Y un coche rápido para quemar el asfalto.


Miuccia Prada propone a una mujer que es agresiva sin serlo, que bajo la garra de seda, esconde un filo de acero. Hay pequeños saltos cualitativos en las colecciones que proponen desde la marca para los años 60s, hay suspense y tragedia mascándose en el ambiente perfectamente opresivo; hay luces de neón, absurdo y comicidad para los perdedores; hay adolescentes que se vuelven conscientes, de repente, de que existe el erotismo y las bocas fruncidas a la francesa, groupies y guays del palo del Londres vibrante de los Beatles y -mis favoritas- las damas de hielo.

La nueva mujer que Prada propone, continúa en la estela de los años 60s que, al fin y al cabo, son con los que Prada comenzó su carrera. Faldas de vuelo, secretarias, gafas de sol sacadas de un delirio tecno, mujeres que parecen mujeres y no por ello son menos poderosas, barras de labios estampadas en las faldas, tacones con los que no se puede correr por el césped de la casa con valla blanca y el cabello pulcramente -y artificialmente- perfecto de peluquería. La propuesta de Prada, está clara.


Hay una historia para la joven recien casada que hace su luna de miel en Roma y que corretea por la Fontana de Trevi como una americana alocada que, es lo que es. Por la noche, aguarda la cena y el baile y, qué bonito es bailar en la ciudad de las siete colinas, como una princesa esperando a ver si un periodista te hace una foto con una guitarra... Un paseo en Vespa y la melena volando por la ciudad, un helado y un cigarro e incluso una copa de champagne. Luego, en América, esperarán los hijos, el futuro, el perro, los ascensos, los momentos difíciles y las discusiones pero... ¿ahora? Todo eso queda muy lejos.


Si tuviera que describir en una sola palabra la colección, diría esperanza. USA es más fuerte que la URSS, un americano pisará la luna, nuestros hijos serán perfectos y puede que hasta lleguen a Presidente, Kennedy ganará las elecciones y Jackie le enseñará al mundo que las americanas pueden ser elegantes, los negros se igualarán a los blancos y las mujeres se dejarán caer en los brazos de sus maridos amados.

En otras palabras, confianza en el futuro. Los años 60s fueron bastante ingenuos, por un lado, Cardin y Mary Quant y Courreges hicieron creer a las mujeres que pronto se iban a vestir como astronatuas porque las casas de vacaciones en Marte estaban a la vuelta de la esquina. Los hombres creyeron que podrían tener todo lo que deseasen ya fuese un Cadillac o la esposa más bella de la fiesta. Los jóvenes nacieron convencidos de que vivían en el mejor mundo y que era posible -incluso- mejorarlo. De hecho, la búsqueda del paraíso perdido es típica de los 60s, años de una fugacidad imperecedera.

Y, sin embargo, nosotros mismos seguimos siendo bastante ingenuos y no solo porque nos gusten de verdad las Stephord Wife, los cuentos con moraleja, la serie Mad Men, el humo cegando los ojos y ver a Marilyn contoneándose ante el Señor Presidente o sobre unas tomateras... Quizás, lo que Miuccia nos quiere decir es que bueno... los 60s fueron -a su manera- un dulce paraíso, con sus momentos amargos. Pero, ¿podemos volver a revivirlo?, ¿queremos?. Miremos adelante. En la próxima curva, hay mujeres perfectas y, ¿en la siguiente?... sigamos buscando el paraíso pero no uno que perdimos, sino el que fabricaremos.

jueves, septiembre 22, 2011

Burberry, Un Verano Inglés


Semana de la moda de Londres, desfiles para el verano de 2012 y Burberry (´s). Bailey está exultante. En un par de años ha logrado sacudir a la marca de todo su rancio abolengo y hacerla deseable para las jovencitas trendsetters. Sin embargo, Burberry sigue manteniendo también ese lado innegablemente inglés de rosas en la mansión de campo, troncos ardiendo en la chimenea y ponche de huevo en Navidad.


Lo bueno de la colección de Burberry es que se deja de delirios de grandeza y de cosas absurdas que les da a los diseñadores por querer hacer, leáse convertir la marca de gabardinas en una de trajes de noche o leáse prohibir a cierta tribu urbana, completamente alejada del cánon estético de la marca, usar sus complementos. Bailey retoma la tela de gabardina y la revisa y la actualiza. Algo como lo que hacía Ghesquiére en Balenciaga con sus glamoamazonas de los 60s que parecían flores de loto tecnológicas -o sea, antes de que se le fuese la pinza con la construcción-deconstrucción y los cortes por láser-.

Bailey hace gabardinas más ajustadas, que podría llevar Twiggy en un arrebato de genialidad y con las que Viviane Westwood podría correrse una buena juerga con los Sex Pistols sin desentonar un ápice. Por otro lado, la marca sigue sonando con su verano sombrío y lluvioso a escapadas por el campo con botas de agua de color verde loden salpicadas de barro -eso sí, con un vestido blanco inmaculado digno de Jane Austen- y a trencas y gabardinitas beige que cortan el viento húmedo y permiten correr por la playa, hacer el amor y ser feliz mientras llueve.


La pieza mítica de la firma, la gabardina, se renueva. Pero de verdad. Son las prendas las que han cambiado porque las chicas siguen siendo las mismas: quieren correr, quieren jugar, quieren gustar a su novio, poder mancharse un poco y salir de fiesta a un pub a tomar algo en la hora feliz. Quieren ser rosas inglesas con pétalos de gabardina, y también quieren ser simplemente chicas más allá de la ropa.

Son bonitas las declaraciones de intenciones. Tanto como las tradiciones. Tanto como las viejas cosas nuevas. Es nuevo y hay nostalgia... !tan honesto!

domingo, septiembre 18, 2011

Las Infantitas de Oscar


No hay nada más aburrido que la Semana de la Moda de Nueva York donde todas las mujeres se convierten en grandes damas y todas las jovencitas histéricas pueden ser consideradas trendsetters. La moda americana ha partido siempre desde el punto de vista de la comodidad y la rentabilidad y las pocas sorpresas que reúne cada temporada se cuentan con los dedos de una mano y suelen llevarse el gato al agua los mismos creadores. Marc Jacobs, Rodarte, el dúo de Proenza, Alexander Wang y Altuzarra son últimamente los escogidos para marcar el ritmo del qué se lleva y del qué no se lleva. Al margen de sus propuestas, Marchesa presenta arrebatadores -o no- trajes de noche que se verán en las Alfombras rojas norteamericanas y Ralph Lauren y Oscar de la Renta son dos apuestas seguras.


Lo bueno de la NY Fashion Week es que ni decepciona ni sorprende. Es lo que es. No tiene pretensiones de engañar a nadie. Permite a las mujeres y a los hombres del mundo saber qué van a vestir seis meses antes de que lo vistan y es un auténtico pret a porter que, es algo que se echa de menos. No hay espectáculo, no hay deseos insatisfechos y no hay engaño. La moda se entiende como negocio, como forma de fealdad sustituible, como dinamo de la industria, de la sociedad de consumo y como un campo con el que rendir un tributo temporal a la belleza.


Por eso, se permite jugar y meter baza con el típico tópico de que Nueva York aburre porque, francamente, al 98% de las veces lo hace. Y Tom Ford lo sabe bien porque ha decidido rematar a la ciudad de ciudades y mudarse a Londres para presentar sus colecciones femeninas. No obstante, a mí me gusta la semana de Nueva York. Tiene diseñadores maravillosos que entienden las necesidades de la mujer actual y se dejan de bacos, de báquides y de cuentos. Uno de ellos es Ralph Lauren, el otro Oscar de la Renta.


De la Renta es un gran diseñador que ha dejado momentos inolvidables para el mundo de la moda tanto en su propia firma como en Balmain cuando hacía unos trajes de noche que eran una delicia y con los que uno entendía a la perfección el significado y el concepto de Alta Costura. Sin embargo, a De la Renta le pasa un poco como a Armani. En el inconsciente colectivo, es un diseñador aburrido que trabaja por y para las princesas judías de la Quinta Avenida y que se vende a los petródolares y a la elegancia rancia y conservadora de abrigo de piel, bolso de cocodrilo, traje sastre, anillo de Tiffanys, perlas y rosas blancas en un jarrón bajo una obra de Warhol.


Sin embargo, en su colección de primavera verano 2012, De la Renta se luce. Hace un magnífico desfile lleno de sus señas de identidad: las mujeres blancas, anglosajonas y protestantes y las judías ricas que compran Vogue y lo que sale en Vogue y esas cosas de Anna Wintour. Pero, además, demuestra que si tiene un nombre, lo tiene bien merecido.

La colección es absolutamente primaveral, deliciosamente veraniega y llena de maestría. Tiene un punto inconfundiblemente actual y al mismo tiempo, rebosa de tendencia historicista. De La Renta no hace palabrería con el vintage ni con la inspiración. Planta a su smodelos sobre una alfombra blanca y las hace desfilar como si fueran Titania y él fuese Oberon. Y así es. El sueño de una noche de verano.


En mi humilde opinión, este vestido rosa y el siguiente modelo amarillo son dos de las prendas más hermosas que he visto en mucho tiempo. Estoy segura de que a Velázquez le hubiese gustado pintarlas. La colección tiene un sabor español poco tangible pero muy presente. De La Renta demuestra que España está más allá de los tópicos de la piel de toro y consigue recrear el esplendor y la magnificencia de una corte barroca pero trágica. En mi opinión, el guiño al Barroco encaja perfectamente con el momento económico en el que nos encontramos.

 

Porque este amarillo, este vestido, esta magia, este hada... hace desear seguir viviendo.
Lo que para mí es el verano.
Desear que sea eterno. Al menos, como un sueño.