
Comienza la primavera y la época de entretiempo donde el calor aún no ha llegado a las calles, los rayos del sol no son siempre generosos y tampoco la nieve se ha decidido a abandonarnos. Son esos días en los que, como -bien- dicen los ingleses, “No hay clima, hay tiempo” y en los que, las llamadas “colecciones crucero” satisfacen a los deseosos de tendencias porque ni el verano ha llegado, ni el invierno se ha ido. Es el gracioso y complejo término medio dónde el casual chic y el nuevo femenino son la religión del tiempo, dónde el sencillo marinero de Chanel impregna el barco de asfalto, dónde la sencillez despreocupada es la clave de estilo. Hijos de la contemporaneidad con clase,
que también les hay.
Es la estación del tranquilo presente, del agitado ahora. Damas de negro, de gris, de blanco, de azul marino. Damas, repito. No tocan sus cabezas con gracia, no apoyan sus uñas lacadas en pitilleras de oro esmaltadas ni cocinan con delantales de encaje desprendibles pero, son grandes damas. Ebrias damas del presente, bellas mujeres. Damas del “ínfimo estilo” de Chanel o del séquito de “las telegrafistas mal alimentadas” para Poiret pero, bellas damas. Casi damiselas que resplandecen ante el flash exigente de la red.

Damas de la nueva juventud, de la Vieja y de la Nueva Escuela. Algunas lánguidas y conceptuales y otras femeninas y taimadas pero todas, divinas. Despreocupadas fuman su cigarro y dejan caer la ceniza con una helada sonrisa de Dama del Hielo mientras su ahora nuevo -el último grito- de aquello que ya fue -el nuevo último grito- en el pasado. Insolentes jovencitas, turbias damas.

Aún quedan antiguas parisinas de cabello rubio cual rayo del sol como si fueran, casi, renacentistas. Envueltas en su inseparable trench, con un vestido de cóctel y un despreocupado collar. Como decían de las modelos rusas de la colección de piel de Gabrielle Chanel, “parecen haber nacido llevándolas”. Lo mismo. Cuentan que a muchas bellezas de la Alta Sociedad Parisina se las puede ver corriendo por la mañana, muy temprano, y cruzando agazapadas por los primeros atisbos de la aurora con un pequeño retazo gris en la mano que es el genial collar que ahora debe ser devuelto. Y aún así, nunca será de otra, siempre será suyo.

También hay otro tipo de mujeres, aficionadas o profesionales, de la moda y del culto a la imagen personal que posan, alicaídas, ante la cámara en un torrente de estilo clásico, casi minimalista y, al mismo tiempo profundamente actual. El ápice de soberbia parisino, el je ne sais quoi francés, el otro encanto. Ni el nuevo femenino ni el viejo, ni la nueva tendencia, ni la muerta. Damas geniales de la marca de la actualidad sin posos de falso bohemio ni de alternativa. Hoy, ahora y luego.

También quedan damas de la nobleza europea de esas que o son ricas o, lo parecen. Nunca se sabe de dónde viene su dinero pero se sabe que se remonta tanto que sólo es necesario que se duplique cada dos o tres generaciones porque, ¿Para qué más? Son de esas petites filles que crecieron despidiendo a su madre en las escaleras, solitarias, de piedra porque se iba a la ópera; que veían impresionantes joyas envueltas en gamuzas de terciopelo y que creían normal tener una doncella para el cuidado de las zapatillas como aquella reina que perdió todo de cuello para arriba en la Revolución Francesa. Son de esas damas que sólo hablan de términos financieros refiriéndose a la Delfina de Francia, Madame Déficit.

También hay expertas timoratas, casi snobs, que se pasean por la zona de “compradores” del desfile. Se dice se comenta que la mitad de ellas son esposas de mafiosos, la otra mitad, son ricas por su mansión, herederas las llaman pero, no del club de tontas -listas- de Paris Hilton si no herederas de las viejas fortunas de las que apagan la luz al salir de casa, de esas cuyo servicio lleva guantes blancos y limpia el polvo con cubremangas negros. Damas. Ricas damas.

Hay otras que son sencillamente admiradoras, aspirantes al savoir faire cargadas de estilo. El cabello ligeramente recogido, postura de lady like, y un espíritu casi arrogante mezclado con las tenebrosas redes de demasiado buen gusto y de demasiada buena educación y, aún así magnífica. Otra mujer que sabes que te pegaría una bofetada al son de
Sinatra mientras bebe champagne y baila por una pista encerada con sus sandalias destalonadas de cabritilla dorada envuelta en un halo de perfume y una bocanada de tabaco, negro.

Y, luego están las dobles generaciones. Madres e hijas. Rubias y cobrizas. Falda y pantalón. Bolso de mano y bolso con cadena. El cabello lacado -excesivo- o movedizo ante el aire. La sonrisa impostada o la sonrisa no profesional. El negro atribulado o el negro exquisito. La mirada clara o la mirada oscura. De cualquier forma, el cheque en blanco. Y, arrancado con uñas de porcelana y manicura francesa.