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lunes, mayo 14, 2012

Caballero sin espada


Me encanta James Steward. Muchísimo. Conocido como "Jimmy", el americano era, lo que se dice, un hombre de bien. Recibió críticas tras tener una gran carrera como piloto de bombardero durante la II Guerra Mundial por ser conservador. Yo, en cambio, soy de la opinión general: Me encanta Historias de Filadelfia, en la que aparece la pelirroja -Katharine Hepburn-, Cary Grant y, sí, Dina -esa niña me chifla-, pero me gusta aún más en Caballero sin espada (y en Me enamoré de una bruja) y muchísimo más -sí- en Vive como quieras. En esta última, también es pareja de Jean Arthur y, a ambos, les dirige Frank Capra. Si alguien me pregunta por mis directores favoritos, siempre digo Woody Allen pero es porque soy un horror para mirar las fichas técnicas. Bien, Capra es mi director favorito de verdad. El dúo Capra-Steward dio obras tan enormes como Vive como quieras (1938), Caballero sin espada (1939) o !Qué bello es vivir! (1946). Jean Arthur era la actriz favorita de Capra -y, según él, siempre estuvo un poco enamorado de ella-. En la imagen de arriba están los tres divirtiéndose en el rodaje de Caballero sin espada aunque Jean Arthur hubiese preferido a Gary Cooper para el papel porque era más masculino que Stewart quien le parecía "demasiado mono". Si no os digo lo muchísimo que me gustan los calcetines de James Stewart, me moriré. O similar.


Capra empezó en el cine como gagman, es decir, el que hace gags para un estudio. Y, en Caballero sin espada se marcó varios que han pasado a la historia del cine. Mi favorito es la escena de la foto de arriba, Jeff -James- está hablando con Susan Paine -la hija del senador corrupto (el policía de Casablanca)- y está tan nervioso que el sombrero que tiene en la mano no se le para de caer. En todo el diálogo, no se les ve ni una vez la cara pero las manos de James Steward son lo más maravilloso del mundo. Otros gags muy famosos de la película son la moneda que cae de canto y provoca que escojan a Jeffersson Smith como senador, la conversación por teléfono de Susan y Jeff y la caída del gordo secuace de los políticos corruptos en el Senado, además de cuando no puede salir de la cabina de teléfono. Un hiperactivo James Stewart recorre Washington a punto de darle un colapso y, cuando va en el taxi con Jean Arthur, no para de preguntarle, a voz en grito, que qué es cada cosa. Al final, se emociona tanto que chilla ante un cine. Un poco antes de eso, el bueno de Jeff nos cuenta lo aficionado que es a las palomas mensajeras -sigh-. Otra cosa que me fascina del film son los primeros planos de Jean Arthur. Siempre echaré de menos que no fuese Escarlata O Hara en Lo que el viento se llevó. Qué luz, qué planos. Ah, como último detalle curioso, en Doctor en Alaska, Maurice Minnifield era presentado como el hombre de la "ingeniería facial" por su repertorio de expresiones, sin duda, pero eso es porque no han visto a Harry Carey haciendo de Presidente del Senado, el cómplice de Jeff todo el tiempo.

miércoles, agosto 03, 2011

Distinción


Hay escenas terriblemente elegantes en el mundo del cine. Como ésta de Fred Astaire y Ginger Rogers. Me gustan los años dorados de Hollywood en los que las damas cenan con vestido largo y guantes blancos y en el club se baila antes y después de declararse. No lo puedo remediar. Me gsutan los vestidos que tienen vueltos para poder bailar con ellos y la naturalidad que todo el mundo rebosa en los ambientes elegantes. Cary Grant es Cary Grant cuando se topa con la Hepburn en La fiera de mi niña, ella, toda dorada y tecnológicamente fría y dominante. Con sombrero de copa, claro.  Y también lo es cuando en Con la muerte en los talones, todo de gris, se hace pasar por el sorprende señor Kapland... Hayworth es Gilda con su vestido negro y sus guantes para ir a emborracharse al casino y con sus deslumbrantes joyas y abrigos de noche para ir a... "nadar". Hay un halo tremendamente decadente en todo lo que se ve en el cine en esos años, Gloria Swanson vestida de Chanel, Adrian y Edith Head cortando el bacalao y Veronica Lake en el recuerdo de todos, con un cigarrillo, un vestido de fiesta y el pelo tapándole el ojo...

Hay imágenes nostálgicas y que transmiten elegancia...
Como ahora...

martes, julio 05, 2011

El Baile De Debutantes


G. Valli hace su debut en el mundo de la Alta Costura con su colección otoño invirno 2011 2012. Al creador le han llamado el Nuevo Valentino, se dijo que rechazó el trono de la casa italiana, y también se ha dado a conocer gracias a varias celebrities que han sacado a colación sus diseños. En España está patrocinado por Naty Abascal, claro. Aparte de eso, la colección de Valli de Alta Costura bebe del lenguaje icónico del creador: mujeres femeninas, tacones altos, telas con relieve, capas para los trajes de fiesta y colores luminosos -blanco, rosa, rojo- que lo son incluso en sus tonos oscuros -gris o cobre-..


 Frente a las desastrosas críticas del desfile de Dior, Valli ha cosechado grandes éxitos entre público y comentaristas. Lo más importante de la atmósfera de Valli -quien, quizás peca de una colección excesivamente veraniega salvo por algunos abrigos-  es el detalle. La esencia de la costura, desde que los hijos de Worth crearon la Chambre Sindical, es que sea "tan bonito del derecho como del revés".


Valli, con sus detalles de flores, cabezas de león, zapatos salpicados de cuentas color coral, pañuelos en la cabeza al más puro al estilo de Grecia, cinturones metálicos, capas que ondean al viento..., logra conseguir una vuelta a la Costura. Lo mejor que el dinero puede comprar, más o menos. Estamos demasiado acostumbrados a la idea de que la moda es espectacularidad, Givenchy, cuando le preguntaron sobre Galliano -berrinches aparte- dijo que "vendía zapatos, bolsos" pero no prendas porque lo que confecciona era un show y no ropa; -salvando que eso es cierto en parte, pero sólo en parte-, en cambio, Valli se decanta por algo más tradicional. La esencia y no el show.


Balenciaga presentaba sus modelos en la más completa austeridad, con un número, sin música, en silencio, sin dejar dibujar a nadie. Coco Chanel hacía algo similar, Dior presentaba en aquel salón con las sillas grises mientras era tan famoso que la gente se agolpaba -todos notables- a ver su colección. Y todo el mundo sabe que Tom Ford está haciendo algo similar. Por ello, que Valli retome la idea y presente esta sencilla colección -magnífica, ampulosa y potente, sí- pero sencilla, la verdad es que es interesante.


Hay día, hay noche. Hay abrigos. Hay ropa de entretiempo -porque, qué demonios, ya nadie lleva jerséis en invierno porque las calefacciones están tan altas que uno moriría asado (al menos yo)- y hay prendas de toda época, sin un corte que indique que son de hoy. Podría llevarlas Katharine Hepburn en "La fiera de mi niña" o en "Historias de Philadelphia" o incluso la otra Hepburn en Charada. No durará una eternidad en los anales de la historia de la moda pero, nosotros tampoco.

lunes, junio 13, 2011

El Humo Ciega Los Ojos

¿Le molesta si fumo, querida?

El preguntar si molestaba el humo a las señoras era habitual. Hasta los 60s con la minifalda, Jackie Kennedy, una fumadora redomada que fumaba tanto y tanto que tenía las manos amarillas y por eso llevó guantes el día de su boda -entre otros motivos- y la revolución femenina, el tabaco no dejaba de estar masculinizado.

En los 20s, algunas damas independientes comenzaban a fumar. En los 30s la muy chic Katharine Hepburn fumaba, y fumaba, y se convertía -llevando pantalones y con su actitud- en todo un icono. En los 40s Rita Hayworth convencía a todos que el fumar podía ser lo más sexy del mundo con su Gilda fatal y fumadora, aunque aún quedaba el residuo de mujer de vida alegre, disipada o que, desde luego, te puede traer problemas. Y en los 50s, aparece ya la explosión demográfica aficionada al tabaco. Llega a los institutos, a las chicas buenas, a las malas y a todos los chicos. De repente, todo el mundo fuma.

En los 60s la pregunta sobre si molesta comienza a desaparecer y en los 70s de ella no quedará ni el esqueleto. Hasta hoy que, a pesar de lo impensable de la eliminación del humo, la sociedad camina hacia el non-smoker full time. Sin duda, lo más sano y lo mejor. Claro que ahora queda la provocación, la cabeza del Bautista en bandeja de plata o en maleta de Vuitton, ¿verdad Kate? Al menos eso piensa el laureado Marc Jacobs. ¿No?

miércoles, marzo 16, 2011

El Debut De Los Jugadores Del Cocodrilo


Un debut más que correcto para Lemaire en Hermés, un diseñador que tan solo había ensayado en el espíritu del cocodrilo de Lacoste con sus polos y su alegría de vivir y, sí, la gente saltando. En Hermés, tras la salida de Gaultier, para la temporada de otoño invierno 2011 propone, sin duda, un estilo que encaja bien en la filosofía de Hermés. El cuero tostado tiene un tono en café, avellana casi, una verdadera castaña glaseada que es de terciopelo, que parece un toffe por su suavidad. Los casquetes son casi hípicos, los detalles colgados al cuello en cuero que son bolso y collar son deliciosos, el blanco níveo utópico de los inicios da paso a un gris urbano que se va conviertiendo en casi moscovita, casi ruso filocomunista hasta que... llega el rojo. 


Gaultier acostumbtó a Hermes a un vocabulario limitado en el que el cuero, los aviadores, los deportistas y el más alto nivel en piel y en detalles se fundían en los años 60 y en los años 30, con las grandes heroínas y con la regia elegancia sofisticada de esa atmósfera de fuerza, prestancia y poder de Katharine Hepburn. Lemaire no se desliga de ese estilo, sin una inspiración temática clara pero con un hermosísimo allure ruso que recuerda al de las blancas palomas y, un poco, a los viajes en tren transiberianos y al sudor de los caballos resoplando en la estación.


Hay algo pre revolución rusa, casi zarino en las capas blancas y en las rojas en las que atisbo a la zarina Alejandra y a la risueña Alexandra. Hay algo postrevolucionario también en las prendas, en las capas grises de los planes de Lenin, en los pañuelos estampados y coloridos de los campesinos, en las botas altas para caminar de la burguesía rusa, en la piel sin esnobismos, solo donde abriga.


Incluso veo la sangre. Al ejército rojo y al ejército blanco. La elegancia altiva de la duquesa María, la oscuridad que se ampara en las capas al estilo de Rasputín, lo que se oculta en los pliegues y, pese a la frialdad, el calor...

miércoles, febrero 10, 2010

James Stewart


Se equivocan los directores que ruedan películas y tratan de emular ese soberbio aire, al mismo tiempo de exclusividad y distinción que de cercanía fascinante, de los años treinta y cuarenta en los que la vida era -era- glamurosa y de una elegancia despreocupada. No se trata de recrear el ambiente sino la atmósfera.
Una atmósfera de belleza exótica y regia, de sublime perfume, de luces centelleantes y fiestas en el jardín. Ellas, hermosas, trágicas, frías, pasionales, ardientes, elegantes, coquetas, irresponsables, alocadas, disciplinadas, distantes... Ellos, masculinos, distinguidos, sin afectación, sin amaneramientos ni transgresiones hercúleas, trajes sencillos que dejan ver al hombre y no a la prenda. El ambiente, piscinas, fiestas en el jardín, bodas, discretas confusiones, deliciosos equívocos, melodías al piano, notas perdidas, champagne y copas antiguas, manteles de hilo y vacaciones en Francia. Té. Whisky. Perfume. Un diamante.
Probablemente el icono del cine de la época es Cary Grant. El alter ego de Hitchcock entremezclado con vestidos de tul de Grace Kelly en Francia e Italia y descapotables entre Capri y Mónaco. Y el tándem de las Hepburn: Katherine y Audrey cada una en los grados opuestos y anexos de la androginia elegante y femenina rozando la masculinidad más excesiva y al mismo tiempo la más delirante y aractiva femineidad. O el de Rita Hayworth y Ava Gardner, animales hermosos en el mundo con cuerpo de diosa, mirada cautivadora y sex appeal.
Pero, aparte, el hombre de ese ambiente es James Stewart. Personalmente, me recuerda a todos los hombres buenos. Quizás algo enclaustrado en el espacio tiempo de la época, América una y grande, patriota, Ejército, galante... pero, esencia de una época. Y más en Historias De Filadelfia.

sábado, agosto 15, 2009

La Fiera De Mi Niña


La Fiera de mi niña ha pasado a la historia del cine como una película que se inició como un fracaso y, acabó como una de las mejores comedias de todo Hollywood. No tiene guión y, si lo tiene, se puede decir más bien que es una sinfonía de notas pintorescas que, una verdadera trama.


Los personajes no tienen un esquema moral. Ni una identidad definida y, el ritmo de la película es, el puro ir y venir, el puro ajetreo voluptuoso que su director confirió a la película. Dijo que "iba diez veces más rápido que sus otras obras" y, eso se nota.


La aventura se inicia con Susan y David que son sobrina y paleontólogo de un museo que quiere conseguir un millón de dólares de la tía de Susan. Si David es el hombre calmado, sereno y sobrio, con una reputación que le hace optar a un millón de dólares y cuya máxima preocupación en la vida es poner al brontosaurio una clavícula intercostal que le falta y, casarse; Susan es todo lo contrario.


Susan es, naturalmente, la sobrina de su tía. Y, el objeto de tortura de David. Y, además, es una encantadora millonaria algo dispersa. Por decirlo de alguna manera. Podríamos decir que, que es alguien al que se le rompe el vestido en una cena.


Susan es una mujer con un leopardo.



Que los caminos de David y de Susan se han cruzado es algo evidente. Lo que ninguno espera es que el nexo de unión, de complicación y de simplificación es, un leopardo.


Un leopardo que responde a la llamada del amor. Todo te lo puedo dar menos el amor, baby. Todo, baby, todo te lo puedo dar menos el amor baby.


Y es que la música calma a las fieras pero, ¿cuánto?...


En el Brasil, de donde sacó el hermano de Susan a Baby, es más fácil para una fiera satisfacer sus instintos. En Connecticut, cambia un poco.


Si David, a pesar de tener que casarse con Susan, ha accedido a acudir con ella en ayuda con el leopardo y, a obtener su millón de dólares, las intenciones de Susan son algo más... bueno, algo más diferentes.


Encerrar a David hasta que se enamore de ella.


Cueste lo que cueste.



Y, a veces, un millon de dólares es suficiente aliciente.


Para que la tía de Susan no descubra que David, ese hombre vestido de idiota que se pasea por su casa y que no sabe dónde está, y no le quite su millón de dólares. Susan dice que es amigo de su hermano Mark, el del Brasil, y que ha sufrido una pérdida de memoria temporal y tiene unas extrañas pulsiones con la naturaleza.


El señor David Huxley pasa a ser el señor Hueso. Un calificativo que si bien es disparatado, para alguien que acude en apoyo moral a rescatar a una mujer con una leopardo y se dirige a todas partes con una clavícula intercostal, le va como anillo al dedo.


Aunque Susan le haya robado su ropa y, el perro de su tía le haya robado la clavícula intercostal y enterrado en alguna de las hectáreas de la finca Random. Y, claro, tengan que encontrarla.


Y, cazar a un leopardo que estaba escondido para que Mrs Random, la tía de Susan no lo viera, y para no causar una catarsis. Cazarlo porque se ha escapado.


Susan en la caza del leopardo, caza a David. Y, al mismo tiempo, Horacio y Mrs Random, tía y abogado, tratan de cazar al leopardo sin saber que, ése leopardo, era el que Mark, el bueno de Mark, había cazado para la tía de Susan. Ése leopardo que David quiere dar al zoo.


Lo que ocurre es que la probabilidad de que apareciese otro leopardo, ésta vez agresivo, en la historia era tan ínfima que, aparece.


Y la banda del leopardo acaba entre rejas por alborotadores. Aunque, haya dos leopardos sueltos.


Y, Susan, culpable de todo, tendrá que arreglarlo.


Aunque arreglar y Susan son dos términos que no acaban de encajar del todo.