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jueves, noviembre 15, 2012

La Sencillez



Nunca hay que confundir la sencillez con la simplicidad. Ser sencillo, ser llano, no es ser simple. O, al menos, no necesariamente. También se puede ser "vulgar" -lo que la gente llama vulgar- pero ser, en realidad, muy sofisticado -y elitista- como lo eran, por ejemplo, las creaciones de Gianni Versace o de Jean Paul Gaultier y, también, las de Coco Chanel.

En realidad, fue Coco Chanel la primera que apreció y sintió la necesidad de sencillez, de claridad, de adaptarse a la vida... que tenía la moda. Es cierto, muy cierto, que Chanel se hizo su propia moda como Robinson Crusoe su cabaña: según sus necesidades. Chanel diseñaba pensando en sí misma, en lo que ella precisaba. Se dio cuenta de que necesitaba vestidos de noches lujosos pero que se pudiesen abrochar sin doncellas mediante y que no oprimieran a la mujer y la dejaran como en una pajarera pues Coco Chanel era el todo París y quería bailar, beber champagne y apostar. Fue consciente también de que la piel se tiene que llevar por dentro, para que abrigue. Y de que la joyería tiene que ser falsa para quitarse a uno mismo importancia pues no se puede pensar en divertirse si uno lleva una caja de caudales atada al cuello. Chanel era una snob. Una snob fantástica y audaz que se dedicaba a joder un poco a las mujeres, ella misma lo dijo (les insto a que lo capten bien, por favor). 

Fastidió a todas las aficionadas a los sombreros de cuatro metros y treinta kilos porque ella prefería un sencillo canotier. Fastidió a todo el demi monde eliminando escotes, pechos punzantes, caderas fértiles y melenones porque se cortó el pelo y fumaba con tanta gracia y desparpajo que, de lejos, parecía un chicuelo. También fastidió a Poiret haciendo que las mujeres pareciesen que iban a un funeral -todas de negro-, que resultasen como secretarias -el miserabilismo del lujo que lo llamó el bueno de Paul Poiret- y que pudiesen andar y correr y trastear un poco porque, por fin, podían trabajar y vivir una vida que no fuese solo de diseño de escaparatista.

Chanel era, aunque snob, una persona llana. Sencilla que no corriente. Chanel era maravillosa: inteligente, audaz, un punto decadente, un puntito sofisticada... y aficionada a los "pequeños placeres de la vida". Chanel diseñaba pensando en su internado de monjas: en las baldas dobladas por el peso de la ropa blanca, en los caballos sin herrar corriendo por la hierba, en los huevos fritos en mucho aceite y con la yema muy naranja, en las vajillas de loza buena, de la que pesa muchísimo, en la madera oscura, pulida, pesada, brillante... Chanel era aficionada a la buena vida. Nunca trasnochaba, apenas salía -de hecho-. Y, sin embargo, qué lujo. Qué lujo... 

Chanel siempre hizo una oda a la vida sencilla. Sencilla pero valiosa podríamos decir. Coco Chanel hizo una automutación en los 50 y en los 60 cuando, Dior mediante, se sacó de la manga sus trajes de Chanel de dos piezas que el ELLE francés aplaudió y que a los americanos les chiflaron. Esa ya no era la Chanel de sus inicios, era una Chanel postmoderna y post II Guerra Mundial. La gente piensa en esa Chanel. La Chanel que fumaba compulsivamente, llevaba los labios muy pintados, lucía sombreros un tanto extraños y era tan persona como personaje -más de lo segundo que de lo primero, me temo-. Ese no es el Chanel de Chanel que interesa. Sí, fue un buen ejemplo de su tiempo y de la vista de Chanel. Una vista larga, de águila... Y también fue un ejemplo de su valeroso corazón para lanzarse, mayor ya, retirada y criticada, con un estilo que no era y una forma de vivir que ya no existía, a diseñar algo nuevo y acorde con los tiempos. Un corazón bravo, de león... Pero la Chanel que interesa es la de antes, la de entreguerras... qué sencilla y qué compleja. Qué trajes de noche, qué lujo... qué maravilla y, tras todo eso, la niña que pensaba que el lujo de verdad eran los cuellecitos blancos relucientes arriba del sobretodo negro que llevaba en el orfanato.

La sencillez, esa actitud.

viernes, agosto 31, 2012

Di





Diana, más conocida como Lady Di, murió hace quince años. En Francia. Para entonces, ya estaba desvinculada de la Casa Real inglesa pero era, con mucho, la mujer más famosa del mundo. Difícilmente se puede decir que Diana no fuese hermosa aunque, la verdad, es que sobre todo era atractiva. Diana oscilaba entre la fragilidad y la fortaleza, incluso en sus apariciones públicas. A veces tenía la mirada retraída, ensoñada, casi perdida y, en otras, la tenía alegre, chispeante y vital. Hay quien dice que Lady Di tenía un halo triste, pasivo y sumiso. Yo no lo creo.

Pese a lo que el mito de las amas de casa enamoradas de su figura haya codificado, Diana introdujo muchos cambios en la casa real inglesa al estilo de Jackie Kennedy en la Casa Blanca. Isabel II sufrió un shock cuando se encontró la fotografía de Diana con las joyas a la cabeza, al modo hindú. A Diana le gustaban mucho las joyas y era una princesa, de las de cuento. No tenía nada que ver con Kate Middleton. Nada. Para empezar, Lady Diana era hija de noble, es decir, tenía sangre noble en las venas. Pero, aparte de eso, tenía charme.

Tras el incidente de la frente enjoyada de Diana, Isabel II le cerró su joyero. Sin embargo, una de las cosas más interesantes de Diana, es que llevaba las joyas de forma interesante y original. Diana tuvo vestidos de todos los colores y estilos, más sexys conforme pasaba el tiempo, -fue la única bien vestida en el funeral de Versace- pero, salvo en los que eran del estilo 80s romanticones con volúmenes locos e imposibles, daba bien en cámara y reflejó bien la moda poderosa y un tanto hiperfemenina de los 80s -hasta un punto casi agresivo con aquellas hombreras-...

No creo que nadie piense en Diana en azul -pese a que fue el color que escogió en la pedida- porque su nombre ha quedado ligado a la historia en negro. En negro en el baile con Travolta en la Casa Blanca (que para mí es la eternidad de Diana), el negro con que se presentó en palacio como prometida de Carlos haciendo sonrojarse a todo el mundo (le reprendieron por ello), el negro ajustado que se apodó "jódete" tras su separación del príncipe Carlos y el negro del funeral de Versace. Sin embargo, a mí me gusta también Diana en azul. Con joyas originales o con un vestido lencero de Galliano.

Con Diana me pasa como con la Garbo, supongo que ella querría vivir, claro, pero no envejecer en público.

jueves, agosto 30, 2012

La Vulgaridad

Madonna para Gaultier.

Hay muchas personas vinculadas al mundo de la moda que han desarrollado sus carreras en torno a la vulgaridad. Los nombres más evidentes son Helmut Newton, Guy Bourdin y Vivienne Westwood. A ellos, hay que añadir Versace. Y también Jean Paul Gaultier. Y Mugler, Montana y Alaia. Todos ellos tienen una vulgaridad auténtica que, por otra parte, no es vulgar. Es excesiva, un tanto irritante y quizá algo cansada pues tiene un poco un deseo de epatar. Pero no es provinciana.

Campaña de Blumarine, fotografíada por Helmut Newton en 1991 con Monica Belluci.

Cuando Newton fotografíaba a putas no lo hacía por escandalizar, no, lo hacía porque las putas le gustaban. Y porque creía que tenían un gran sentido de la moda. El lenguaje de las prostitutas era interesante para Helmut Newton que, consideraba que, ligas y látigo eran sadomaso y combinación y faldita a la rodilla era complejo de Edipo.

A Versace también le inspiraban las prostitutas, de hecho, diseñaba para ellas. Pensando en ellas, se entiende. Versace diseñaba falditas traicioneras, escotes imposibles, melenas rubias al viento, muslos y senos firmes y necesidad/capacidad por/de llamar la atención. Versace sabía convertir a una valquiria en una jovencita virgen y tímida, sonrojada, cambiando el escote y la cintura. Si ponía una faldita de tablas la colegiala era Lolita, si bañaba la falda en un color metalizado, se convertía en un súcubo. Pero no lo hacía por escandalizar.

A Guy Bourdin también le gustaba el sexo. Tiene algo setentero y un poco pasado de moda -en el mal sentido- que no baña las fotos de Newton que son actuales, eternas e inspiradoras. Es atrezzo y ficción pero tan falso que es auténtico. No es vulgar aunque golpea más que la obra de Newton que, ésa sí, se hunde como un bisturí y no como un hachazo.

Vivienne Westwood es magnífica. Tiene esa dualidad de cuando Capote y Marilyn charlaban de que Errol Flyn tocaba el piano con su pene. La Westwood hizo lo propio en una sesión de fotos, aunque la cosa en ella era que no llevaba bragas. Como Isabella Blow.

Jean Paul Gaultier pasa por la enciclopedia de la vulgaridad maravillosamente. Subió a Madonna a la pasarela y la sacó las tetas. Madonna es bastante vulgar porque se le nota el ansia. Ansia viva. Sin embargo, Gaultier no lo hacía para escandalizar sino porque ese es su universo. Bebe de la cultura underground, de los negros, de los tatuados marginales de los 80s/90s que eran neonazis, de las africanas con collares que les deforman el cuello y no se pueden quitar nunca. Gaultier pulió y llevó al paroxismo lo que Chanel ya intuyó: que la moda es lo de la calle. Pero lo que en Chanel era etéreo, en Gaultier era un vómito.

Luego todo degeneró.

Kate Moss para Gucci por Tom Ford, verano de 2001

Llegó Tom Ford -mala copia de YSL- con Carine Roitfeld -que se cree una mezcla entre Diana Vreeland y Betty Catroux- y Mario Testino -haciendo de Helmut Newton, claro, pero con un grano en sus imágenes-. Y la verdad es que ellos lo consiguieron, lo que en Chanel era genial -la moda y la calle-, en Gaultier era la puntilla -azotar a la calle-, en el trío de que definió el porno chic -y que siguen ahí, Carine yendo de brava, Tom Ford de el mejor y Testino de leyenda viva de la fotografía- hay mucha vulgaridad. Sin más. Nada de la perversidad de Helmut Newton, de la artificiosidad de Bourdin -casi daliniana-, de la naturalidad de Versace o del histrionismo de Vivianne Westwood. Qué va. Pero Ford, Carine y Testino creen que son lo nuevo, el espíritu del tiempo. Sí, claro.  De la vulgaridad mala, de la vulgar. Sin sentido ni sensibilidad.

sábado, julio 14, 2012

Cool And Chic

Seis. Estaba convencida de que eran cinco y, no, son seis. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y ¡seis!. Cuando empecé a escribir este blog, un amigo me  preguntó qué iba a hacer con él cuando pasara el tiempo. Bueno, el tiempo pasa. Este año se cumple el quince aniversario de la muerte de Gianni Versace. Versace fue sensacional. No hay palabras, es el diseñador -El Diseñador De La Imagen-. Alexander McQueen e Yves Saint Laurent también han dejado de hacer historia en la moda. Saint Laurent, durante una época, lo hizo todo. Todo. Trabajó en Dior a la muerte del propio Christian Dior, un maestro con el que se entendía sin necesidad de hablar. Dior y el argelino eran igualmente supersticiosos pero, mientras a Dior le mató un bombón -¿una sardina?-, a Yves Saint Laurent fue la edad, el paso por el frente, la adicción a las drogas y el tiempo. McQueen se suicidó. Consideraba que en sus colecciones se veía su mente. Piratas, psiquiátricos, báquides, basura, indianos, sirenas, ángeles...
Valentino se despidió de la moda. Fue él mismo quien decidió que su casa continuara en manos de otro, esa decisión ya la tomó YSL cuando hizo aparecer de la nada a Tom Ford y bien que se dedicó a criticar su trabajo. Inevitable. Valentino criticó salvajemente a Alessandra Fachinetti, su sucesora, hasta el punto de que fue despedida ipso facto. Ahora la firma la ha comprado la familia de la jequesa Mozah de Qatar, considerada una de las mujeres más elegantes -mejor vestidas- del mundo. El dúo de diseñadores que tienen ahora en las manos Valentino (Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Picchioli) han conseguido -ahogando todo lo que Valentino fue (y no, esto no es una crítica)- que la firma venda más. Y Valentino no les critica. Bueno, algo harán bien, digo yo.

YSL y Lagerfeld ganaron el concurso que les hizo aparecer en el panorama de la moda parisina el mismo año. Lagerfeld continúa con su carrera a día de hoy. Nada tiene que ver con lo que antes hacía, nada tiene que ver con aquellas maravillosas Claudias que paseaban en Chanel como valquirias. Nada. Lagerfeld aburre en su decadencia. Pero -sí, lo reconozco- Lagerfeld sigue teniendo su punto. Y le echaremos de menos cuando no esté en la moda. El tiempo no ha tenido nada que ver con que Lacroix ya no diseñe. Es el dinero. Que viene a ser lo mismo, más o menos porque el resultado es peor que si estuvieras muerto. Puedes y no puedes a la vez, fascinante. En el caso de Galliano, lo fundamental, es que ya no diseña. Todo lo demás, da igual.

En realidad, todo da igual. Pero aquí seguimos. Y que el tiempo se nos lleve cuando quiera.

viernes, junio 17, 2011

Gipsy, Hippie, Bobo


Roberto Cavalli hizo un Dolce & Gabbana hace un par de años. De sus maravillosos pantalones estampados, aterciopelados y brocados y sus vestidos de fulana, de chica de esquina ascendida a amante querida que acude a fiestas de postín y de sus abrigos de piel para italianas lascivas o para millonarias sin remordimientos. Aquello tenía aires de Versace, hortera, extrasexual y exagerado aunque con un punto distinto, más vulgas bien sur pero es que Gianni era un absoluto genio. Hasta que bueno, ya saben cómo es la moda, cómo es esa frase de Lagerfeld sobre que eres tan bueno como tu último colección y todo el rollo... Cavalli decidió cambiar su firma, hacer algo distinto, algo que no era y.... claro, no. Como los D&G, que solo con su colección de amor a Sicilia han vuelto a copar portadas y .... parece que Cavalli vuelve....


Vuelven los ricos, vuelve lo absurdo, vuelve la vida fácil, vuelven los retos estúpidos, los zapatos en los que se bebe champan, las tiendas de seda, el raso impregnado de sudor, la coca que se pierde entre la arena, las olas que se escapan del paraíso, el futuro que corre entre las agujas de los tacones perdidos y... el joi de vivre.


Y es que no lo podemos remediar. Nos gustan las mujeres bellas, las sábanas blancas bañadas por rayos de sol, las playas del Norte de España, Ibiza, las flores blancas en el pelo, el YSL que se emocionaba con Rusia, el Valentino que se sentía un marajá en su palazzo, el frenesí de Bianca Jagger sobre aquel caballo en Studio 54 y las piscinas de fondo muy azul con hamacas y toallas de rizo al lado deslumbrantemente blancas.


Aún así pese a que Cavalli vuelve a sus orígenes -y esas chicas hermosas y alegres y que viven la vida aunque a veces sean desdichadas o estén colocadas-, hay que decir que la inspiración de la colección está sacada del viento, del mar, del salitre, del pelo empapado por la espuma del mar, por las maletas de Vuitton convertidas en macetas y llenas de tierra, de las comunas de niños de papa y de los hippies que se convertirían en tiburones en los 80s.


No es que pase nada. Uno puede ser pobre y de derechas, rico y de izquierdas... o de nada y de todo....no importa pero desde luego hay algo muy burgués en todo esto... Cavalli sabe que es verdad aquello del Gatopardo sobre que todo cambia para seguir igual... que no pasa nada porque son otros y los mismos... que somos ricos y somos pobres... que tenemos hijos sin vernos el tobillo, que amamos y morimos y lloramos los muertos y reímos en el velatorio... y todo es fascinante. Fascinan los apelativos que definen el modo de vida sin preocupaciones propias de una vida extraña, parada en el tiempo, que busca la esencia en el murmurllo de la carne en vez de en el volcán del corazón como diría Casanova aunque... nunca Don Juan, siempre Casanova. Aunque... son absurdas las tribulaciones de quien tiene todo para no tener nada.... aunque... nadie es quién para juzgar... por muy vano o vacío o por muy lleno.


Yo, tras todos esos apelativos absurdos veo sirenas que podrían ser mujeres, sobre todo, porque parecen dispuestas a dejarse caer en los brazos de quién aman. Y nada más. Mientras tanto, ver pasar la vida que es lo que cuenta... a medida que las olas de la riqueza y la pobreza permanecen inmutables entre los tejidos de nuestra vida que podrían ser de mendigo, de banquero, de hippie, de dama, de vagabundo, de sirena, de cautiva, de actriz, de prostituta, de egipcia, de amada, de temida, de cortesana o de fashionista perdida de hoy. Y eso es la moda.. ser uno mismo, ser otro... y seguir siendo uno.


lunes, mayo 09, 2011

Los Guantes Azules


O el estrambótico Meisel... presentan un raro número de bañadores en blanco y negro, con una sex symbol de pelo gris, lejos de playas y en una habitación que roza el límite entre el Huerto cerrado y lo profanamente pervertido y vaciado. Pero no es sólo eso. No es sólo que sonrisas no haya, ni chicas facilonas, ni parte del unvierso mental de Terry Richardson, ni planos a lo Vogue USA con ¿Penélope Cruz? o Carmen Kaas con un bañador rojo y el sol de cara cortando la respiración con la cadera haciendo de línea del horizonte. No. La cuestión son los guantes azules.


A Meisel ya le conquistaron. En realidad, son más o menos las dos caras de la misma moneda. Como aquellos clochards que Galliano diseñaba cuando la prensa era crítica pero aún no mezquina con él y a lo que su protector, Arnault, tronaba un "es que no le entienden" y él, todo tímido y sin ser una rubia impresionante aún, decía entre sonrisillas "son lo más bonito que he hecho, darling". Años después, los guantes vuelven a aparecer. Si ahora no es un mendigo, sí que tiene algo del morbo de aquellas fulanas que Versace miraba en su infancia.


También de las que miraba Helmut Newton. Que creía que las prostitutas tienen un sentido innato para vestirse anunciando sus especialidades, como si la moda fuese un preludio del sexo previo pago y todo lo que no es desnudez, fuese un entrante para "abrir boca": A Newton le gustaba la que se vestía de novia y otra que tenía monóculo pero cuando las quería fotografiar, no le dejaban. Eran chicas de pueblo y no querían que su familia lo supiese. Eso sí, no pasaba nada porque en la vida secreta fuesen prostitutas. Una bonita moral...


Similar a aquella de la historia de "cogí a una puta de a dos francos y la llevé al Louvre conmigo. En cuanto vio las viejas estatuas desnudas, se sonrojaba y se tapaba la cara con las manos y decía "ay, vámonos, vámonos que esto es pecado, que están desnudas, venga, yo me voy". Aquí, la Kristen que Meisel retrata tiene menos escrúpulos físicos y más escrúpulos psicológicos.


El reportaje ahonda en el morbo. Todas las señoras de bien sufren una fascinación por las putas, como Escarla O Hara sabía bien. Como la Belle de Jour vestidita de Yves Saint Laurent en plena anti represión burguesa también sabía. Aquí no se trata solo del aspecto más carnal, más desangrado, más explícito, sino de la soledad, de la melancolía, del sosiego que llega tras la acción, del pesimismo y la carga del alma condenada.


Hay un poquito de Zurbarán. Yo también veo la calavera y la muerte que se desea pronto.


Aunque claro, si vives porque no mueres, vives.

miércoles, abril 20, 2011

El Propio Pasado Y El (Im)Previsible Futuro



Sabía que había visto estos colores en alguna parte. Y no solo porque el rosa sea el color de la temporada, que lo es, sino porque también estuvo en nuestro pasado. Este rosa émpolvado se llevó a finales de los 80 cuando los tonos de Miguel Ángel parecieron ponerse de moda en la ropa. Mucha gente no lo recuerda o no lo sabe porque la memoria colectiva de los 80s se reduce a ciertas veleidades Almodovarianas o la era del sida y Halston que es barrida automáticamente por Mugler, Montana y Alaia o Versace con sus melenas rubias, sus caderas estériles y los andares de valquiria del inframundo. Pero estos años también estuvieron.


Unos años en los que a Lagerfeld le dio por un Mediterráneo que tiene muy abandonado. A Lagerfeld le interesó la luz del sur de Francia, el mar que parece de postal, los cielos azules y los campos de lilas llenos de trigo en los que vino, vida y amar se hacen uno entre sábanas blancas y los sonidos propios de la cosecha y la jornada de sol a sol. Es cierto que su visión era lírica, melancólica y propia de una Arcadia que no podía ser pero aún así la bellísima teutona rubia, la Schiffer, tendía y recogía su ropa entre una luz celestial vestidita de negro Chanel, miraba al sol y al cielo con un vestido blanco y el pelo hecho trenzas en lo alto de la cabeza o paseaba entre campos de espigas verdes y oro buscando la vida que se escapaba entre respiraciones.


Luego Karl Lagerfeld volvió a Alemania, se olvidó del sur de Francia que es España con sus toros, sus acueductos romanos, sus templos antiguos a los que las floren les crecen por las esquinas, se olvidó de las manos ancianas que bordan, de los niños vestidos de perlé cuando gatean y las niñas vestidas de piqué cuando corren. Se olvidó de las mañanas de domingo, de las tardes de viernes y de las mañanas de lunes y puso sus ojos en una Europa más fría, menos cálida, menos risueña, más desarrollada y envolvió a la rubia que vivía en el cielo de los viñedos en tweeds, en cueros y en insignias metálicas delante de las puertas de Berlín.


Poco más tiempo le ha dedicado Lagerfeld a la melancolía después. Más bien nada. Le ha absorvido el presente, el presente convulso de la tecnología, la acción, las heroínas de ciencia ficción, el poderoso dolar verde y los desvaríos de cantantes de rock, de Briggite Bardot y de la adolescencia teen que tiene blogs y ego y dinero para gastar ("pasta larga" que diría Vivian en Pretty Woman). Los pantalones llegaron a la Costura, el vaquero revolucionó el mundo de tweeds, perlas y acolchados en Chanel y Lagerfeld se plantó el mundo por montera haciendo que en Chanel se vetara a todos los que tuvieran demasiada edad celebrando los cantos a Narciso, bello, joven y maldito antes que a la senectud del invierno.


Se ha dedicado a las jovencitas de risa fácil, de taconeo tonto, de murmullo demasiado alto, de fugacidad contenida, de juventud ignorante y ha olvidado un poco a aquellas grandes damas que corrían por la Ópera diciendo no, que cantaban con sus balcones en pleno París la balada al desamor del egoísta, que creían que a un hombre nunca se le odia tanto como para devolverle los diamantes y que no sabían nada de gatas sobre tejados de cinc calientes olvidando que Tiffanys no era una primera necesidad sino una bagatela de la indiferencia. Chequera, pitillera de oro y pluma Cartier. Perfume algo antiguo y ramilletes de peonías por una casa con más de Gagosian que de Colette. Y desde luego, más de Sorolla que de Warhol.


Supongo que las jovencitas le han traído alegría a Lagerfeld sobre todo en los pequeños detalles. Son coquetas, caprichosas como gatitas y divinas. Tienen ese joi de vivre que entusiasma y que lleva a hincar la rodilla en tierra con un anillo que no se puede pagar dentro de una caja de terciopelo y de prometerse por toda la vida cuando solo se alcanza a pensar en los siguientes veinte minutos. Se contonean deliciosamente, aún no saben nada de amarguras y solo piensan de la femineidad que es algo que sirve para divertirse y disfrutar, teniendo que arquear las cejas cuando oyen esa vieja consigna de Prada que las habla de "femeninas pero no débiles" porque ellas no saben aún ni de fortaleza ni de adversidad ni de vacas flacas. Piel tersa y expresiones candorosas es lo que tienen... y bueno, quizás también... ganas de príncipe azul.


Porque al fin y al cabo, el amor es lo que ronda por todas las colecciones de Lagerfeld. Amor que se consigue por la belleza, por el ingenio, la sofisticación y el querer ser mejor para estar con el otro. Lagerfeld no sé si sabe mucho de amor, de amar... tiene el lirismo de un poeta  y la frialdad de un genio para con las pasiones, cuando quiere fuego es un volcán y al siguiente segundo extiende una lengua de hielo por el magma dejándolo muerto. En sus colecciones veo mucha más sofisticación, mucha más delicadez, mucha más amabilidad, simpatía y erotismo que amor.


Aunque siempre destaca el amor por el trabajo bien hecho. Que supongo que para los solitarios como Lagerfeld o como la propia Chanel es una prima de satisfacción. Coco se paseaba con aquel cigarro de obrero entre los labios dando órdenes y diciendo "esa sisa así no, que tira, cruza los brazos para que no sea estrecho, muévete, ven ven, aquí, si, aquí, dejénme a mí, yo lo haré, no saben hacer nada, a ver... cruza ahora los brazos, ¿ven? todo está bien cuando se pueden cruzar los brazos..." y seguía fumando mientras tanto. En cambio, Lagerfeld se deleita en los bordados -esta colección de HC primavera verano 2011 está confeccionada bordada íntegramente, hilo a hilo sobre una mesa con pasador- y en el brillo de las aves que vuelan en la noche.


A veces parece que se vuelve francés porque veo sus Maria Antonietas, sus recogidos versallescos, su afectación excesivamente brillante, vibrante, cursi, ñoña, rosa pastel, blanco cristantemo y ampuloso el perifollo pero otras me parece solo delicado. Se que todas sus Maria Antonietas piensan en su Petit Trianon, en sus gallinitas, en sus huevos, en la vida silvestre, en las margaritas, la leche fresca, el agua del abrevadero, la noche estrellada y en el amanecer. Y eso sólo tiene una explicación...


Cuando le preguntan, Lagerfeld dice que se inspiró en aquel cuadro de Marie Laurencin que Chanel rechazó porque no se encontraba en él, porque aquel delirio de los años 20 con una Coco modosa, lánguida, perfumada como una diva de Cabaret apartada de la vida de cocotte poco tenía que ver con esa Chanel que ella era y que ya no recordaba nada de las canciones que le susurraba a Etienne Balsan. Pero yo sé la verdad. Lagerfeld nunca ha podido quitar de su mente aquella rubia riseuña que corría por los prados del cielo envuelta en violetas y en rosas frescas que aún conservan su olor, que tomaba vino apoyada en la baranda y que lo mismo era capitana que timonel con tal de arrancar una sonrisa al hombre de su vida, sí, ese que hace la foto. No quiero decir nada más sobre los viejos tiempos, son viejos pero... fueron tan buenos. 

viernes, diciembre 24, 2010

Previa


Lo crucial de la forma de vida de cada persona es lo que desvela con sus manías. Cuando Turlington decidió dar un giro a su vida de fumadora empedernida y empezar a hacer yoga supuso un antes y un después mientras que la razón por la que Wintour usa gafas es -según ella- por problemas de vista. Madame Bricard usaba un pañuelo de leopardo en la muñeca, que entusiasmaba a Dior pero que en realidad ocultaba una cicatriz y Mata Hari se ponía aquellos famosos pechos cónicos de metal porque era su punto débil. Chanel dijo que vistió a las mujeres de luto para "joderlas" y Versace las vistió de putas porque de pequeño le fascinaba un burdel.

Decimos tanto... con lo que no decimos.

martes, diciembre 14, 2010

Más Que Carne


Si hay algo interesante de las prendas de Versace es que ejemplifican el deseo más absoluto sin inmiscuir vicio ni perversión. Aunque naturalmente, también pueden introducirlo. Cuando Versace piensa en La Mujer la ve como a una de las viejas chicas vitamina, radiante, hermosa, alta, esbelta, grácil, poderosa e inteligente. Cuando destapa algo de esa mujer, de ese concepto materializado, lo que hace en realidad es destapar un concepto, una sencilla y sutil presencia de espíritu inmaterial.

Por eso, en Versace nada es plano. El tacón está a punto de desbordarse, pero se contiene, la tela está a punto de destapar a la Venus de mármol, pero no lo hace. El fondo que podría ser de un triste gris lo que irradia es protagonismo para la donna, que no se lo come, no lo devora, sino que lo llena. Lo vive. Y toda la musculatura, bien podría ser la de un atleta de Lisipo, bien la de una kore virgen de Esparta... pero no lo es.

El Versace opaca en algo la personalidad porque vive más el nombre que el cuerpo y, al mismo tiempo, brilla. Brilla mucho. Y no es por un corte más o menos, un imperdible más o menos, un centímetro más o menos.... es por todo.

sábado, noviembre 27, 2010

90


La Evangelista ya pasó a la historia de la moda cuando dijo aquello de la cama, una gran serie de ceros y todo aquello de que había nacido para ser modelo -modelar- y toda esa serie de cosas. Linda fue los 90, sexo, drogas, supermodelos, rubias, ambición, millonarios, Versace, Armani, Chanel postKarl preKarl-personaje y Dior con Ferré, Yves reinando y Givenchy también. Aún quedaba el rastro de Montana, de Mugler y de Alaia, y, por supuesto, seguía habiendo muchas chicas guapas...

viernes, octubre 15, 2010

Los Buenos Tiempos


No siempre estoy pensando en los otros tiempos. Los buenos tiempos. Bien es verdad que suelo pasar por encima los malos tiempos, los creadores mimados y sin talento, las fotos vacías, los artículos estúpidos y demás males. Pero hay veces que hay que echar la vista atrás de verdad. Y lamentarse un poquito por no amar más el pasado. Y por ver correr tanto este presente.

Diana Vreeland, a quien me siento muy próxima esta semana, dijo una vez que "los vaqueros eran lo mejor desde las góndolas" y a YSL le dio por quejarse de que "sólo lamentaba no haber creado el vaquero". Como Yves Saint Laurent creó la sahariana, el smoking femenino, la blusa transparente, vestidos de cuadros y un montón de prendas fabulosas -amén de una bisuteria espectacular- se lo perdono. Como Diana Vreeland dijo que "era bueno lavar a los niños el pelo con champagne" y que "se podía poner una alfombra de leopardo en el baño" se lo perdono también.

No tengo nada en contra de los vaqueros. Son una prenda fenomenal: cómoda, resistente, combinable, inteligente, útil, práctica, chic y muy versátil. Sirven para todo, los puede llevar todo el mundo y el target es inexistente porque todo el mundo entra dentro de ese grupo de compradores. Pueden ser modernos, antiguos, vintage, de Alta Costura, de pret a porter, rotos, de punkis, de firma, de Levis, de Zara, de algodón, con otros tejidos sintéticos elásticos. E incluso la tela vaquera puede servir tanto para camisas, vestidos, petos y demás en la América Profunda de la Coca Cola y los metodistas como para un desfile de Haute Couture de Chanel -como Lagerfeld ejemplificó hace unas temporadas-. Pero los vaqueros no son el fin del mundo.

A veces me obligo a mí misma -y eso que no soy muy de vaqueros- a volver a todo lo que hemos perdido. Versace, la firma a quien pertenece la imagen de Naomi Campbell, imponente, en Roma, como una valquiria desbocada, ahora calmada, que pronto sacará una espada, también tuvo líneas de vaqueros. No hay que andarse con chiquitas ni remilgos y juzgar de antemano. Además, en sus campañas, fotografriadas por Avedon, salía Claudia Schiffer desnuda, con Nadja Auermann enfundadas en unos vaqueros que insinúaban algo muy lésbico y poderoso o Naomi rodeada de dioses desnudos del Olimpo para sujetarla.

Lo que se trata es de dar otra vuelta de tuerca.
No es mejor la Alta Costura que los vaqueros.
Pero no nos perdamos tampoco.

Al pan, pan, y al vino, vino.

sábado, septiembre 11, 2010

Deseo


Bien. Como no veo nada que me guste en Nueva York, al menos en lo que va de semana de la moda para primavera verano, pienso (un poco) en lo que quiero para la temporada de invierno, en la que estamos, al fin y al cabo.




 
Botas altas.
Ni de puta ni de Swinging London-Courreges. Gracias. Quiero una caña estrecha, de cuero negro, brillante, flexible, reluciente sin ser de charol. Algo sexy, un poco por encima de la rodilla, sin ser de mosquetero.


 
Carmín rojo.
Un rojo encendido no. Un rojo frambuesa. Nada de naranjas. Nada de brillos. Nada de fresas salvajes. Nada de reflejos en blanco, en oro, en crema. Nada demasiado untuoso.Cremoso. O fuerte. No quiero que se vaya ni que se quede más de lo necesario. Pienso en Chanel, pienso en Dior. Ni tan duras como la de Madame ni tan blandos como los de Monsieur.


Estola de leopardo.



Bolso de cuero blando
Ni demasiado bohemio ni demasiado Upper East Side. Nada de eso. Una especie de zamarra de piel suave me vendría fenomenal. No suelo llevar bolso, la verdad, pero a veces necesito meter toda la chatarra en un sitio. Bolis, un móvil, una libretita pequeña, una barra de labios, una cajita de pañuelos, un pañuelo, algo de perfume, un poco de dinero en una cartera, las llaves o mi pequeño disco duro. Qué se le va a hacer. Me gustan los de Francisco Biasia pero no he encontrado nada ésta temporada. Ja.


Unas katiuskas.
El año pasado se pasó el año lloviendo y nevando. Y yo me pasé el invierno corriendo de acá para acá con zapatitos de tacón y unas botas negras. Por favor. No estoy dispuesta a que se repita. Y, además, aún no sé si las quiero en verde -las típicas de toda la vida de Dios- o en negro. Pero sé -seguro- que no quiero ir por ahí correteando y -otro año más- calada hasta los huesos desde el suelo. El año pasado ni siquiera lo pensé. Pero me niego en rotundo a otro septiembre-octubre-diciembre-enero-febrero-marzo-abril lluviosos conmigo empapada. Por mí, que llueva todos los días.

Una fiesta en blanco y negro.
LA FIESTA.
Año 1966. Capote. Sinatra. Mia Farrow. Un montón de gente guapa. Y champagne y tal. 500 personas selectas. Pero... no se puede volver al pasado como quien dice. Así que habrá que pensar algo mejor para Nochevieja.
Y, un poco del resto de cosas que realmente importan.
Si es que es posible.
Vaya lista de Año Nuevo.
En septiembre.
Soy un desastre.

jueves, agosto 26, 2010

El Cuerpo


La moda trata de eso. Del cuerpo. Del desnudo. Me imagino. Y luego del vestido. Se trata de la Alta Costura, ¿quién lo duda?, pero también de la necesidad. Una cita. Un café. Una boda. Una celebración. Una cena en casa o en un restaurante. Irse de vacaciones. Quedar con los amigos o salir el viernes por la tarde. E incluso, comprar algo para que te lo quiten con los dientes. ¿Qué sabe nadie?
Muchos diseñadores se han interesado por el cuerpo en bruto y no sólo Fortuny. También Vionnet. Chanel en persona. Versace. Hervé Leger. O Yves Saint Laurent, por poner un ejemplo. Además, Saint Laurent se interesó por el arte. Y es que la maja desnuda... primero fue vestida.

viernes, abril 16, 2010

El Instinto


Eva.
El pecado.
Lo llevan en la sangre sea como sea.
El pecado no está en los vestidos de Versace sacado del imaginario de un hombre fascinado por las putas, por el clima exasperado de Italia, por las bajas pasiones sino que se haya en las mujeres que lo llevan y en la mente del que lo ve.
Un vestido es un vestido, sea del XIX, del XV o del XXI, por mucho que hayan cambiado las zonas erógenas, por mucho que cambie el concepto de sexo, por mucho que cambien hábitos y costumbres. Y quién lo convierte en objeto de deseo es el que lo lleva.
Sobre todo cuando es una mujer. Todo sexo o algo plano. Depende del portador, como el arte depende del ojo que mira y el amor del corazón que siente.
Ella ha llegado a la playa, como Afrodita de Botticelli con la espuma del mar azotando sus muslos, el aire húmedo rizando su cabello, la arena en contacto con lo nacarado, lo limpio, lo puro... y se ha dejado llevar.
Dejarse llevar, ahí está la clave. No viste de Versce... ¿quién ve el Versace?

domingo, marzo 21, 2010

Delicadeza


Es algo que sólo tienen las bailarinas, sin artificios. Y las niñas de ojos tiernos que miran al cielo mientras su globo se escapa. Es algo que uno no controla, que le sobreviene, que aparece, que se marcha y que es efímero...
Christian Dior contrataba modelos casaderas de las que alguna le abandonaba cada temporada o por una alianza o por una canastilla. Yo cuando pienso en modelos -más allá de las walkirias de Versace- me imagino ninfas lánguidas que se deshacen en las sedas, en los creppes de sus vestidos en un pase privado.
Creo que la fuerza que tienen los desfiles actualmente ha erradico esa delicadeza, esa sutileza de los pases privados. Uno contempla la bailarina mientras la música sube el tono, su paso firme y seguro pero femenino, lánguido pero ligero y honesto, sobre todo honesto. Sincero. Reservado. Íntimo.
Porque comprar en Chanel es ser miembro de un selecto club.
Íntimo.
Porque intimidad, delicadeza en el trato y en el hacer, es lo que precisa el que compra la imagen que le van a ver los demás, que dice tanto de nosotros por cierto y que sella no sólo nuestro alma sino el exterior.
Intimidad tiene que ser contemplarla a ella.
Con el espejo.
En el sillón.
Y el corazón en vilo.

viernes, enero 08, 2010

Hombres Con Un Cánon

Pensaba yo en los modistos que hacen de su ideal de mujer la imagen de su marca.

Que, en cierta forma, se plagian a ellos mismo trasladando el papel de su fetiche de sueños a la vida real. Ya sean diosas, cosmopolitas chics, femme fatales, jovencitas bucólicas, princesas torturadas o delicadas hijas de cisnes. Pensaba yo en ese concepto un tanto pigmalionesco que entrona a la creación como un objeto y, al mismo tiempo, la da siempre un hálito de lo divino, de lo creado.


Cuenta la Sagrada Escritura -la Biblia para el que lo prefiera- que el hombre volverá al polvo pues de él fue creado. Se nos establece, pues, una especie de reclamo a la tierra de la que procedemos. Pues de barro fuimos moldeados. Lo nuestro es creación y creado al mismo tiempo porque con esa misma esencia -la nada más vertiginosa- creamos lo que nos imaginamos, lo que soñamos. Eso de que Dios piensa de los hombres lo que los hombres piensan que Dios piensa de ellos...
John Galliano crea pesadillas y sueños en la pasarela sacados de otras épocas donde las mujeres son piratas, bucaneras, putas inglesas, principesas, vampiresas, damas de cine, mafiosas, ricachonas exageradas e histriónicas que usan mucho pintalabios. McQueen destapa el bestiario de Alejandro Magno, como si fuera un Maestro Mateo y su catwlak fuera el Pórtico de la Gloria, y saca un zoológico, una depresión como motivación, una extenuación, una antigualla, un futuro no muy lejano, un Londres gótico, un animalario sacado de una selva tropical, un espantapájaros, unas princesas sobrias, unas niñas histriónicas. Miuccia Prada alaba el preciosismo del patito feo, de Dickens y de lo actual pero cubierto con una pátina de polvo. Giorgio Armani se saca a sus mujeres de la contemporaneidad descontextualizada y las coloca en cócteles, en embajadas, en lugares muy sibaritas envueltas de negro y de gasa y con media sonrisa entre pícara, tierna y malvada. Valentino pinta a España en tela con italianas pasionales que se desangran en medio de la nieve blanca, blanca como el marfil y que viven y mueren y sienten y penan y lloran. Dior contoneaba a sus mujeres en la barra del bar de un cinco estrellas parisino, como starlettes, con muchas curvas y con los labios rojos para despertar la imaginación -avive el ses(x)o y despierte- hechas nacer entre jardines en flor o, Versace con sus glamoamazonas imponentes, nórdicas, altivas, decadentes, de hielo, vanidosas, imponentes.

Y uno se pregunta, si Leonardo Da Vinci nunca quiso separarse de su dama perfecta material o Miguel Angel no pudo dejar de contemplar su Moisés, cómo va a poder un hombre -corriente o no- y eran materia, al fin y al cabo...

¿podrá triunfar el espíritu si uno tiene que deshacerse de un sueño?

Y es que las musas siempre son musas. Y los sueños, sueños son...

sábado, septiembre 26, 2009

Hey Muñeca


Está claro que Versace era mujerones imponentes en vestidos ceñidos con escotes impactantes. Colores que convertían a las abejas en mariposas y prendas que recorrían el cuerpo gritando sexo mientras las melenas ondeaban al aire.


Desde luego eran vestidos que quedaban en la retina. Se retorcían para crear la ilusión del cuerpo húmedo, se apretaban en las caderas marcando el paso al andar, elevaban y mostraban el escote y la tela se pegaba al estómago de ellas.


De aquellas diosas radiantes que, si no eran necesariamente las más elegantes, sí eran las que más flashes acaparaban y más piropos se llevaban.


Desde que murió Gianni, inventor del fenómeno top sin parangón, Versace no es lo mismo. Ya no hay putas pero sí hay estrellas aunque con menos lustre y relumbrón. Y a veces quiere ser elegante y no Miami Bitch pero Versace es cabelleras rubio platino y amantes que pagan con la tarjeta del marido.


Quiero decir del marido de otra.


Y aunque Versace ya no es lo que era. Ya no pueblan glamoamazonas por la pasarela, ya no recorren como gazelas ante los ojos atentos de compradores ávidos de moda y carne.


Ya no son maravillosas ni son impresionantes walquirias pero sigue habiendo algo de Versace en Versace...


Sigue habiendo vestidos provocativos, cortes que dejan al aire más de lo que ocultan, tacones altos y vestidos ceñidos.


Sigue habiendo curvas pero no son aquellas curvas.


Sigue poniendo Versace pero ya no es aquel Versace...