Mostrando entradas con la etiqueta Tom Ford. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tom Ford. Mostrar todas las entradas

domingo, septiembre 22, 2013

Carolyn Bessette Kennedy Por Tom Ford



"In photographs, she always appeared quite cool and aloof, but in person she was exactly the opposite. She was warm and engaging and had an almost magnetic sex appeal. She was polished and slick, yet she had great charm and, of course, great style. She was individual. She was a true beauty."
Tom Ford sobre Carolyn Bessette Kennedy





Muchas fotos de CBK parecen sacadas de una campaña de Ralph Lauren, si son en color especialmente y fuera de eventos, más bien en el campo, la playa o la ciudad. En cambio, cuando va de gala o de fiesta parecen de anuncios de Calvin Klein, siempre de negro o de blanco, vestida a bloques de color y con cortes originales que la hacen destacar sobre la multitud. 

viernes, septiembre 14, 2012

En Busca De La Inspiración Perdida



Tom Ford. Tom Ford en Gucci. Invierno de 2003. Carmen Kaas parece Bimba Bosé y todo tiene un aspecto pecaminoso, sexy y lujoso. Muy lujoso y muy actual.



Siete años, catorce temporadas después, Altuzarra invierno de 2010 presenta una colección basada en esa colección. Inspiración lo llaman los críticos generosos. Copia, los mucho menos generosos. -A mí me chifló la capa, lo reconozco-.


Para el verano de 2011, una desconocida marca (Tufi Duek) que desfila en Brasil, presenta una colección tecnológica, de factura limpia, con marcada raya al medio como peinado y unos preciosos zapatos.


Y, cuando Alexander Wang presenta para verano de 2013 una colección que toma el vocabulario de esa de Tufi Duek, se arma un escándalo en la Semana de la Moda de Nueva York.


Sin embargo, hasta aquí, es lo que todo el mundo ha dicho. Yo añado una cosita más: Helmut Lang, hace doce años y veinticuatro temporadas, en primavera verano de 2001.



Qué poco cambiamos.
Aunque Angela Lindvall sigue tan guapa como siempre.

jueves, agosto 30, 2012

La Vulgaridad

Madonna para Gaultier.

Hay muchas personas vinculadas al mundo de la moda que han desarrollado sus carreras en torno a la vulgaridad. Los nombres más evidentes son Helmut Newton, Guy Bourdin y Vivienne Westwood. A ellos, hay que añadir Versace. Y también Jean Paul Gaultier. Y Mugler, Montana y Alaia. Todos ellos tienen una vulgaridad auténtica que, por otra parte, no es vulgar. Es excesiva, un tanto irritante y quizá algo cansada pues tiene un poco un deseo de epatar. Pero no es provinciana.

Campaña de Blumarine, fotografíada por Helmut Newton en 1991 con Monica Belluci.

Cuando Newton fotografíaba a putas no lo hacía por escandalizar, no, lo hacía porque las putas le gustaban. Y porque creía que tenían un gran sentido de la moda. El lenguaje de las prostitutas era interesante para Helmut Newton que, consideraba que, ligas y látigo eran sadomaso y combinación y faldita a la rodilla era complejo de Edipo.

A Versace también le inspiraban las prostitutas, de hecho, diseñaba para ellas. Pensando en ellas, se entiende. Versace diseñaba falditas traicioneras, escotes imposibles, melenas rubias al viento, muslos y senos firmes y necesidad/capacidad por/de llamar la atención. Versace sabía convertir a una valquiria en una jovencita virgen y tímida, sonrojada, cambiando el escote y la cintura. Si ponía una faldita de tablas la colegiala era Lolita, si bañaba la falda en un color metalizado, se convertía en un súcubo. Pero no lo hacía por escandalizar.

A Guy Bourdin también le gustaba el sexo. Tiene algo setentero y un poco pasado de moda -en el mal sentido- que no baña las fotos de Newton que son actuales, eternas e inspiradoras. Es atrezzo y ficción pero tan falso que es auténtico. No es vulgar aunque golpea más que la obra de Newton que, ésa sí, se hunde como un bisturí y no como un hachazo.

Vivienne Westwood es magnífica. Tiene esa dualidad de cuando Capote y Marilyn charlaban de que Errol Flyn tocaba el piano con su pene. La Westwood hizo lo propio en una sesión de fotos, aunque la cosa en ella era que no llevaba bragas. Como Isabella Blow.

Jean Paul Gaultier pasa por la enciclopedia de la vulgaridad maravillosamente. Subió a Madonna a la pasarela y la sacó las tetas. Madonna es bastante vulgar porque se le nota el ansia. Ansia viva. Sin embargo, Gaultier no lo hacía para escandalizar sino porque ese es su universo. Bebe de la cultura underground, de los negros, de los tatuados marginales de los 80s/90s que eran neonazis, de las africanas con collares que les deforman el cuello y no se pueden quitar nunca. Gaultier pulió y llevó al paroxismo lo que Chanel ya intuyó: que la moda es lo de la calle. Pero lo que en Chanel era etéreo, en Gaultier era un vómito.

Luego todo degeneró.

Kate Moss para Gucci por Tom Ford, verano de 2001

Llegó Tom Ford -mala copia de YSL- con Carine Roitfeld -que se cree una mezcla entre Diana Vreeland y Betty Catroux- y Mario Testino -haciendo de Helmut Newton, claro, pero con un grano en sus imágenes-. Y la verdad es que ellos lo consiguieron, lo que en Chanel era genial -la moda y la calle-, en Gaultier era la puntilla -azotar a la calle-, en el trío de que definió el porno chic -y que siguen ahí, Carine yendo de brava, Tom Ford de el mejor y Testino de leyenda viva de la fotografía- hay mucha vulgaridad. Sin más. Nada de la perversidad de Helmut Newton, de la artificiosidad de Bourdin -casi daliniana-, de la naturalidad de Versace o del histrionismo de Vivianne Westwood. Qué va. Pero Ford, Carine y Testino creen que son lo nuevo, el espíritu del tiempo. Sí, claro.  De la vulgaridad mala, de la vulgar. Sin sentido ni sensibilidad.

lunes, agosto 20, 2012

Nosotros Y Los Sesenta




















Es un poco preocupante el tema de en quiénes nos estamos convirtiendo. Es pasearse por las tiendas Zara, verbigracia de Amancio Ortega, y encontrarse con una invasión de lo que realmente vemos en las calles. El tipo de mujer que compra en Zara es la de la multiculturalidad. Puede ser una musulmana radical pero podrida de dinero en los Emiratos Árabes, una cosmopolita neoyorkina emigrada de Ohio que quiere ser un remedo de Carrie Bradshaw o de Anna Wintour, una española madre de familia, funcionaria, harta de que le bajen el sueldo y de que se cite a Larra mucho y mal, una australiana sexy que se enrolla con su novio surfista en una playa o una trabajadora de alta categoría en un banco de Suiza que come chocolate y corre cortinas de los departamentos destinados a la intimidad de las cajas de seguridad privadas.

El caso es que si uno se pasea por Zara seguimos encontrándonos con lo que llevamos viendo desde fines de los noventa e inicios de los 2000... es decir, un poquito de la agresividad sexual de Tom Ford, un poquito de estilismo de los 80s de la mano de Carine Roitfeld -zapatos de tacón de aguja con tiras que reptan por la pierna, cuero, chicas saludables y sudor- y una mezcla de locura festiva de Galliano y demencial de McQueen fotografíadas por Testino y encaradas en Gisele Bundchen. Pero diez años de una moda en la que todo vale pero que nos ha dejado a todos convertidos en unos rockeros modernos, modernos por necesidad, entachuelados, encuerados, elastizados y con hombreras, botas de pitón y cinturones con calaveras y los ojos como de mapache, hacen que nos preguntemos hacia dónde vamos.

Hay mucho que decir sobre la vuelta de tuerca de esos decrépitos 80 que vuelven y vuelven y no se van ni a tiros de nuestros armarios. Parece que seguimos fascinados por Studio 54, por los Jagger, por Bowie, por Gianni Versace y por Marilyn. Ni siquiera el impulso que producciones como Mad Men le han dado a los sesenta nos convencen de que estamos aburridos de la década de la coca, los yuppies y el sexo colocado. Los ochentas fueron unos años muy cool pero ya cansan. Estamos hartos de ser esos niñatos repeinados y esas chicas con melenón y pendientes de aro. Los sesenta de Mad Men tampoco nos gustan y por eso no han triunfado.

Porque los hijos, esa Sally Draper, molaban más que sus padres. Pongamos por ejemplo a Don Draper. Don lo tenía todo. Tenía a Doris Day haciéndole tartas y criando a sus niños como una Grace Kelly revivida. Tenía el coche caro, la amante complaciente y un poco pirada de rigor y dinero, el trabajo y hasta un pasado glorioso u oscuro -al gusto de cada uno-. Pero era alma torturada. En los 80s no había almas torturadas. Había noches sin fin, tajadas sin fin y mucho sexo. Lo que en los sesenta se insinúaba con sujetadores cónicos y secretarias sacadas de una peli porno bastante posterior, en los 80s estaba ahí, rodeándonos. Era eye linner y sexo, trabajo y sexo, sexo y sexo.

Y la verdad es que el sexo vende.

Porque están muy bien las tribulaciones de Don Draper para verlas pero, por favor, qué vida esa para vivirla. Los que cortaban el bacalao en los sesenta habían vivido la II Guerra Mundial, estaban traumatizados por sus padres que les decían que había carta de racionamiento, Gran Depresión y que ellos jugaban con pelotas de fútbol hechas de no sé madera. Que ya tenían bastante. Luego, cuando fueron mayores, se divorciaron de sus mujeres perfectas, llevaron a sus hijos al psicólogo, les compraron de todo para que no les faltara de nada como a ellos y les dijeron que todo estaba al alcance de su mano. Así que esos fueron los que mandaron en los 80s. Los criados ganando y para ganar. Y cómo nos gustan las historias de perdedores pero cómo deseamos triunfar.

El problema que tenemos nosotros, en nuestra década 00 que se prolonga a los 2010s, es que nos parecen geniales los niñatos de los 80s que estaban metiditos en la Guerra Fría. Nos gusta la laca, Dallas, el petróleo, la coca, la música alta, Warhol, los cócteles de nombre raro y el fiarnos de los desconocidos -en los 80s era para echar un polvo pero ahora es para charlar en Twitter- y así nos va. Claro. Pero es posible que vayamos entrando en razón...

Y lo digo por lo que está ocurriendo en Dior. Al tiempo, es posible que Dior se vuelva a poner a la cabeza de los cambios en el mundo de la moda. Y no sólo por Raf Simons, el sustituto de Galliano (porque los sustitutos temporales de Galliano fueron, pobrecillos, para echarse a llorar, a reír y por la ventana en ese orden), sino por todo el equipo. Muestra de ello es la publicidad. La publicidad de la casa. Las campañas de Eau Sauvage, deliciosas no, más, muestran más o menos cómo hemos ido evolucionando de mentalidad. Fue Gruau quien inició las campañas de la marca con mucho estilo. Con mucho estilo de verdad. Eran estilosas, desenfadadas y fueron un éxito rotundo. Con el paso del tiempo se fue prefiriendo la fotografía y llegaron los hombres en vez de las insinuaciones. Hacia los ochenta aparecieron verdaderos cuerpos diez y en los noventa y en torno a nuestra época hubo come backs a la ilustración y a las viejas esencias del dibujo. Y más cerca de nosotros primeros planos bastante sosos. La verdad es que hemos ido perdiendo gracia. Lo mejor es Gruau. Qué duda.

Pero lo interesante viene ahora. La primera imagen es Alain Delon. Es la campaña que toca ahora. Y la última, la de la mujer leopardo, es la imagen de Dior -maquillaje- del invierno 2012 2013. Y hace buena pareja con el encanto del joven Alain Delon. Alain Delon y ese aire un poco demodé pero chic a rabiar son los sesenta y los setenta, los setenta que eran interesantes no los del final de los setenta. Y es que los sesenta fueron mejores que los ochenta, década que ya cansa, ya aburre... Los sesenta setenteros tuvieron a Marisa Berenson y todo lo que realmente interesaba. Sexo de calidad pero con sentido, drogas para divertirse no porque era lo in y moda divertida. En este ir y venir de Dior, descendente y ascendente, quedan claras no, clarísimas las intenciones de la casa. Por cierto, el perfil de Simons no es el de Marc Bohan pero los años de Marc Bohan en Dior fueron maravillosos no, lo siguiente. Y no hay nada más sesentas setenteros. Ay señor, lo poco que cambiamos y lo que apetece el verano en la piscina, Alain Delon de amante y Romie Schneider.

sábado, julio 14, 2012

Cool And Chic

Seis. Estaba convencida de que eran cinco y, no, son seis. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y ¡seis!. Cuando empecé a escribir este blog, un amigo me  preguntó qué iba a hacer con él cuando pasara el tiempo. Bueno, el tiempo pasa. Este año se cumple el quince aniversario de la muerte de Gianni Versace. Versace fue sensacional. No hay palabras, es el diseñador -El Diseñador De La Imagen-. Alexander McQueen e Yves Saint Laurent también han dejado de hacer historia en la moda. Saint Laurent, durante una época, lo hizo todo. Todo. Trabajó en Dior a la muerte del propio Christian Dior, un maestro con el que se entendía sin necesidad de hablar. Dior y el argelino eran igualmente supersticiosos pero, mientras a Dior le mató un bombón -¿una sardina?-, a Yves Saint Laurent fue la edad, el paso por el frente, la adicción a las drogas y el tiempo. McQueen se suicidó. Consideraba que en sus colecciones se veía su mente. Piratas, psiquiátricos, báquides, basura, indianos, sirenas, ángeles...
Valentino se despidió de la moda. Fue él mismo quien decidió que su casa continuara en manos de otro, esa decisión ya la tomó YSL cuando hizo aparecer de la nada a Tom Ford y bien que se dedicó a criticar su trabajo. Inevitable. Valentino criticó salvajemente a Alessandra Fachinetti, su sucesora, hasta el punto de que fue despedida ipso facto. Ahora la firma la ha comprado la familia de la jequesa Mozah de Qatar, considerada una de las mujeres más elegantes -mejor vestidas- del mundo. El dúo de diseñadores que tienen ahora en las manos Valentino (Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Picchioli) han conseguido -ahogando todo lo que Valentino fue (y no, esto no es una crítica)- que la firma venda más. Y Valentino no les critica. Bueno, algo harán bien, digo yo.

YSL y Lagerfeld ganaron el concurso que les hizo aparecer en el panorama de la moda parisina el mismo año. Lagerfeld continúa con su carrera a día de hoy. Nada tiene que ver con lo que antes hacía, nada tiene que ver con aquellas maravillosas Claudias que paseaban en Chanel como valquirias. Nada. Lagerfeld aburre en su decadencia. Pero -sí, lo reconozco- Lagerfeld sigue teniendo su punto. Y le echaremos de menos cuando no esté en la moda. El tiempo no ha tenido nada que ver con que Lacroix ya no diseñe. Es el dinero. Que viene a ser lo mismo, más o menos porque el resultado es peor que si estuvieras muerto. Puedes y no puedes a la vez, fascinante. En el caso de Galliano, lo fundamental, es que ya no diseña. Todo lo demás, da igual.

En realidad, todo da igual. Pero aquí seguimos. Y que el tiempo se nos lleve cuando quiera.

viernes, marzo 18, 2011

Tres Olas


Como un tsunami. Tras la primera y la segunda ola del feminismo, tras la primera revolución de Coco Chanel y su segunda rentré en el mundo de la moda, tras el sexo descarnado en Gucci y la segunda versión de la hiperfemineidad de Tom Ford, Karl Lagerfeld decide que hay una nueva era Chanel en la que la luz se enfrenta a las tinieblas, el mal se enfrenta al bien, la noche lucha contra y el día y el resultado... el resultado es quizás lo más bello porque... ni hay noche, ni hay día, ni hay luz ni hay oscuridad... tan solo queda la bruma.


La nueva era de Chanel es sencilla, ya no hay dudas ni temores, ya no hay fríos ni calores sino tan solo personas.Seres, casi hadas, casi ninfas, casi Morganas, casi medievales, casi renacentistas, casi griegas, casi contemporáneas, casi industriales, casi comunistas, casi años 20, casi hermosas, casi antiguas, casi ... mágica.


Evidentemente, esto es Camelot. Morgana ahora lleva pantalones, Arturo tiene el pelo blanco pero está completamente en forma como último rey de la Costura y Ginebra.... ah la bella Ginebra. Ha encarnado a Lancelot ahora, como en aquella vieja historia en la que la doncella se vuelve guerrero y combate, no por un príncipe, sino por el alma de su reino. Karl es Arturo y Freja es Ginebra, bella, inmensamente bella. Stella Tennant debe ser Morgana, la hermana, la amante querida y olvidada...

jueves, marzo 10, 2011

La Reina Del Hielo


Lady Sarah Burton, una segunda en la sombra al estilo Frida Giannini o la italiana maldita, la Fachinetti, en el Gucci de Ford, al estilo Stephen Johns de Galliano, al estilo del personal de Prada o del equipo de Lagerfeld o, en general, de las "manitas" de todas las grandes marcas, y de las pequeñas, y, sí, por ejemplo, también de los grandes y buenos diseñadores de Zara, por poner un ejemplo. Pilati para Yves Saint Laurent también era un segundón y demás... incluso Paul Poiret fue un segundón en varias casas, entre ellas, en Worth.


El problema de todo esto es la vieja dicotomía de la que ya Poiret fue consciente, mucho antes de que la tiranicida Chanel eliminase el corsé de forma definitiva y un poco antes de que Fortuny convitiera Europa en un harén griego y persa al tiempo. O montas tu propia firma, o si trabajas para otros tu estilo se difumina, se borra, se diluye, acaba siendo de los otros, acaban comprando en Worth con firma Worth las obras de la mente de Poiret y cuando -hipotéticamente- te arriesgues a crear tus propias obras la gente solo verá Worth pese a que "ese" Worth era Poiret. Básicamente, casi 100 años después, ese es el problema de McQueen. El que es sin ser y sin saber si los sueños son sueños o no.


Sin duda, esta colección inspirada en la Reina de la Nieves, en la Reina del Hielo es, exactamente eso, fría. Todo podría haber salido de la pluma de McQueen: los zapatos altos y descontextualizados, las cascadas de rosa bajo corsés renacentistas casi esmaltados como la porcelana de Sevres, golas españolas ahogando el cuello, androginia modernista casi de ninfa de Mucha e incluso algo de futurismo. Los vestidos parecen cincelados en bloques de hielos de los que sale una mujer como Atenea salió armada de la cabeza de Zeus, la primavera fértil se ve ya en la nieve estéril y se aventura que sí, que será un buen año. La tecnología metálica y extraña, casi sinuosa, se entrevé en los pasos del principio donde los abrigos parecen sacados de aquella colección de Chalayan en la que una mesa se volvía una falda y una mujer vestida entero era absorvida por una pamela hasta aparecer desnuda.


Pero sí, solo hay que fijarse un poco. La Reina del Hielo está muerta, quiere hacer creer que está viva, que el invierno es poderoso, que la muerte recorre los caminos con hielo y que, quizás, antes de la primavera uno se tope con la Parca. Pero, al final, es frío. McQueen sin McQueen se queda en un amago, tierno, bueno, tranquilo, plácido, que no daña la vista pero que tampoco alegra el corazón. Amago al fin y al cabo. Es cierto que de esta forma la casa McQueen no es un fantasma, que no se pierde en el olvido, que uno no se lleva las manos a la cabeza para decir "Dior debe revolverse en su tumba cuando Galliano saca clochards en la pasarela", que uno no dice "Coco Chanel le partiría al kaiser la cara si viera su afectación en la marca, esa afición por repetir y replagiarse a sí mismo y esa defenestración de lo que Chanel fue en sus inicios". Pero no se espera como el agua de mayo con el que -yo- esperaba al Dior de Galliano ni al Chanel de Lagerfeld. Esto está, esto pasa y esto se ve y se comenta y todo está bien porque no está mal.


Pero este fantasma ni siquiera viste de negro como la muerte, porque no sabe que está vivo. Sarah Burton puede hacer una balance, sin duda, positivo. Nada es criticable, nada está mal, nada es horrible. Pero nada te deja sin aliento. Todo es bonito. Sí. Como el Valentino de Fachinnetti. Ser más Tom Ford que Tom Ford no augura nada bueno, ni ser más Valentino que Valentino. Al final, como no eres ni el uno ni el otro, desapareces. Hizo bien la Iglesia en quitar el limbo, ¿qué es el limbo?. Mucho peor que el infierno. Háganme ustedes caso, agénciense una moneda nueva para pagar a Caronte que es peor esperar que desesperar.

martes, marzo 08, 2011

La Gran Edad


Gaultier otoño invierno 2011, pese a que a veces mamarrachea, JPG es un gran creador, histriónico, de vocabulario fino, limitado y exquisito que repite en sus cosmogonías de pasarela un universo en el que ni todas las mujeres tienen la talla 32, ni hay un canon de belleza universal ni rige Occidente. Oriente no queda sumido bajo el dominio de Alejandro, el hoy no se reduce al pasado, la élite convive con los marginados, la multiculturalidad es más que una parte del discurso y de la imagen marketiniana de las relaciones públicas y siempre hay una sorpresa: Dita Von Teese hace un estriptease, Madonna sale con un parasol y un vestido con los pechos al aire o Coco Rocha -egh- hace una danza vestida de escocesa.


En su último desfile, Gaultier, no hace nada que no sepa hacer y, además, lo hace bien. Delirantes los detalles, sensacional la sencilla, nada afectada y elegante presentación, savoir faire y pret a porter. Que sí, que sí, pret a porter de ese antiguo, de ropa de diario de lujo lista para llevar. Una blusa de máxima calidad pero una blusa, la Alta Costura no se resume en vestidos de noche -¿a que esto es nuevo Elie Saab?- y el Pret a Porter no tiene porqué ser un sucedáneo de la HC en las firmas que no tienen una división de este tipo ni vaqueros rotos desarrapados al estilo Balmain -que oye también pueden ser HC, ¿a que sí Monsieur Lagerfeld?-.


Hasta Sissi y Eugenia de Montijo, qué demonios hasta Coco Chanel, la belleza necesitaba estar un poco entrada en años. No me entiendan mal, no es que los griegos no adorasen la juventud, no es que los efebos no fueran tan sólo jóvenes, no es que el ideal de la mujer no fuese la juventud y la fertilidad viéndose la madurez y la vejez como censurables y, naturalmente, no es que la búsqueda de la eterna juventud no sea humano pero, y aunque Brigitte Bardot fue portada a los 15 y que Carine Roitfeld -predespido- no supiera que una criatura de 15 es mejor que una de 18 incluso para describir sexo y carnaldiad puramente egocéntrica al estilo Tom Ford. No es que Lolita no sea siempre provocativa con su nombre musical de Lola ni nada de eso, simplemente es que, bueno ya saben, Katty Escarlata O Hara no dejaba de ser una niña, atractiva pero niña, y solo te enamorabas de ella cuando ya -no- era una señora -¿eh Rhett?-. Sí, era eso.


Gaultier, tras esas senectudes de Tom Ford de "yo diseño para los que compran y no para que se vea en Internet", con todo ese bla bla bla de "no se verá hasta diciembre y solo en 100 medios" y todo el jaleo de su discurso de los 60 millones de dólares, Londres -¿?- y no Nueva York y el marketing -sí-, llega Gaultier y, sin levantar la voz, tejiendo cual Penélope sin decir su plan, deja una estupenda colección que si no tiene nada de transfresora, es transgresora. Gaultier, que desde hace mucho mucho tiempo, antes de The Sartorialist y todo el rollo de "oh sí, yo es que me inspiro en la calle", ya se inspiraba en la calle, en las tribus urbanas, en el alma y en el sudor...


Conoce Gaultier tanto la calle, conoce Gaultier tanto a las mujeres, a las maduras que van a la compra con su carrito, a las ancianas elegantes al estilo Memorias de África, a las ejecutivas agresivas, a las ascetas de hoy, a los intimistas del amor, de la vida y a las almas tristes, fúnebres y oscuras que se desmelanan alocadas al más mínimo estímulo. !Y tiene tantos detalles delirantes!. El cabello gris, repeinado. Las gafas, los carros, las grandes maletas, los chales para la garganta, las pesadillas de la vejez, los calores, la comodidad del día a día, la ropa de domingos, las gafas de sol, las medias, la lencería de la buena, el color champagne, el beige, el gris humo, los años 80, el tabaco y el ser gumador social, las hombreras, las cadenas de producción, los monederos con muchas monedas, los talismanes, los pasos firmes, el puritanismo de "aquella puta de a 5 francos a la que llevé al Louvre y se sonrojaba por las estatuas desnudas".


Nos conoce tan bien Gaultier, que lo importante, sí, no es su ropa...
Es su radiografía.
Su Mea Culpa de Un Escéptico.
Bueno, nosotros somos los escépticos.

martes, noviembre 23, 2010

Príncipes Y Princesas


Éstas últimas semanas han sido ajetreadas en el amargo y dulce mundo de la prensa rosa, prensa del corazón, prensa amarilla y entorno social de la clase alta y baja, la media no porque esto no atrae tanto su interés como no sé, la llegada de nuevos productos a Massimo Dutti o a Zara.com o dónde cenar el sábado. Kate Midleton, Catherine ¿no?, se casa con el hijo de Lady Di. Le regala el mismo anillo que tuvo su madre y ella va vestida, muy en la línea de Von Fustenberg con un vestido azul. Nueva princesa en una Europa cada vez más republicana aunque, como todo el mundo sabe, la Casa Real Británica permanecerá mucho tiempo después de nuestra extinción porque ellos viven en su espléndido aislamiento.

También la semana ha sido sacudida en el terreno fashion -agh- por el regreso de Tom Ford con fotos que es lo que cuenta, al fin y al cabo. El rey del porno chic vuelve, ese hombre de pecho sudoroso, camisa abierta, actitud poderosa, algo de heroín chic y un poco de lesbian chic también entremezclado con Terry Richardson, camisas de seda, antiguos bolsos de Gucci, antiguos disgustos con Saint Laurent y nuevos acuerdos comerciales en perfumería y belleza así como una reputada línea masculina que comienza a despuntar para el hombre del siglo XXI, ese que quiere ser un hombre, ni un macho ni una nena. -Sigh-.

Por eso, y por la dificultad de reunir a ambos protagonistas en una imagen para resumir lo último del mundo del lujo, el glamour y las élites, surfeo mi archivo de fotos -robadas, ilegalmente, con intrusión, sin licencia de autor pero sin ánimo de lucro- y recuerdo a una Claudia Schiffer magistralmente pálida y féerica vestida con un Tom Ford de cuando diseñaba en YSL y le dio por crear La Blusa de la temporada -que Zara fusiló en unas horas por cierto- inspirada en las gitanas, en las mujeres romaníes, en el luto negro español, largo, siniestro, Zurbaranesco pero altivo, extracorpóreo y de una elegancia altiva y manierista casi como si se tratase de un Greco sin colores fríos teñido de drama español y que la Schiffer, aria donde las haya, se puso para una recepción en la que el Príncipe prometido-cuasi heredero - hijo de Lady Di estaba presente. Del lenguaje corporal del amigo no hablo. Pero Claudia está muy bella. Ustedes me entienden.