domingo, marzo 28, 2010

Bajas Pasiones


El rojo. Platón definió el color del caballo que tiraba el auriga de las bajas pasiones como negro. Platón, una vez más, se equivocaba. (Y por ir al norte, fue al sur). El color de las bajas pasiones es el rojo. Rojo sangre, rojo fuego, rojo emparentado con Prometeo, con la vibración, con los deseos, con la lujuria, con el sexo.
Rojo con matiz de lo prohibido, de lo joven, de lo bello, de lo hermoso, de pecado, de inconfesable, de manifiesto, de público y ocioso. De silencio, de alboroto, de gentío, de mujeres fatales en caza y captura. El rojo parece ser el color de la juventud pero también lo es de la falsa juventud.
El color rojo es una delicia. Un fruto rojo se abre. Se ve el interior, terso, blando, jugoso. El brillo exterior es sustituído por una ola de calor íntimo salido del corazón directamente sin hueso, sin mácula, en el momento de febril estallido de la felicidad cuando menos o del amor más desinteresado.
El rojo por otra parte, se halla intrínsecamente ligado al timador, al estafador, al arte del maquillaje y la careta. Al extraño falso que se esconde tras el reflejo del espejo prófugo que muestra nuestra intención, nuestro secreto más oscuro, el vil hábito de la contemporaneidad pudriéndose en nosotros mismos y se anuncia -a todos- como el altavoz de un acontecimiento público, que no es de nadie y es de todos, que pasa de mano a mano como un folleto, diciendo que no es su mejor hora pero ahí está, tómalo.
El rojo sabe un poco a decadencia y a color de actor.
Y todo lo decadente nos atrae febrilmente. Quizás esa es la magia del rojo. Que es vida y es muerte. Que es falso y es cierto. Que es todos y es nadie.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

sublime holly no comprendo como no escribes una obra

Cool Life dijo...

El Rojo es pasional y enérgico.
Sofisticado y divino.
I love Red!

Besos :)

variopaint dijo...

Platón se equivocaba casi siempre y las equivocaciones de Platón han trascendido la Historia; las pasiones altas o bajas tiene cada una su color, pues es distinta cada pasión de forma que no se pueden uncir por lotes, ni por colores, ese fue el mal de Platón intentando llevar todo a una forma, o a un ideal incluso físico. Platón no iba ni al norte ni al sur, se quedaba en los jardines de su Academia. Los que le siguieron a pies juntillas fueron de culo, sin embargo, hasta Marx que llevó de ese modo a más de cinco generaciones de creyentes. Los excesos de Platón aún se siguen percibiendo, aunque de forma más tibia, pena que los escritos de Epicuro se perdieran en su mayoría tras el incendio de la Biblioteca de Alejandría.

El rojo es el color de lo prohibido, pero también de la grandeza y de la realeza en su forma púrpura; es el color del toreo y del vino, de los atardeceres temibles y de las rosas que se regalan cuando uno se enamora (como un turista, eso si). Es el color del tumulto también y de todas las revoluciones, que parece que de rojo van mejor vestidas. Nadie piensa en una revolución blanca, o mucho menos amarilla o una guardia verde. Revoluciones y guardias son siempre más o menos rojos, incluso la revolución francesa era algo roja, aunque se combinara con otros colores, que de todo tiene que haber en la viña del Señor.

El rojo es el color de lo intocable, de lo temible, es el color que devora a sus hijos, en la guillotina o en las desoladas estepas de Siberia, aunque también lo pardo liga bien con el rojo en las esvásticas de los falsos arios. El rojo se presta a los mayores equívocos y de ahí su inconmensurable prestigio, es el color por el que se toma partido, mucho más eficaz que el azul y menos dramático que el negro, que invita a la seriedad y a la reflexión barroca. El color del martirio, pero también el de las prostitutas del puerto de Alejandría, según contara Durrell, un color de conveniencia que a veces linda con el drama y otras con el engaño, como en la corrida de toros y los labios de las mujeres fatales que citas. Me pregunto si existieron de verdad mujeres fatales y cual fue su fatalidad, quizá sean solo el espejo de un deseo de ser que no se cumple y esa es su única condición fatal.

El rojo es el color de la madurez también, o el de la nariz de los alcohólicos escoceses, con sus narices rojas oliendo blendas en garitos que se ven en las películas de género o que imaginamos en las novelas de Stevenson. El rojo es, sin duda, el color de la mentira y el de los falsos profetas, un color definitivamente equivocado solamente apropiado para el arte floral. El color del maquillaje que oculta, el del colorete que se pone para sugerir la frescura de los pómulos y remediar el color de los labios apagados, el color de la sorpresa cuando brota la sangre, el de la sensación de ver que detrás de la piel solamente existe el caos primordial que todos tememos. También es el color de la vergüenza, que no el del pudor. Vida y muerte como dices, Holly, en eso estamos completamente de acuerdo.

Un post extraordinario.

Besos

Egoitz Azcona dijo...

Cómo me gusta a mí el rojo!

Egoitz Azcona dijo...

Cómo me gusta a mí el rojo!

Holly Golightly dijo...

Anónimo. Gracias

Cool Life. Un beso

Variopaint. Muchas gracias. La Revolución tiene que ser roja. Como la guerra. Aunque se tiñe de otros colores como tantas otras cosas. Un poco de negro, de blanco, un poco de llanto, un poco de risa...

La grandeza yo creo que suele ser roja. Pero puede ser de otro color. Depende de las personas. Hay grandezas oscuras y claras. Una maravilla. Un comentario extraordinario, la verdad.

Egoitz. Un beso

KATHY dijo...

perfecto este rojo..me gusto demasiado..besos

KATHY dijo...

perfecto este rojo..me gusto demasiado..besos

Holly Golightly dijo...

Kathy. Un beso

Hummingbird dijo...

y el rojo de las mejillas azotadas por el viento o el ejercicio. frescura y calor al mismo tiempo.

el maquillaje nunca consigue otorgar la misma energía que se desprende al natural.

un post precioso y las pasiones no serían tales si fuesen de otro color.

XX!
Humming