Mostrando entradas con la etiqueta Pretty Woman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pretty Woman. Mostrar todas las entradas

martes, diciembre 18, 2012

Mujer De Carácter




En 1990, Helmut Newton fotografió a Julia Roberts. Eran los años de fama por Pretty Woman para la "novia de América" y del inicio de la historia de una de las películas más destacadas de la historia del cine. A Pretty Woman le ocurre un poco como a Casablanca, es una de esas películas que mientras se hacen no se sabe, y cuando salen, vaya si se sabe

El papel de prostituta redimida y redentora consagró a Julia Roberts como una actriz definitiva para las comedias románticas. Tras ella llegaron Notting Hill o Novia a la fuga también con Richard Gere y, sobre todo, Erin Brockovich, por la que ganó un Oscar a Mejor Actriz y conquistó la Alfombra Roja con aquel Valentino vintage que inició, de alguna forma, todo el establishment de hoy.  

Helmut Newton odiaba fotografiar a actrices porque decía que siempre le preguntaban: "y ahora, ¿a quién interpreto?" y que él se ponía enfermo ante tal incompetencia. Es curioso esto, porque a Helmut Newton le gustaban -todas- -y mucho- las mujeres. Tampoco le gustaba que las actrices fuesen, en general, más pacatas que el resto de sus modelos y no estuvieran dispuestas a dejarse fotografiar desnudas o con ropa interior provocativa o en poses de dominatrix. Hoy, incluso Ellen Von Umberth, tiene fotos de actrices con un tono erótico pero siempre comme il faut lo que, por otro lado, en mi opinión, quita toda la gracia. En estas imágenes, uno reconoce a Newton. No el auténtico Newton que le ponía correa a la criada que señoreaba Claudia Schiffer y que, en venganza, se tiraba a su marido pero sí el Newton con su propia marca. Y eso se agradece. 

Quizá es porque le pareció curiosa la cara de Julia Roberts, al menos eso le decían a ella en los castings cuando se inició, que tenía una cara rara (y que no sería una estrella). Ya. 

domingo, octubre 14, 2012

La Dama De Rojo


 -¿Estoy bien?

-Mmmm...
-¿Mmmm...?
-Te falta algo.
-Pues te aseguro que en este vestido no cabe nada más. 
-Quizá haya algo en esta caja... 



Pretty Woman es esa película que marcó un antes y un después en la historia del cine, del amor y de las historias del chico conoce a chica y viceversa porque, además de retratar a la perfección la sociedad decadente y posmoderna de los 80s, muestra a unos personajes que lo tienen todo y no tienen nada. Sin embargo, más allá de todas las consideraciones fílmicas, la peor película sobre los sueños nunca escrita y nunca vista es, eso que todos queremos ser, un clásico. Clásico es lo que vuelves a ver cuando lo ponen por televisión y sabes que, además de verlo, va a sacarte una sonrisa. 


Es imposible ver Pretty Woman y no emocionarse cuando Vivien va a la ópera. Y está tan, pero tan, hermosa.

miércoles, mayo 23, 2012

Lunares


Me chiflan las mujeres que están guapas de lunares.
Y, para muestra, dos botones: Lady Di -con un parasol de infarto- y Julia Roberts en Pretty Woman.

miércoles, abril 20, 2011

El Propio Pasado Y El (Im)Previsible Futuro



Sabía que había visto estos colores en alguna parte. Y no solo porque el rosa sea el color de la temporada, que lo es, sino porque también estuvo en nuestro pasado. Este rosa émpolvado se llevó a finales de los 80 cuando los tonos de Miguel Ángel parecieron ponerse de moda en la ropa. Mucha gente no lo recuerda o no lo sabe porque la memoria colectiva de los 80s se reduce a ciertas veleidades Almodovarianas o la era del sida y Halston que es barrida automáticamente por Mugler, Montana y Alaia o Versace con sus melenas rubias, sus caderas estériles y los andares de valquiria del inframundo. Pero estos años también estuvieron.


Unos años en los que a Lagerfeld le dio por un Mediterráneo que tiene muy abandonado. A Lagerfeld le interesó la luz del sur de Francia, el mar que parece de postal, los cielos azules y los campos de lilas llenos de trigo en los que vino, vida y amar se hacen uno entre sábanas blancas y los sonidos propios de la cosecha y la jornada de sol a sol. Es cierto que su visión era lírica, melancólica y propia de una Arcadia que no podía ser pero aún así la bellísima teutona rubia, la Schiffer, tendía y recogía su ropa entre una luz celestial vestidita de negro Chanel, miraba al sol y al cielo con un vestido blanco y el pelo hecho trenzas en lo alto de la cabeza o paseaba entre campos de espigas verdes y oro buscando la vida que se escapaba entre respiraciones.


Luego Karl Lagerfeld volvió a Alemania, se olvidó del sur de Francia que es España con sus toros, sus acueductos romanos, sus templos antiguos a los que las floren les crecen por las esquinas, se olvidó de las manos ancianas que bordan, de los niños vestidos de perlé cuando gatean y las niñas vestidas de piqué cuando corren. Se olvidó de las mañanas de domingo, de las tardes de viernes y de las mañanas de lunes y puso sus ojos en una Europa más fría, menos cálida, menos risueña, más desarrollada y envolvió a la rubia que vivía en el cielo de los viñedos en tweeds, en cueros y en insignias metálicas delante de las puertas de Berlín.


Poco más tiempo le ha dedicado Lagerfeld a la melancolía después. Más bien nada. Le ha absorvido el presente, el presente convulso de la tecnología, la acción, las heroínas de ciencia ficción, el poderoso dolar verde y los desvaríos de cantantes de rock, de Briggite Bardot y de la adolescencia teen que tiene blogs y ego y dinero para gastar ("pasta larga" que diría Vivian en Pretty Woman). Los pantalones llegaron a la Costura, el vaquero revolucionó el mundo de tweeds, perlas y acolchados en Chanel y Lagerfeld se plantó el mundo por montera haciendo que en Chanel se vetara a todos los que tuvieran demasiada edad celebrando los cantos a Narciso, bello, joven y maldito antes que a la senectud del invierno.


Se ha dedicado a las jovencitas de risa fácil, de taconeo tonto, de murmullo demasiado alto, de fugacidad contenida, de juventud ignorante y ha olvidado un poco a aquellas grandes damas que corrían por la Ópera diciendo no, que cantaban con sus balcones en pleno París la balada al desamor del egoísta, que creían que a un hombre nunca se le odia tanto como para devolverle los diamantes y que no sabían nada de gatas sobre tejados de cinc calientes olvidando que Tiffanys no era una primera necesidad sino una bagatela de la indiferencia. Chequera, pitillera de oro y pluma Cartier. Perfume algo antiguo y ramilletes de peonías por una casa con más de Gagosian que de Colette. Y desde luego, más de Sorolla que de Warhol.


Supongo que las jovencitas le han traído alegría a Lagerfeld sobre todo en los pequeños detalles. Son coquetas, caprichosas como gatitas y divinas. Tienen ese joi de vivre que entusiasma y que lleva a hincar la rodilla en tierra con un anillo que no se puede pagar dentro de una caja de terciopelo y de prometerse por toda la vida cuando solo se alcanza a pensar en los siguientes veinte minutos. Se contonean deliciosamente, aún no saben nada de amarguras y solo piensan de la femineidad que es algo que sirve para divertirse y disfrutar, teniendo que arquear las cejas cuando oyen esa vieja consigna de Prada que las habla de "femeninas pero no débiles" porque ellas no saben aún ni de fortaleza ni de adversidad ni de vacas flacas. Piel tersa y expresiones candorosas es lo que tienen... y bueno, quizás también... ganas de príncipe azul.


Porque al fin y al cabo, el amor es lo que ronda por todas las colecciones de Lagerfeld. Amor que se consigue por la belleza, por el ingenio, la sofisticación y el querer ser mejor para estar con el otro. Lagerfeld no sé si sabe mucho de amor, de amar... tiene el lirismo de un poeta  y la frialdad de un genio para con las pasiones, cuando quiere fuego es un volcán y al siguiente segundo extiende una lengua de hielo por el magma dejándolo muerto. En sus colecciones veo mucha más sofisticación, mucha más delicadez, mucha más amabilidad, simpatía y erotismo que amor.


Aunque siempre destaca el amor por el trabajo bien hecho. Que supongo que para los solitarios como Lagerfeld o como la propia Chanel es una prima de satisfacción. Coco se paseaba con aquel cigarro de obrero entre los labios dando órdenes y diciendo "esa sisa así no, que tira, cruza los brazos para que no sea estrecho, muévete, ven ven, aquí, si, aquí, dejénme a mí, yo lo haré, no saben hacer nada, a ver... cruza ahora los brazos, ¿ven? todo está bien cuando se pueden cruzar los brazos..." y seguía fumando mientras tanto. En cambio, Lagerfeld se deleita en los bordados -esta colección de HC primavera verano 2011 está confeccionada bordada íntegramente, hilo a hilo sobre una mesa con pasador- y en el brillo de las aves que vuelan en la noche.


A veces parece que se vuelve francés porque veo sus Maria Antonietas, sus recogidos versallescos, su afectación excesivamente brillante, vibrante, cursi, ñoña, rosa pastel, blanco cristantemo y ampuloso el perifollo pero otras me parece solo delicado. Se que todas sus Maria Antonietas piensan en su Petit Trianon, en sus gallinitas, en sus huevos, en la vida silvestre, en las margaritas, la leche fresca, el agua del abrevadero, la noche estrellada y en el amanecer. Y eso sólo tiene una explicación...


Cuando le preguntan, Lagerfeld dice que se inspiró en aquel cuadro de Marie Laurencin que Chanel rechazó porque no se encontraba en él, porque aquel delirio de los años 20 con una Coco modosa, lánguida, perfumada como una diva de Cabaret apartada de la vida de cocotte poco tenía que ver con esa Chanel que ella era y que ya no recordaba nada de las canciones que le susurraba a Etienne Balsan. Pero yo sé la verdad. Lagerfeld nunca ha podido quitar de su mente aquella rubia riseuña que corría por los prados del cielo envuelta en violetas y en rosas frescas que aún conservan su olor, que tomaba vino apoyada en la baranda y que lo mismo era capitana que timonel con tal de arrancar una sonrisa al hombre de su vida, sí, ese que hace la foto. No quiero decir nada más sobre los viejos tiempos, son viejos pero... fueron tan buenos. 

miércoles, julio 29, 2009

Pretty Woman


Pretty Woman es, probablemente, la peor historia sobre sueños escrita nunca. También, una gran película. De esas que puedes ver un buen número de veces y no acabar harto porque siempre esperas que él aparezca ante Vivian y confiese que la quiere como nunca ha querido a otra y que, ella con champagne y fresas es todo lo que se puede a pedir a una persona.


Han llamado a la película la versión moderna de Cenicienta. Sólo que, ella ha pasado de princesa a pareja y, de maltratada cenicienta a puta de "the dream hill". Es el precio de la modernidad y de los remakes made in Hollywood. Aún así, la historia de Vivian y Edward marcó una suerte de antes y después en la historia de las comedias románticas.


Ya todo no tenía que ser tan perfecto. Ella no tenía porqué ser Doris Day y, él, podía ser un cretino, algunas veces. Además Pretty Woman marca la filosofía de la época, los 80s fueron la década de los yuppies que se hicieron ricos y de las mujeres jarrón más anchas en los hombros que en la base por obra y gracia de las hombreras. Además, en los 80s la marca clave era Cerruti y no Gucci.


Quizás lo más importante que Pretty Woman hizo no fue mostrar que las dependientas de las tiendas de lujo eran tremendamente antipáticas sino que, el dinero no puede comprarlo todo. De alguna forma, Pretty Woman decía que, a veces la vida nos da sorpresas que no nos esperamos. Y que, resultan agradables.


Uno se pasa la película sabiendo que, en el momento en el que llegue el final, no acabará de entender los mecanismos del hombre. Uno no sabe si al final todo volverá a ser igual, o cambiará drásticamente y, al fin y al cabo, todo el mundo sabe que son dos caras de la misma moneda.


Sí, quizás la escena más famosa es la de Vivian en el probador. Pensando que las cosas no son como parecen, que los sueños acaban con la mañana pero, al mismo tiempo, mientras la música resuena dentro de tu cabeza, los sueños no acaban nunca. Vivian sabe que su historia tiene un final, lo que pasa es que es difícil atisbar cuál es el que nos corresponde.


Edward también lo sabe pero ninguno quiere reconocerlo. Es triste que por no reconocer las cosas el último sonido que oigamos sea el pitido del ascensor que indica que nuestra estancia en el hotel ha terminado. Y que nuestra vida, ésa que empezamos en esa habitación sin nombre, con el amario vacío y con la ventana abierta, ha terminado.


Pero no siempre se pueden arreglar las cosas. Lo único que cuenta es saber si eres o no una de esas personas.


De esas personas que no mueven un dedo por una causa perdida o, de esas personas que sólo viven para las causas perdidas.



Y, al final, es otra historia que trata sobre la salvación.
Pero, de otra forma, que es lo que cuenta.