Mostrando entradas con la etiqueta Los caballeros las prefieren rubias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los caballeros las prefieren rubias. Mostrar todas las entradas

jueves, febrero 13, 2014

Marilyn, Einstein, Capote, Adorables Criaturas


He visto esa frase de Albert Einstein en este genial tumblr sobre frases relacionadas con la moda y me he acordado de esa anécdota tan genial en la que Marilyn Monroe, el día que se le encontró, le propuso casarse con ella. La verdad es que le soltó, así de buenas a primeras: "profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos. ¿Se imagina un bebé con mi belleza y su inteligencia?". Einstein, que no debía tener sangre en las venas, rechazó su proposición y respondió, muy serio, "desafortunadamente temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia". Einstein tenía muy mala baba. Aunque quizá hubiera tenido que aplicarse el cuento en lo referente a la rubia.


Me parece una anécdota graciosa pero también triste. Marilyn Monroe era una mujer bellísima. Pero también era una mujer inteligente. Quizá eso hace que su historia sea más triste aún. Si Marilyn no hubiera sido una mujer tan sensible, quizá podría haber vivido de otra forma. Pero la nostalgia es un juego peligroso y el qué hubiera pasado, no lo es menos. Me gustan las imágenes de Marilyn leyendo, que son muchas. No parece una actriz que posa sino una mujer que lee. Cuando murió, Marilyn tenía una biblioteca con más de 400 libros. Le gustaba James Joyce y Saul Bellow y Sandburg. Pero también amaba la poesía de Heinrich Heine y del clásico americano por excelencia, Walt Whitman. Marilyn se codeó con literatos buena parte de su vida -al menos, de su vida como Marilyn- pues no sólo se casó con Arthur Miller, sino que conoció a Karen Blixen que la admiraba y quería conocerla y que quedó encantada tras quedar con ella (no así con Arthur Miller) y fue íntima amiga de Capote, quizá, tras Nellie Harper Lee, la más amiga de él. De hecho, creo que de Marilyn Monroe es de la única persona de la que Capote nunca habló mal y Capote era una arpía.


Me gustan mucho las anécdotas que cuenta Capote en Música para camaleones sobre ella. Creo que, cuando recoge una definición que hace Miss Collier sobre Marilyn, acierta. Marilyn no es una actriz. Es una maravilla de fotogenia pero no es sólo fotogenia. La tal Miss Collier era una especie de profesora de teatro en Nueva York pero un poco especial porque sólo daba clase a actrices profesionales de gran nivel (fue profesora de Katharine y Audrey Hepburn, de Vivian Leigh y también de Marilyn, poco antes de morir, a quien llamaba "mi problema especial". 


Así, dice: "tiene algo. Es una adorable criatura. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía".


Cuando muere Miss Collier, Marilyn y Capote van al funeral. Aunque él casi no la reconoce. Dice: "Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo... 'Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme...' (Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni las gafas oscuras, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.)


Y sigue: "(Marilyn) no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse". Luego, Marilyn le ruega que esperen a que se vayan todos porque no quiere hablar con la gente: "nunca sé qué decir".


Al final, van a tomar champagne juntos y Truman Capote le sonsaca que se ve con Arthur Miller tras hacerle preguntas Marilyn para saber si él la conoce de verdad. Luego, con Marilyn considerablemente borracha (y, probablemente, puesta de pastillas) van a ver el ferry de Staten Island. Capote dice: "así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro".



El hombre, según Capote, firme y poco amistoso, le dice a Marilyn: "no debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla". Marilyn responde: "los perros nunca muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama?". El diálogo final es tan hermoso que dan ganas de llorar: el hombre dice que el perro se llama "Fu Manchu" y Marilyn se ríe y dice: "oh, como en el cine. Qué amor". El hombre, entonces, pregunta: "usted, ¿cómo se llama?" y ella responde: "¿yo? Marilyn". Entonces, él dice "eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo?". Saca una tarjeta y una lapicera y ella escribe, apoyada en su cartera, "que Dios le bendiga. Marilyn Monroe" y le da las gracias. El hombre le dice que no, que gracias a ella y que lo va a contar en la oficina.


Luego, Capote y Marilyn siguen hasta el borde del muelle y escuchan el agua. Marilyn cuenta que ella "solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta". Capote escribe: "apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa". Al final, Marilyn le dice "te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda".


Capote no lo duda y asiente. Pero también dice que diría más. Que diría... Entonces, la luz se iba yendo y a él le parece que Marilyn se mezcla con el cielo. Capote dice que: "quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: 'Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?'”... "Diría que eres una adorable criatura". 



Retomando lo que dijo Einstein... Marilyn debería haber usado las palabras de Lorelai Lee, el personaje que interpretó en Los caballeros las prefieren rubias, cuando habla con el padre de su prometido, que quiere impedir que su hijo, alocado y rico, se case con ella y acaba diciéndole, tras hablar con ella, que le habían dicho que era tonta. Marilyn entonces, fabulosa, replica: "puedo ser inteligente cuando conviene... ¡Pero eso no gusta a los hombres! Excepto a Gus. A él sólo le interesa mi cerebro". Marilyn hubiera sido una gran Holly Golightly y, así, estaría ahora en los prados del cielo.

jueves, septiembre 06, 2012

Frivolidad


"Me encanta encontrar nuevos sitios donde ponerme los diamantes".
Marilyn como una rubia no tan tonta en Los caballeros las prefieren rubias, film inspirado en la obra de Anita Loos.

jueves, diciembre 22, 2011

Las Nuevas Princesas

Lara Stone por Testino para Vogue Uk diciembre 2010.

La navidad. Artificio. Sin embargo, Capote estaba completamete en lo cierto cuando dijo que alquien era auténtico por ser genuinamente falso y, claro, viceversa. Quiénes somos y quién queremos ser es la eterna dicotomía a la que se enfrentan nuestras aspiraciones y nuestras realidades. El quién somos y lo que realmente somos junto con la forma en que los demás nos descodifican es clave. Las monarquías son cosa del pasado pero las niñas siguen queriendo ser princesas. No sé, quizá tenga algo que ver con lo que opina Elie Saab de que representan el cúlmen de las aspiraciones o quizá sea algo atávico relacionado con Jung y el inconsciente colectivo o con Freud y una pulsión sexual sobre la virginidad y el deseo.

Lara Stone por Willy Vanderperre para Vogue China diciembre de 2010.

El deseo es un elemento fundamenal en nuestras vidas y, de hecho, quizá debiéramos plantearnos si el amor no existe para vender vestidos y el Nuevo Testamento para que hagamos regalos. En lo que se ha venido llamando Biblia de la Moda, lo saben bien. y, por eso, cuando llegan las fechas de delirio y espasmo navideño, de celebración burguesa y ancestral, apelan a lo que más nos gusta. Y no tiene nada de malo.

Vogue España enero 2012. Maryna Linchuck.

¿No es una meta loable convertir la vida en arte y el arte en belleza? Estoy harta y aburrida de la cantinela del qué significa. Nada. No significa nada. Somos seres compulsivos, nacemos y nos reproducimos hasta morir igual que uno de los virus que se instalan en nuestro cuerpo hasta matarnos, pero nosotros lo hacemos a gran escala en el planeta. Llevamos dándole vueltas a la cabeza sobre el significado de la vida, probablemente, desde que aparecimos en el Universo y, además, seguimos en igual situación. Somos unas fieras. Quizá con piel de cordero. Y por eso nos gustan tanto las princesas.

Editorial de Lara Stone por Testino para Vogue Uk diciembre 2010.

Parece que en Dior han acertado de pleno con sus tres iconos para 2012: Marilyn Monroe, Grace Kelly y Marlene Dietrich porque los caballeros sí que las prefieren rubias. Y no sólo  los caballeros. A las puertas del aniversario de la princesa de Mónaco, su chic, su boda, su estética y toda ella se convierten en tendencia. Eso es lo que Vogue jura. Sobre todo Vogue España que, en su número de enero de 2012, apuesta por las nuevas princesas de las tendencias con la rubia favorita de Hitchcock en el punto de mira.


Un cisne es el ideal de mujer que se lleva. De alta cuna y de baja cama. Elegante, grácil, serena, de hielo, con pedigrí, con clase -y clasista- y envuelta en tules como una flor. Dior, Balmain y Charles James convirtieron desde los 50s a la mujer en un objeto, en un bello maniquí de miles de pétalos que brillaba envuelto en el rocío de la mañana. Poderosamente sexualizada, la intimdiad se guardaba entre bustos armados, capas de tela y zapatitos diminutos. Aquel viejo cuento de cómo Cenicienta perdía su zapato a posta para volver loco al príncipe con su pie diminuto... El príncipe resultaba ser un ingenuo y Cenicienta, la pobre, una mujer fatal. Qué bonita historia sobre el fetichismo.


No hay nadie más royal que un burgués y eso somos nosotros: pequeñoburgueses. Nos encantan las bodas de los príncipes -sobre todo vistas en la televisión-, comprar Hola para diseccionar quién llevo qué y cómo y soñar, desde la intimidad de nuestras casas, con una existencia menos funcional y un tanto más absurda. Antes de que el siglo XX fuera convulsionado por la Gran Guerra, el XIX aún no había acabado y tampoco la hermosa confianza en el progreso. Y, en medio de toda la decadencia previa a la Primera Guerra Mundial había una noción deliciosa: la belleza.


Lo bello es un concepto tan pasado de moda como el honor y, probablemente, igual de pedante. Sin embargo, igual que en el trabajo de Lagerfeld para Chanel y el de Valentino e Yves Saint Laurent al final de su vida para sus respectivas marcas, la decadencia es hermosa. Algo debe tener el ser humano inmerso en su código genético que le hace volverse más y más romántico con los años. Quizás sea la mediatización o un componente biológico que se basa en el mero afán de conservación. Quién sabe. Lo que sí que sabemos es que de las chicas de los 80s con cazadora de cuero llena de tachuelas que se protegen como un erizo de cualquier agente externo, hemos pasado a las beldades frías, virginales, delicadas y deliciosas que viven como Mariantonietas de hoy (y que incluso puede que tengan su mismo final trágico).


Carine Roitfeld ha sido sustituida por Emmanuelle Alt al frente de Vogue París y aún apuesta por Bowie (Kate Moss es su portada de diciembre de 2011 con semejante "transfiguración" reptiloide) pero es la única. Bueno, siempre hay algún despistado más pero ya no queremos ser superwoman. Ahora queremos ser damas. Se acabó toda la cantinela de chico y chica y de todo lo strech, estamos en crisis, se venden más barras de labios y Dior ya nos devolvió la moral bajando las faldas y embutiéndonos en un corsé. Y lo que nos gustó...


El icono de la mujer de los 90 (y de hoy) -!cuánto daño!- es Sexo en Nueva York. En el primer capítulo Carrie mataba todos los tópicos de un golpe: sexo sin amor, vida corriente y glamour. Soltera sin aspiración de matrimonio y con un cuerpo para lucirlo. Nadie desauyuna con diamantes, dijo. La periodista, la abogada, la galerista y la representante eran el prototipo de todos los tipos de mujer y de sus aspiraciones: guapas, con éxito, trabajadoras y con problemas. Nada de malo. Al contrario. Sin embargo, será eso de que nos vamos haciendo ñoños con el paso del tiempo porque "mis" chicas -las chicas- pasaron a casarse, reproducirse, comprarse un ático en medio de Nueva York y comer perdices con el guapo millonario.


Va a ser que no desayunamos con diamantes pero que lo seguimos queriendo.
Y, de verdad, no hay nada de malo.
Solo hay que atreverse a ser una princesa.


miércoles, octubre 13, 2010

Blanca Va La Novia


Pienso en la contemporaneidad y en las tradiciones. A veces uno se estanca con un target de mercado y cuesta salir -o entrar- en la mente y en la vida de cierto público. Marilyn Monroe cantaba que los diamantes son los mejores amigos de la mujer pero Holly Golightly borraba de un plumazo todo aquello al decir que "veía los diamantes divinos para señoras mayores pero no para ella".

Y ahí se encontraban las firmas de diamantes. Las abuelas de la 5º Avenida no vivirían para siempre y, las nuevas fashonistas parecen preferir un bolso de Dior o de Gucci a unos chatones de brillantes o a una pulsera comprada por su flamante marido. Parece ser que un Porsche está más valorado que una tiara y que, además, !qué demonios!, ya nadie se pone eso.

Las joyerías, aparte del halo de glamour y de lujo, de prestar joyas a estrellas del cine, surtir a unos cuantos snobs y dar anillos de compromiso a algunos jóvenes yuppies y a algunas prometedoras pijas ven cómo su clientela va muriendo o desapareciendo.

El reclamo de la belleza y la elegancia perenne se desvanece con las chicas que quieren estar de moda cinco minutos con un vestido de 30.000 dólares para pasar a la semana siguiente al bochorno si no llevan el Nuevo It Must de la temporada en forma de, no sé, ¿un bolso de pitón morado con cascabeles azules y una ristra de pelo falso prendida del hombro?. No hay sitio en nuestra vida para los diamantes.

Sobre todo porque Audrey Hepburn logró hacer auténtico lo falso y actualmente casi todas las ¿estrellas? logran hacer falso lo auténtico. Con iconos así, entrar en Harry Winston parece improbable, muy improbable, en cambio, entrar en el nuevo garito de Prada es un hecho. ¿Cafetería, ropa, bombones, flores y alguna celebritie? Por supuesto. ¿Miradas por encima del hombro, bandejas con chucherías, miradas de soslayo y el vigilante pegado a tu chepa si miras cualquier cosa o pides probarte algo en Chopard?. No gracias.

No obstante.
Parece que se han dado cuenta y que vuelven a cargar.

Por lo pronto, la publicidad deja a las matronas enseñoreadas, a las sirenas del Old Hollywood y pillan de sopetón a una novia joven, tersa, poco convencional y muy moderna que mata el hambre con un sandwich. Y que además, oh casualidad, lleva un brillantón en el dedo.

Estamos cambiando.
A bien o a mal, según se mire.
Pero cambiando.