




















No hay nada parecido a la juventud.
A ese latir desbocado en el pecho, a esa pasión febril que de repente llega, a ese corazón que se entrega al amor, a ese enamoramiento público y clandestino al mismo tiempo...
A esa frescura...
Esa vorágine que atrapa, que atrae, que no rememora sino que vive. Que es el presente y no el pasado. Las ganas de vivir, las ganas de disfrutar, el placer. Lo que no se puede hacer y lo que sí y lo que sin poderse, se hace. Lo que se aprende de los errores y no de los lamentos.
Los pecados que son propios y no de segunda mano.
El deseo que sobrecoje, alimenta el cuerpo y penetra en el alma.

Las oportunidades que tenemos.
El futuro que hay que conquistar.
La inmensidad de lo que no podemos escapar.
La vida misma....
Sin medias tintas, ni fantoches, sin arrepentimientos, sin confesiones...
Sólo con camino a recorrer por delante y pocas huellas que mirar...
Y nada a la espalda. Sólo se mira adelante.





Lo reconozco.
Sigo sin comprender a quien deja de comer por comprar Prada.
Debe ser cuestión de actitud.
Aunque tiene algo de sobrecogedor el comprender la dimensión que tiene el deseo. Porque se trata sólo de eso. Del deseo. De lo que el corazón dicta y debe conquistar. Y los motivadores más absolutos de ese deseo irracional que se cuelga de nosotros y nos hace arder. Ya se trate de hombres, mujeres o artículos y que consigue que nos arrebatemos de una obcecación ciega. Esa misma que los antiguos llamaban afe y que envíaban los dioses a los mortales.
Extirpados de nuestra voluntad obedecíamos, prácticamente como ahora. ¿Quién genera la ley de las tendencias, cuál es la causa primera que hace que hoy sea negro y no azul, perlas en vez de marfil, pantalón en vez de vestido y 2.55 en lugar de LV? Antaño decían que los dioses. Si se piensa bien, hoy también son los dioses. Los dioses de hoy. Menos deificados pero igualmente adorados porque, ¿a quién le importa que quede bien?

Debo reconocer que tengo cierta predilección por las femmes fatales. Mujeres de esas que aspiran el humo de su cigarro al mismo tiempo -y con el mismo entusiasmo- con el que aspiran, paladean y tragan su vida dejando en el filtro la marca del carmín y con el carmín, los estragos del tiempo y la coquetería.
Pero también siento una especie de simpatía, casi ternura, por la dádiva divina de las señoritas piadosas, de las fervorosas mi ladies que van a misa de domingo y se divierten con el aleteo de una paloma con el mismo rubor, con las mejillas del color del melocotón, que da el entusiasmo nacido del corazón. Sin malos hábitos. Sin pasado. Que son sólo futuro.
Bien es cierto que estos cisnes cándidos, estos cantos a Leda, estas señoritas de moral recatada, de camisón y lencería, de dote y hogar, de elegancia y porte cual cisnes, de brillo modernista, piadoso, religioso, cándido, virginal... son una especie a extinguir bien por su inocencia, bien por aquello de ¿pero hubo alguna vez once mil vírgenes?.
Pero mientras tanto, vestiditas de domingo, con su lazo blanco, su sonrisa plasmada, sus vestidos rosa empolvado, lila, fresa. El corazón latiendo, la mano enguantada, la cofia, la toca, el aya, el ama de llaves, la llave, la alcoba y el alma... me conmueven. Recuerdos de un pasado no tan lejano, de cortejo a la ventana y damas de noche de boda con sábana blanca. Y Dios dirá.














